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29 de agosto de 2017

Una terraza con vistas


Al atardecer salgo a la pequeña terraza del tercer piso, impregnada del aroma de los jazmines que pueblan sus esquinas y muros, y contemplo la caída del sol. Solo me acompañan un cigarrillo y la omnipresente fuerza del silencio. 

Parece que pueda vislumbrarse desde esta diminuta atalaya todo un mundo de vida y color, que pronto se transformarán en una escala de grises solo pintada por el naranja decrépito de las farolas. 

Los extasiados gritos de unos niños que juegan en lontananza me llegan como débiles susurros que, como el humo del cigarrillo, van perdiendo cuerpo a medida que avanzan en la noche. Unas pocas nubes oscuras amenazan con ennegrecer tempranamente el panorama. A los niños parece no importarles, pues ellos juegan y juegan despreocupadas venga lluvia o no, y el reclamo de sus padres a la mesa será lo único que consiga arrancarles de la calle. Supongo que todo es más sencillo a esas edades, pienso al soltar una bocanada de humo. 

Pronto los diminutos surcos entre los adoquines de los callejones que dan a la plaza comienzan a inundarse; ríos microscópicos que convergerán en los océanos donde prima la luz frente a la penumbra. 

Sopla un viento cada vez más animado y comienza a refrescar. Llega la noche y sus maravillas. Los camareros de los distintos bares de la plaza van recogiendo las terrazas, apilando sillas y mesas para llevarlas adentro después. Retiran los toldos que antes protegían a los clientes del sol y que ahora solo pueden estropearse soportando el peso del agua, que va manando del cielo quebrado cada vez con mayor intensidad. 

Una sirena en la lejanía, aunque esto no es una gran ciudad. Allí el ruido es constante, las desgracias comunes y la calma impensable. Aquí el sonido es aislado, es fácil localizarlo y ver los destellos azules o naranjas después, rebotando en los edificios de alrededor. En las capitales se entremezclan las emergencias de bomberos, ambulancias y policías en una cacofonía constante, interminable. 

Quizá sea por eso por lo que regreso a este lugar constantemente y, en las noches de cada una de mis visitas, paso un buen rato al raso en la vieja terraza. Todo es viejo aquí, en realidad: la terraza, los muebles, los sucios cristales de las ventanas, los gruesos pilares de madera resquebrajados, el suelo, alguna que otra pared mohosa… Solo sobreviven, y brillan más todavía que en su juventud, los jazmines que ahora me rodean, recordándome la magia de algunas cosas viejas. 

Sí, me gusta asomarme y ver tanto a los críos jugando como a los viejos con sus bastones o andadores yendo o viniendo del bar de siempre, en el que juegan a las cartas y fuman puros. Parejas de nonagenarios, de espaldas encorvadas y rostros llenos de historia, paseando cogidos de la mano, entrelazando los años que les quedan y sonriendo afablemente por ello. 

Claro que me gusta subir y contemplar el pueblo, porque lo que se ve desde aquí arriba es el tiempo. Llueve sobre los gastados adoquines mientras el sol arroja sus últimos centelleos en el horizonte. Un ciclo tras otro, un mismo círculo infinito sobre el que todos damos vueltas y vueltas. Es hermoso aquello que acaba y empieza por la simple razón de que posee un final. 

Lo único que es bello y eterno son la noche y estos jazmines; el resto son las partículas de vida que flotan y se entremezclan con el humo del cigarrillo hasta que perecen y nacen de nuevo, y desde aquí arriba puedo apreciarlas a todas, brillando como luciérnagas en la noche. 

22 de junio de 2017

Verdades y tristezas posmodernas


Esta especie de llamamiento debería darse oralmente, un monólogo exterior, como me gusta llamarlo; sería más auténtico, aunque curioso, ya que se trata de un grito en pos de una inmersión de cada uno en sí mismo, de darse un paseo por ahí abajo, a través de las profundidades y con el único propósito de reconocer, de reconocerse, de recordar. 

Reconocer, sí, eso es importante. Reconocer lo que somos, cómo somos, cuáles son nuestras debilidades, penas, lastres, miedos y heridas. Qué hicimos, qué dejamos de hacer y qué nos quedó pendiente. Qué no podremos ya realizar jamás… Muchos catalogan este posmodernismo de triste, vacuo quizá, en el que predominan en los jóvenes las dudas, las crisis existenciales, los cambios radicales, las ansias de revolución, la pérdida de identidad… Sí, creo que hay tristeza en este mundo en el que vivimos, creo que la llevamos dentro, que nos impregna y que incluso puede llegar a definirnos, pero más que esa maldita tristeza, en ocasiones revestida de tragedia, creo que hay intensidad. No se ha perdido todavía esa sensibilidad que impulsaron los artistas en el pasado, solo es cuestión de sentirla y dejarla salir, para así atrapar todas y cada una de las impresiones que ofrece la vida, que no son pocas. Esa tristeza puede y debe ser combatida, puede que no superada o vencida, pero sí podemos aprender a vivir con ella; es bonita también esa superación, la superposición de la fuerza sobre la debilidad, la herida, el tacto de una mano sanadora recorriendo los surcos de una cicatriz… Claro que hay belleza en esos gestos. 

No, no creo que nuestras generaciones sean tan diferentes de las que nos precedieron, solo que quizá en la actualidad hay más maneras, además del arte, de hacerlas patentes y compartirlas con el mundo, de exteriorizarlas mediante la tecnología y hacer que den la vuelta al mundo, hallando iguales, empatizando con el resto y tratando de identificarnos con ellos, porque tal vez no logremos hacerlo con nosotros mismos. 

Hay que reconocerlo; estamos rotos, todos y cada uno de nosotros, y el que lo niegue miente soberanamente. Reconocer, ese es el primer paso; reconocer la pérdida, la ausencia, la marca y la huella, el sangrado… Y a partir de ahí comenzar a tejer y reconstruir de nuevo. Reconocer que seguimos rotos y que puede que lo estemos por siempre, reconocer que apenas nos conocemos, que no entendemos qué es la vida, cómo se juega a este juego para el que nos ficharon sin consultarnos, enseñándonos a dar cuatro pasos para después soltarnos en una jungla ultrasaturada de ruido, color y caóticos estímulos. A vivir se aprende viviendo, y uno empieza a pillarle el tranquillo cuando está llegando al final, estoy seguro de ello. 

Hay que reconocer que nos sentimos desarraigados porque, más que dudar de nuestra procedencia real, lo hacemos respecto del lugar al que creemos que deberíamos pertenecer, si es que llegamos a creer que, efectivamente, alguna vez estuvimos anclados a algún espacio físico. Reconocer que el tiempo solo corre una dirección y que, por mucho que nos joda, jamás podremos cambiarlo. Que hay gentes que quedan atrás, que nunca somos capaces de percatarnos de cuándo estamos en la cresta de la ola hasta que nos hallamos atrapados en un vertiginoso descenso que no podemos controlar.

Hay que reconocer que conocemos sobradamente la diferencia entre error y pecado. Que a veces la cagamos y vivimos con esas cagadas, no nos queda otra, porque es algo que hacemos involuntariamente, con desconocimiento, y luego tenemos que apechugar, pero también que somos tremendos y orgullosos pecadores, que realizamos algunos actos a sabiendas de que están mal y aun así, con conocimiento e incluso premeditación, los llevamos a cabo solo para, durante un momento, sentir el éxtasis, la excitación del mal, resarcirnos en él y dejarnos llevar a través de un caos que no sabemos a dónde nos conducirá y en qué condiciones nos dejará, a nosotros y al resto; he ahí la erótica emoción. Somos así, por naturaleza; animales salvajes ansiando liberarnos, sentirnos vivos acechando el peligro y la muerte, demasiado primitivos para un mundo teóricamente civilizado y demasiado concienciados para, simplemente, abandonarnos a nuestros más puros instintos y pulsiones. 

También hay que recordar, harto importante. Recordar no para errar de nuevo -pues hay que errar una y mil veces, siempre-, si no para poder escapar y vivir durante unos segundos en una vida ya pasada que idealizamos cada vez que la rescatamos del pozo de aguas densas y negras que es nuestra memoria. Recordar para poder soñar con una vida que nunca estará a la altura de las expectativas, pero en la que gozamos realizándonos mentalmente; es algo que nunca nadie nos podrá arrebatar.

Todos estamos un poco más jodidos de lo que nos atrevemos a reconocer, jodidos por cómo ha sido todo y por cómo sigue siendo, por todo lo mencionado anteriormente, y el que lo niega es que simplemente porta la máscara más elaborada de todos. La valentía no radica en esconder o negar, nada de eso, sino en sufrir y temer y aun así continuar adelante, pase lo que pase, siendo consciente de las consecuencias y sabiendo que habrá que afrontarlas con la cabeza alta cuando se presenten. 

Aunque siempre quedarán esos locos supervivientes, tocados, malheridos, algo melancólicos, pero que han aprendido lo suficiente como para sacarle una sonrisa al instante más amargo. Aquellos que han aprendido a sobreponerse a las cicatrices y a las ausencias, y que las llevan y recuerdan con orgullo. Porque a pesar de todas estas tristezas y verdades posmodernas siempre quedará la emoción, la felicidad más simple y la belleza, siempre la belleza, que cada cual encuentra en aquello que ama o le produce fascinación. Esa es la maravilla del mundo posmoderno, el saber reconocer que también las debilidades y las penas pueden llegar a ser hermosas y amadas con pureza.  

Solo queda quedarse escuchando, una bella noche veraniega de estas, al más loco y desarrapado soltando un soliloquio similar a este subido a un entarimado callejero. Estos fantásticos personajes siguen existiendo, persistiendo y luchando por pregonar las verdades recónditas que todos conocemos, pero que muchos se niegan a aceptar y escuchar; solo es cuestión de querer encontrarlos; solo es cuestión de creer y seguir viviendo.  

10 de abril de 2017

El hombre que espera


Que el tiempo ha sido siempre una perturbación para el hombre, un objeto de intenso debate y un tema clave de reflexiones y meditaciones, no es ningún misterio. Es algo contra lo que no se puede luchar, invencible. 

Algo que parece muy contemporáneo –ultracontemporáneo, diría más de uno–, es esperar. Dicho acto que consiste en dejar pasar el tiempo sin hacer nada, solo aguardando a que cualquier cosa suceda. Hay muchos impacientes, muchas personas cuyas ansias les pueden, les superan, y se inquietan y ponen nerviosos ante el arcaico acto del que hablamos. 

Hay que moverse, está claro, ser echado para adelante, como suelen decir, pero por desgracia en demasiadas ocasiones no nos queda más remedio que esperar. Eso es lo que te dicen: espera pacientemente… Como si el que te lo dice hubiera descubierto el secreto de la vida eterna y dispusiera de unas cuantas décadas de sobra para echarlas por la alcantarilla, esperando. ¿Esperar para qué? Pues, obviamente, para casi todo. 

Espera para conocer los resultados de un examen, una prueba o lo que sea. Espera una llamada, un WhatsApp, un correo electrónico, una respuesta a una pregunta, invitación, incitación o comentario cualquiera. Espera a que te llegue el sueldo cuando te has quedado pelado a mediados de mes, espera milagros en lugar de salir a buscarlos. Espera la llegada de las vacaciones, del verano, del día libre a la semana, para después ver cómo se consume con malvada rapidez. Y ya desde la infancia: espera a ser mayor, espera a tener la edad suficiente como para beber, fumar, conducir y entrar a un prostíbulo. Espera para poder votar y aun así ver cómo el país se va por el desagüe. Aprende a esperar, a no desistir ni renunciar, a no provocar un caos tan descontrolado que te sorprenda a ti mismo, fruto de las ansias que te dominan. En el mundo editorial: manda cualquier abominación salida directamente de tu enfermiza mente, sin filtrar ni adecentar, y espera una respuesta pacientemente, que puede tardar meses; la escritura lleva su tiempo, es un proceso lento… Es lo que dicen. ¿pero qué proceso no es lento, hoy en día? Espera para obtener un empleo mal remunerado y luego espera a que te echen para poder cobrar el paro. Espera en las colas del supermercado, del banco, espera a que te atiendan al teléfono, a que se rían de ti al otro lado de la línea, espera a que deje de llover para poder sacar a pasear a los perros sin ducharte prematuramente, espera el estreno de la película que llevas años deseando ver, el nuevo capítulo de esa serie que no te permite despegarte de la pantalla. Espera, espera y espera. 

Visto así, uno llega a pensar que, entre dormir y esperar, se nos van dos tercios de la vida en actos inútiles en los que solo permanecemos, sin realizar acción alguna. Tendríamos que vivir mil años para que las esperas tuvieran algún sentido y merecieran la pena. 

Aquel que posea el gran secreto que se dedique a esperar; el resto deberíamos comenzar a actuar y, al que nos mande esperar, sortearlo y seguir por nuestro camino. Porque lo único que pasa de largo al final, mientras uno espera cualquier chorrada, es la vida, y que se sepa solo tenemos una. 

31 de agosto de 2016

Un final, que no un adiós


Es inevitable, las cosas tienen su finitud y siempre llega el final de algo, pero por suerte nunca es un último adiós, esos tan odiosos e indeseados. Pero sí, aquí hay algunos pequeños finales condensados en uno solo. El final de un verano que casi nos ha absorbido, el final de una temporada, de una etapa; cada cual que lo nombre como desee. 

Este mismo blog tiene poco más de un año; el final de su primer año ha llegado y ya ha comenzado el segundo. En este sentido, por suerte o por desgracia, nada cambiará, porque seguiré escribiendo y publicando aquí reseñas, pensamientos, reflexiones, vivencias y alguna que otra hostia de la vida, que de eso entendemos todos muy bien, estoy seguro. Y como siempre, dado que estoy libre de toda presión, seguiré publicando cuando me venga en gana, quizá nada en dos semanas, tal vez tres entradas en una sola; esto funciona así –yo funciono así–.

Hay quienes ya se han marchado y por ello se han celebrado diversas despedidas, unas más alegres y otras más melancólicas, porque al fin y al cabo es inevitable no entristecerse un poco, por mucho que nos ilusione el futuro y lo que nos tenga preparado. Esa excitación, esa emoción de lo nuevo, de la aventura, tintada con el ligero miedo que acompaña a los grandes cambios, es la que mantiene la luz de nuestra esperanza siempre encendida, una que crece día a día y quema las entrañas, ansiando llegarnos del todo. Pero como venía diciendo, algunos ya han desaparecido; unos temporalmente, otros para siempre, y ahora soy yo el que pronto marchará; aunque no del todo, claro, nunca del todo; es solo un final, no El final. 

Atrás quedan ya infinidad de vivencias hermosas y terribles que me han hecho crecer como persona, que me han llevado hasta lo más oscuro y que me han elevado de nuevo como por arte de magia, devolviéndome la ilusión por las pequeñas cosas, los pequeños momentos; por la vida misma. Atrás quedan tardes quemadas al sol de risas y recuerdos, de nostálgicas alegrías que el viento trató de hacer desaparecer pero que el corazón consiguió retener. Noches de calma bajo las estrellas, llenas de conversaciones estimulantes, de miradas que contaban más que las palabras. Noches de caos y ruido, de música y celebraciones, de magia envolviéndonos y haciéndonos brillar y echar chispas. Al final todo se condensa en la memoria; los sucesos, las personas y todo lo que nos transmitían, que por suerte ha sido mucho, tal vez demasiado en ocasiones, pero muy preferible a cascarones vacíos. 

Es ahora cuando todo eso regresa a mí, cuando el café se está enfriando, cuando el humo del cigarrillo consumido en el cenicero comienza a disiparse, cuando me sirven tarde aquella copa bien fría que pedí durante una noche perdida en el tiempo, cuando el rastro del último beso empieza a difuminarse en mis labios, aunque en el recuerdo siga más vivo que nunca. Ahora es cuando las nubes en el horizonte comienzan a disiparse mostrando la próxima parada, la siguiente aventura, el siguiente martillazo del destino que me volverá del revés, que es como muchas veces me gusta estar. ¿Qué hacer? Muy sencillo: estar cada día más preparado, más expectante, más ansioso. Muchas veces he hecho alusión a las puertas, y sí, al fin se han cerrado, todas y cada una de ellas; no quedan ya caminos que andar, no aquí, porque los que ya recorrí sé que seguirán abiertos de por vida, aquellos a los que asocio a la familia. 

Sé que seguirán ahí, y yo con ellos, indiscutiblemente. Esa sensación del hogar sigue palpitando como el primer día, esperando para cuando desee asomarme a echar un vistazo, algunas risas y unas cuantas cervezas más, para en lugar de seguir recordando, continuar creando momentos únicos, como ya hicimos muchas veces. 

Una etapa ha terminado, y toca decir Gracias a todos aquellos y aquellas que la conformaron. Mil veces gracias. A los que me hicieron mejor persona, a los que me ayudaron a descubrir la auténtica realidad del día a día que merecía la pena vivir, y a aquellas personas que me dieron la vida, día y noche, cuando los momentos eran felices y más todavía cuando eran demasiado amargos como para saborearlos en solitario. Muchas gracias. Y también, claro, a todos aquellos que intentaron destruirme, entristecerme o joderme de alguna manera,  -aunque sé que no leerán esto, y es por ello que les dedico un breve espacio, porque esas gentes no merecerían leerlo- solo decir: gracias también, pues sigo aquí, así que jodeos. 

En breves habrá nuevo material por aquí, porque la vida no se detendrá y el mundo seguirá girando, como siempre hace, tras cada golpe, levantamiento, pérdida o amor. Siempre, siempre sigue girando, y es lo que lo hace tan especial: que por mucho que a veces deseemos detenernos, nos obliga a continuar adelante, ya sea para ir en busca de descubrimientos o para regresar al hogar. 

28 de agosto de 2016

Fragmentos de mis realidades con ella


Desperté al amanecer y simplemente la observé, tumbada boca arriba en la cama a mi lado. La luz del alba la iluminaba con sutileza, como si temiera dañarla. Observé cómo su pecho se hinchaba levemente con cada respiración pausada y tranquila. Toda ella era una calma total, su rostro en completa paz con el mundo, una ligera sonrisa esbozada en sus labios. Estaba preciosa. 

No pretendía agradar a nadie, ni destacar. Ni pizca de maquillaje, algún leve rastro de cansancio. Y por eso estaba tan hermosa, porque no pretendía estarlo para nadie salvo para sí misma. Yo sabía que había fuego bajo sus párpados, en su profunda mirada, pero se veía eclipsada por un mar en calma. 

Solo era ella, al natural, dormida, y estaba a mi lado. Así, cada mañana, estaba más guapa que nunca. 

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Emergió de pronto de la más densa oscuridad para alzarse como la última luz que iluminaría mi camino, como la última esperanza de un verano creído perdido, enterrado; como la ilusión que necesitaba mi cuerpo para sanar y mi alma para renacer. 

Desde entonces comprendí que esa ilusión, esa llama que prendió en el centro de mi abismo, es lo que al final necesita cada ser humano para seguir adelante, para creer de nuevo en la vida. 

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Me gustaba no porque fuera muy hermosa, que lo era, ni porque su cuerpo me volviera loco cuando hacíamos el amor, que lo hacía, sino porque era mucho más inteligente que yo, y no insinúo con esto que me considere más inteligente que la mayoría, pero ella conocía muchísimas cosas, sabía de muchos temas, y en los que yo podría considerarme un experto ella lo era aún más y eso hacía que la deseara con locura, porque con una conversación larga y tendida conseguía romper todos mis esquemas, volver todo mi mundo del revés, y no existe nada físico en este u otro mundo que pueda golpear más fuertemente que eso. 

Toda ella me embaucaba sobremanera, pero esa mente suya era lo que me maravillaba, me descolocaba y me enamoraba. Era mi perdición guardada en un precioso estuche, y gracias a la suerte de la vida podía abrirlo cuando quisiera, que era en todo momento. 

23 de agosto de 2016

Somos nuestras ausencias


En  muchas ocasiones la gente suele decir que somos lo que hacemos, o aquello que hemos conseguido. ¿Pero qué ocurriría si esto no fuera así? Bien podría plantearse al revés. Porque, ¿qué sucedería si en realidad fuéramos nuestras ausencias? 

Tenemos una concepción sobre la vida que nos dice que nacemos sin nada y paso a paso, día tras día y año tras año vamos consiguiendo cosas, construyéndonos a nosotros mismos, nutriéndonos de nuestro entorno y de los demás, pues también suelen decir que somos los que nos rodean. Quizá podría ser al contrario, naciendo con todo e ir perdiendo a lo largo del camino. No seríamos, entonces, todo aquello que hemos conseguido, sino nuestras pérdidas, nuestras faltas y ausencias, como veníamos diciendo. 

Muchos pensarán que esto es triste, amargo, pero no tendría por qué ser así. Quizá Scott Fitzgerald dio en el clavo en cierta manera con su relato, una especie de vida y “crecimiento” invertidos. Las personas podríamos ser como el proceso de elaboración de una escultura. Cuando naciéramos seríamos como un gran bloque de mármol, informe, sin personalidad, sin anécdotas, sin vivencias… Tendríamos todo, pero también en ese conglomerado entraría lo malo, porque las ausencias no tienen por qué ser siempre negativas; en ocasiones logramos desprendernos de aquello que nos hacía daño, que nos hacía peores y mejoramos como seres humanos. La vida nos iría esculpiendo poco a poco, a veces con suavidad y otras con dureza, en ocasiones con leves toques y en otras con contundentes martillazos que nos dejarían descolocados, pero al final de nuestra existencia no seríamos otra cosa que la hermosa escultura terminada, en su forma final. 

No es descabellado al fin y al cabo, porque a lo largo del recorrido sí vamos acumulando pérdidas. Logros, bienes materiales, personas… Es una pérdida tras otra, una ausencia tras otra, y aprendemos a vivir con ellas –o sin ellas– y eso nos hace más grandes, nos hace crecer como personas. Y al final, lógicamente, tenemos la gran ausencia, la muerte, que es la vida arrebatándonos la propia vida, privándonos de ella misma y dejando una imagen fija de nosotros, tanto físicamente como en la memoria de los nuestros, una inmortal que ya no mutará nunca más porque, para nosotros, el tiempo habrá dejado de existir. Y ahí estaremos, como una escultura en su forma final. 

11 de agosto de 2016

Oda al anhelo




Si  tuviera que temer a algo sería a su ausencia, porque ya no temo a la página en blanco, a la inmovilidad de mis dedos sobre las teclas, ya que ella consiguió aniquilar ese y todos los demás miedos que pudieran poseerme; salvo el de su pérdida. 

Ahora fluyen libres mis pensamientos al igual que lo hicieron nuestros movimientos, nuestros cómplices actos aquella noche que la memoria se empeña en arrastrar al olvido. Al menos, por ahora, todavía puedo recordar los detalles: la tremenda ola de calor estival que nos golpeó como un martillo cuando abandonamos la casa, después de una cena copiosa, cuatro risas y unas cervezas de más. Recuerdo con claridad el bullicio de la calle a aquellas horas, las idas y venidas de la gente, nuestras esperanzas y ansias; pero sobre todo sus andares despreocupados. Todavía puedo recordar su mirada de ojos oscuros indagando en el ambiente, clavándose en mí de vez en cuando, inocentes y llenos de misterios indescifrables que yo anhelaba descubrir. Su cabello corto color azabache ondeaba en la brisa de fuego y su fragancia, su particular aroma, llegaba hasta mis sentidos en forma de ilusión y nostalgia, como el perfume de lo efímero, de la desesperada fugacidad de aquello que se encuentra cuando nada se busca y nada se espera, salvo el amanecer de otro día como los demás, carente de sentido. 

Me pregunté después de conocerla si es posible añorar algo que jamás se ha tenido, porque yo lo sentía; es extraño, pero desde entonces sigo preguntándomelo cada día, cuando aún espero recibir noticias suyas de un momento a otro, cuando todavía espero verla aparecer tras la primera esquina, esbozando esa sonrisa que me embauca y llevándome de la mano a cualquier rincón de la ciudad que nos admita, para tener una de nuestras conversaciones y así poder escucharla hablar durante horas para cerciorarme de lo que ya aventuré en nuestras primeras charlas: que cuanto más la escuchaba hablar, con cada palabra que pintaban sus labios en el aire, más me gustaba y hechizaba. 

¿Cómo olvidar todo eso? Es imposible, y de no serlo sería una cuchillada a la vida misma, un crimen imperdonable; algo por lo que dejar de existir. No, uno no puede olvidar una de las pocas veces que, con la suerte de un azar favorable, logra volar como las aves, desprenderse de sus preocupaciones y sentir la vida como siempre tendría que haber sido.

No, no puedo obviar las fantasías ocultas en el agujero negro de sus ojos, ese que me atrajo y atrapó como un terrible vórtice de placeres prohibidos. Sería inmoral olvidar el tacto de sus manos sobre las mías, acariciándome suavemente y haciéndome vibrar con algo tan simple y puro. Y lo peor, o tal vez lo mejor, es que tampoco querría hacerlo, olvidar. 

Prefiero el anhelo, la agonía de la espera o la soledad, de las ilusiones resquebrajadas rasgándome el alma, antes que ceder ante un sencillo olvido. Prefiero sufrir, en este caso, con tal de mantener su imagen lo más vívida posible en las capas más fuertes de mi memoria, las únicas que podrían albergarla. Elijo ese anhelo capaz de destruirme más fácilmente que un incendio prendido directamente a las puertas de mi corazón. Daría todo cuanto tuve, tengo y tendré por besarla una sola vez más. Escogería una sola noche más con ella antes que la vida eterna. ¿No sería eso suficiente? ¿No podría dar todos los amaneceres que me quedan por verla una vez más, por escuchar su voz y el sonido de su risa? Yo mismo me arrancaría las entrañas por rozar sus labios rojos y sensuales una última vez. ¿Cómo, entonces, podría llegar a olvidarla estando dispuesto a entregarme de tal forma? Sería ridículo. 

Por el momento solo sé que los días transcurren pesados, con lento devenir y sin darme cuartel para cualquier acto que no consista en anhelar su presencia, respirarla en cada ráfaga de aire, verla en cada hermosa puesta de sol y beberla en cada trago de alcohol, almacenado en botellas sin etiqueta y cuyo fondo no alberga respuesta alguna para mi desasosiego. Qué hiriente esto del anhelo, de llenar páginas y páginas echándola de menos, escritas con palabras incompletas, faltas de la inspiración que surge al verla brillar.

Soñaba con ver las estrellas reflejadas en su piel desnuda, enseñándome el camino hacia la felicidad, y con pasar largas tardes juntos paseando por la playa, para finalmente abalanzarme sobre ella y hacerle el amor en la arena, con el sonido del oleaje como único testigo de nuestra pasión, de nuestras penas sanadas y nuestra soledad abrasada. 

Quisiera que estas palabras fueran mi última canción desesperada, para poder abrazarte cada vez que sintiera de nuevo el impulso de añorarte. Quisiera que estas letras fueran la última oda a la tristeza, a la desesperación, al anhelo y a la locura por no saber dónde andarás y por qué no hubo respuestas a las preguntas que se me escaparon con un grito ahogado cuando entendí lo que ocurría. Quisiera muchas cosas, pero las cambiaría todas por tu boca. Y solo en caso de que me lo pidieras escribiría; escribiría hasta que me sangraran los dedos, lo haría hasta morir, porque cuanta más tristeza plasmara en el papel más alegría albergaría mi corazón. 

8 de junio de 2016

Por esas noches eternas

Volví a respirar la noche, a escuchar un silencio solo remotamente entorpecido. Volví a perderme en sus fluctuaciones, a contemplar un atardecer sin cerrar los ojos, hasta el final, y a esperar a que las luces del alba volvieran a bañar la ciudad. A cualquier ser medianamente nocturno le será imposible negar la magia que reside bajo un cielo oscuro repleto de estrellas, solo visibles cuando la contaminación lo permite, o cuando uno está lo suficientemente lejos para admirarlas. No podrán negar que algunas de las mejores cosas han sucedido ante su tímida mirada, bajo su luz marchita, durante ese lapso de tiempo que reinicia los días y los cuerpos, dándonos vida y energía de nuevo. 

Nada mejor que esa calma para que uno se dé cuenta de todo lo que tiene, pues los cielos estrellados en ocasiones parecen poder reflejar los soles que contienen nuestros corazones, así como la estela que dejaron las cosas que ya se fueron y los que ya partieron para no regresar. Los sueños y la escritura entrelazan sus dedos para darles forma sobre el papel, para que jamás sean olvidados del todo. Música, ruido, sonrisas y carcajadas, compañía o soledad, buscada o forzada; cada cual lo hace a su manera, o como se le permite hacerlo.

Uno se pregunta en esas largas y apacibles noches a dónde irán las palabras que se lleva el viento, si encontraran el lugar correcto, si hallaran al fin cobijo. Dónde acabarán los mensajes que no obtienen respuesta y las letras de las cartas que arden en el fuego. Muchas preguntas sin contestación son lanzadas sin saber tampoco cuál será su paradero, al no poder verse esclarecidas. Qué ocurrirá, por qué pasó esto o aquello, qué podría haber sucedido o dónde estará a estas horas; son algunas de las más frecuentes, y normalmente el tiempo se encarga de responderlas durante, quizá, otra noche en vela, estemos donde estemos. 

Café, cigarrillos, cerveza o copas, cada uno enjuaga su alma y sus tripas con unos medios, pero al final todos nos hacemos las mismas preguntas, desconocemos lo mismo y ansiamos cosas parecidas. No somos tan distintos al fin y al cabo, pero por suerte siempre sucede algo que nos saca una sonrisa y un brillo en la mirada. Uno no siempre gana por el mero hecho de haber peleado hasta el final y fieramente, pero de un modo u otro acabamos obteniendo algo; quizá nos haya desviado, tal vez nos haya sorprendido, y tanto mejor, pero solemos acabar en el lugar en que debemos estar y con la compañía que nos corresponde. Puede que el azar y la vida misma sepan mejor que nosotros qué debemos hacer y por dónde debemos tirar cuando llegamos a un cruce. 

Y con un poquito de esa suerte todo sufrimiento se verá compensado, y si no con lo que esperábamos, con algo todavía mejor que nos descolocará y nos hará creer de nuevo. Al menos así lo esperamos, no hay otro modo de seguir adelante cuando no hay nada a lo que aferrarse para no ceder ante la tormenta. Y seguiremos brindando por esas noches eternas de las que podremos disfrutar de vez en cuando, de las que nunca nos cansaremos; esas noches en que el calmado oleaje del mar se escucha más furioso que nunca al no hallar barreras, en las que la luna abrasa el cielo y en las que los besos saben mejor que nunca. Esas que, cada vez, nos hacen vivir y sonreír de nuevo. 

31 de marzo de 2016

Háblame



















Acompáñame cogida de la mano a través del paseo marítimo, respira los vientos marinos por mí y ayuda a mis pulmones, que únicamente quieren deleitarse con el perfume que el viento arrastra desde tu cabello hasta mis sentidos. Ayúdame a dar la bienvenida a cada nuevo día que nace tras una noche intensa, mientras aún seguimos en la cama, mientras los recuerdos fluorescentes de una velada mágica todavía flotan a nuestro alrededor.

Rómpeme los esquemas, hagamos el amor y después háblame de tus poetas favoritos, de qué te hicieron sentir cuando los leíste por primera vez hace años, cuando la luna brillaba sobre la arena de la playa y la brisa pasaba las páginas por ti, empapuzándote esas letras doradas que te harían brillar más que nunca, ahora que entiendes lo que vivieron para escribir esas verdades, ahora que tú también lo estás viviendo y sintiendo; háblame de aquellas épocas, cuando todo era más sencillo, cuando aún no nos habíamos conocido y cuando me habrías rechazado antes de verme. Háblame de cuando viajaste por primera vez, de cuando te enamoraste de un paisaje y de cuando respiraste un ambiente que llenó tus pulmones de un aire tan puro que casi te hizo reventar. Cuéntame todas esas cosas mientras todavía las finas sábanas cubren nuestros cuerpos desnudos, antes de que salgamos al mundo salvaje de nuevo. Haz que tus palabras silben por el viento sabiendo que llegarán hasta mis oídos, esté aquí o en el otro extremo del mundo, estemos juntos o separados, fusionados, revueltos o distanciados, porque escucharía un grito de socorro tuyo a miles de kilómetros de distancia y acudiría volando a tu rescate, porque esa sería la unión que nos representaría, una que no entendería nada sobre la vida y solo sabría de pasiones.

Flaubert quiso escribir un libro sobre la nada; ayúdame tú a hacerlo sabiendo que eres mi todo. Dame una sola nube y te esbozaré el cielo; dame la estrella que representas y te daré el universo entero. Dame un simple y sencillo beso y te diré porqué es diferente a todos los demás, porqué brillas con más pureza y porqué eres la única en el firmamento. Déjame besar todo tu cuerpo centímetro a centímetro y te demostraré porqué eres mi paraíso perdido. Asómate a mis páginas para encontrarte y me asomaré a tu interior para intentar que alcances la mortalidad por mí, por ti y por todos nosotros.

Demuéstrame que aquella fotografía que vi hace tiempo, con una prístina y sincera sonrisa y con una mirada entrecerrada, no era el reflejo de un ángel, no era la imaginación dislocada que creaba a un dios en la tierra para nosotros, sino que era una mujer de carne y hueso, por increíble que pareciera por su belleza, y que seguía existiendo más allá de los sueños. Para que entienda que esos cabellos no eran los rayos del sol sino el esbozo de tu cuerpo frente al mar, para que pueda erigirte como aquella que quema mis dudas y abrasa mis miedos, aquella que pinta con colores de esperanza un futuro tan solo dibujado con oscuro y difuso carbón. 

Regálame lo que guardas y te daré todo lo que he sido, lo que soy lo que seré hasta que muera. Muéstrate ante mí y te ofreceré mi tiempo y te enseñaré cómo pueden detenerse los relojes y cómo condensar los espacios para vivirlo todo en apenas unos minutos. Empújame hacia adelante y quítame a los que me frenan, acompáñame y descubramos de una vez por todas qué es la vida y cómo se vive de verdad y con intensidad. Porque mi sol sale y se pone contigo; solo por eso sé mi fuego, sé el agua que nos compone y sopla el viento que nos hará traspasar las más densas barreras de la realidad para fundirnos con los sueños tantas veces soñados.

Y sobre todo solo sé tú, porque Hermann Hesse tenía razón al afirmar que ser amado no es nada, que amar, sin embargo, lo es todo. Y cada vez está más claro que lo que hace valiosa y placentera la existencia es nuestro sentimiento y nuestra sensibilidad. Porque la belleza no hace feliz al que la tiene, sino al que sabe amarla y venerarla, y creo que sobre eso he aprendido mucho, y porque no existe una obligación de amar, solo hay la obligación de ser feliz. Para eso exclusivamente estamos en el mundo. Y eso ya se ha conseguido, así que gracias, porque el simple hecho de escribir estas líneas me ha llenado de felicidad.  

10 de marzo de 2016

Cuarto de siglo

Dos días después de haber superado el cuarto de siglo uno se da cuenta de unas cuantas cosas… Mentira, todo sigue igual, pues un día en el calendario, un movimiento de la varilla del reloj, o un suspiro contado, pocas veces cambian algo. Pero cuando uno lleva respirando veinticinco años ha aprendido ya unas cuantas cosas –obviamente los que lleven mucho más pisando estas tierras seguramente dirán que no tenemos –los de nuestra generación – ni idea de la vida; aunque puede que otros se hayan dado cuenta de que algo vamos sabiendo ya.

Me han preguntado muchas veces cómo me siento, si la vida me pesa más, si me siento “viejo” y ese tipo de cosas que suelen decírsele al que cruza el umbral. Y lo que he respondido, porque es la verdad, es que me siento más joven que nunca. Porque creo que la juventud no la marca la edad, sino la salud del espíritu, las ganas de vivir, y es por ello que muchos viven hermosas juventudes pasados incluso los cincuenta años. Pues sí, nací un viernes 8 de marzo a las siete de la tarde, ya de cara al fin de semana, al jaleo, lo cual tuvo que significar algo. Y qué mejor día para nacer, quizá tenga algo que ver con que mi apoyo a las mujeres, trabajadoras o no, haya sido siempre infinito, y más teniendo los buenos referentes que he tenido siempre en mi casa, en mi familia, y entre mis amistades. Todas ellas luchadoras y grandes mujeres, ¿cómo no tomar ejemplo de ello?

Tal vez mis ansias de vivir vengan de una lección que aprendemos todos con el paso de los años, y que cuanto más avanzamos en esto que llamamos vida mejor y más intensamente apreciamos. Algo que nuestras madres nos han dicho miles de veces, y nosotros, como inocentes infantes, estábamos lejos de comprender. Algo que pasados los veinte comienza a hacerse más entendible: el fugaz paso del tiempo. Creo que cuando uno es realmente consciente de cómo vuela ese maldito, aprende a valorarlo más todo, sobre todo las pequeñas cosas, los detalles hermosos de la vida. Sobre todo a apreciar lo que tiene delante, a dejar de soñar –nunca en el buen sentido– y a tener los pies en la tierra, esto es, a saborear de verdad lo que está viviendo en cada ínfimo momento, ya sea un paseo, una conversación con un ser querido –o una animada charla con alguien a quien se está conociendo–, disfrutar de un café, de una cerveza, de una bella sonrisa, de una brillante mirada, de una puesta de sol, una escapada de fin de semana, una noche de juerga intensa o unos revolcones bajo las sábanas. Todo cuenta y nada vuelve, y uno aprende a disfrutarlo, sin desear estar en otro lugar o con otra persona, porque todo llega y como decía, nada regresa. Si el reloj corriera hacia atrás de vez en cuando otro gallo cantaría, pero sabemos que eso nunca sucede.

También he aprendido, más o menos en este sentido, a no temer al futuro, a lo que puede llegar, porque las persona tenemos la increíble y maldita capacidad de hacer un mundo de una chorrada, temiendo la llegada de un mísero momento durante demasiado tiempo, cuando en realidad, en el instante en que se presenta, como todo, pasa volando, así que he aprendido a disfrutar más y temer menos, lo cual me ha empujado a lugares a los que nunca esperé llegar y me ha permitido vivir experiencias increíbles.

Todo lo que he leído, y lo que he visto, me ha enseñado que todo podría ser de otro modo, y cada vez que lo pienso no puedo sentirme más que afortunado, porque teniendo una vida de lo más corriente, es en cierta manera extraordinaria, tal vez por las facilidades, por la falta de graves penurias, o por la gente que la completa y le da sentido; muchos deberíamos dar gracias por ello.

Como aficionado –obsesionado a veces– que soy a la escritura, he aprendido que la mayor parte de la literatura se hace lejos del portátil, de la máquina de escribir o del boli, porque la que me interesa no puede ser concebida encerrado entre cuatro paredes, ahí poco hay que absorber; porque cada vez me interesa menos la pura ficción. Porque la literatura de verdad se hace ahí fuera, bajo el sol y la luna, en la vida real. Y a propósito de esto, dejar claro que por grises que puedan ser mis textos veo la vida más brillante cada día; que le dé unas cuantas pinceladas con mis pequeños toques de ficción después es otra cosa, porque a veces prefiero escribir sobre lo malo, sobre desgracias y desgarradores sentimientos, sobre pérdidas, para sentirlas menos en mi corazón, para de algún modo purificarme sobre el papel. ¿Si no me sirve la escritura para eso, para qué la quiero? Y espero que si alguien alguna vez se asoma a alguna de esas páginas mías tan negras, al levantar la vista y mirar al frente, a la vida, se sienta aliviado, se sienta más alegre al realizar una comparación entre su propia existencia y la que está narrada en el papel. A mí me gusta hacerlo, porque al ver lo malo, al experimentarlo, después lo bueno sabe mucho mejor, cualquier cosa, por diminuta que sea, está comprobado. Puede que la literatura no pueda salvarnos, pero sí sanarnos en gran parte.

Me da igual cuán corta o larga sea la vida, ya voy viendo que es efímera en extremo; solo me importa vivirla de verdad y sentir cosas realmente intensas, porque esos recuerdos pesan más que los años, más que el paso del tiempo, que ya es decir. He aprendido por ello también a dejar a un lado los malos tragos, los malos rollos, y es por ello que pocas cosas logran enfadarme de verdad, porque prefiero no darles importancia, pues así solo conseguimos amargar unos días que se nos restan, y prefiero pasarlos sonriendo, preocupándome por las bendiciones, a estar maldiciendo por cuatro chorradas que al final no son más que nimiedades. Cuando he visto a alguien decir muchas veces “me la suda”, y demostrar que así es, lo he visto llegar más lejos que nunca; por algo será. Deberíamos practicarlo más a menudo.

Y por último quiero recalcar solo un par de cosas más que en los últimos meses se me han hecho más patentes, pues las he podido observar más de cerca en algunas personas, y me gustaría compartirlo. Primero, que uno se sirva del amor, sea cual sea su índole, y que lo aproveche para engrandecerse, nunca para abatirse. El amor de pareja, el amor de la familia, o el que nos regalan los amigos. Todos, todos, tenemos de un tipo u otro, y no hay que hacer hincapié en las carencias, sino en las posesiones. Valgámonos de él para seguir adelante, porque puede salvar vidas. Apoyémonos en él, porque nos hará ver todo de otra manera. Y la segunda cosa va en referencia a los pilares que uno mismo se erige para seguir adelante. Creo que nadie, nunca, debería aferrarse tantísimo a una persona como para que signifique todo su apoyo y su razón de ser, porque por desgracia las personas pueden fallar, ya sea por ellas mismas o por contrariedades de la vida; pueden irse. Nunca sufrir demasiado por los fracasos personales o amorosos, sino adquirir cada una de las experiencias distintas que cada persona nos da por separado, eso es lo bonito de la gente, lo que cada uno te hace vivir, y administrar esos recuerdos, esas vivencias, es lo que mejor que uno puede hacer, en lugar de detenerse en los errores o en las pérdidas. Todos aportan algo valioso, solo hay que saber verlo, aceptarlo y atesorarlo.

Y tener siempre algo a lo que aferrarse, algo que nos dé energía vital que no sea una persona, sino algo mayor que un solo individuo. Algo que falle quien falle, siga estando ahí como una de nuestras razones de ser. Unos lo tendrán en sus aficiones, en sus sueños y metas, en sus trabajos, en el arte… Hay mil posibilidades, pero si tenemos un solo motivo, las personas de nuestro alrededor lo agrandarán sin convertirse en el centro de nuestro universo, lo que creo que en ocasiones puede ser un error. 

17 de febrero de 2016

Hablemos de lo que quieras, pero hablemos


Encontré una carta arrugada, muy maltratada, y leerla fue como asomarme a un mar tormentoso desde un acantilado en una noche sin luna, sin saber dónde había amarrado la barca que me llevó a ese lugar perdido.

No podía recordar si la había escrito yo o era una ventana a la vida de otro, y en caso de haber salido de mi pluma, no recordaba ni el dónde ni el cuándo, o si era una vieja materialización de un sueño olvidado, pero al leer esas líneas todo se me volvía difuso y confuso, el mundo se ponía del revés y nada tenía sentido. Tal vez fuera por reconocer en cada palabra una minúscula parte de un yo que había sido aniquilado hacía mucho, tanto por el tiempo como por las propias acciones.

“Desearía abrazarte, besarte, estrujarte contra mi cuerpo para que me dieras calor, para que hiciéramos arder el frío que nos rodea, pero sé que es difícil, quizá imposible. Creo que ahora pertenecemos ya a mundos distintos, por mi culpa, mis prisas y mi pronta bravura. Nos hemos evadido, nos hemos perdido del mundo, enajenados, valientes, bellos en nuestros actos inocentes. Nos dejamos llevar hace tiempo, y acabamos escondidos el uno del otro, destinos distintos, alejados por el viento aun queriendo vestirnos cada uno con la piel del otro, para abrigarnos, para animarnos a ser más de lo que fuimos. Podríamos controlar el tiempo, para cambiarlo todo, a nosotros mismos, que somos los que erramos, no nuestros corazones, que siempre fueron sinceros, que siempre fueron el final veredicto.”

Tales líneas me taladraban la cabeza como bombas nucleares desatando su energía en mi mente. Suerte que el resto del texto era casi ilegible, y no traté de hacerlo, porque no quería perecer en el intento de comprender algo que quizá todavía no –nunca– había ocurrido.

Las emociones surgidas de la lectura me remitieron automáticamente a unas líneas de Hesse “¿Son todo lo que me queda este sueño y esta nostalgia, son el eco del antiguo amor o el presentimiento de otro amor cercano, aún posible?”. Ya ni siquiera sabía si había posibles, si tal palabra tenía todavía cierto significado cuando se imprimía en mi escabroso camino.

Constantemente me hablan todos de futuros, de caminos, de errores y pasiones, de oportunidades y de un pasado que hiere como el primer día. Escucho y aconsejo desde mi infinita estupidez, pero mil preguntas asaltan mi mente, mil y una que son formuladas a estas personas para crear una reciprocidad que pueda conducirnos, a cada uno de nosotros, a un lugar mejor del que provenimos. Y todas esas preguntas que lanzo al aire no tratan de una sola persona, de un solo futuro, sino de todos ellos y ellas a la vez, simultáneamente, y se esparcen y son llevadas por el viento, solo esperando que alguna de ellas regrese con algo certero a lo que aferrarme.

No sé si alguien comprenderá una maldita palabra de estas líneas, o si divagarán acerca del contenido, imaginando otros significados, o si directamente darán en el clavo. ¿Cuál es el significado de la vida? Esta es una de mis cuestiones favoritas, porque por mucho que la pregunte –y me la pregunten– no logro/logramos hallar una respuesta certera, y quizá ahí radique la mayor de las gracias divinas y naturales.

La indecisión nos corroe a muchos de nosotros, aunque por suerte no siempre, y no sé si lo correcto será arriesgar siempre, pero me pregunto, ¿Cuántas espinas más pueden ser clavadas en nuestros jóvenes y ya cansados cuerpos? Dudo que haya un espacio infinito para tantas, por lo que ya tenemos una respuesta, que no tiene porque traer siempre la mejor de las consecuencias.

Podemos hablar de amor, de lujuria, de sexo, de escritura, de líneas borradas por el tiempo, de las encrucijadas de Hesse y de los caminos que se nos abren y se nos cierran, podemos hablar de lo que quieras, mientras la música acompañe y el ambiente sea cálido y amable, pero cuando llegue el frío, el verdadero frío, no nos quedará otra que salir a la calle y buscarnos la vida, aquí o en cualquier lugar. Creo que al final lo más importante es no perderse –involuntariamente– y en el caso de hacerlo, saber regresar a tiempo. Y también que no se nos escape ese corredor tan veloz que nos empuja a todos hacia el final, porque es amargo no darse cuenta de las cosas cuando están sucediendo, potentes y emocionantes a cada momento, y saber que cada vez que exhalas un suspiro puede que haya otra persona dispuesta y preparada para acogerlo y convertirlo en un grito, en un llanto de alegría, en una promesa irrompible.

Aunque haga un frío de cojones y próximamente llegue un calor abrasante junto a vientos primaverales que pretendan hacernos volar y estremecer, veremos erigirse enormes y luminosas tormentas que podrán poner todo patas arriba, y quizá sea lo mejor, tal vez sea lo que desearían muchos a los que conozco, pero es complicado prever la zona exacta del impacto de un rayo, por mucho que deseemos iluminar cierto camino obstruido por obstáculos, por muros de espinas tan duras como el acero, en apariencia irrompibles.

Llegará un día en que yo, y todos nosotros, nos cansaremos de esperar imposibles y de perseguirlos, porque los trenes de alta velocidad pasan tan rápido que solo disponemos de un único y vertiginoso salto para dar el acierto de nuestras vidas. Sí, llegará un día en que nos detendremos a explorar cada minúsculo detalle de las oportunidades diarias, y quizá y por suerte ya lo estemos haciendo, pero aun así, por el momento, seguimos esperando una vibración sobre la mesita de noche en pleno sueño, una alerta que nos saque de un timbrazo de un camino y nos arroje a otro. Seguimos esperando esa señal, esa voz, esa frase que lo cambie todo, esa conversación, ese paseo y ese primer polvo sideral.

Hace poco hablábamos de modas jodidas; el ser estúpido también es una de ellas, así que aprovecha y si sientes curiosidad da el timbrazo de una vez, avisa, despierta, llama y sacude, atrévete. Esa frase de “házmelo saber y acudiré” puede albergar muchos significados; que cada uno busque el suyo, que se lo tatué y que lo lleve al cielo. Házmelo saber mientras todavía respire, mientras todavía existan el tiempo y las posibilidades. Y hablemos y hagamos el amor, con el cuerpo o las palabras, pero hablemos. 

23 de enero de 2016

Cuando se detiene el tiempo


No me sirven ya las excusas, no quiero escuchar más promesas de mundos mejores, de opciones viables y posibles, porque no quiero seguir buscando, no en el estricto sentido de la palabra. Siempre buscamos, creo; siempre andamos tras aquello que anhelamos, lo que creemos que podrá sanarnos, u otorgarnos una felicidad tan debatida, tan bellamente escondida, que ha escapado de la mano de demasiados. Estoy ya cansado de perseguir y acechar, de mirar tan de cerca cada minúsculo detalle que se me enrojecen los ojos, entrando en ellos cada una de las partículas de la mundanidad que nos rodea, a cada paso que damos, a cada exhalación que dejamos libre al viento.

Creo que también es bueno, de vez en cuando, encontrar sin siquiera buscar, solo levantando el pie justo después de apoyar el talón, antes de aplastar a la flor que luchaba por resurgir entre el cemento agrietado. Dicen que somos lo que hacemos, pero más bien somos una acumulación de lo vivido, de lo que nos ha paralizado y elevado durante un momento o una vida, que bien pueden ser lo mismo. Una vida condensada, en un breve tiempo, que se expande y expande hasta perderse en el infinito y volver para morderse la cola.

Que si me voy, pues me habré ido, pero temo que nunca podré desparecer, marchar del todo, olvidar cada risa y cada palabra que se dijo cuando el silencio reinaba, cuando no era necesario decir nada, y aun así esas letras surgían para quebrar el frío que nos aprisionaba; letras innecesarias pero hermosas, como todas las palabras que podían llegar a formar en sus divagadas combinaciones. No espero, no me sirve la espera, solo la marcha, siempre la marcha, porque el tiempo no se detiene y no solemos dejar que nada pase de largo; tan solo aguardamos mientras corremos a que la mano adecuada nos robe del camino, de improvisto, nos arranque suavemente del maratón que ya nos deja exhaustos, y nos deje grácilmente en nuestro lugar, sea cual sea.

Fotografías que cobran vida, que arrancan sonrisas, que nos nutren y nos despiertan arcaicas alegorías escondidas en las entrañas. Recuerdos pasados, soñados, vividos y vueltos a soñar, que dan vueltas y vueltas y mutan una y otra vez, pero que nunca cambian en su esencia, que siempre representan lo mismo, por ser incapaces de variar su origen. Creo que todos hemos sentido lo imposible, y si no pensadlo un solo momento.

Todos hemos sentido cuando se detiene el tiempo, o al menos cuando se ralentiza enormemente, cuando apenas parece fluir y nos quedamos bien quietos, con el cerebro todavía funcionando a mil por hora, examinando cada minúscula sensación que nos recorre el cuerpo cual relámpago en una tormenta. Porque sí, es una tormenta, ese momento en que una burbuja se arranca del tiempo y flota ante nuestras narices, elevándose para finalmente desaparecer, pero observamos ese efímero y longevo viaje, que no pertenece a ningún plano porque apenas está existiendo. Nos sentimos a nosotros mismos como nunca antes, hechizados, y tal vez sintamos a todos nuestros yo paralelos, o nos metamos en el universo de uno de ellos, viviendo lo que allí es posible pero aquí improbable, o directamente imposible. Y sonreímos, al darnos cuenta de que por un segundo al menos un sueño grande y poderoso ha cobrado vida, percatándonos de que, por un ínfimo momento, todo es simple y hermoso y perfecto.

Lo curioso es que cuando esa burbuja estalla y el tiempo corre de nuevo a velocidad normal, o así lo sentimos otra vez, la agradable sensación de victoria frente destino sigue presente y se va diluyendo paulatinamente, y mantenemos esa sonrisa que nunca antes había sido tan sincera.

Tal vez vivamos cien años, y cuando volvemos a la realidad solo deseamos que ojalá cuando todo llegue al final vuelva a empezar de nuevo, para que pasen otros cien años con tal de vivir otra vez ese único segundo de perfección.

Puede que seamos la acumulación de todas las veces que hemos sentido que el tiempo se detenía, y ojalá lo hiciera más a menudo, para que no corriera tanto y se nos escapara, u ojalá pudiéramos escaparnos de la realidad para siempre, aprovechando esa brecha, morando al otro lado, donde todo fue posible, donde todo sería idílico, donde no habría complicaciones y cada vez que habláramos fuera para regalarnos algo nuevo, no para apuñalarnos por la espalda. Donde la vida no fuera ligada a la muerte, donde el amor trascendiera al dolor y donde camináramos juntos para siempre. 

29 de diciembre de 2015

Echando la vista atrás


Llega de nuevo un momento del año en que, como de costumbre y como reza el título de esta entrada, todos solemos echar la vista atrás para ver qué ha acontecido a lo largo del año. Quizá otro título válido podría ser A nuestras espaldas, pero dicho encabezamiento albergaría un sentido un tanto distinto. Echar la vista atrás implica el recuerdo, el tener en mente todo lo que ha sucedido, ya sea para bien o para mal, pero de algún modo teniéndolo presente. Sin embargo, cuando algo queda a nuestras espaldas, es porque seguimos adelante pase lo que pase, que no está nada mal, pero sin contemplar tanto el pasado, sin pensar tanto en él; sin aprender tanto de lo ocurrido. Es por ello que he optado por el primer título, porque soy de esas personas que siguen teniendo presente todo lo que han hecho –como contraposición se da la espalda en la fotografía, así que cada uno que escoja su propio título para su propia experiencia–, para tratar de sacar una lección en claro de todo, de lo bueno y especialmente de lo malo, porque es ahí, donde fallamos, donde radican las mejores y mayores lecciones de vida.

El tiempo ha volado otra vez, como suele hacer, y se nos ha escapado de las manos. Nos ha dejado algunas cicatrices y nos ha aportado un poquito más de experiencia, esa tan valiosa y tan cara. Por ello, por todo lo obtenido, quiero dar gracias a todas y cada una de las personas que han estado conmigo este año. Las que han estado y me han sacado sonrisas, las que me han hecho llorar al encadenar una carcajada tras otra y hacer que olvidara todos mis miedos, al menos durante unos minutos, pues esa sensación es de las que más aprecio en esta vida. Algo que he aprendido es a mantener a raya el odio, a mantenerlo tan oculto que casi parece haberse desvanecido del todo, y es por ello que doy sobretodo las gracias a aquellos que estuvieron y ya se fueron, quizá durante una temporada o quizá para siempre; a aquellos que me hirieron, mil gracias, porque son al final los que más me han enseñado; porque a todos nos pasa lo mismo, no tropezamos dos veces con la misma piedra, y en el caso de que lo hagamos, sabemos que será la última, porque no habrá una tercera.

Si tuviera que describir estos meses que han quedado atrás, posiblemente los definiría como un frenético viaje en una montaña rusa, con los ojos vendados, recién levantado y no siendo completamente dueño de mis facultades físicas y mentales ­–esto último que cada uno lo tome como quiera–, y por todo eso, ha sido un año grande e increíble, tanto en lo bueno como en lo malo, en toda la gama de posibilidades que ofrece tal adjetivo. Creo que ha sido el período en que más he crecido y más he aprendido y conocido, y como ya escribí una vez, al ocurrirte algo semejante, descubres que cuanto más aprendes, más desconoces –tal vez sea la gran paradoja de la vida–, y por ello me ha quedado un regusto de mayor aprendizaje, unas ansias aún mayores de derribar barreras e ir más allá para seguir explorando y conociendo, a todos los niveles, por lo que sí –y con esto me refiero, aparte de a mí mismo, a mucha más gente a la que conozco y aprecio enormemente–, volveremos un año más para seguir golpeando fuerte y subiendo.

No me haré ningún propósito de año nuevo, es más, creo que nunca lo he hecho, y no porque no sea una persona de las que no se engaña a sí misma, de hecho lo hago constantemente, pero sé que si me prometo algo no lo haré, así que únicamente me dedicaré a seguir tranquilamente por mi camino, aquel que sigo descubriendo y en parte buscando día a día, y si he de prometer algo será en el mismo momento de hacerlo, y ante quien tales palabras cobren un significado relevante.

También creo que en esta vida todo tiende, al final, a volver a un equilibrio originario; no siempre, claro está, pero sí suele suceder así por lo que la experiencia me ha demostrado. Y sobretodo sé que, tal y como dicen, lo que fácil viene fácil se va. Por ello sé que este año gané muchísimo, de forma extremadamente rápida, tanto como para dejarme en shock y no poder controlar más de una situación, y por ende, he perdido también mucho, puede que demasiado, pero cada ganancia que se me ha ido ha dejado una bonita cicatriz en forma de aprendizaje, y esas marcas valen su peso en oro. Por ello puedo decir que al final sí he ganado, ya sea en experiencia o experiencias, que no es lo mismo. Así que seguiremos ganando, como hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo, porque jamás nos concibieron ni educaron para la rendición.

24 de diciembre de 2015

A la carretera


Es algo que pasea a nuestro alrededor, que se mete dentro de muchos a los que conozco, por cada poro de la piel, quizá también en mí mismo; casi lo respiramos.

Es un sentimiento, un ansia, que fácilmente puede verse también como una forma de vida, un estilo y una manera de vivirla, cada uno a su modo, pero todos al unísono, escuchándonos en la distancia que nos separa. Y muchos han hecho referencia a ello, lo han dicho y predicado, carretera y manta, y adiós muy buenas. Tal vez se diga porque se quiere huir, de alguien, de algo; de un pasado quebrado, de un posible futuro vacío, de un presente asfixiante. Veo diariamente esas ansias de liberación, de perderse, en los ojos de decenas de personas. Se sienten atrapados, viviendo sus cíclicas rutinas carentes de sentido o realización personal, sin vías de escape ni puntos de fuga; todo plano y sin relieve ni textura alguna.

Escucho demasiado cómo esas gentes aborrecen la presión que el mundo ejerce sobre ello, las obligaciones que permiten la manutención y la supervivencia, que los atrapan, una sociedad que oprime sus corazones y que de ningún modo les da lo que reclaman, lo que por derecho les pertenece. Solo quieren salir pitando, hacer una maleta con lo primero que encuentren en el armario y fugarse, ser capaces de olvidar todo aquello que les ata a ese odioso presente para comenzar a pintar un nuevo y difuso futuro, uno completamente incierto. Pero es atractivo, eso de irse, eso de caminar hacia lugares desconocidos en busca de recónditas aventuras, llamarlas, hacerlas salir de cualquier parte, de allá donde hayan estado escondidas toda su vida. Viajar, perderse por un sinfín de ciudades y países, cambiar de aires, hacer cosas nuevas cada día, salir a la calle cuando una lluvia torrencial moje el pavimento nocturno de alguna hermosa urbe, ver cómo actúan las otras gentes del mundo, camuflarse entre ellas, salir difuminado en la fotografía en blanco y negro de algún fotógrafo que busque captar la espontaneidad, y que los inmortalice allí, en aquel lugar, mientras realizaba su sueño.

Creo que al final todos encontramos el camino, nazca donde nazca y termine donde termine, la cuestión es atreverse a dar el primer paso, poseer la fuerza y determinación necesarias para dar los siguientes cien, y luego dejarse llevar durante miles y miles de pasos más sin saber dónde terminará uno, pero teniendo el corazón tranquilo al saber que fue en busca de la liberación y lo consiguió, y de que arriesgo para luchar contra unas cadenas que, cuando eche la vista atrás, verá oxidadas desde hace mucho.

Quizá sean las ansias de aventuras, el inconformismo presente en muchos miembros de la sociedad actual, la rebelión, la necesidad de novedades y la negación ante los nubarrones grises que hacen retorcerse los días sobre uno mismo, si se descuida. Puede que sea lo que uno de ellos, todavía aprisionado, bautizó sobre confusas páginas como Hiperdecadencia en las generaciones actuales, algo muy presente, demasiado, y que quizá podría ser el término que los acuñara a todos ellos antes de que una voz surja y l(n)os libere.

Un viaje cualquiera, unos días para tomar aire, un respiro para sentir el frío en los pulmones, y para espabilar a los cuerpos cansados. Cada uno se lanzará a la carretera de un modo u otro, pero a todos nos llama, y todos nos iremos. Queda la cuestión de qué es más interesante, si el irse o el volver; regresar para ver cómo ha cambiado todo, estando ya sanados espiritualmente, con las ansias saciadas, y para decidir si nos volveremos a ir de nuevo, pero lo que es seguro es que nos encontraremos, por ahí, en cualquier esquina o cafetería, en cualquier camino polvoriento que atraviese las montañas; nos encontraremos por ahí, pululando por nuestro pequeño mundo.

Es una lucha que nos acontece a estas generaciones, una por la liberación interior y personal, harto ardua y complicada, pero cuando lo que nos sobran son los sueños y cuando estamos rodeados de hombros en los que apoyarnos y manos que se nos tienden para ayudarnos a subir el próximo peldaño, en verdad solo lo insignificante nos separa de las alturas. 

9 de diciembre de 2015

La habitación cerrada


La habitación estaba desierta, nada respiraba en su interior, ni lo había hecho en mucho tiempo, tal vez demasiado; pero el tiempo ya no era lo que fue en días pasados, y ahora era difícil de medir, pues parecía estirarse, colapsarse, y después alargarse de nuevo de forma inconmensurable.

Aquel cubículo, ¿por cuánto tiempo habría estado cerrado? Y lógicamente, todo seguía igual, nada había mutado a algo mejor. Ya no era capaz de recordar cuál había sido la última vez que alguien había entrado y perturbado su calma; era como un vasto océano congelado y encerrado entre las diminutas cavidades de una lágrima que cayó hacía mucho; pero aún no había impactado en el fondo y las mareas seguían inmóviles. No recordaba, al fin y al cabo, cuándo la había abandonado.

Y ahora abría la puerta y una ola de silencio golpeaba fuertemente. No había reflejo en el espejo, a saber qué realidad y qué tiempo devolvía desde el otro lado. Pero en apariencia, todo permanecía en su sitio, todo igual que antes. Había pequeñas partículas de ceniza esparcidas por el escritorio, quizá de los cigarrillos, quizá de las almas. Faltaba en el ambiente la oxidada luz extinta de un flexo cuya bombilla estalló en otro tiempo. Había algunas hojas con extraños garabatos; tal vez simbolizaban el final de muchas historias, y los inicios fallidos de tantas otras. Algunos dibujos, los mejor trazados, pertenecerían al esbozo de los sueños inalcanzables, casi olvidados, que seguían anclados a la mesa. Un par de ellos estaban incluso coloreados con tizas diversas, y un solo soplido, un suspiro, un leve estornudo en las cercanías, bastaría para barrer sus pesadas y volátiles moléculas y volverlos de blanco y negro, como lo fueron un día, arrebatándoles el color.

Había también un pequeño reloj detenido, no podía ser de otro modo, redondo como el mundo y de recorrido cíclico como la vida, cuyas tres agujas apuntaban, claro está, a una noche, un lugar y a un sueño, todos ellos olvidados.

En la estantería montones de libros, cerrados y terminados en su totalidad, y botellas, algunas vacías, otras llenas y bloqueadas, repletas de un brillante líquido verde, palpitante; el más peligroso de todos. No había polvo en las superficies, ni en la de las maderas que tapiaban la única ventana, ojo del mundo; era asombroso, un colapso.

Todo tendría que volver a moverse. La puerta se cerró y ya había alguien dentro, de nuevo. El reloj debería volver a funcionar y a permitir la existencia de nuevos momentos, para que se terminaran los garabatos de las hojas petrificadas. El cristal debía volver a vibrar, a crujir si fuese necesario, y el polvo caería de los cielos que fueron abrasados. Debía volver la luz a aquel oscuro cubículo, debía pasar a través de la ventana cuyas tablas serían arrancadas por el martillo, y solo así volverían las olas al estallar la lágrima que las aprisionaba, cuando el ciclo fluyera otra vez.

Ahora solo se podía andar a tientas, con ojos vendados por la inexistencia de luz y calor, y solo podía verse mediante los recuerdos del abandono, del exilio. Tocó a ciegas la mesa, la silla, y donde debía haber un vacío palpó algo vivo, que palpitaba. La botella verde se iba vaciando, y al arrancar las tablas la ventana se abrió de golpe y el viento ordenó los elementos en el tiempo y el espacio. La habitación cerrada se abría, a las posibilidades, al futuro. La habitación cerrada volvía a la vida.