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7 de febrero de 2018

La Plenitud


Las luces de un viejo coche herrumbroso se atenúan en lontananza.
El tardío rocío estival inunda su techo preñado de manchas
y vacíos.
Se huele el viento caducado,
impregnado de polvo lunar que se marchita en la noche
tan vacía.
Unos ojos arrojan centellas carmesí
ocultos en el bosque plagado de seres esqueléticos.
Son recuerdos de la nada vacía rellena de la amarga suciedad del tiempo.
Son las memorias oxidadas y abotargadas que pintan 
las paredes de la cabaña abandonada. 
El celeste del cielo.
El jade de los arbustos.
El azabache de la sangre coagulada.
La metástasis de esta enfermedad del olvido,
la melancolía de las hojas resecas de los árboles, que lloran
yaciendo en el suelo resquebrajado,
huérfano de agua.
El prístino perla del vacío,
ese vacío de la amnesia.
El blanco y negro del despiadado paso del tiempo.
No queda materia ni vida en esta cabaña del lago pétreo.
El sol ya no caza sombras con sus exhalaciones.
La luna se ha quedado atrancada en las nubes de óxido
y los reflejos han olvidado el rostro de sus padres.
Es ahora este vacío
toda la plenitud que nos queda. 

13 de agosto de 2016

Aquel primer verano; aquella noche
























Las garras de arena me envuelven, rodeándome el cuello, obligándome a luchar por respirar. La brisa de fuego no es capaz de salvarme, ni sanarme. Es la sensación del verano, de uno pesado que ya había pasado.

Oh sí, recuerdo aquel primer verano durante el que nos conocimos. Cómo olvidarlo.

Rememoro, cada vez que cierro los ojos, aquella ola de calor, unos fuegos artificiales quizá imaginarios, puede que interiores, una fotografía de la inmortalidad y unas miradas robadas, acusadoras. 

Sí, aquel verano; lo recuerdo como si fuera ayer y puede que lo fuera. Al fin y al cabo el tiempo es extraño. El tiempo, para mí, no es más que el infinito conteniendo horizontalmente un reloj de arena que almacena las aguas de todos los océanos, y en su ola más elevada, una botella. Tarea nuestra es descubrir qué alberga.

Entonces sí, sería probable que la ola que nos cautivó aquella noche estival rompiera justo ayer, en este u otro mundo. Señor, cómo me gustaría verla romper infinitas veces y bañarme a diario en su espuma; pero me temo que es imposible, nadie quiebra el cristal de ese reloj, nadie vuelve atrás en el tiempo ni se mantiene en él.

No mentiré, no sobre el papel. Que se joda el tiempo, lo único que ocurre es que te echo de menos, nada más, de ahí mis divagaciones. Solo quiero repetir esa noche una y mil veces más, perderme en ella, cada vez por un sendero distinto, ahondando en sus posibilidades. Nada, nada más me importa lo más mínimo. 

Sigo sintiendo esas garras de arena apretándome fuerte, y no me dejan ir; yo solo quiero huir, correr, volar. Solo quiero tus labios; dame uno, solo un beso más, y en ese caso dejaré que me estrangulen. 

Cuántas cartas quemadas en la hoguera, cuántos papeles arrugados, gritos ahogados y fragancias disueltas en los vientos del recuerdo.

Me mostraste el camino correcto, me enseñaste el nombre de cada estrella en esa noche que deseé que nunca acabara; me susurraste el secreto de la vida para marcharte después, supongo que para volver a brillar más que nunca. 

Llámame loco, joder, lo estoy. Llámame amante, joder, lo fui, efímero y vulnerable, inocente y soñador. Un amante de las noches ebrias, de los besos húmedos, robados a escondidas, de las estrellas fugaces como tú, de la tinta derramada sobre las páginas, pero no de las historias a medias; sí de los principios complicados si comportan finales mágicos. Amante de las suertes de la vida. 

Amante de la gran broma pesada que es el día a día, pero creo que ya ha durado demasiado, que termine, ven y acaba de contarme aquella historia, aunque ya sepa cómo termina. Aquel primer verano, ¿o fue aquella primera noche? Ya no estoy seguro; demasiadas cervezas o demasiadas páginas manchadas, que suele ser lo mismo.

Estas garras no pueden seguir sujetándome, no mientras le grito al mar y a las olas, desesperado, pidiendo, rogando que me devuelva aquella botella que nunca llega. Pronto me iré y me pondré de nuevo en marcha, porque cuanto antes dé la vuelta al mundo antes volveremos a cruzarnos en aquel verano, aquella noche. 

Volveré a escoger aquel trabajo, a tomar aquellas cervezas en la terraza de un antro una tarde cualquiera, gritaré de nuevo de alegría una noche en la playa. Volveré a emborracharme nadando desnudo en el mar, lo haré todo igual, pero vuelve a decirme entre susurros cómo me ves, qué vas a hacer. Yo volveré a disimular que puedo soportar el ansia y el deseo, aguantar un poco más, y después volveré a apoyarme en el capó de aquel coche, encerrándote con mis brazos, para robarte unos cuantos besos antes de que salga el sol, aquel que nunca quise volver a ver mientras permanecías a mi lado.

Ahora es ese sol el que me abrasa, dorando mi piel, y nunca se va. Tendré que ponerme en marcha, el mundo es muy grande cuando uno se siente cansado. Es una gran y corta historia, pero el camino para llegar hasta ella es igualmente longevo y azaroso, así que requiere esfuerzo y decisión. 

Doy el primer paso.  


11 de agosto de 2016

Oda al anhelo




Si  tuviera que temer a algo sería a su ausencia, porque ya no temo a la página en blanco, a la inmovilidad de mis dedos sobre las teclas, ya que ella consiguió aniquilar ese y todos los demás miedos que pudieran poseerme; salvo el de su pérdida. 

Ahora fluyen libres mis pensamientos al igual que lo hicieron nuestros movimientos, nuestros cómplices actos aquella noche que la memoria se empeña en arrastrar al olvido. Al menos, por ahora, todavía puedo recordar los detalles: la tremenda ola de calor estival que nos golpeó como un martillo cuando abandonamos la casa, después de una cena copiosa, cuatro risas y unas cervezas de más. Recuerdo con claridad el bullicio de la calle a aquellas horas, las idas y venidas de la gente, nuestras esperanzas y ansias; pero sobre todo sus andares despreocupados. Todavía puedo recordar su mirada de ojos oscuros indagando en el ambiente, clavándose en mí de vez en cuando, inocentes y llenos de misterios indescifrables que yo anhelaba descubrir. Su cabello corto color azabache ondeaba en la brisa de fuego y su fragancia, su particular aroma, llegaba hasta mis sentidos en forma de ilusión y nostalgia, como el perfume de lo efímero, de la desesperada fugacidad de aquello que se encuentra cuando nada se busca y nada se espera, salvo el amanecer de otro día como los demás, carente de sentido. 

Me pregunté después de conocerla si es posible añorar algo que jamás se ha tenido, porque yo lo sentía; es extraño, pero desde entonces sigo preguntándomelo cada día, cuando aún espero recibir noticias suyas de un momento a otro, cuando todavía espero verla aparecer tras la primera esquina, esbozando esa sonrisa que me embauca y llevándome de la mano a cualquier rincón de la ciudad que nos admita, para tener una de nuestras conversaciones y así poder escucharla hablar durante horas para cerciorarme de lo que ya aventuré en nuestras primeras charlas: que cuanto más la escuchaba hablar, con cada palabra que pintaban sus labios en el aire, más me gustaba y hechizaba. 

¿Cómo olvidar todo eso? Es imposible, y de no serlo sería una cuchillada a la vida misma, un crimen imperdonable; algo por lo que dejar de existir. No, uno no puede olvidar una de las pocas veces que, con la suerte de un azar favorable, logra volar como las aves, desprenderse de sus preocupaciones y sentir la vida como siempre tendría que haber sido.

No, no puedo obviar las fantasías ocultas en el agujero negro de sus ojos, ese que me atrajo y atrapó como un terrible vórtice de placeres prohibidos. Sería inmoral olvidar el tacto de sus manos sobre las mías, acariciándome suavemente y haciéndome vibrar con algo tan simple y puro. Y lo peor, o tal vez lo mejor, es que tampoco querría hacerlo, olvidar. 

Prefiero el anhelo, la agonía de la espera o la soledad, de las ilusiones resquebrajadas rasgándome el alma, antes que ceder ante un sencillo olvido. Prefiero sufrir, en este caso, con tal de mantener su imagen lo más vívida posible en las capas más fuertes de mi memoria, las únicas que podrían albergarla. Elijo ese anhelo capaz de destruirme más fácilmente que un incendio prendido directamente a las puertas de mi corazón. Daría todo cuanto tuve, tengo y tendré por besarla una sola vez más. Escogería una sola noche más con ella antes que la vida eterna. ¿No sería eso suficiente? ¿No podría dar todos los amaneceres que me quedan por verla una vez más, por escuchar su voz y el sonido de su risa? Yo mismo me arrancaría las entrañas por rozar sus labios rojos y sensuales una última vez. ¿Cómo, entonces, podría llegar a olvidarla estando dispuesto a entregarme de tal forma? Sería ridículo. 

Por el momento solo sé que los días transcurren pesados, con lento devenir y sin darme cuartel para cualquier acto que no consista en anhelar su presencia, respirarla en cada ráfaga de aire, verla en cada hermosa puesta de sol y beberla en cada trago de alcohol, almacenado en botellas sin etiqueta y cuyo fondo no alberga respuesta alguna para mi desasosiego. Qué hiriente esto del anhelo, de llenar páginas y páginas echándola de menos, escritas con palabras incompletas, faltas de la inspiración que surge al verla brillar.

Soñaba con ver las estrellas reflejadas en su piel desnuda, enseñándome el camino hacia la felicidad, y con pasar largas tardes juntos paseando por la playa, para finalmente abalanzarme sobre ella y hacerle el amor en la arena, con el sonido del oleaje como único testigo de nuestra pasión, de nuestras penas sanadas y nuestra soledad abrasada. 

Quisiera que estas palabras fueran mi última canción desesperada, para poder abrazarte cada vez que sintiera de nuevo el impulso de añorarte. Quisiera que estas letras fueran la última oda a la tristeza, a la desesperación, al anhelo y a la locura por no saber dónde andarás y por qué no hubo respuestas a las preguntas que se me escaparon con un grito ahogado cuando entendí lo que ocurría. Quisiera muchas cosas, pero las cambiaría todas por tu boca. Y solo en caso de que me lo pidieras escribiría; escribiría hasta que me sangraran los dedos, lo haría hasta morir, porque cuanta más tristeza plasmara en el papel más alegría albergaría mi corazón.