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5 de diciembre de 2016

Encuéntrame


Los rojos cohetes atravesaban
Fugaces todo un firmamento oscuro,
Limpio de estrellas y asteroides, puro.

Los latidos apagados bailaban
En armonía en la clara penumbra,
Hermosa, densa, tibia y azulada.

Plumas se movían agarrotadas
Por el frío y el dolor del cansancio,
Exhaustas después de diez mil páginas.

Vaho surgía de las chimeneas,
Dorado y espeso como la niebla
De cada arroyo marchito y sumido
En las tímidas tinieblas del alba.

La esperanza perdida y olvidada
Resurgía para tomar de nuevo
Los cuerpos ocultos y abandonados,
Para volverlos fuertes y brillantes,
Para devolverles al fin las alas.

Nuestras lágrimas secas y oxidadas
En negro y destrozado pavimento,
Sobre vieja y carcomida madera,
Sobre el hierro que marcó al rojo vivo
Los signos de un futuro congelado;
Ya no brillarían más; ya nunca más.

Porque el tiempo volaba y perdíamos
Su estela en el horizonte infinito,
Porque ya no nos eran necesarias
Aquellas lágrimas que derramamos,
Porque ya no volvimos a temerle
Al tiempo que no pudimos vencer.

Besos robados al raso y la luna,
Que nos miraba muda bajo cero,
Solo para llevarnos al cielo.

Nudos irrompibles de cuerda seca,
Fabricados de arduo fuego y acero,
Nos encendían bajo las sábanas
Que nos protegían de las ventiscas.

Marcos albergando pinturas negras
Diluidas en el rímel corrido
Por tantas sonrisas y sus destellos.

Botes encallados en las orillas,
Botellas en el mar a la deriva,
Y sus cientos de mensajes perdidos;
Cibernética y tinta diluida.

Todas mis pesadillas ahuyentadas,
Todos mis sudores y escalofríos
Curados en frenéticos orgasmos;
Polvos febriles y desamparados.

Miradas inmarescibles que nunca
Se apagaron, que nunca se extinguieron,
Que continuaron impulsándonos
Al terrible vacío de uno mismo.

Tu espalda perlada era mi lenguaje,
El braille que conocía mi alma
Cuando te poseía en la penumbra,
Cuando más te amaba, sin duda alguna.

Tu cuerpo desnudo era el vehículo,
Mi transporte a las estrellas lejanas;
Era la suave caricia del sol
En la más fría mañana de invierno;
Era aquello que me electrificaba
Por dentro, los acordes del silencio,
La pura geometría de lo idílico,
Los colores de un nuevo nacimiento.

Todo quedó en profundo recuerdo,
Todo quedó en el rojo firmamento;
El sentimiento se dejó marchar,
Pero cada recuerdo era la estela
Que dejaban los cohetes pintando
La tenue luz del futuro en el cielo,
Otorgando sentido al sinsentido
De aquel camino que nos escogió,
Que nos elevó en calidad de amantes,
Caminantes hechos de melodía.

Duradero, eterno es el camino,
Largos amaneceres esbozados
De cálida añoranza y esperanza,
Hambrientos de recóndita belleza,
Una interna, que fue solo nuestra.

Y solo allí nos hallaremos,
En la infinidad de la vía láctea,
Cuando nos alcancen las bravas aguas,
Cuando recordemos cómo nos vimos
Cuando nos miramos por primera vez,
De una deslumbrante aura rodeados.

Encuéntrame aquí y allá, encuéntrame en el tiempo;
Yo te espero en el centro, en el núcleo del cielo. 

19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos.