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7 de febrero de 2018

La Plenitud


Las luces de un viejo coche herrumbroso se atenúan en lontananza.
El tardío rocío estival inunda su techo preñado de manchas
y vacíos.
Se huele el viento caducado,
impregnado de polvo lunar que se marchita en la noche
tan vacía.
Unos ojos arrojan centellas carmesí
ocultos en el bosque plagado de seres esqueléticos.
Son recuerdos de la nada vacía rellena de la amarga suciedad del tiempo.
Son las memorias oxidadas y abotargadas que pintan 
las paredes de la cabaña abandonada. 
El celeste del cielo.
El jade de los arbustos.
El azabache de la sangre coagulada.
La metástasis de esta enfermedad del olvido,
la melancolía de las hojas resecas de los árboles, que lloran
yaciendo en el suelo resquebrajado,
huérfano de agua.
El prístino perla del vacío,
ese vacío de la amnesia.
El blanco y negro del despiadado paso del tiempo.
No queda materia ni vida en esta cabaña del lago pétreo.
El sol ya no caza sombras con sus exhalaciones.
La luna se ha quedado atrancada en las nubes de óxido
y los reflejos han olvidado el rostro de sus padres.
Es ahora este vacío
toda la plenitud que nos queda. 

7 de junio de 2017

Lugares del pasado


Regreso a los polvorientos caminos de tierra, los que atraviesan los campos y llevan a la antigua casa. Conduzco despacio y me es imposible evitar que un extraño sentimiento me invada. Cuánto sucedió entre sus cuatro paredes y, más todavía, en sus alrededores. Los senderos y más allá de ellos. Los terrenos circundantes al nuestro. La parcela de mis tíos. Todo el panorama que forma una parte importante de mí, pues crecí entre la tierra y las rocas y el polvo que albergan, los cimientos de mi infancia. 

Ahí estoy de pequeño, jugando con mis primos en el enorme montón de arena que la excavadora ha arrancado de la tierra virgen para hacer el agujero que meses después será la piscina. Somos tan pequeños y el mundo tan grande, que el montículo se nos asemeja a una montaña en la que desarrollar todas las aventuras que nuestra poderosa mente infantil es capaz de proyectar. Historias que se suceden una detrás de otra, sin límite, encadenándose de forma tan natural que es casi perfecta, ya que aún somos esos niños que no conocen el miedo, cuya mirada está más lejana que nunca del terrible mundo de los adultos. Todo es posible todavía, el tiempo transcurre despacio, ralentizándose una infinidad de veces, casi congelándose a cada segundo. Ya no recuerdo la última vez que sentí que el tiempo se detenía. Ahora vuela tan fugazmente que apenas puedo percibir su curso; un furioso río que desemboca en una catarata sin final. Al fondo un abismo desconocido que quizás sea la muerte. 

Me acerco a la parcela, la verja cerrada, la llave de cuyo candado dejó de pertenecerme años atrás. Dentro unas personas que no me son familiares. Caras desconocidas en las que nos veo reflejados a todos nosotros, a mis primos y a mí, cuando la infancia brillaba como un sol que ya he olvidado y cuyo aroma es el de los geranios que se marchitaron cuando se cerró la venta. Un olor que me acompañaba al recorrer todos los caminos de las cercanías, al explorar las montañas cercanas, incluso cuando con diez u once años le cambiamos la bujía al ciclomotor de mi abuelo, víctima del tiempo, oxidado, casi un esqueleto agonizante, y nos lanzamos a la carretera sin que nada nos importara más que el presente.  

Marcharé antes de que las personas que ahora residen aquí se encuentren con mis ojos y me miren con indignación, fantasmas de una familiaridad ignota. Todo sigue igual, por mucho que pasen los años. Nosotros somos los únicos que cambiamos, y vaya si lo hemos hecho; tanto que ya no habitamos ese lugar que nos dio la vida, que nos regaló tantos veranos. Sigue ahí la terraza cuyo borde hizo caer a mi primo, después la visión de su rodilla desgarrada, la sangre manando a borbotones, nuestros lisos y pálidos rostros presos del terror y el asombro; herida que las grapas cerrarían, pero cuya cicatriz permanecería por siempre, representando mucho más que una caída. Todavía sigue ahí la puerta en la que me reventé el dedo índice; esa es mi marca personal.

Ahí estoy también con mis amigos, con unos cuantos años más y algunas historias que contar. Es verano y somos adultos, pero el espíritu todavía es joven y rebelde, queriendo mantenerse al margen de las responsabilidades. Ahí están esos baños nocturnos en la piscina, copa en una mano y cigarrillo en la otra, la chica que me gusta justo enfrente. Esa noche le robaré un beso; no, eso ya sucedió, esa noche haremos el amor por primera vez, y será una de muchas chicas y noches que transcurrirán allí y dejarán una fuerte imprenta en mi memoria que, a día de hoy, cuando contemplo nostálgico la película de mis años perdidos, sigue palpitando con fuerza. 

Este lugar ya no me pertenece, ya no soy parte de él, ya me dio todo lo que tenía que ofrecerme y me enseñó unas cuantas lecciones. Ya no habrá aquí más baños nocturnos, ni barbacoas un domingo de primavera, ni borracheras ni sexo ni risas que contraigan las entrañas. No, este lugar está tan muerto como los niños que una vez fuimos en él. Sea como sea, estos caminos de tierra siempre estarán gravados en mi piel, como surcos o cicatrices por los que siguen fluyendo la vida y el tiempo; marcas de las que jamás lograré despojarme, y a las que quiero tanto como a los recuerdos que representan. Al final no somos nuestros logros sino nuestras ausencias, y esta es la que constituye los cimientos sobre los que me yergo. 

31 de agosto de 2016

Un final, que no un adiós


Es inevitable, las cosas tienen su finitud y siempre llega el final de algo, pero por suerte nunca es un último adiós, esos tan odiosos e indeseados. Pero sí, aquí hay algunos pequeños finales condensados en uno solo. El final de un verano que casi nos ha absorbido, el final de una temporada, de una etapa; cada cual que lo nombre como desee. 

Este mismo blog tiene poco más de un año; el final de su primer año ha llegado y ya ha comenzado el segundo. En este sentido, por suerte o por desgracia, nada cambiará, porque seguiré escribiendo y publicando aquí reseñas, pensamientos, reflexiones, vivencias y alguna que otra hostia de la vida, que de eso entendemos todos muy bien, estoy seguro. Y como siempre, dado que estoy libre de toda presión, seguiré publicando cuando me venga en gana, quizá nada en dos semanas, tal vez tres entradas en una sola; esto funciona así –yo funciono así–.

Hay quienes ya se han marchado y por ello se han celebrado diversas despedidas, unas más alegres y otras más melancólicas, porque al fin y al cabo es inevitable no entristecerse un poco, por mucho que nos ilusione el futuro y lo que nos tenga preparado. Esa excitación, esa emoción de lo nuevo, de la aventura, tintada con el ligero miedo que acompaña a los grandes cambios, es la que mantiene la luz de nuestra esperanza siempre encendida, una que crece día a día y quema las entrañas, ansiando llegarnos del todo. Pero como venía diciendo, algunos ya han desaparecido; unos temporalmente, otros para siempre, y ahora soy yo el que pronto marchará; aunque no del todo, claro, nunca del todo; es solo un final, no El final. 

Atrás quedan ya infinidad de vivencias hermosas y terribles que me han hecho crecer como persona, que me han llevado hasta lo más oscuro y que me han elevado de nuevo como por arte de magia, devolviéndome la ilusión por las pequeñas cosas, los pequeños momentos; por la vida misma. Atrás quedan tardes quemadas al sol de risas y recuerdos, de nostálgicas alegrías que el viento trató de hacer desaparecer pero que el corazón consiguió retener. Noches de calma bajo las estrellas, llenas de conversaciones estimulantes, de miradas que contaban más que las palabras. Noches de caos y ruido, de música y celebraciones, de magia envolviéndonos y haciéndonos brillar y echar chispas. Al final todo se condensa en la memoria; los sucesos, las personas y todo lo que nos transmitían, que por suerte ha sido mucho, tal vez demasiado en ocasiones, pero muy preferible a cascarones vacíos. 

Es ahora cuando todo eso regresa a mí, cuando el café se está enfriando, cuando el humo del cigarrillo consumido en el cenicero comienza a disiparse, cuando me sirven tarde aquella copa bien fría que pedí durante una noche perdida en el tiempo, cuando el rastro del último beso empieza a difuminarse en mis labios, aunque en el recuerdo siga más vivo que nunca. Ahora es cuando las nubes en el horizonte comienzan a disiparse mostrando la próxima parada, la siguiente aventura, el siguiente martillazo del destino que me volverá del revés, que es como muchas veces me gusta estar. ¿Qué hacer? Muy sencillo: estar cada día más preparado, más expectante, más ansioso. Muchas veces he hecho alusión a las puertas, y sí, al fin se han cerrado, todas y cada una de ellas; no quedan ya caminos que andar, no aquí, porque los que ya recorrí sé que seguirán abiertos de por vida, aquellos a los que asocio a la familia. 

Sé que seguirán ahí, y yo con ellos, indiscutiblemente. Esa sensación del hogar sigue palpitando como el primer día, esperando para cuando desee asomarme a echar un vistazo, algunas risas y unas cuantas cervezas más, para en lugar de seguir recordando, continuar creando momentos únicos, como ya hicimos muchas veces. 

Una etapa ha terminado, y toca decir Gracias a todos aquellos y aquellas que la conformaron. Mil veces gracias. A los que me hicieron mejor persona, a los que me ayudaron a descubrir la auténtica realidad del día a día que merecía la pena vivir, y a aquellas personas que me dieron la vida, día y noche, cuando los momentos eran felices y más todavía cuando eran demasiado amargos como para saborearlos en solitario. Muchas gracias. Y también, claro, a todos aquellos que intentaron destruirme, entristecerme o joderme de alguna manera,  -aunque sé que no leerán esto, y es por ello que les dedico un breve espacio, porque esas gentes no merecerían leerlo- solo decir: gracias también, pues sigo aquí, así que jodeos. 

En breves habrá nuevo material por aquí, porque la vida no se detendrá y el mundo seguirá girando, como siempre hace, tras cada golpe, levantamiento, pérdida o amor. Siempre, siempre sigue girando, y es lo que lo hace tan especial: que por mucho que a veces deseemos detenernos, nos obliga a continuar adelante, ya sea para ir en busca de descubrimientos o para regresar al hogar. 

13 de agosto de 2016

Aquel primer verano; aquella noche
























Las garras de arena me envuelven, rodeándome el cuello, obligándome a luchar por respirar. La brisa de fuego no es capaz de salvarme, ni sanarme. Es la sensación del verano, de uno pesado que ya había pasado.

Oh sí, recuerdo aquel primer verano durante el que nos conocimos. Cómo olvidarlo.

Rememoro, cada vez que cierro los ojos, aquella ola de calor, unos fuegos artificiales quizá imaginarios, puede que interiores, una fotografía de la inmortalidad y unas miradas robadas, acusadoras. 

Sí, aquel verano; lo recuerdo como si fuera ayer y puede que lo fuera. Al fin y al cabo el tiempo es extraño. El tiempo, para mí, no es más que el infinito conteniendo horizontalmente un reloj de arena que almacena las aguas de todos los océanos, y en su ola más elevada, una botella. Tarea nuestra es descubrir qué alberga.

Entonces sí, sería probable que la ola que nos cautivó aquella noche estival rompiera justo ayer, en este u otro mundo. Señor, cómo me gustaría verla romper infinitas veces y bañarme a diario en su espuma; pero me temo que es imposible, nadie quiebra el cristal de ese reloj, nadie vuelve atrás en el tiempo ni se mantiene en él.

No mentiré, no sobre el papel. Que se joda el tiempo, lo único que ocurre es que te echo de menos, nada más, de ahí mis divagaciones. Solo quiero repetir esa noche una y mil veces más, perderme en ella, cada vez por un sendero distinto, ahondando en sus posibilidades. Nada, nada más me importa lo más mínimo. 

Sigo sintiendo esas garras de arena apretándome fuerte, y no me dejan ir; yo solo quiero huir, correr, volar. Solo quiero tus labios; dame uno, solo un beso más, y en ese caso dejaré que me estrangulen. 

Cuántas cartas quemadas en la hoguera, cuántos papeles arrugados, gritos ahogados y fragancias disueltas en los vientos del recuerdo.

Me mostraste el camino correcto, me enseñaste el nombre de cada estrella en esa noche que deseé que nunca acabara; me susurraste el secreto de la vida para marcharte después, supongo que para volver a brillar más que nunca. 

Llámame loco, joder, lo estoy. Llámame amante, joder, lo fui, efímero y vulnerable, inocente y soñador. Un amante de las noches ebrias, de los besos húmedos, robados a escondidas, de las estrellas fugaces como tú, de la tinta derramada sobre las páginas, pero no de las historias a medias; sí de los principios complicados si comportan finales mágicos. Amante de las suertes de la vida. 

Amante de la gran broma pesada que es el día a día, pero creo que ya ha durado demasiado, que termine, ven y acaba de contarme aquella historia, aunque ya sepa cómo termina. Aquel primer verano, ¿o fue aquella primera noche? Ya no estoy seguro; demasiadas cervezas o demasiadas páginas manchadas, que suele ser lo mismo.

Estas garras no pueden seguir sujetándome, no mientras le grito al mar y a las olas, desesperado, pidiendo, rogando que me devuelva aquella botella que nunca llega. Pronto me iré y me pondré de nuevo en marcha, porque cuanto antes dé la vuelta al mundo antes volveremos a cruzarnos en aquel verano, aquella noche. 

Volveré a escoger aquel trabajo, a tomar aquellas cervezas en la terraza de un antro una tarde cualquiera, gritaré de nuevo de alegría una noche en la playa. Volveré a emborracharme nadando desnudo en el mar, lo haré todo igual, pero vuelve a decirme entre susurros cómo me ves, qué vas a hacer. Yo volveré a disimular que puedo soportar el ansia y el deseo, aguantar un poco más, y después volveré a apoyarme en el capó de aquel coche, encerrándote con mis brazos, para robarte unos cuantos besos antes de que salga el sol, aquel que nunca quise volver a ver mientras permanecías a mi lado.

Ahora es ese sol el que me abrasa, dorando mi piel, y nunca se va. Tendré que ponerme en marcha, el mundo es muy grande cuando uno se siente cansado. Es una gran y corta historia, pero el camino para llegar hasta ella es igualmente longevo y azaroso, así que requiere esfuerzo y decisión. 

Doy el primer paso.  


19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos. 

24 de abril de 2016

Una chica en una avenida vacía























Nos cruzamos por primera vez una noche cualquiera, presos de las maravillas del azaroso destino. Unas cuantas cervezas, el frío de una noche inmensa y una avenida vacía tuvieron la culpa de que aquella velada fuera distinta a todas las demás. 

Recuerdo su olor, el especial brillo de sus ojos ante una excitante conversación que parecía no tener fin, prolongándose durante las horas en que las estrellas poblaron el cielo. Nos recuerdo buscando un lugar abierto que nos acogiera y nos permitiera comprar cigarrillos, hasta localizar una gasolinera abierta 24h; y el breve paseo hasta ella, las ganas de nicotina y de lo que comportaría. Un viaje rápido, en parte realidad, en parte metáfora. Ni un solo coche acercándose, la ciudad vacía, callada, conteniéndose al igual que nosotros. 

Nos recuerdo deteniéndonos en plena calle, sin riesgo a morir atropellados pero arriesgando mucho más al acercarnos uno al otro, furtivos, robándonos mutuamente un primer beso que por las circunstancias que lo envolvieron, fue único y muy difícil de olvidar. Su sabor, su tacto, las caricias de nuestros labios entrelazándose; en mi chaqueta una cajetilla de pitillos que había perdido por completo su razón de ser y había quedado totalmente olvidada. 

Un beso, un mordisco que dejó una cicatriz cuyo resplandor desaparecería al día siguiente pero cuya huella permanecería. Porque era suya, era ella; eran esos besos los que me apartaban del abismo cuando mi cabeza asomaba demasiado, eran esos labios mi Prozac contra todo mal. 

Recuerdo cómo quemamos el frío entre abrazos, sacudidas, frenesíes y jadeos. Recuerdo el tacto de su piel desnuda bajo las sabanas, cómo se me acercaba en sueños para obtener el calor de mi cuerpo, que bullía. Recuerdo cómo entraba la luz a través de la ventana entreabierta, revelando que sucedió realmente

Somos pasajeros, así estamos concebidos, pero eso no implica que no nos quitemos las penas con conversaciones, esas que son largas y tendidas, con cervezas, cigarrillos y miradas cómplices de por medio; esas que versan sobre cualquier tema y que por sí mismas se profundizan; esas que nos enganchan de un modo invisible. Ese coqueteo que realizan nuestras mentes antes de que el ansia sea insoportable. 

Todo son recuerdos, lejanos, recientes; qué más da, lo importante es que en ocasiones los recuerdos son también realidades y que no bastan un par de noches en vela para olvidarlas, que no sirve el agua para limpiar las marcas que dejan en la piel. Y lo más importante: que pueden darse cuando sea, que podemos encontrarnos en cualquier momento, ya sea de noche o de día; porque cualquier día puedo ver de nuevo ese abrigo marrón claro y pensar que, tal vez, esa noche no sea tan oscura como las anteriores. 

23 de enero de 2016

Cuando se detiene el tiempo


No me sirven ya las excusas, no quiero escuchar más promesas de mundos mejores, de opciones viables y posibles, porque no quiero seguir buscando, no en el estricto sentido de la palabra. Siempre buscamos, creo; siempre andamos tras aquello que anhelamos, lo que creemos que podrá sanarnos, u otorgarnos una felicidad tan debatida, tan bellamente escondida, que ha escapado de la mano de demasiados. Estoy ya cansado de perseguir y acechar, de mirar tan de cerca cada minúsculo detalle que se me enrojecen los ojos, entrando en ellos cada una de las partículas de la mundanidad que nos rodea, a cada paso que damos, a cada exhalación que dejamos libre al viento.

Creo que también es bueno, de vez en cuando, encontrar sin siquiera buscar, solo levantando el pie justo después de apoyar el talón, antes de aplastar a la flor que luchaba por resurgir entre el cemento agrietado. Dicen que somos lo que hacemos, pero más bien somos una acumulación de lo vivido, de lo que nos ha paralizado y elevado durante un momento o una vida, que bien pueden ser lo mismo. Una vida condensada, en un breve tiempo, que se expande y expande hasta perderse en el infinito y volver para morderse la cola.

Que si me voy, pues me habré ido, pero temo que nunca podré desparecer, marchar del todo, olvidar cada risa y cada palabra que se dijo cuando el silencio reinaba, cuando no era necesario decir nada, y aun así esas letras surgían para quebrar el frío que nos aprisionaba; letras innecesarias pero hermosas, como todas las palabras que podían llegar a formar en sus divagadas combinaciones. No espero, no me sirve la espera, solo la marcha, siempre la marcha, porque el tiempo no se detiene y no solemos dejar que nada pase de largo; tan solo aguardamos mientras corremos a que la mano adecuada nos robe del camino, de improvisto, nos arranque suavemente del maratón que ya nos deja exhaustos, y nos deje grácilmente en nuestro lugar, sea cual sea.

Fotografías que cobran vida, que arrancan sonrisas, que nos nutren y nos despiertan arcaicas alegorías escondidas en las entrañas. Recuerdos pasados, soñados, vividos y vueltos a soñar, que dan vueltas y vueltas y mutan una y otra vez, pero que nunca cambian en su esencia, que siempre representan lo mismo, por ser incapaces de variar su origen. Creo que todos hemos sentido lo imposible, y si no pensadlo un solo momento.

Todos hemos sentido cuando se detiene el tiempo, o al menos cuando se ralentiza enormemente, cuando apenas parece fluir y nos quedamos bien quietos, con el cerebro todavía funcionando a mil por hora, examinando cada minúscula sensación que nos recorre el cuerpo cual relámpago en una tormenta. Porque sí, es una tormenta, ese momento en que una burbuja se arranca del tiempo y flota ante nuestras narices, elevándose para finalmente desaparecer, pero observamos ese efímero y longevo viaje, que no pertenece a ningún plano porque apenas está existiendo. Nos sentimos a nosotros mismos como nunca antes, hechizados, y tal vez sintamos a todos nuestros yo paralelos, o nos metamos en el universo de uno de ellos, viviendo lo que allí es posible pero aquí improbable, o directamente imposible. Y sonreímos, al darnos cuenta de que por un segundo al menos un sueño grande y poderoso ha cobrado vida, percatándonos de que, por un ínfimo momento, todo es simple y hermoso y perfecto.

Lo curioso es que cuando esa burbuja estalla y el tiempo corre de nuevo a velocidad normal, o así lo sentimos otra vez, la agradable sensación de victoria frente destino sigue presente y se va diluyendo paulatinamente, y mantenemos esa sonrisa que nunca antes había sido tan sincera.

Tal vez vivamos cien años, y cuando volvemos a la realidad solo deseamos que ojalá cuando todo llegue al final vuelva a empezar de nuevo, para que pasen otros cien años con tal de vivir otra vez ese único segundo de perfección.

Puede que seamos la acumulación de todas las veces que hemos sentido que el tiempo se detenía, y ojalá lo hiciera más a menudo, para que no corriera tanto y se nos escapara, u ojalá pudiéramos escaparnos de la realidad para siempre, aprovechando esa brecha, morando al otro lado, donde todo fue posible, donde todo sería idílico, donde no habría complicaciones y cada vez que habláramos fuera para regalarnos algo nuevo, no para apuñalarnos por la espalda. Donde la vida no fuera ligada a la muerte, donde el amor trascendiera al dolor y donde camináramos juntos para siempre.