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3 de marzo de 2016

Fuego y ruido


Veo a miles de personas recorriendo las calles; solo un motivo las empuja, uno que engloba cientos de emociones, uno simple y a la vez complejo. Si las miro directamente, a cada una de ellas, puedo sentir una pizca de aquello que las mueve e incendia por dentro. Intento buscarte entre la muchedumbre, pero hay tantas caras moviéndose al unísono que me resulta complicado, imposible. Puedo sentir los corazones de todos latiendo al mismo tiempo, lo que me abruma y me eleva, empujándome a mí también, hacia el fuego y el ruido, hacia el caos que representa el todo. Todos esperarán a que las luces de colores abrasen el cielo nocturno un día tras otro, a que creen decenas de posibilidades, como ya hicieron en días pasados.

Si uno se da un breve paseo por las calles bañadas por el sol podrá respirar el anhelo de los habitantes, algo casi palpable, que como todo, alberga más significado del que pueda parecer. Todos aguardarán el momento; su momento. No cabe duda de que saldrán a buscarlo, como yo mismo, y que cuando caiga la luna y cese el ruido, uno mayor comenzará, taladrándonos a todos. Será un pulso, un magnetismo que nos atrapará. La pregunta es si lo lograremos, si esta vez grabaremos a fuego un recuerdo que se pasee a lo largo de los meses y logre llegar a la próxima meta. Si no serán pesadillas, sino agradables nostalgias las que consigan verse realizadas.

Escucho campanas antes de que despunte el alba, siento las vibraciones del metro bajo el asfalto, cuando voy camino a casa, sintiéndome pesado, cansado, y más vivo que nunca. Y antes de que el sueño me repare, vuelve la imagen a mi cabeza, se eleva el recuerdo. Escucho bombas en las alturas y me siento empapado en sudor, porque nada podrá frenarnos, ni la sonrisa más hermosa ni la espina más dolorosa; nada podrá detenernos antes de que nos adentremos una vez más en la jungla. Ha pasado la calma que precedía a la tempestad, y aquí llega de nuevo. Pasan los años, no hemos conseguido grandes cosas, pero sí pequeños logros que forman enormes conglomerados; a la manera de los auténticos, somos vencedores, como siempre lo habíamos sido. Puede que hayamos esperado demasiado, puede que no creamos ya en los milagros, pero creemos en la vida, y ha llegado el momento de que nos liberemos de nuevo, de que rujamos y escuchemos los aullidos y acudamos a ellos, de que nos dejemos llevar por los colores que se nos impregnan en las retinas.

Hemos aprendido que solo existe una vida, que solo vivimos un nosotros conscientemente, y únicamente queremos ver arder el cielo que nos encierra bajo su cúpula. Ya lo vimos crujir una vez, y luego comenzamos a ascender hacia él para terminar el trabajo, atravesando un longevo limbo, sintiendo que vivíamos decenas de sueños paralelos como si fueran nuestra propia vida, y ahora se acerca el momento, la última cumbre.

Sí, algún día lo conseguiremos, y éste está más cerca que nunca. La escalera no es infinita, como parecía al principio, solo cabe mirar hacia atrás para sentir el vértigo producido por la increíble altura. Terminará la ascensión y podremos prenderlo todo, sintiendo el ruido destrozando nuestros oídos, y seremos bañados por el fuego que lo albergará todo. Cuando lo hayamos conseguido, volveremos a respirar hondamente, como hacíamos hace mucho tiempo, cuando la simplicidad de nuestra mente nos permitía ser totalmente libres; y volveremos a serlo. 

Fotografía: Maranda Fotografía

21 de octubre de 2015

Enredados bajo las sábanas


Los momentos que pasamos juntos, que son horas convertidas en minutos eternos, son los que hacen crujir las barreras de cristal, que nos encierran, que dan sentido a todo y albergan el tiempo. Las miradas que me diriges, esas cargadas de dulzura y cariño, de fuego, son las que dan cuerda a mi corazón. Pienso en nuestros abrazos cuando nos damos calor y aislamiento, esos que nos separan del resto y hacen que la lluvia sea cálida de pronto. Y también pienso en cuando nos besamos, en cuando lo hicimos por primera vez y dejé de tener miedo a la muerte y olvidé quién era y dónde estaba; nuestros besos, y todo cuanto ha acontecido entre ellos.

Suena la última canción, una con notas de valentía, una oda al amor repentino y más puro y sincero, escrita en una libreta de hojas cuadriculadas, con los recuerdos al fondo y las fotografías de la noche reflejadas en el espejo, y tu perfume en todas partes, impregnado en cada uno de los libros; tu fragancia cargando de tinta la pluma con la que escribo estas líneas.

Los ecos del verano que se ha ido resuenan aún en nuestras pieles ardientes, cuando se rozan y nace la chispa; y las hojas caídas del otoño pintan el sonido de las nuevas mareas, frías, verdosas, y cargadas de fuerza renovada, de pasión sanadora, cuando esbozan las costuras de un nuevo mundo cuya huella ha sido dejada en la arena.

Pienso mucho en la cama, en las camas que nos han albergado, en cómo nos perdemos en cada una de ellas; pienso en las veces que nos hemos encontrado verdaderamente enredados bajo las sábanas. Porque con cada polvo que echábamos nacía una nueva estrella. Cada arañazo que me dejabas en la espalda era una nueva arteria que transportaba sangre nueva a mi alma sedienta. Cuando te miraba pintabas mi mundo, y creía que el cielo y el mar eran verdes y no azules, y cada vez que te ibas, que te perdías, desdibujabas mi realidad, y las escaleras de mi edificio no conducían ya a mi piso sino al abismo.

Cuando luchábamos bajo las sábanas despertábamos en otro lugar en que la cama había ardido y la tristeza solo era un sueño olvidado, una remota pesadilla. Cada noche brillaba un sol que solo a nosotros nos iluminaba, y se apagaba cada vez que soplabas las velas y te ibas de mi lado; suerte que siempre volvías con tu fuego y tu escondida pasión y las derretías de nuevo. Era algo que necesitaba, que necesito; porque tus curvas son la arquitectura que estudio para edificar los pilares que sostienen mi mundo, uno que se derrumbaría con tu ausencia.

Porque si sigues queriéndome bajo las sábanas, a tu lado, durante incontables noches más, el mundo de arriba seguirá intacto, siguiendo su habitual curso, pero el de abajo, el de nuestro interior, girará más deprisa que nunca, tanto que perderemos de vista la razón y la lógica; tanto que podremos seguir obviando los problemas y continuar deshaciendo la cama. 

9 de octubre de 2015

La Diosa del Fuego



Bajábamos corriendo la ladera, casi rodando, tan solo temiendo llegar abajo después del otro, nada más. Ningún otro pensamiento, como una posible caída, ocupaba nuestras mentes; no en aquel día. Llegaba hasta nosotros el embriagador perfume de los sueños que el viento nos regalaba en cada fresco soplo. El sol se reflejaba en cada partícula de hierba; quizá fuera algo paradisíaco aquello. Pero es que nada más importaba en días y lugares como aquel, alejados del bullicio y de cualquier perturbación que pudiese arrastrar.

Había estado muy enfermo días atrás, pero ahora me sentía fresco como una flor pura y salvaje. Había pasado de sentir las frías manos de la muerte agarrando inexorables mi fino cuello, a notar el cálido tacto de un dios bondadoso meciéndome a través del aire. Estaba feliz por ello, y ella lo notaba y se empapaba de mi sensación. Puede que en realidad fuera un sueño, o hubiera muerto de una terrible y sudorosa fiebre, pero me daba completamente igual. Cuando se alcanzaba un nivel etéreo como aquel, todo lo demás era irrelevante, y solo importaban las pequeñas cosas que me rodeaban; además no estaba solo. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Liviana, fue lo único que respondió, y fue suficiente, porque lo comprendía; lo sentía, podía olerlo en los colores de aquella ladera que descendía y descendía hasta el cielo. Tenía que ser verano.

Pájaros cantaban en las alturas las alabanzas de miles de siglos de historia del universo. Vi a lo lejos, abajo del todo, en lo profundo de la ladera, una voz dulce que cantaba nuestros nombres tan estridentemente que mis oídos se quejaban por exceso de placer ante su canto. Pensé que era una estrella que nos llamaba desde lo profundo de la tierra. Tenía solo quince años, y mis mundos con facilidad se materializaban ante mis ojos. Si ella me besara tal vez despertaría de esa feliz y perturbadora irrealidad que me embriagaba, porque no podía ser otra cosa que un frustrado sueño que se me aparecía en coloridas y utópicas imágenes, distorsiones de un mundo que jamás alcanzaríamos en vida. Cuando llegamos abajo resbalé y rodé por la hierba mojada, que acariciaba mi cuerpo entumecido por el trance. Ella cayó sobre mí y sonrió de tal manera que abrasó mis pestañas cuando la miré, e hizo que mi corazón palpitara muy fuertemente, emitiendo un estruendo propio de los enfurecidos cielos de tormenta. Música venía de todas partes; de las piedras y los árboles y las nubes rojas. Nos levantamos y caminamos hasta un brillante riachuelo que emitía gases casi corpóreos que parecía que nos hablaban. Nos sentamos a contemplar su curso, agazapados entre dos rocas planas en cuyas superficies parecían estar grabadas las claves para comprender los cimientos de la civilización, los secretos de los hombres que allí se posaron en otros mundos, pero estaban en la arcaica lengua de los seres incorpóreos que nos precedieron. Quise encender un fuego para cuando llegara la oscura noche, así que la dejé allí pensando en el curso de la vida y me aventuré en un bosque cercano para buscar leña. Regresé a la hora con un buen montón de troncos en mis enclenques brazos, y eran oro, pues había combatido con osos, pumas y fantasmas para hacerme con ellos, pero alumbrarían la chispa del sol que nacería a la mañana siguiente tras las montañas, y eso era algo valioso y hermoso.

Volví al río y era plateado, y ella no estaba ya, y pensé que quizá se hubiera zambullido y fundido con él y por eso las aguas eran ahora tan bellas y puras, pero aquello no dejaba de ser incoherente para mí por mucho que lo rumiara, por lo que pensé que se habría perdido al tratar de localizarme. Tenía que encender un fuego, a poder ser de decenas de metros de altura, uno que rozara los cielos, para que ella pudiera atisbarlo desde la lejanía y lograra regresar a la calidez del hogar.

Creo que lo hice con tanta rapidez que el fuego prendió con tal fuerza que llegó a asustarme. Quizá fuera el ansia de mi corazón lo que empujara las llamas con tan sorprendente bravura. Esperé paciente, viendo el crepitar de aquellas llamas gigantescas que sería visibles a cientos de kilómetros de distancia y que, sumadas a mi desesperación, tan solo querían ascender y hacer arder las alturas. Pero no podía simplemente quedarme allí, no con la noche ya presente, densa y oscura, que me rodeaba implacable. Podía estar en cualquier parte, perdida y asustada, enfrentándose a algún mal antiguo enterrado en la memoria de los hombres, o siendo acechada por los fantasmas que se esconden de la luz del sol. Tenía que ir a buscarla, sacarla de allí, de aquel lugar exterior. Era mi realidad, era mi sueño; era mi todo, y no podía perderla.

Renuncié a todo; a la seguridad de la luz, al calor de las llamas, a la protección del hogar, y corrí tanto como me permitieron las piernas. La ladera había quedado atrás, no resplandecía ya en aquella noche eterna, y supe que solo ella podía hacer que la hierba fuera tan verde de nuevo y que los ríos fluyeran en la dirección correcta; porque solo ella tenía las claves, solo ella comprendía los antiguos grabados, y solo ella reinaba en mi mundo. Sin ella, todo carecería de sentido para siempre, y tal vez al perderse haría que yo me perdiera y solo diera tumbos en un imposible intento por regresar a la luz. Había multitud de peligros en aquella negrura, podía olerlos y percibirlos. Las ramas de los árboles torcidos me arañaban con cada paso que daba, mientras me internaba en un bosque pútrido y malvado. No había sombras allí ni luna que las proyectara, solo oscuro vacío, y tenía que ver con las manos, pues los ojos se negaban a observar lo que moraba más allá; era algo que, simplemente, no se atrevían a registrar en las retinas.

Entonces escuché un sonido, una suave voz que no supe si era un grito o un canto, pero logró que todo mi cuerpo se electrificara; una chispa recorrió mi espina dorsal e hizo que me girara, y vi que allá a lo lejos las llamas ardían más intensamente que nunca, quemando las tinieblas de su alrededor, que se transformaron en un denso flujo que adoptaba formas macabras, retrocediendo ante la bravura del fuego, alimentado por algún tipo de combustible superior. Regresé sobre mis pasos a toda velocidad, sin importar cuantos arañazos recibiera mi piel enferma o que pudiera tropezar y caer, pues sabía que ya no me perdería, y de algún modo inexplicable, sabía que era ella. Volví hasta el claro, junto al río plateado, donde ardía la hoguera que era ahora una torre que ascendía en espiral hacia la luna, una que solo brillaba allí, dando vida a aquella bendecida parcela.

Y allí lo vi todo, tan inexplicable como real. No había ya un río plateado, sino un vacío que dejaba al descubierto los tesoros que habían permanecido hundidos durante milenios. El agua había sido absorbida, y se habían abierto los caminos que conducían a las maravillas ocultas. Y ella estaba allí, esperándome, en el centro de las llamas, en el interior del fuego, rodeada, y era parte de aquella hoguera ahora, porque ella era el hogar. No era ya una chiquilla, sino una hermosísima mujer. El tiempo le había dado toda la belleza que algún día habría tenido que robarle, dotando a su rostro del aspecto propio de la inmortalidad, del colapso de los relojes, y había purificado cada centímetro de su piel. Sus ojos color avellana brillaban y ardían como toda ella, y su sonrisa aumentaba la bravura de las llamas que la contenían. Era algo superior, la reina de la luz y la diosa del fuego, y este era uno bueno que creaba, que no destruía, y al acercarme sentí la calidez de la protección eterna. Me introduje en la hoguera junto a ella, sin quemarme, y sintiendo cómo todo mi cuerpo se iba llenando de su bondad, por cada poro de mi ser, y supe que nunca más volvería a padecer enfermedad ni mal alguno, que nunca más me invadiría la tristeza, y que podríamos rodar ladera abajo cada día de nuestras vidas. Me faltaba la sabiduría de los años para poder identificar si aquello era un sueño, si era la felicidad o el amor que tantos han buscado, perdiéndose en el camino, pero fuera lo que fuera, yo lo había encontrado y nunca lo dejaría escapar, y teníamos toda la eternidad para averiguar qué era lo que nos elevaba y nos empujaba hacia arriba.