24 de mayo de 2016

Reseña de "El Ruido y la Furia", de William Faulkner



Hoy me apetecía reseñar esta novela, cuya lectura terminé unos días atrás y me dejó perplejo. Una obra que ha sido catalogada de muy distintas maneras en diferentes sitios web, no muy extensa pero que encierra un sinfín de matices que la han hecho objeto de estudio desde hace años. 

El propio título ya posee su simbolismo, pues Faulkner lo sacó de Macbeth, una de las mejores y más famosas obras del inmortal William Shakespeare; concretamente de un soliloquio del quinto acto en la quinta escena, que reza lo siguiente: 

Mañana, y mañana y mañana

Se desliza en este mezquino paso de día a día,
A la última sílaba del tiempo testimoniado:
Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos
El camino a la muerte polvorienta Muere, muere vela fugaz!
La vida no es más que una sombra andante jugador deficiente
Que apuntala y realza  su hora en el escenario
Y después ya no se escucha más. Es un cuento
Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

Sin significado alguno.

Son varios los personajes del libro que encajan con algunas partes del soliloquio, pero quizá la más simbólica es la referente a Benjy, uno de los más importantes de la novela, el hijo de la familia Compson que padece un retraso mental y que es motivo de vergüenza y carga familiar para los mismos. Donde más claramente se observa este punto es en la primera de las cuatro partes de la novela, relatada en primera persona por el propio Benjy, el cual, dada su condición, posee ciertos problemas para entender el tiempo como lo hacemos el resto, por lo que su narración es caótica y se presenta de manera desordenada, narrando simultáneamente y sin distinciones en cuanto a la estructura diversos sucesos que acontecieron en años y décadas diferentes. Va del pasado al presente de forma constante, explicando así al lector y siempre desde su distorsionado punto de vista sucesos que ocurrieron cuando los hijos de la familia eran solo unos infantes, para después trasladarse de nuevo al presente de la obra, que acontece entre los días seis, siete y ocho de abril de 1928. 

Las pasiones del incomprendido Benjy, acostumbrado a unas rutinas por las que se rige en parte su cordura, pueden apreciarse en esta primera parte: la sección del prado que le corresponde de las tierras de la familia, el fuego y su hermana Caddy, una de las pocas personas en la familia que le profesan amor y cariño. La parcela fue vendida para la construcción de un campo de golf para así, con el dinero, poder mandar a Quentin, el más brillante de los hijos, a Harvard, y para pagar el matrimonio de Caddy, por lo cual en el presente Benjy acostuma a observar a diario cómo los jugadores practican en el prado que antaño le perteneció.

La segunda parte está narrada desde el punto de vista de Quentin, que ama profundamente a su hermana Caddy, pero de una forma que va más allá de lo físico, llegando al punto de sentirse en la obligación vital de pagar por sus pecados y protegerla a toda costa. Cuando Caddy debe abandonar el hogar familiar por dar a luz a una hija fruto de una relación fugaz anterior a su matrimonio y ser abandonada por su marido a causa de ello, convirtiéndose en otra vergüenza para la familia, Quentin comienza a desequilibrase interiormente, lo que da como resultado una narración, si cabe, más caótica que la anterior, pero a la vez más elaborada, bella y rica en matices y detalles. Todo un reto para el lector y una parte brillante y magistral a causa de la ruptura de la estructura y del uso de un intenso y elaborado monólogo interior que nos llevará directamente al torbellino emocional que es la mente de Quentin. 

La tercera parte, narrada por Jason, el hijo que toma las riendas de la casa cuando el padre fallece, convirtiéndose en el sustento y cabeza de familia, es mucho más estable que las anteriores, y nos explica el presente desde su punto de vista. Jason se ha convertido en un hombre amargado, violento, misógino y racista que roza la maldad.

Sin desvelar más detalles de la obra, la cuarta y última parte está contada en tercera persona por un narrador omnisciente, pero siguiendo la estela de Dilsey, la matriarca de la familia negra sirviente de los Compson, y añadirá más detalles a la tercera parte narrada por Jason hasta llevar a la conclusión de la obra. 

Algunos lectores coinciden en que la novela ofrece una lectura amena que impedirá que uno suelte el libro hasta haberlo terminado; otros aseguran que por su complejidad y su caótica estructura es una lectura casi imposible, de complicado recorrido. Lo cierto es que, si uno se mete de lleno y presta atención a los detalles, sí es amena, rápida y deja un excelente sabor de boca. Es inmensamente rica en detalles, matices y personajes, complejos y elaborados, y cuya trama atrapa al lector y lo liga a la inevitable decadencia de esta familia sureña. Una lectura altamente recomendable, imprescindible.



Y a quien le guste el estilo de escritores actuales como Cormac McCarthy descubrirá en Faulkner a un autor que va todavía más allá. Fue precursor de este y ambos tratan como género la novela sureña en la mayoría de sus obras, pues son muchas sus similitudes a la hora de elaborar sus historias. William Faulkner siguió la tradición experimental de escritores como James Joyce, Virginia Woolf y Marcel Proust, y fue conocido por el uso de técnicas literarias innovadoras como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración.

El ruido y la furia fue la cuarta novela de Faulkner, publicada en 1929, y fue una de las más consideradas a la hora de entregarle el Premio Nobel de Literatura en 1949. 

19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos. 

16 de mayo de 2016

Notas de "Obstinación", de Hermann Hesse


En esta ocasión me gustaría hablar un poco de uno de mis escritores favoritos: Hermann Hesse. Son varias las veces en que me he referido a él o he utilizado citas suyas en mis escritos, pero en esta entrada no haré una reseña, sino que quiero dejaros unas cuantas extracciones y anotaciones de su obra "Obstinación", perteneciente a su serie de Escritos Autobiográficos. Para muchos será alguien que no necesitará presentación, pero por si acaso haré una breve introducción.

Novelista, poeta y pintor nacido alemán y posteriormente naturalizado suizo, fue un artista desde la infancia. Vivió rodeado de libros, estudió diferentes géneros novelescos, filosofías y culturas con avidez y gran interés, lo que le aportaría un enorme bagaje a la hora de realizar profundas reflexiones y plasmarlas en sus obras, unas que sin duda han pasado a la historia de la literatura.

En su infancia y adolescencia cabalgó entre la incomprensión y la rebeldía, para después, siempre formándose como escritor y erudito, alcanzar en su madurez una paz interior que pretendería transmitir al mundo que lo rodeaba. Vivió las dos Guerras Mundiales, sucesos terribles que lo llevarían a formarse la filosofía de vida que lo caracterizaría como un pacifista, aborreciendo los conflictos y mirando al mundo bajo un prisma de unidad. La propia obra de "Obstinación" está repleta de pasajes y cartas que ayudarán enormemente al lector a conocer a este enorme escritor, que hoy en día, más de cincuenta años después de su fallecimiento, sigue manteniéndose en la cumbre de los mejores y más trascendentales artistas del siglo XX. Huelga decir que sirvió como inspiración a multitud de escritores posteriores. Algunas de sus más importantes obras son "Bajo las ruedas", "Demian", "El lobo estepario", "Siddhartha" y "El juego de los abalorios", y por el conjunto ganó el Premio Nobel de Literatura en 1946.

A continuación me gustaría compartir las notas que extraje de "Obstinación" por diversos motivos, ya fuera porque me inspiraran, me calaran o porque, simplemente, me parecieran bellas y maravillosas. Cualquiera que le eche un ojo a sus escritos descubrirá a un autor sin parangón, y por supuesto recomiendo leer cualquiera de sus obras.


"Entre mí y mi lejana meta no veía más que abismos profundos, todo se volvía incierto, todo perdía valor, solo una cosa seguía en pie: quería ser escritor, ya fuese fácil o difícil, ridículo o respetable". 

"El hombre puede siempre volver a su inocencia si descubre su mal y su culpa y si los soporta hasta el final, en lugar de buscar la culpa en los demás".

"Corrían tiempos en los que cada día traía una despedida y en los que cada día me sorprendía de haber soportado también aquel golpe y seguía viviendo y amando aún algo de esta extraña vida que solo parecía depararme dolores, desilusiones y pérdidas".

"Dentro de mí encontré toda la guerra y todo el ansia de matar al mundo, toda su ligereza, toda su brutal sed de placer, toda su cobardía; primero tuve que perder todo el respeto por mí mismo, luego el desprecio de mí mismo, no tenía otra cosa que hacer que hundir la mirada en el caos hasta el final, con la esperanza tan pronto viva, tan pronto moribunda, de volver a encontrar más allá del caos naturaleza, inocencia. Toda persona despierta y verdaderamente consciente anda una vez o varias veces este angosto camino a través del desierto; pretender contárselo a los demás sería un esfuerzo inútil". 

"La juventud es el fundamento, porque entonces el corazón aún es sensible al bien y al mal".


"No digas que me quieres
Sé que lo más bello de la tierra
La primavera y el amor
Tienen que perecer".

"¿Son todo lo que me queda este sueño y esta nostalgia, son el eco del antiguo amor o el presentimiento de otro amor cercano, aún posible?"

"Creo que nadie está tan a oscuras sobre las razones de su vida interior y sobre las verdaderas causas de sus deseos y su descontento, nadie encuentra una oscuridad cada vez más profunda que aquel que observa sus sensaciones más fugaces y busca el origen de toda excitación".

"Al recordar el sueño revivía una vez más la nueva sensación, entrañable y seductora, aunque ya con el brillo melancólico de lo que se escapa irrecuperablemente. Luego venían los pensamientos, el despertar y la consciencia, el sueño y su felicidad se hacían lejanos e irreales".

"A veces pensaba que los sueños eran precisamente lo que había que desenmascarar y rechazar como un autoengaño. Pero era al contrario: soñar era lo valioso; rechazarlo, juzgarlo y condenarlo, un error nocivo".

"Cuanto más insípidas me sabían las pequeñas satisfacciones que hallaba en la vida, con tanta mayor claridad comprendía en dónde había de buscar la fuente de las alegrías y de la felicidad. Supe que ser amado no es nada, que amar, sin embargo, lo es todo. Y creí ver cada vez más claro que lo que hace valiosa y placentera la existencia es nuestro sentimiento y nuestra sensibilidad". 

"La dicha, sin embargo, siempre estaba allí donde un hombre tenía sentimientos fuertes y vivía para ellos, sin reprimirlos ni violarlos, sino cuidándolos y disfrutándolos. La belleza no hacía feliz al que la tenía, sino al que sabía amarla y venerarla". 

"Aparentemente existían muy diversos sentimientos, pero en el fondo todos eran uno. A cualquiera de ellos puede llamársele voluntad o cualquier cosa. Yo lo llamo amor. La dicha es amor y nada más. El que es capaz de amar es feliz. Todo movimiento de nuestra alma, en el que ésta se sienta a sí misma y sienta la vida, es amor. Por tanto es dichoso aquel que ama mucho. Sin embargo amar y desear no es exactamente lo mismo. El amor es deseo hecho sabiduría; el amor no quiere poseer, solo quiere amar". 

"No existe una obligación de amar, solo hay la obligación de ser feliz. Para esto exclusivamente estamos en el mundo". 

"A nadie es capaz de amar el hombre tanto como a sí mismo. A nadie es capaz de temer tanto como a sí mismo". 

"Estas revelaciones llegan despacio, se asciende hacia ellas en espiral; y cuando están ahí, es como si se hubiesen alcanzado de un salto, de repente. Pero las revelaciones no son todavía la vida. Son el camino hacia ella y más de uno se queda eternamente en el camino. También yo vislumbraba el camino, creía conocerlo con seguridad, pero nunca conseguía avanzar del todo. Había progresos y retrocesos, euforia y desánimo, fe y desengaño. Y seguramente siempre los habrá".

"¡Cuánto tiempo se necesita para conocerse un poco a sí mismo –y cuánto más para aceptarse y estar de acuerdo consigo mismo en un sentido ajeno al egoísmo! ¡Cuánto hay que trabajar en la propia persona, luchar consigo, deshacer nudos, cortar nudos, anudar otros nuevos! Y cuando por fin llegamos al final, cuando por fin alcanzamos la plena consciencia, la plena armonía, la plena y perfecta sonrisa y aquiesciencia, entonces sonreímos y morimos, ésta es la muerte, la consumación de la vida, la entrada dócil en lo informe para volver a renacer". 

"Si concebimos la poesía como confesión –y en este momento solo la puedo concebir así–, el arte aparece como un camino largo, múltiple y sinuoso, cuya meta sería expresar la personalidad del yo artista de una manera total, tan minuciosa, tan hasta el fondo de todos los recovecos, que al final ese yo se habría desarrollado y acabado, desfogado y abrasado. Entonces vendría lo superior, lo suprapersonal y supratemporal, el arte estaría superado y el artista se hallaría maduro para convertirse en un santo. La función del arte, en la medida en que afecta a la persona del artista, sería entonces la misma exactamente que la de la confesión o la del psicoanálisis. Este sentido tuvieron todas las obras tardías de Nietzsche, las confesiones de Strindberg, los apuntes de Flaubert".

"El fin y la meta del artista no serían el arte o la obra, sino la superación, la renuncia y el sacrificio del yo, limitado y prisionero de complejos y sufrimientos, en aras de la tranquilidad del alma y de la santidad; la meta sería desarrollarse hacia el yo suprapersonal, convertirse en santo, el cual no reacciona ya personalmente ante el mundo y el tiempo, sino que en su estado anímico el caos del mundo se transforma en sentido y música, en su aliento vive Dios".



11 de mayo de 2016

Desde el cubil #3. Las malditas obras y una convivencia insufrible


¿Quién no ha tenido que convivir alguna vez con unas obras cercanas? Quizá solo unos pocos afortunados se salven; y cuando digo cercanas me refiero en el piso contiguo, pared con pared. Cuando este fenómeno alcanza su máximo la convivencia puede fácilmente volverse insoportable.

Aconteció que hará un mes aproximadamente, en el piso contiguo al mío y de mis compañeros, comenzaron una infame y eterna reforma total que a día de hoy sigue adelante. El resultado es que ahora mismo habito en otra habitación, en otro cubil, sí; desgraciados. Día tras día he tenido que escuchar cómo martilleaban, derribaban, serraban, cortaban y pulían todo lo que podía verse afectado por la mano de los obreros. El ruido era tal que, cuando daban martillazos al otro lado de mi pared, ya podía estar escribiendo y escuchando música a todo trapo con los auriculares que tan solo llegaba a distinguir los graves de las canciones; eso como mucho, y es que el volumen estaba ya al máximo. 

Si ya se lo dije a mi compañero en los primeros días de las obras: como sigan picando tan fuerte van a traspasar la pared. Supongo que pensó que exageraba. Pues el día de la escritura y la música al máximo me encontré de repente con que, tras escuchar que algo caía, me giré y vi que sobre la cama, justo encima de donde estaba la almohada, un buen agujero había aparecido de la nada provocado por un taladro. Sí, al fin habían traspasado la barrera; literalmente. De inmediato mi compañero y yo fuimos a la cocina y nos asomamos a la ventana (que da al patio de luces, hueco que aumenta por cien cada maldito ruido provocado por las obras y lo expande por todo el edificio), porque desde allí podíamos conversar tranquilamente con los obreros acerca del percance. Se disculparon, alegando que las paredes son finas en extremo, y tras pedírselo no una, sino dos veces, aseguraron que en unas horas se pasarían por nuestra morada para tapar el agujero.

Cuando a media mañana del día siguiente la nueva ventana improvisada en mi cubil seguía allí, mi compañero llamó al casero, y al llegar este y cagarse en la puta un par de veces decidió llamar a la policía. Las fuerzas del orden llegaron; uno se quedó en nuestro piso y el otro fue al que estaban reformando. Obviamente pidió papeles y explicaciones. ¿Resultado? No tenían licencia de obra. Claro que sí, con dos cojones, picando tan fuerte como podían y provocando un escándalo que se podía escuchar desde la calle –el piso es un quinto– y sin permiso. Aplauso, por favor.

Pero bueno, ¿y qué? ¿Pagan la denuncia y se acabó hasta que tengan la licencia? Nada más lejos. Vivimos en un país en el que la gente hace lo que le sale de los cojones, por lo que al día siguiente –tras abonar la receta y tapar el agujero bajo la mirada de los agentes– siguieron picando como si no hubiera un mañana, y a día de hoy continúa la cosa. 

Es que mi compañero es buena gente, porque si hubiera dependido de mí exclusivamente, hubiera estado llamando a la policía a diario hasta que se hubieran sacado la jodida licencia –deteniendo las obras hasta dicho momento, por supuesto– o hasta que el cabronazo del dueño del piso se hubiera arruinado con el sinfín de denuncias que le habrían llovido. 

Quién lo haya padecido me entenderá. Olvídate de levantarte tarde si un día no tienes que madrugar, porque entre las ocho y las ocho y media de la mañana empieza el espectáculo; y lo mismo a la hora de la siesta, si es que pretendes hacerla, porque entre las tres y las cuatro comienzan a darle. Curioso que las tareas que mayor ruido provocan no las hagan por ejemplo a las once, o a las seis de la tarde; no. Las más estruendosas son siempre las primeras, qué casualidad. 

Pero bueno, desde que me mudé de habitación la convivencia se ha vuelto más o menos pacífica; el reino del silencio en comparación con las semanas anteriores, en que nada podías hacer cuando el trabajo estaba en su auge. Animo desde aquí a cualquiera que esté sufriendo lo mismo a resistir y a no tirarse por la ventana, por muchas ganas que le entren a uno. Paciencia. 

9 de mayo de 2016

Todavía huele a lluvia

















Huele a lluvia desde mi ventana, a asfalto mojado, a un pasado encontrado.

La boca todavía me sabe a ayer, después de dos tazas de café y unos cuantos cigarrillos, de la música que ha llegado a mis oídos, mientras el cielo se encapotaba y se pintaba de gris. 

Cuando miro en la distancia veo más allá de los edificios que cubren el paisaje; veo unos lienzos que no sé si son el futuro o el pasado que ha dado la vuelta, dándome alcance. Puedo ver los caminos que se abren, pero sobre todo los que no se han cerrado; esas gruesas puertas ajadas que aún huelen al día en que las barnizaron, pero ya carcomidas por demasiadas vueltas sin rumbo. 

Da miedo saber que cuando uno se va probablemente no vuelva jamás, aunque lo haga y lo estén esperando. Da miedo enfrentarse a ese posible retorno en que quizá ya no vean al mismo al mirar a unos ojos cansados que han visto demasiado. Puede que sea el irse para no volver, o puede que todos crezcamos sin desear ser otra persona, en otra ciudad, otro paisaje, y embutidos en otro traje que esconda las bonitas heridas que estropearon los anteriores. Pero creo que el mayor miedo es dejar algo pendiente, y cuando uno pretende alcanzar todo, aun dejándose migas de pan por tratar de abarcar demasiado, padece ese miedo a no cerrar decenas de historias, a no apurar decenas de noches locas y a no explorar esas luces que brillaban a lo lejos, que llamaban y confundían, pero tras las que se escondían unas cuantas perlas.

Todo porque uno no se quede con las dudas, la curiosidad, las ganas o porque no se vaya con el maldito "Y si" enganchado a la espalda, doliéndole a cada paso. Hay a quien le gusta dejar las cosas a medias, pero lo normal es que prefiera exprimir al máximo cada situación, aguardando ver hasta dónde podía llegar. Irse en paz, al fin y al cabo, sin cosas pendientes, sin cabos por atar, sin preguntas rondando la mente y atormentándole. Por desgracia no todo depende de uno mismo, porque demasiadas veces nos encontramos con que nos han cerrado la puerta en la cara; ya está, dudas fueras, situación exprimida a la fuerza, cortada de repente y camino concluido. Pero cuando no es así... Cuando no es así es cuando más peligro hay de cara al futuro. Es algo similar a que uno vaya al médico y el doctor le diga que le queda poco tiempo; le dirá: ponga sus asuntos en orden. Esto es, dejar todo preparado para cuando uno no esté. A veces puede hacerse; en otras situaciones es en extremo complicado, y más cuando el tiempo apremia, pero bueno, todo se irá viendo...

Todavía huele a lluvia, y la brisa sigue arrastrando motas de pasados dejados en una esquina y el futuro sigue siendo incierto; nada ha cambiado, nada ha mutado, no hasta que llegue el día de la partida, no hasta que se hayan intentado cerrar unas cuantas ventanas, al ver que las puertas quedaban ya demasiado lejanas. 

3 de mayo de 2016

Desde el cubil #2. El mundo editorial y sus malditas dificultades

Cualquiera que hoy pretenda ganarse la vida como “artista”, viviendo de sus obras, sean cuales sean las que expulse su cuerpo en forma de torrente artístico, sabrá lo complicado –casi utópico– que resulta. Hoy he sabido de un artista de Valencia que puede presumir de ganarse la vida con sus lienzos, es decir, que no solo practica su arte en los ratos libres mientras dedica el resto de la jornada a echar horas en un almacén, una tienda, un bar, un supermercado o lo que sea, sino que representa su sustento. Esto, hoy en día, es todo un logro y un motivo de alago.

Existen toda una serie de complicaciones que llevan directamente a la ansiedad, a la desesperación y, en casos extremos, a la renuncia. Para evitar esto quizá lo más sano sea que cada uno realice su arte por necesidad, para sí mismo y aquellos que le rodean, sin esperar nada a cambio –mucho menos una cuantiosa compensación económica por sus grandes esfuerzos que le permita vivir de ello; que lo haga, como siempre se ha dicho, por amor al arte. 

Para el que pretenda ser escritor, o sea, que además de darle al teclado pueda ganarse el pan con ello –un escritor profesional, podríamos decir–, la cosa está igual de jodida. Editoriales, concursos, autopublicación o coedición, revistas, etc. Por dónde empezar…; uno encontrará mierda en todas partes. 

Con las editoriales muchos recomendarán que, por difícil que pueda parecer, cuando uno esté en posesión de un manuscrito terminado y listo para ser lanzado al mercado –según su criterio claro– debería apuntar directamente a las más grandes. Lo normal será que tras el envío no reciba respuesta alguna o, en todo caso, una en forma de negativa: que ahora mismo dicha propuesta no encaja en su línea editorial (esto podrá suceder aunque el escritor se informe de por dónde van los tiros en dicha línea y su propuesta sí se ajuste, es una de las excusas estándar y más cómodas), que han revisado minuciosamente la propuesta pero actualmente no están interesados –por revisar minuciosamente que uno no entienda que se han leído el manuscrito al completo (o si pedían los primeros capítulos, éstos), no; yo con esto entiendo que han leído el correo electrónico y el título de la obra y han desestimado la oferta (como muchísimo me atrevería a decir que quizá habrán ojeado las dos o tres primeras páginas)– o negativas similares. Que nadie se alarme, existirán editoriales que sí cumplan con lo que “prometen” en sus páginas web, en los apartados en los que incitan a los autores a enviarles sus obras y probar suerte. Habrá algunas que lo harán y por problemas reales se verán en la obligación de rechazar las obras; no pasa nada, es comprensible, el mundo es así. Y por supuesto, las negativas podrán venir tanto de las más grandes como de las más pequeñas e independientes.

La realidad es que uno no puede culpar, enteramente al menos, a las editoriales, porque cabe recordar que aunque traten con productos artísticos al fin y al cabo no son más que negocios que buscan una rentabilidad. Tratarán de vender por el nombre del autor o por el contenido comercial de su obra. Y este es otro punto: muchas no aceptarán manuscritos no solicitados, porque no se arriesgarán con un novel cuyo nombre no venderá una miseria. Si se logra pasar el umbral del nombre y apellido vendrá la otra evidencia; que antes se publicará una basura literaria por centrarse en un tema popular o de moda y que será del agrado del gran público, que una obra de mayor calidad pero de dudoso éxito comercial  –cuántas obras maestras hay por ahí hoy en día que deben agradecer el poder existir al atrevimiento de algún editor que decidió arriesgar, porque muchas son densas, pesadas, extensísimas, y de autores que en el momento de la publicación no eran nadie; y hoy en día son eso, obras maestras de calidad intachable, que no comerciales. Sin ir más lejos, que alguien me diga si La Broma Infinita, de David Foster Wallace, por poner un ejemplo más o menos reciente, es comercial. Es un libro que se le atragantará al noventa por ciento de los lectores, pero no por ello deja de ser una obra maestra–. Sí, es una putada, pero también una realidad; las editoriales al igual que los autores tienen que ganarse la vida y buscan vender, lo que dificulta la tarea a todo aquel escritor que no se dedique en exclusiva a escribir clones de otros éxitos comerciales. 

Cuando no pretendan arriesgarse al máximo probablemente propondrán una coedición. A mí personalmente me ofrecieron pagar poco más de mil euros por la primera tirada de ejemplares. Cualquiera que haya publicado es probable que desaconseje esta opción, porque rara vez se logrará ganar como para siquiera recuperar la inversión. Decidí rechazar la oferta por dos motivos: porque me pareció un precio excesivo y por principios; cualquiera que acepte está en su derecho y es igualmente respetable. Con la autopublicación más o menos lo mismo; uno se costeará todo y deberá encargarse de la distribución y promoción, y podrá dar gracias si logra vender la primera tirada y recupera la inversión; aunque podrá gozar de ver su obra en las estanterías de algunas librerías, aunque no logre con ello dejar su trabajo para poder seguir comiendo. 

Concursos; miles de candidatos, una competencia más que feroz y brutal, y en la mayoría de ellos se obliga a que la obra se presente en exclusiva, es decir, no vale solo con que sea inédita, sino que además se exige que no esté pendiente de fallo en otro concurso. Si tenemos en cuenta que el plazo de un certamen literario puede cerrarse en abril y que el fallo quizá sea en septiembre u octubre, esto obliga a poder presentarla solo a dos o tres concursos por año. Creo que si se pudiera presentar a cien anuales seguiría siendo complicadísimo tener oportunidades de ganar, así que imaginaos. Y claro, tener también en cuenta el posible tongo que pueda haber por tema de enchufes o favores, por mucho pseudónimo o plica que se emplee en el proceso o por mucho anonimato que rodee al jurado; en el corrupto mundo que habitamos, como para fiarse. 

Después quedan las revistas, los portales web y muchos etc. Algunos son una buena manera de publicar de forma pequeña y sin remuneración –al menos llegará a un público mínimo– pero muchos, no entiendo porqué, tendrán un apartado instando a que uno envíe sus propuestas, ya sean relatos o artículos, aludiendo a la brevedad de una certera respuesta, cuando después pueden tardar meses en hacerlo o, directamente, pasar por completo; cosas que no logro entender. Sin ir más lejos, unos meses atrás dediqué demasiadas horas a escribir un artículo para enviarlo a una revista de renombre como propuesta de colaboración. En la página web de la misma, como suele suceder, el apartado correspondiente instando a hacer lo que hice. El resultado fue que a los diez minutos de enviar el e-mail (mi artículo tenía alrededor de cinco páginas) me respondió la responsable para tales casos dándome las gracias y recalcando que actualmente no buscan nuevos colaboradores (obviamente, si lo tienen tan claro, no debió de abrir ni el archivo); un sinfín de respuestas hostiles se me pasaron por la cabeza, pero ¿para qué?. Mi pregunta, ¿por qué cojones no cambiarlo antes de que la gente pierda un tiempo que podría emplear en otra actividad? Falta de interés y profesionalidad, imagino. 

En el mundo editorial muchos aluden a unas cifras escandalosas. Se dice que se publican alrededor de 80.000 títulos al año solo en nuestro país, uno en el que al parecer cada día se lee menos. Joder, al final habrá casi más escritores que lectores; el mundo se ha vuelto del revés. Puede que las dificultades vengan de que uno tenga en su posesión una mierda de manuscrito y sea incapaz de verlo –o se niegue a hacerlo– y los editores sí se percaten al echarle un vistazo. Como algunos profesionales del sector aseguran, lo que sucede es que es “facilísimo” ponerse frente al portátil y comenzar a teclear cualquier incoherencia que se extienda hasta el infinito, por lo que muchos se creen escritores cuando ni por asomo lo son. 

Quizá lo que yo escribo sea también más mierda en un cajón a punto de reventar –el editorial–, pero al igual que hace todo pseudoescritor o cualquiera que crea serlo, seguiré insistiendo a través de múltiples canales, esperando a que algún día suene la campana. Y desde aquí animo a cualquiera que se crea escritor de verdad a seguir haciéndolo, porque todos sabemos los años que le costó a J.K. Rowling publicar el primer volumen de Harry Potter tras coleccionar cientos de rechazos, y actualmente es la escritora que más dinero ha ganado (escribiendo) de la historia. Cuántos editores se habrán echado las manos a la cabeza después del brutal éxito internacional; desde aquí mis irónicos saludos a esos tipejos. Si incluso Hemingway cosechó múltiples negativas, un Premio Nobel de Literatura, nada menos.  

El mundo es complicado, solo cabe resistir y persistir. Y el que no sepa si su manuscrito es una mierda o no, que pida opinión a sus allegados antes de colapsar el sistema. Le mentirán intentando acariciar su ego, pero si uno sabe mirar atentamente localizará la mentira en una mirada o en un tono de voz que trata de no herir. Si se tiene amigos sinceros de verdad, tanto mejor, porque cuando alguien te dice sinceramente "Esto no lo veo" o "Esto no me acaba", o directamente, "Esto es basura", y a dicho comentario le sigue una crítica constructiva aunque negativa, lo agradeces, porque sabes que es la pura verdad, una que te ahorrará muchas molestias y pérdidas de tiempo.