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7 de enero de 2018

Bourbon & cigarettes


Allá iba otra vez, distinto lugar pero mismas condiciones. 

Entré en aquel antro con luces de neón en el exterior, rojas y azules, llamando la atención en la penumbra de un callejón cualquiera en una ciudad cualquiera. Siempre las mismas señales.

Un ambiente rancio, oscuro, carente de la atmósfera cargada de humo de cigarrillo que tanto me embriagaba en el pasado; ahora era más sobrio, pero los licores seguían manchando la barra y la buena música continuaba sonando de fondo a un volúmen decente. Tampoco pedía tanto.

Un billar al final del local, junto a los baños. Una barra más bien clásica y un sinfín de botellas colocadas en las repisas. Impregnaba el aire una suerte de perfume fruto del seco olor a cerrado, mezclado con una pizca de sudor, tequila, whisky, vodka y ron entremezclados en diminutos charcos sobre la madera carcomida, y algunas tapas pasando a mejor vida tras el mostrador. Quizá pudiera escuchar alguna canción romántica de los ochenta. Tampoco pedía tanto.

Me acercqué al barban, un tipo grande de largos bigotes canosos, mirada fría y hostil, grandes brazos de camionero; algún que otro tatuaje desdibujado pintaba la piel reseca y destrozada. 

Me sirvió el bourbon en un vaso pequeño, solo y sin hielo, cuidadosamente despositado sobre un posavasos. Demasiados mimos para un agujero de este calibre. No entabló conversación, pero se me quedó mirando de arriba abajo, descaradamente, intentando calarme como yo había intentado fundirme con su mundo. Ya lo engatusaría yo, quizá tras los dos primeros sorbos, puede que con un par de alagos, alguna pregunta peligrosa o tirando de temas banales: qué tal la noche, no hay mucha clientela, allá en el billar juega una chica bonita; no solía fallar. Lo único que buscaba, como en todos los locales de igual índole, era conseguir el acceso a la trastienda. Oh, claro que sí, todos ellos la tenían y brillaban después del cierre. 

Los altavoces escupían un tema de REO Speedwagon y mi mente se disparó irremediablemente hacia ella. Qué tía. Todo había cambiado mucho, claro está. Ya no era el mismo capullo de antes, sí un poco cabronazo, pero digo yo que en algo habría cambiado. Quién sabía qué será de ella. La creía muerta.

Sucedió en una noche como esa. Una chica bonita pululando por ahí. Puede que demasiado joven, quizá demasiado cansada para la edad que tenía. Un pintalabios exagerado, ojeras de noches sin fin, aliento etílico y una dentadura blanca y perfecta a pesar de las drogas, el tabaco y los excesos. Me acerqué a aquella flor enferma con mi bourbon de Kentucky en las manos; siempre quise ser un caballero del sur tras el regreso de mis viajes. 

No recuerdo qué le dije, seguramente alguna impertinencia. Puede que la llamara bonita, o chochete, se me iba mucho la olla. Solo recuerdo que, tras vomitarle un par de frases desagradables sin conseguir tintarlas de romanticismo, me propinó tal rodillazo en las pelotas que sentí ganas de echar la pota, y claro, quedé inmediatamente enganchado a ella, como a la cocaína cuando apenas contaba veinte años. Dulces recuerdos de un pasado putrefacto. 

El caso es que, en la noche que nos ocupa, logré camelarme al barman sin mucho esfuerzo. A las cuatro echaron el cierre y me quedé con los parroquianos. Los ochenta seguían sonando, pero el ambiente era muy distinto. Ahora era, al fin, mi ambiente. La trastienda, la hora mágica. Quién sabía qué podía ofrecer lo poco que quedaba de noche. Un poco de diversión. Destrucción y quizá algún revolcón, pues la chica bonita del billar seguía con nosotros. Era demasiado para mí, claro que lo sabía, pero ahí estaba una vez más, sentado a una mesa observando cómo corría otra noche, con el quinto bourbon y un cenicero repleto de cigarrillos frente a mí. Así es como debe oler el cielo, pensé. 

12 de octubre de 2017

Las últimas notas


Éramos como viejos casi en el ocaso de la juventud,
Ansiando llegar a jóvenes pasados los cincuenta,
Si es que llegábamos a sobrevivir
A tantas noches enfermas de euforia,
A tantas alegrías rotas en barras de bar
Y esquinas soleadas de farolas fundidas;
A tantas lágrimas ahogadas en humo de cigarrillo,
A tantas despedidas acumuladas en el futuro.
Teníamos en común la rebeldía inconformista,
Las ansias inagotables que nunca cristalizaban,
El sabor agridulce tras tantas victorias a medias,
La nostalgia anticipada de lo que nunca poseímos 
Y que se dejó marchar antes de ser alcanzado.
Éramos hermanos y hermanas de mundos dispares
Unidos bajo una generación de nuevo perdida,
Que llegábamos a tiempo para llorar de júbilo
Al echarnos del último antro abierto en la noche
Que silenció la última nota;
El último compás de una mítica canción
Que nos unió siéndonos desconocida
Para alumbrarnos la sinuosa senda
Sobre la que andábamos, pérdida tras pérdida. 
Y es que se nos cerraban las puertas de la gloria
Cuando lo único que buscábamos era el éxtasis,
El instante en que belleza y deseo se funden
Como los cielos y océanos bajo la lluvia de estrellas,
Y lo único que echábamos en falta era el sentimiento
De ascensión previo al golpe final y demoledor
Que tantas veces nos gustó saborear.
Parecen desfallecer aquellos soleados días
De prendas mojadas y cabellos revoloteados, 
De miradas que refulgían pasión y hambre
Frente a formas encumbradas por las cicatrices;
Son vistos ahora en sueños a través de prismas
Envueltos en sal, arena y aguas heladas.
Rememoraremos constantemente e impulsados por alas
Las inconstantes tormentas que nunca nos dejaron
Sin aliento antes de que llegaran:
Los primeros besos punzantes y cargados del aroma
De sonrisas que nacían frente a nosotros
Recortadas contra el ocaso de las ilusiones
Que nos mecían y protegían del orden;
La primera caricia sobre unas carnes trémulas
Que solo rogaban escuchar el rugido
Del placer absoluto estallando en derredor;
La primera lágrima que asomaba del ventanal
Por el que contemplamos tanta pureza desordenada;
El primer grito de angustia arrancado en la garganta
Al ver unas piernas contoneándose en dirección contraria;
El primer sabor que apreciaba una lengua virgen
Al recorrer vergonzosa unos surcos prohibidos
Que morían por sentir cualquier cosa
Que no fuera la melancolía de una ausencia;
El primer y último sexo al que admiramos
Brillar con luz propia y reventar
Viendo saciado un anhelo inextinguible. 
Todo lo que realizamos y lo que nos quedó pendiente
Es lo que conforma nuestras imágenes inmortales
Erigidas en los jardines de todo vecino
Que alguna vez compartió con nuestro espíritu
Unas palabras, una caricia o un secreto inconfesable.
Siempre nos gustaron esas últimas estrofas
Que podíamos revestir de nostalgia en el aire,
Cuando las liberábamos habiéndolas adulterado
Para el mundo, nuestro propio legado. 
Así fuimos y seremos, siempre jóvenes e inexpertos
En la locura y la maravilla, entre las risas
Y los revolcones y los adioses pronunciados tempranamente. 
Sí, siempre fuimos y seremos los locos amantes
De algún lado oscuro de la vida,
Que es el que más intensamente refulge
Cuando la luz ajena cede ante la nuestra.
Siempre seremos ese eterno bombeo
Y esas indestructibles entrañas
De los seres corruptos y prístinos
Que alumbran las últimas notas
De una canción que juntos escuchamos una vez. 

8 de junio de 2016

Por esas noches eternas

Volví a respirar la noche, a escuchar un silencio solo remotamente entorpecido. Volví a perderme en sus fluctuaciones, a contemplar un atardecer sin cerrar los ojos, hasta el final, y a esperar a que las luces del alba volvieran a bañar la ciudad. A cualquier ser medianamente nocturno le será imposible negar la magia que reside bajo un cielo oscuro repleto de estrellas, solo visibles cuando la contaminación lo permite, o cuando uno está lo suficientemente lejos para admirarlas. No podrán negar que algunas de las mejores cosas han sucedido ante su tímida mirada, bajo su luz marchita, durante ese lapso de tiempo que reinicia los días y los cuerpos, dándonos vida y energía de nuevo. 

Nada mejor que esa calma para que uno se dé cuenta de todo lo que tiene, pues los cielos estrellados en ocasiones parecen poder reflejar los soles que contienen nuestros corazones, así como la estela que dejaron las cosas que ya se fueron y los que ya partieron para no regresar. Los sueños y la escritura entrelazan sus dedos para darles forma sobre el papel, para que jamás sean olvidados del todo. Música, ruido, sonrisas y carcajadas, compañía o soledad, buscada o forzada; cada cual lo hace a su manera, o como se le permite hacerlo.

Uno se pregunta en esas largas y apacibles noches a dónde irán las palabras que se lleva el viento, si encontraran el lugar correcto, si hallaran al fin cobijo. Dónde acabarán los mensajes que no obtienen respuesta y las letras de las cartas que arden en el fuego. Muchas preguntas sin contestación son lanzadas sin saber tampoco cuál será su paradero, al no poder verse esclarecidas. Qué ocurrirá, por qué pasó esto o aquello, qué podría haber sucedido o dónde estará a estas horas; son algunas de las más frecuentes, y normalmente el tiempo se encarga de responderlas durante, quizá, otra noche en vela, estemos donde estemos. 

Café, cigarrillos, cerveza o copas, cada uno enjuaga su alma y sus tripas con unos medios, pero al final todos nos hacemos las mismas preguntas, desconocemos lo mismo y ansiamos cosas parecidas. No somos tan distintos al fin y al cabo, pero por suerte siempre sucede algo que nos saca una sonrisa y un brillo en la mirada. Uno no siempre gana por el mero hecho de haber peleado hasta el final y fieramente, pero de un modo u otro acabamos obteniendo algo; quizá nos haya desviado, tal vez nos haya sorprendido, y tanto mejor, pero solemos acabar en el lugar en que debemos estar y con la compañía que nos corresponde. Puede que el azar y la vida misma sepan mejor que nosotros qué debemos hacer y por dónde debemos tirar cuando llegamos a un cruce. 

Y con un poquito de esa suerte todo sufrimiento se verá compensado, y si no con lo que esperábamos, con algo todavía mejor que nos descolocará y nos hará creer de nuevo. Al menos así lo esperamos, no hay otro modo de seguir adelante cuando no hay nada a lo que aferrarse para no ceder ante la tormenta. Y seguiremos brindando por esas noches eternas de las que podremos disfrutar de vez en cuando, de las que nunca nos cansaremos; esas noches en que el calmado oleaje del mar se escucha más furioso que nunca al no hallar barreras, en las que la luna abrasa el cielo y en las que los besos saben mejor que nunca. Esas que, cada vez, nos hacen vivir y sonreír de nuevo.