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13 de octubre de 2016

Venimos a Madrid


Es un día frío y gris, un día de lluvia que acompaña a que pasemos la tarde en casa, arropados en el sofá y tapados hasta el cuello con una manta, viendo la televisión y echando de vez en cuando una ojeada a la ventana para ver el mundo exterior, para ver cómo cae la lluvia y moja las calles adoquinadas, solitarias y carentes de color. Pero es un buen día también para salir y darse un paseo, viendo todo cuanto nos rodea. 

Te tomas algo en una terraza cubierta viendo pasar los autobuses, los coches patrulla y las ambulancias haciendo resonar sus sirenas por las avenidas, y escuchas fugazmente un fragmento de la conversación de la mesa de al lado, una frase surgida de un discurso que se te ha escapado pero que aun así es demoledora: “Todos están más solos de lo que pensamos”; intuimos que también de lo que ellos mismos piensan, aquellos a los que el interlocutor hacía alusión. 

Aquí en Madrid todo es grande, somos muchísimos y quizá por ello la soledad tienda también a ser mayor, a crecer con más amplitud y ferocidad. Lo cierto es que, sea por oportunidades o por azar, muchos terminamos aquí, en la gran ciudad, donde se viene a renacer o a morir. De un modo u otro todos acabamos recorriendo estas calles buscando ese algo, mientras tratamos de buscarnos la vida. Cada uno de un lugar distinto, lo cual enriquece el matiz de personalidades, nos juntamos en esta urbe entrecruzando nuestras vidas mientras intentamos llegar a algún lugar. Aquí no hay peces grandes, tan solo miles y miles de peces pequeños, queriendo hacer gala de una gama de colores que cualquier vecino puede poseer, intentando brillar sobre el millón de luces que pintan la ciudad cuando cae el sol. 

Cuando eres consciente de dónde estás, a pesar de lo desconocido que pueda resultar, sonríes. Sí, sonríes por las oportunidades, por esa ingente cantidad de posibilidades que se abren ante ti, pero también porque eres consciente de que tú también eres uno de esos miles que vino aquí a buscar algo y que te has encontrado con muchos iguales, cada uno de una tierra distinta. 

Caminas por la calzada mojada, te abrochas la chaqueta resguardándote del frío y entonces, todavía con esa sonrisa en los labios, enciendes un cigarrillo y sigues caminando. ¿Hacia dónde? Qué más da, mañana será otro día. En ese momento piensas en quién eres realmente, de dónde has llegado y, sobre todo, por qué has venido. Recuerdas qué es lo que quieres hacer y por qué dejaste todo atrás para perseguir ese sueño, sea el que sea; y en medio de la vasta soledad mencionada en aquella cafetería que quedó atrás hace un rato, durante el paseo, te das cuenta de que para bien o para mal ya has dado el primer paso, muchas veces el más grande, y que ahora te estás dejando llevar por la corriente, por esa marabunta de gente con miles de vidas posibles que hace que la tuya ya no sea la misma, pero que la hace sorprendente y emocionante con cada día que transcurre.  

16 de junio de 2016

Desde el cubil #4: el "peligro" de la comodidad laboral

Puede que el título que encabeza este texto sorprenda a más de uno, y también que la palabra “comodidad”, como aquí, no vaya entrecomillada, pero tampoco pretendía abusar. El motivo es que ni se trata de un peligro ni de una comodidad, no en el estricto sentido de la palabra al menos, pero encierra más significado del que pueda parecer. 

No sería descabellado asegurar que con los tiempos que corren el trabajo sea una de las cosas más importantes en la vida y más difíciles de conseguir para algunos. Es lo que nos ha tocado vivir. La situación laboral no deja de estar jodida, y muchos al encontrar empleo lo comparan con un milagro; quizá no sea para menos. Pero sabiendo todo esto no dejo de sorprenderme al escuchar algunos comentarios, y lo que más despierta mi curiosidad es que no se trata de quejas. Puede que como en otras ocasiones, la duda que planteo en el texto radique en la frase: trabajar para vivir o vivir para trabajar. 

Muchos de esos comentarios vienen de mis compañeros de trabajo. Este, básicamente, se resume en estar toda la noche –las ocho horas correspondientes– cargando cajas que no pesan precisamente poco, y por regla, seis días a la semana. ¿Lo bueno? Se cobra más de la media –al incluir en la nomina la paliza física y la nocturnidad, claro–, pero el sueldo es algo que me parece normal, por lo que no daré las gracias, pues aseguro a cada uno que lea estas líneas que por mínimamente jugoso que pueda parecer, uno se gana hasta el último céntimo, y aun así no sé hasta qué punto está pagado –como tantísimos otros trabajos, por desgracia–, pero los comentarios no giran en torno a esto. Suelen dar gracias por él, pero bueno. Lo que me suscita interés es escuchar a los novatos de veintipocos años recién entrados al curro diciendo que ojalá después del contrato de tres meses consigan que los hagan fijos, pues así tienen ya trabajo para toda la vida. Tampoco es muy descabellado, no es un mal trabajo, pero al verlos y darse uno cuenta de que tienen pinta de haber salido de una de las universidades o institutos más pijos de la ciudad, pues hombre, uno se sorprende.  

Algunos otros tienen claro que solo se trata de un trabajo temporal para ahorrar y seguir intentando alcanzar aquello que realmente ansían, como es mi caso, pero lo cierto es que somos la minoría. La inmensa mayoría querrían jubilarse ya allí, por lo que parece. Muy respetable, por supuesto, pero esto me ha llevado a escoger el título del que hablaba al principio. Dada la complicada situación actual en nuestro país creo que son esa “suerte” y esa “comodidad” el mayor “peligro” para que uno no vea sus sueños alcanzados, para que se rinda, para que deje de luchar. No son pocas las personalidades famosas que dijeron que, antes de hacer otra cosa distinta a lo que realmente querían hacer, preferían morir de hambre. Bien es cierto también que solo conocemos la historia de los que lo han logrado, y quizá muchos se rindieran o por orgullo acabaran muriendo de hambre –hay gente muy tozuda, o valiente, o loca, ya no sé cómo calificarlos–. Pero a donde quiero ir es que por pesado que sea un trabajo, cuando uno lo tiene bien agarrado ya no lo quiere soltar –y tampoco me extraña demasiado–, pero esa condición se erige como el mayor aniquilador de los sueños, el que impide que uno siga arriesgando yendo en pos de la meta que siempre ha querido alcanzar. Algo jodido, sí, aunque no lo parezca. 

Como ya he dicho todo es respetable, y más el tema que trato en este texto, pero quien quiera que me llame loco, pues por poco riesgo que implique el continuar, mi idea no es perderme la mayoría de las noches por asegurarme una comodidad laboral y con ella renunciar a la mayoría de mis planes de futuro. Quién sabe que durará esta etapa, unos meses, un año, pero no más. Después, con un buen colchón y la libertad que comporta, lo seguiré intentando, volveré a caminar dejando atrás este alto en el camino. Unos me llamarán insensato, otros quizá hasta vago, pero después de invertir tiempo y dinero –que no era mío, y duele aún más– estudiando una carrera durante cuatro años y habiendo dedicado mucho esfuerzo a ciertos proyectos personales en los que me volqué en cuerpo y alma, no estoy dispuesto a renunciar a ellos por tener una seguridad económica que me dejará la espalda partida a largo plazo y me mantendrá encerrado realizando una tarea cíclica y repetitiva hasta la saciedad durante cuarenta años, que se dice pronto. Los principios son lo más duro, está claro, y rara vez se empieza haciendo lo que se quiere, pero quedarse para siempre en esa etapa es otra cosa a voluntad de cada uno. 

Tal vez acabe muriendo de hambre, pero cuando esté agonizando no podré decir que no lo habré intentado, porque la vida se basa en eso, en intentar, intentar y volver a intentar, que uno consigue más por pesado y persistente que por azar del destino y golpe de suerte. 

19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos.