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13 de junio de 2017

La luz verde al otro lado de la bahía


¿Qué más da que perdamos el rumbo? ¿Qué más da que las palabras de Tony Soprano «No sé quién soy, ni a dónde voy» retumben en nuestra cabeza? Da igual si nos tomamos unas copas de más o si jugamos con la esquizofrenia paranoide con manía persecutoria, da igual que grandes y pequeños se equivocaran, que Ramsés II se creyera el rey de reyes o que Bukowski dijera que nació para robar las rosas de las avenidas de la muerte; todo eso da igual, porque vivieron, vivimos y vivirán en el mismo saco, ese que llamamos mundo. 

Que los románticos se maravillaran con lo sublime de un crepúsculo bañando la magnificencia de la naturaleza, que los realistas los golpearan furiosos y rebuscaran entre lo cotidiano, tratando de extraer algo que brillara más de la cuenta, o lo más mundano que pudieran encontrar; que los que les siguieran narraran vulgares travesías por carretera, inyección de drogas, ingesta de sueños rotos, penetraciones en lugares cálidos para resguardarse de la noche y viajes al Nirvana y al hospital. Da igual que ahora todos bebamos de ellos, de lo que fueron y pudieron haber sido, porque nuestras partículas, como las suyas, se escaparán por el mismo agujero del mismo saco.  

Todos olvidamos alguna vez cuál era el camino correcto, tememos errar y perdernos e incluso, si la cosa llega a tal extremo, llegamos a dudar de si alguna vez podremos regresar y corregir el rumbo. Las pesadillas y obsesiones son piedras habituales sobre esta tierra ignota que nos sobreviene. Charles Arrowby creía ver fantasmas y monstruos marinos y Gatsby se fascinaba con una luz enfermiza al otro lado de la bahía que bien podría haber sido una flor azul. Sea correcto o equívoco el camino, cada uno de nosotros tendrá su propia simbología a la que aferrarse, una que nos ayude a encontrarle un sentido trascendental a la acción más mundana o a la idea más abstracta, para arraigarla a la tierra y a la mente, para hacer que parezca posible y realizable.

Unos buscarán la gloria, el triunfo y la realización; otros el caos, la violencia y la oscuridad que toda vida permite, y unos tantos lo sublime, la belleza y la estrella más perdida del firmamento. Lo que tienen en común todos estos tesoros es que siempre se encontrarán al final del camino, pues si no, ¿qué gracia tendría el juego? 

Buscamos fortalecernos, hacernos más grandes y eruditos, pero en lugar de ello el camino puede llegar a marchitarnos, aun cuando vayamos acercándonos a la meta. Camus también lo decía, aquello de que la debilidad excepcional que sentimos ante la belleza es lo que deliciosamente nos ablanda y hace que el mundo sea más soportable. Esto es lo que ocurre en la senda, que nos maravillamos y marchitamos, para al final llegar exhaustos y pequeños, débiles y ancianos, pero habiendo conseguido llegar, que es lo importante. 

Y lo mejor de todo es que, aunque muchas veces no lo parezca, el camino incorrecto suele ser el que representa un atajo, una segunda vía para alcanzar esa luz verde que tanto nos obsesiona y que tan lejana parece. 

7 de septiembre de 2016

Fóllame


Eso es, sin más; fóllame sin dudas, sin preguntármelo previamente, solo hazlo una jodida vez. 

No me des tregua ni cancha, solo fóllame hasta el amanecer o hasta el anochecer, o hasta que ardan mis huesos, si te place, y destrúyeme con tu cuerpo, hazme sudar, rabiar, sangrar y desear solo un polvo más, hasta que olvide qué son el hambre y la sed, hasta que el reloj estalle bajo el peso de la cama y desaparezca el tiempo. 

Ven a verme ahora mismo, que yo te esperaré escribiendo y fumando, pero corre, que ya apenas queda tinta en mis venas. Ven ahora con ese tanga negro y nada más, ese que tan loco me vuelve, ese que saca al animal que llevo dentro y al amante que murió hace tanto, pero ven ya y fóllame, que no soporto más la ausencia de tu piel sobre la mía. 

Solo quiero que me quemes otra vez, por Dios, así que ven ya o tendré que cometer crímenes terribles. Ven y lo haremos hasta reventar la cama, luego en todas las mesas, en la cocina, en la ducha y en el coche; ven y follaremos en el armario si quieres, dentro, contra él, sobre él y también debajo, ya hallaré el modo si así lo deseas, pero ven y fóllame hasta matarme.

Ven y rescátame que yo llevaré una botella de Jack Daniels y nos iremos a bebérnosla al mar mientras nadamos desnudos y follamos toda la noche, hasta que los pescadores nos denuncien cuando arraigue el alba. 

Decías que yo era un ser complicado y atormentado; quizá lo segundo sea cierto, pero lo que te pido es bien sencillo. Ven vistiendo ese body tan sexy que hace que quiera arrancártelo a bocados, para así con suerte llevarme también algo de tu piel, tu carne y tu esencia a mis entrañas. Sabes que solo te deseo a ti, desde los pies hasta el último de tus cabellos, así que llévame al cielo de una puta vez y no me hagas sufrir más, te lo ruego. Solo el perderme en tus curvas me llevará de vuelta a la cordura, así que corre y fóllame antes de que beba hasta morir.

Sabes cómo soy, así que ven ya, follemos y luego léeme tus poemas mientras te observo y juzgo sentado en la sombra, semi desnudo, con el pelo alborotado y la piel arañada, con las gafas de sol puestas para esconder mi fuego y sosteniendo un cigarrillo humeante en la comisura de los labios, levantando una ceja e intentando poner cara del malo de la película, aun cuando sabrás perfectamente que amaré tus palabras y me estaré derritiendo por dentro y solo desearé abalanzarme sobre ti y morderte en todas partes, hasta hacerte gritar, ya sea de placer o dolor, me da igual, lo que quiero es que brilles; oh sí, eso sería maravilloso, así que ven corriendo y ya nos correremos juntos después, pero ven ya a mi encuentro en esta noche desesperada.

Ven y follemos hasta olvidar lo que leímos de Miller y Bukowski y escribamos nuestras propias epopeyas sexuales sobre la piel del otro. Por Dios, que me encarcelen ya mismo si miento al decir que mataría a todos mis vecinos y sembraría el caos en las calles, derribaría el sistema establecido por echarte solo un polvo más, largo y tendido, por morder tus pechos mientras me cabalgas con furia y por hacer un sesenta y nueve hasta que nos corriéramos simultáneamente, el uno sobre el otro. 

Solo pienso en tu abdomen hinchándose con cada bocanada de aire para recuperar el aliento; todo tu cuerpo convulsionando con cada sacudida, estremeciéndose por los relámpagos que me destrozan la espina dorsal. Tu vagina ensanchándose a mi paso, mojándose cada vez más, tus piernas temblando irremediablemente al final y tu lengua deleitándome en cada principio. Joder, si todo es magia y maravilla.

Ensuciemos la habitación entera, hagamos que huela a sexo durante meses y dejemos manchas en las sábanas, las únicas cómplices de nuestras salvajadas. Siéntate en mi cara y deja que te coma, que te estruje y apriete hasta cortarte la respiración, vuélveme loco de deseo y deja que rompa todas tus prendas para que así nunca más puedas vestirte y privarme de la visión del paraíso. 

Se me va la cabeza, sucumbo a la locura, al deseo irrefrenable que me posee de pies a cabeza. Creo que si nos volvemos a ver nos mataremos follando, cometeremos algún tipo de suicidio colectivo o haremos algo estelar, alguna barbaridad irreversible, pero es la duda lo que me consume y extingue, así que ven, ya sea de noche o de día, y follemos hasta olvidar nuestros nombres, que somos seres humanos y hasta que nos creamos estrellas fugaces quemando con su paso el firmamento que recorren (cuando follamos los dos, sin preguntas, consecuencias y complicaciones, solo cuando follamos sin más, que ya es decir mucho).

Creo que he olido desde aquí la esencia salvaje que solo puede pertenecerte a ti, así que dejo esta locura y ahora voy a abrirte la puerta, para que al fin follemos como nunca debimos dejar de hacerlo. Luego, si eso, ya te leeré este disparate para seguir haciéndolo después; eso si no nos da por follar en esta misma mesa y acabamos destrozando la máquina de escribir con alguna sacudida. 

Pero ya no me importa nada, solo ven, y date prisa.