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5 de mayo de 2017

El Rey de la mundanidad


No hay ya nada que hacer. El ciclismo te atrapa, y no es el del Tour de Francia. El surrealismo cotidiano da una contundente pedrada y rompe tu ventana, para que entre la brisa, para que pase la primavera y te penetre; luego alumbras una buena alergia de esas que rejuvenecen el espíritu, y sales volando por la puerta que has reventado a base de cabezazos. 


Había una débil luz al fondo. Casi habías olvidado cómo era sentirla en esa piel que ya no es broncínea, que ha perdido el color y está pintada de un pálido blanco cenizo. Escuchabas voces nacidas al otro lado, ecos de remembranzas diluidas. Veías chispas cuando cerrabas los ojos, centelleos granates que pintaban el negro, dándole un brillo que lo hacía aún más oscuro; ondas de tinieblas rellenando los surcos de las paredes, los arañazos en el acero, las quemaduras en las sienes; hora de salir.

Porque la ventana vomitaba amagos cromáticos en esa estancia plomiza, rayos ilusorios que bosquejaban las posibilidades exteriores en ese suelo resquebrajado en que las malas hierbas se abrían paso. 

Escuchabas aquella canción una y otra vez. Los primeros acordes entraban en ti como una enfermedad. El bajo marcaba el pulso del submundo. Las voces invadían la habitación como una estruendosa y caótica algarabía de manicomio. Todos los locos vivían en ti. El humo iba quedando impregnado en las paredes y en el techo, colapsando el ambiente. Cabezas que estallaban, botellas haciéndose añicos, sonrisas suspendidas en el aire y ojos crujiendo al abrirse y cerrarse. Un letargo demasiado largo. 

Al fin has salido. Las calles nunca han olido mejor. Ha desaparecido el mefítico rastro de pérdida que las impregnaba; se lo tragó la alcantarilla o ascendió a los cielos amarillos. Ahí estás, expuesto en un escaparate, prístina sonrisa en los labios y un guiño que emite un fulgor especial. Ahí donde hemos estado todos: espaldas apoyadas contra la pared, cintas en el pelo, zapatillas destrozadas, camisetas manchadas, saliva gorgoteando de la boca, aguardando un balonazo; futuros que han sido barridos. 

Las calles están vacías y nunca resonaron mejor. No quedan taxis, autobuses, coches patrulla ni motos trucadas en estas vías adoquinadas, en los senderos de esa habitación sin cuarta pared. Puedes gritar, saltar, bailar y nadie irá a detenerte; tampoco a sumársete. No queda nadie en esa Gran vía de luces fundidas. Las bombillas rotas son ondulantes océanos que te llevan, acunándote fríamente. 


Sales al fin a impregnarte de esa primavera que llueve como fuego de los árboles. Te sientas en una solitaria mesa de una terraza, tomas tu café solo y fumas media docena de cigarrillos. Garabateas cualquier cosa en tu ajada libreta, quizá alguna idea furiosa, un sueño olvidado, una meta difuminada, unos versos torcidos. Pateas las calles que haces tuyas, te relacionas de nuevo; es el despertar a un mundo que habías dejado atrás. Vuelve a mezclarte con esa farándula que olvidaste, ponte la máscara y ríe como un demonio. Sé un ejemplo a seguir, luego, bajo mano, urde los planes que mejor te convengan. Bendice a todos con el perfume que robaste del Infierno y sé un santo para los que dejaron de creer. Cree en ti, cree en que la vida es buena y sigue adelante. 

Escucha unas rumbitas el domingo por la tarde, empápate de sidra y cerveza, ríe a carcajadas cuando muera la noche, vanagloriándote de que sigues vivo, de que nadie ha podido exterminarte. Roba unas cuantas sonrisas, produce miradas que derritan edificios y recita unas cuantas epopeyas de sexo y violencia. Inúndate del calor de la gente, acércate a cualquier persona que te guste y consigue sacarle los colores con unos cuantos gestos y dile: «Eres el sol que se sonroja cuando me acerco». Eres la noche para él o para ella, eres la pieza que faltaba en tanto puzzle incompleto.

Escucha una conversación entre tus amigas: «Quedamos y nos arreglamos, y puede que nos toquemos las tetas, y quizá luego nos masturbemos la una a la otra»; fantástico. Que te bauticen todas esas historias y te hagan renacer como el rey y el azote de todas sus andaduras.

Sé su luz, sé su música, sé su motivo y también su pena, su arrepentimiento; sé el error que cometerían una y otra vez, en mil ocasiones hasta perder la cabeza, tal y como tú lo hiciste en tu ausencia en aquella habitación cerrada. Vives rodeado de profanos y frivolidad. Sé, pues, el rey de la mundanidad. 

6 de abril de 2016

Una primavera que llega con fuerza


Un año más, la primavera parece haber comenzado con fuerza. Para comprobarlo uno no tiene más que salir a la calle y respirar el ambiente que reina en Valencia, y para cerciorarse aún más, debería charlar con sus allegados, indagar un poco en sus mentes y corazones para comprobar que estamos todos un tanto revueltos. Puede que sea normal, ya que tras atravesar un invierno no muy frío, como los pasados, pero tampoco no muy amigables en ciertos aspectos, las ansias de la llegada del verano, que comienzan en esta temporada, nos invaden furiosamente y hace que en ocasiones casi convulsionemos. 

Respiramos una primavera que impregna cada célula de nuestro ser al entrar en nuestro cuerpo, y nos vuelve ansiosos, caóticos, bipolares y, sobre todo, hace que hierva nuestra sangre. Vemos así que no solo nos golpean las alergias, sino algo más profundo que logra sacar a relucir nuestros instintos más primitivos. Nos sentimos más irascibles, constantemente con los nervios a flor de piel, y así se logra que los ambientes se carguen rápidamente y que nos golpeemos todos los unos a los otros –no físicamente claro– hasta no saber qué demonios estamos haciendo o diciendo. 

Cambios de opinión tan rápidos que asustan, broncas y cabreos surgidos de la nada, propuestas indecentes y noches relajadas de tapeo y cervecita que acaban complicándose demasiado, hasta el punto de que quizá uno acabe haciendo cosas que jamás haría, o despertándose en una cama ajena a la mañana siguiente, o liberándose de un modo tan gratificante que casi se siente tan liviano como para verse capaz de alzar el vuelo. 

Qué nos pasa, a las generaciones actuales, que creemos que obramos correctamente cuando estamos más cerca que nunca del agujero negro que acabará absorbiéndonos a todos. Es curioso, porque uno se siente único, y más cuando habla con la supuesta alma gemela que tiene a su lado, y ambos comparan sus historias, sus pasados, sus respectivas visiones del mundo, y coinciden en que los dos son dos cuerdos viviendo en un mundo de locos. Pero, digo yo, ¿no serán en realidad dos locos viviendo en un mundo de cuerdos? ¿Quién puede afirmar lo contrario, quién puede decir qué es locura y qué es cordura en este enrevesado y complicado mundo en que vivimos? Quizá el que se atreva a afirmar o a dar una respuesta por válida, una entre miles, sea el más valiente o loco de todos. 

Sí, no cabe duda de que la esperada primavera ha llegado con fuerza arrolladora. Tal vez sea por el panorama que tenemos de fondo, con un caos político que lleva de culo a más de uno, con un continente que parece más retrógrado por momentos, con atentados terroristas y guerras medievales que nos debilitan a todos, como a humanidad, lenta pero contundentemente; quizá sea por eso, o por las mil razones que pueda tener cada uno, pero lo que está claro es que en muchas ocasiones a uno se le va la pinza y se marca unas salidas dignas de ser recordadas. 

Y esto que solo es el principio, el prólogo podríamos decir, de unos meses que vendrán sin duda cargaditos de emoción, de caos y de más de un cambio drástico. Que se preparen todos, pues algo se huele en el ambiente, algo que se va cargando por momentos, y que tarde o temprano acabará explotando y salpicando a más de uno. Sí, preparémonos, porque la antesala del verano tiene pinta de traer consigo unas cuantas sorpresas; el misterio radica en si serán buenas, agradables, o no. Esperemos que lo sean, apliquémonos el chip de la positividad, porque de lo contrario estaremos perdidos y contribuiremos a cargar todavía más las cosas. 



20 de marzo de 2016

Caminando sobre las olas


No me importaba en absoluto si la niebla cubría densamente todas las calles, si la lluvia empapaba hasta el último recoveco de la ciudad, si el frío calaba hasta el alma, despojándonos de ella, o si el cielo se rompía sobre nuestras cabezas, permitiendo que los terrores siderales cayeran sobre nosotros.
Debería saber si se ha soplado la última vela, si se ha colmado ya el vaso, si no quedan palabras por susurrar. Eran cosas que tenía que saber, necesidades imperiosas, porque tal vez no podía pasar ni un segundo más estando en el lado equivocado, sin saber si el vaho que surgía de cada rostro quedaría como algo grabado a fuego y con esmero o si solo sería vapor de agua que se extinguiría en cuestión de segundos. Tenía que entender la intensidad de lo efímero, para poder comprender hasta dónde llegaría y dónde podría quedar el límite.

Toda mi vida había caminado a ciegas, como todo el mundo imagino, y no es que no me gustara el riesgo, que no me motivara, sino que necesitaba creer que había algún motivo de peso empujándome desde atrás para darme fuerzas. Había gracia en tantear el terreno, en salir bajo la luna sin saber cómo terminaría la noche, si todo conduciría a algún nuevo lugar o si volveríamos seguidos por nuestras sombras, acompasados por el frío viento, pero había momentos en que quería saber más, en que quería arrancar de cuajo los biombos que nos separaban de las verdades; momentos en que ansiaba echar solo una rápida ojeada al futuro para dar algún paso sobre seguro. No creo que pidiera tanto, pero quizá aspiraba a una ventaja de la que nadie disponía.

La poesía de las calles, de las baldosas, las letras escritas tras noches de insomnio con spray en las fachadas mugrientas y arcaicas de la ciudad vencida, cobraban ahora un nuevo significado, o al menos yo trataba de encontrárselo. De nada servía perderse, porque siempre nos encontrábamos en el mismo lugar. La huida no traía nuevas y renovadas esperanzas, porque tan solo representaba posponer la llegada de lo viejo, de las arraigadas costumbres que nos venían hablando desde hacía tiempo. Todo eran señales que conducían a casa, ya fueran nuevas o viejas, y las puertas a otros mundos seguían ahí, ocultas como siempre habían estado. Si uno encontraba la bola de cristal podía aspirar a coquetear con futuros que aún tardarían en llegar, pero los magos se escondían también, como las llaves.

Cuando todo había sido dicho, cuando el tintero se había secado, solo el interior revelaba ya las respuestas, habiendo hecho todas preguntas; después de que se las llevara el viento, después de que quedaran flotando durante demasiado tiempo. Es predecible que el cansancio alcance al final a todos, lo que no podemos asegurar es cuánto dura una vida, cuántos latidos da un corazón antes de agotarse. Es irónico y paradójico, a la par que certero, asegurar que el remedio que sana una herida se compone de los mismos brebajes que el veneno que la produjo, pero al final los círculos tienden a cerrarse, siendo complicado hallar un final distinto al origen.

Y si nada de aquello me importaba, me importa, es porque de alguna manera he saltado la barrera, he echado un rápido vistazo al futuro, solo viendo de soslayo el reflejo que la bola de cristal produjo cuando la lluvia dio paso a los rayos del sol, y todo en la misma noche, en que la luna, enorme y roja, se ocultó tras las nubes para no marcarnos para siempre. He saltado la barrera, he pasado el vacío tras tantear con la caída, y he comprendido que lo mejor que nos espera no está arriba ni abajo, en el cielo o en el infierno, sino frente a nosotros, solo que a cientos de kilómetros de distancia y quizá unos cuantos mundos más allá de nuestro tiempo. Pero por suerte damos positivo en energías, renovadas o viciadas, y nos quedan unas cuantas cartas bajo la manga.

Solo cabrá averiguar si la llegada de la primavera logrará sumirnos en un mar en calma o nos dejará seguir vagando, solo un poco más, por las aguas tormentosas repletas de olas que suben y bajan, infinitamente, creando su propio círculo, ese del que somos presas. Es cierto que unas veces estamos arriba y otras abajo, pero así es como nos gusta, porque estando arriba saboreamos el cielo más que nunca, y cuando nos sentimos descender, percibimos ya el tirón de la próxima ola que, tarde o temprano, como todo, acaba llegando. Porque nos alimentamos de la cinética, y cuando caminamos sobre las olas es cuando más libremente flotamos sobre todas las cosas.