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20 de marzo de 2016

Caminando sobre las olas


No me importaba en absoluto si la niebla cubría densamente todas las calles, si la lluvia empapaba hasta el último recoveco de la ciudad, si el frío calaba hasta el alma, despojándonos de ella, o si el cielo se rompía sobre nuestras cabezas, permitiendo que los terrores siderales cayeran sobre nosotros.
Debería saber si se ha soplado la última vela, si se ha colmado ya el vaso, si no quedan palabras por susurrar. Eran cosas que tenía que saber, necesidades imperiosas, porque tal vez no podía pasar ni un segundo más estando en el lado equivocado, sin saber si el vaho que surgía de cada rostro quedaría como algo grabado a fuego y con esmero o si solo sería vapor de agua que se extinguiría en cuestión de segundos. Tenía que entender la intensidad de lo efímero, para poder comprender hasta dónde llegaría y dónde podría quedar el límite.

Toda mi vida había caminado a ciegas, como todo el mundo imagino, y no es que no me gustara el riesgo, que no me motivara, sino que necesitaba creer que había algún motivo de peso empujándome desde atrás para darme fuerzas. Había gracia en tantear el terreno, en salir bajo la luna sin saber cómo terminaría la noche, si todo conduciría a algún nuevo lugar o si volveríamos seguidos por nuestras sombras, acompasados por el frío viento, pero había momentos en que quería saber más, en que quería arrancar de cuajo los biombos que nos separaban de las verdades; momentos en que ansiaba echar solo una rápida ojeada al futuro para dar algún paso sobre seguro. No creo que pidiera tanto, pero quizá aspiraba a una ventaja de la que nadie disponía.

La poesía de las calles, de las baldosas, las letras escritas tras noches de insomnio con spray en las fachadas mugrientas y arcaicas de la ciudad vencida, cobraban ahora un nuevo significado, o al menos yo trataba de encontrárselo. De nada servía perderse, porque siempre nos encontrábamos en el mismo lugar. La huida no traía nuevas y renovadas esperanzas, porque tan solo representaba posponer la llegada de lo viejo, de las arraigadas costumbres que nos venían hablando desde hacía tiempo. Todo eran señales que conducían a casa, ya fueran nuevas o viejas, y las puertas a otros mundos seguían ahí, ocultas como siempre habían estado. Si uno encontraba la bola de cristal podía aspirar a coquetear con futuros que aún tardarían en llegar, pero los magos se escondían también, como las llaves.

Cuando todo había sido dicho, cuando el tintero se había secado, solo el interior revelaba ya las respuestas, habiendo hecho todas preguntas; después de que se las llevara el viento, después de que quedaran flotando durante demasiado tiempo. Es predecible que el cansancio alcance al final a todos, lo que no podemos asegurar es cuánto dura una vida, cuántos latidos da un corazón antes de agotarse. Es irónico y paradójico, a la par que certero, asegurar que el remedio que sana una herida se compone de los mismos brebajes que el veneno que la produjo, pero al final los círculos tienden a cerrarse, siendo complicado hallar un final distinto al origen.

Y si nada de aquello me importaba, me importa, es porque de alguna manera he saltado la barrera, he echado un rápido vistazo al futuro, solo viendo de soslayo el reflejo que la bola de cristal produjo cuando la lluvia dio paso a los rayos del sol, y todo en la misma noche, en que la luna, enorme y roja, se ocultó tras las nubes para no marcarnos para siempre. He saltado la barrera, he pasado el vacío tras tantear con la caída, y he comprendido que lo mejor que nos espera no está arriba ni abajo, en el cielo o en el infierno, sino frente a nosotros, solo que a cientos de kilómetros de distancia y quizá unos cuantos mundos más allá de nuestro tiempo. Pero por suerte damos positivo en energías, renovadas o viciadas, y nos quedan unas cuantas cartas bajo la manga.

Solo cabrá averiguar si la llegada de la primavera logrará sumirnos en un mar en calma o nos dejará seguir vagando, solo un poco más, por las aguas tormentosas repletas de olas que suben y bajan, infinitamente, creando su propio círculo, ese del que somos presas. Es cierto que unas veces estamos arriba y otras abajo, pero así es como nos gusta, porque estando arriba saboreamos el cielo más que nunca, y cuando nos sentimos descender, percibimos ya el tirón de la próxima ola que, tarde o temprano, como todo, acaba llegando. Porque nos alimentamos de la cinética, y cuando caminamos sobre las olas es cuando más libremente flotamos sobre todas las cosas.   


3 de febrero de 2016

Una moda jodida


Es extraño esto de las modas, da igual lo que duren, a qué vertiente hagan referencia, o sobre qué se posen, pero el caso es muchas veces, esperándolas o no, nos sorprenden. Hace nada leo en un artículo que a una película que, quizá no sea una obra maestra, pero que se acerca a la obra de arte, se la mete en la categoría de cine viagra, un simple insulto vacío y carente de significado y pruebas que sostengan el argumento –pruebas reales claro, inventadas puede haber hasta la saciedad–. Pero bueno, de esto ya me he quejado en otro lado –que se hará público la próxima semana–; a veces es difícil contenerse.

A todo esto se suma ahora una extraña moda; la de estar jodido. Sí, estar jodido, ya sea por el trabajo, o por no encontrarlo, por perseguir a la tía/tío equivocado/a, o por encontrar de repente un hueco interior que no es otra cosa que un vacío existencial; esto en personas que nunca han tenido uno, ya fuera por madurez, por edad, o por no pararse a pensar nunca en algo que distara más allá de su campo de visión (o a dos palmos de sus narices). Es curioso y gracioso. Bienvenidos al mundo, bienvenidos a la vida.

Puede que todos nosotros seamos otra generación perdida, ahora posmoderna y en un mundo superpoblado, de gente, competitividad, oferta y demanda. Y no es cuestión de refunfuñar, de buscar respuestas en el fondo de la botella (ahí no hay nada, salvo el culo de la botella, el culo del mundo), ni de realizar montajes hollywoodienses en una mente que ve todo a través de un prima paranoico, uno que le hace ver que todo ser viviente está en su contra y por ende que respira por él/ella. Aquí cada uno respira por y para sí mismo, que no es poco.

Quien se dé de bruces por primera vez con esa negrura interior solo encuentra algo que otros muchos ya hemos paladeado y superado, y cuando vienen más se vuelven a superar, son los baches de la existencia, simple y llanamente. A quienes no, a esos afortunados, enhorabuena, solo espero que esas reflexiones no lleguen al final y acaben como los protagonistas de La Juventud.

La paciencia, e incluso el pasotismo, el tomarse la vida con más calma y relajación, pueden ser armas muy poderosas. Hay quien revienta a la mínima, hay quien lo hace cuando una mísera gota colma un vaso enorme de mierda y salpica a todo dios. Yo creo que cuanto menos lata el corazón por gilipolleces, más viviremos, porque las hayamos padecido o no (espero que no, nadie), solo con pensar en desgracias ajenas, problemas de verdad, uno se da cuenta de que los mayores problemas de las vidas cotidianas de la gran mayoría son simplemente eso, estupideces.

Porque al final pesa mucho más una sonrisa que una lágrima (a no ser que sea de felicidad; entonces su valor y peso son infinitos), y es mucho más hermosa y trascendente, y simple y perfecta. Dediquémonos a sonreír más y a poner menos caras de mala hostia, y sobre todo, aquellos días en que no logramos encontrarle el sentido a la vida, tan solo compartamos tal sentimiento con la persona que esté a nuestro lado, porque si tampoco lo hace ya seremos dos, y así el veneno se diluye más fácilmente, pero más que por eso, porque quizá pueda darnos esa palmadita en la espalda, pueda dedicarnos esa sonrisa que nos empujará en la dirección correcta, en la de la respuesta, y tal vez mañana sea uno mismo quien ayude a un igual a hacer lo mismo.

En fin, que menos modas negras, absurdas e insultantes, y más fijarse en la belleza que existe en la cotidianidad –sí, hay más en lo espontaneo, lo extraordinario e incluso en lo caótico, pero también en el día a día–, que aunque esté algo escondida, si uno sabe mirar, la ve con claridad.