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11 de julio de 2018

En línea recta


La carretera se extendía hasta donde la vista se perdía, emborronada, entre la infinitud. En el asiento del copiloto, de cuero recalentado al sol, descansaba la pitillera abierta, dando simétricos bandazos a los que el propio coche, guiado por un volante destrozado, trazaba en la nada. La pitillera metálica, rechazando la luz, carente de calmantes y rebosante de la misma sequedad que el asfalto. 

El asfalto virgen, tan pulcro como el cielo sin una nube, agonizando. El sol todo lo quemaba. El dolor que producía en los ojos era igual al que bombeaban los cuádriceps, castigados tras subir escaleras de tres mil millones de peldaños hasta un paraíso baldío. El sudor detenido en las cejas, en las pestañas, atascado como la espuma de la cerveza en el bigote descolorido. ¿Hasta dónde llegaría? Solo el depósito podía saberlo.

El depósito oxidando la gasolina a cada tramo rectilíneo. El rastro de humo visible desde kilómetros de distancia. Solo unas motas de oscuridad en un día radiante que volaba imparable hacia su ocaso. El fuego muriendo tras las montañas. Los cielos rosas poblando el panorama, preñándolo de una colorida bruma fantasma. 

¿Cuán larga puede ser la carretera? Quién sabe, quizá dé la vuelta al mundo. Solo es un tipo recorriendo una línea recta atravesando un ardiente verano sin fin. Solo es el último pitillo consumiéndose en unos labios cuarteados. Las últimas hebras extinguiéndose, tiñendo unos pelos sobre una línea tan recta como la que lleva al infinito. Sí, quizás solo sea otro tipo más atrapado en un verano que se niega a contemplar su fin, pero que, como todos los demás, claudicará algún día. 

25 de noviembre de 2015

Home Sweet Home (FF)


Todos buscamos la llama, el fuego ardiente, cuando el frío cala hasta los huesos. Cuando el viento gélido del invierno llega para sacudirnos como a las hojas de los árboles congelados, todos comienzan a buscar, a rastrear, a husmear tras cualquier esquina, cualquier rincón, tratando de hallar una pizca de calor, una pizca de cariño. Es lo que nos hace humanos, al fin y al cabo, esa necesidad de encontrar a los iguales, de finalmente dar con el grupo, clan o familia adecuados; un hogar, más bien un segundo hogar, casi tan auténtico como el originario.

Dicen las lenguas populares que, entre broma y broma, la verdad asoma. Pues quizá entre cafés calientes y humeantes, que dan vida a esas gélidas mañanas de invierno, entre pitillos en compañía, en la oscuridad, escondidos entre la luz de las farolas, entre ardientes tragos que empujen las tardes hacia remotos futuros, tal vez, entre todo eso, la vida asome, se deje ver, se dé realmente.

Nadie duda que la vida es un viaje, desde el nacimiento hasta la muerte, tanto físicamente como en el plano temporal; nadie puede ponerlo en tela de juicio. Mil veces subiremos y caeremos; la puta gravedad, las leyes físicas, nuestras mareas y nuestras olas. Sí, habrá mil olas, mil caídas estruendosas, como rayos en el desierto que levanten el polvo estancado con su impacto, y mil momentos en los que nos quedemos parados, petrificados cual estatuas, mil momentos en que se nos seque la garganta y nos quedemos sin aliento; los ojos húmedos, el corazón palpitando, rugiendo, nuestro interior sacudido y emocionado hasta los cimientos; quizá estos sean los mejores momentos, pero sin duda serán los más escasos, y los anhelaremos, a cada instante, como el aire que respiramos para sobrevivir. La vida es una jodida aventura, pero mejor vivámosla acompañados.

Cada uno debería capitanear su propio navío hasta el final, pero es inevitable reconocer que es un gozo supremo encontrar a la tripulación adecuada, nada fácil, pero posible. Te das cuenta de que has estado vagando a la deriva a través de las tinieblas cuando logras llegar al verdadero hogar, que no es un lugar, sino la gente que lo forma.

Esas personas con las que te sientes seguro, a salvo, con las que sin duda puedes y debes ser tú mismo, porque no te juzgarán sino que te elevarán, te cobijarán, y conformarán esa esfera densa e inmortal que te protegerá allá a donde vayas. Personas a las que acudir cuando el cielo se vea negro y te darán todo, con las que reír, beber, fumar y trascender una existencia que por sí misma carece de un color cálido que la haga vibrar y estremecerse. Gente con la que llorar cuando se presencie la caída de uno de los mil mundos que con arduo esfuerzo tratamos de edificar a diario. Sí, esas personas, esas almas, son difíciles de encontrar, pero cuando se logra se reconoce el calor de la auténtica bienvenida, del nacimiento de una sombra protectora que nunca te abandona, por lejos que te vayas, por oscuro que sea el túnel en el que te aventures.


Así que cuando nos sintamos aprisionados, asfixiados por mil fantasmas acechantes tras cada fachada, tras cada máscara, tan solo nos quedará mirar fijamente, y no hacia los lados, sino hacia nuestro interior, para encontrar esas fuerzas ocultas provenientes de nuestros hermanos y hermanas, para poder sortear cualquier obstáculo y seguir hacia adelante, siempre adelante… Saquemos la botella, brindemos y hagamos descender un Jack por nuestra garganta, por todos ellos, por todas ellas, por la amistad y la unión. Brindemos por el calor y la familia, que al final es lo único que permanece cuando todo lo demás camina hacia el olvido.