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18 de agosto de 2016

Reseña de "El océano de la memoria", de Paloma San Basilio

Paloma Cecilia San Basilio Martínez, más conocida como Paloma San Basilio, famosa cantante y actriz, nos presentó hace unos meses su primera novela, "El océano de la memoria", una obra que entremezcla distintos géneros al verse su trama desarrollada a lo largo de distintas décadas y en distintos países simultáneamente, siendo así una especie de novela romántica con fuertes tintes históricos. 




















La  protagonista y la que nos contará la historia en primera persona es Alba, la primogénita de los Monasterio Livingston, una familia de clase alta asentada en Cádiz con raíces inglesas. Paloma San Basilio esboza con habilidad un sinfín de personajes, los de la numerosa familia y también los que ocupan una parte importante en sus vidas, la gente que tienen siempre a su alrededor, así como aquellos que tienen un menor peso en la trama y los que con frecuencia entran y salen en sus vidas, como ocurre en la realidad. 

Con un rico léxico y unas descripciones muy detalladas y elaboradas, tanto de personajes y escenarios como del desarrollo de los sucesos nos hace ver, como si fuéramos un protagonista más, cómo el tiempo va transcurriendo inexorablemente para todos y cada uno de ellos. Vemos a los personajes evolucionar, crecer y envejecer en un marcado contexto histórico; un buen acierto de la novela, la extensa documentación que hace posible la descripción de los hechos que marcaron a nuestro país y al mundo entero en las décadas que abarca, que están bien presentes en la historia y que ayudan a organizar, situar y enriquecer los hechos que se nos narran con una gran cantidad de referencias.

Es bien sabida la dificultad que entraña elaborar una trama que se desarrolla en un tiempo tan amplio, pues el ritmo y la velocidad a la que avancen los hechos marcará la rapidez con que se lea la novela y los detalles que incluirá, pues cuanto más se abarca, si no se quiere escribir algo interminable, más rápidamente y con mayor maestría deberá narrarse, para no pasar superfluamente por las escenas y para que no sea pesada para el lector. En este sentido encontramos un equilibrio bastante óptimo, pues aunque sucede algunas veces, rara vez solemos tener la impresión de que todo avanza a ritmo acelerado, y por el contrario Paloma tampoco se detiene demasiado como para que la lectura resulte tediosa. Aun así en algunas partes sí se explaya más en los detalles, en sus minuciosas descripciones, tornándose quizá muy recargadas, lo que ralentiza el avance de la trama y hace que la novela sea algo más larga de lo que debería para lo que nos cuenta. Como punto positivo, tenemos la sensación de que hemos presenciado una enorme cantidad de vivencias en los protagonistas, en muy distintos escenarios y desde distintas perspectivas, lo cual enriquece la obra.   

Lógicamente gustará más a los aficionados a la novela romántica, o de un drama con fuertes tintes románticos y la melancolía que suelen traer consigo las historias de amor que encuentran dificultades para salir adelante. Existen buenos giros de argumento que atrapan la atención del lector y lo obligan a seguir leyendo, manteniéndolo enganchado, y el interés raras veces decae en demasía. Si el lector gusta también de aventurarse a través de la historia, tendrá aquí un plus para sumergirse en la lectura. 

No ofrece una trama muy novedosa e impactante, sino que se mantiene en los estándares del género, lo que puede echar para atrás a más de uno, pero el lector habituado a estas historias encontrará una lectura amena, rápida y entretenida. En resumen, "El océano de la memoria" es una novela correcta, y siendo la primera de la autora, una obra notable a tener en cuenta para los amantes del género. 

25 de noviembre de 2015

Home Sweet Home (FF)


Todos buscamos la llama, el fuego ardiente, cuando el frío cala hasta los huesos. Cuando el viento gélido del invierno llega para sacudirnos como a las hojas de los árboles congelados, todos comienzan a buscar, a rastrear, a husmear tras cualquier esquina, cualquier rincón, tratando de hallar una pizca de calor, una pizca de cariño. Es lo que nos hace humanos, al fin y al cabo, esa necesidad de encontrar a los iguales, de finalmente dar con el grupo, clan o familia adecuados; un hogar, más bien un segundo hogar, casi tan auténtico como el originario.

Dicen las lenguas populares que, entre broma y broma, la verdad asoma. Pues quizá entre cafés calientes y humeantes, que dan vida a esas gélidas mañanas de invierno, entre pitillos en compañía, en la oscuridad, escondidos entre la luz de las farolas, entre ardientes tragos que empujen las tardes hacia remotos futuros, tal vez, entre todo eso, la vida asome, se deje ver, se dé realmente.

Nadie duda que la vida es un viaje, desde el nacimiento hasta la muerte, tanto físicamente como en el plano temporal; nadie puede ponerlo en tela de juicio. Mil veces subiremos y caeremos; la puta gravedad, las leyes físicas, nuestras mareas y nuestras olas. Sí, habrá mil olas, mil caídas estruendosas, como rayos en el desierto que levanten el polvo estancado con su impacto, y mil momentos en los que nos quedemos parados, petrificados cual estatuas, mil momentos en que se nos seque la garganta y nos quedemos sin aliento; los ojos húmedos, el corazón palpitando, rugiendo, nuestro interior sacudido y emocionado hasta los cimientos; quizá estos sean los mejores momentos, pero sin duda serán los más escasos, y los anhelaremos, a cada instante, como el aire que respiramos para sobrevivir. La vida es una jodida aventura, pero mejor vivámosla acompañados.

Cada uno debería capitanear su propio navío hasta el final, pero es inevitable reconocer que es un gozo supremo encontrar a la tripulación adecuada, nada fácil, pero posible. Te das cuenta de que has estado vagando a la deriva a través de las tinieblas cuando logras llegar al verdadero hogar, que no es un lugar, sino la gente que lo forma.

Esas personas con las que te sientes seguro, a salvo, con las que sin duda puedes y debes ser tú mismo, porque no te juzgarán sino que te elevarán, te cobijarán, y conformarán esa esfera densa e inmortal que te protegerá allá a donde vayas. Personas a las que acudir cuando el cielo se vea negro y te darán todo, con las que reír, beber, fumar y trascender una existencia que por sí misma carece de un color cálido que la haga vibrar y estremecerse. Gente con la que llorar cuando se presencie la caída de uno de los mil mundos que con arduo esfuerzo tratamos de edificar a diario. Sí, esas personas, esas almas, son difíciles de encontrar, pero cuando se logra se reconoce el calor de la auténtica bienvenida, del nacimiento de una sombra protectora que nunca te abandona, por lejos que te vayas, por oscuro que sea el túnel en el que te aventures.


Así que cuando nos sintamos aprisionados, asfixiados por mil fantasmas acechantes tras cada fachada, tras cada máscara, tan solo nos quedará mirar fijamente, y no hacia los lados, sino hacia nuestro interior, para encontrar esas fuerzas ocultas provenientes de nuestros hermanos y hermanas, para poder sortear cualquier obstáculo y seguir hacia adelante, siempre adelante… Saquemos la botella, brindemos y hagamos descender un Jack por nuestra garganta, por todos ellos, por todas ellas, por la amistad y la unión. Brindemos por el calor y la familia, que al final es lo único que permanece cuando todo lo demás camina hacia el olvido.