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13 de junio de 2017

La luz verde al otro lado de la bahía


¿Qué más da que perdamos el rumbo? ¿Qué más da que las palabras de Tony Soprano «No sé quién soy, ni a dónde voy» retumben en nuestra cabeza? Da igual si nos tomamos unas copas de más o si jugamos con la esquizofrenia paranoide con manía persecutoria, da igual que grandes y pequeños se equivocaran, que Ramsés II se creyera el rey de reyes o que Bukowski dijera que nació para robar las rosas de las avenidas de la muerte; todo eso da igual, porque vivieron, vivimos y vivirán en el mismo saco, ese que llamamos mundo. 

Que los románticos se maravillaran con lo sublime de un crepúsculo bañando la magnificencia de la naturaleza, que los realistas los golpearan furiosos y rebuscaran entre lo cotidiano, tratando de extraer algo que brillara más de la cuenta, o lo más mundano que pudieran encontrar; que los que les siguieran narraran vulgares travesías por carretera, inyección de drogas, ingesta de sueños rotos, penetraciones en lugares cálidos para resguardarse de la noche y viajes al Nirvana y al hospital. Da igual que ahora todos bebamos de ellos, de lo que fueron y pudieron haber sido, porque nuestras partículas, como las suyas, se escaparán por el mismo agujero del mismo saco.  

Todos olvidamos alguna vez cuál era el camino correcto, tememos errar y perdernos e incluso, si la cosa llega a tal extremo, llegamos a dudar de si alguna vez podremos regresar y corregir el rumbo. Las pesadillas y obsesiones son piedras habituales sobre esta tierra ignota que nos sobreviene. Charles Arrowby creía ver fantasmas y monstruos marinos y Gatsby se fascinaba con una luz enfermiza al otro lado de la bahía que bien podría haber sido una flor azul. Sea correcto o equívoco el camino, cada uno de nosotros tendrá su propia simbología a la que aferrarse, una que nos ayude a encontrarle un sentido trascendental a la acción más mundana o a la idea más abstracta, para arraigarla a la tierra y a la mente, para hacer que parezca posible y realizable.

Unos buscarán la gloria, el triunfo y la realización; otros el caos, la violencia y la oscuridad que toda vida permite, y unos tantos lo sublime, la belleza y la estrella más perdida del firmamento. Lo que tienen en común todos estos tesoros es que siempre se encontrarán al final del camino, pues si no, ¿qué gracia tendría el juego? 

Buscamos fortalecernos, hacernos más grandes y eruditos, pero en lugar de ello el camino puede llegar a marchitarnos, aun cuando vayamos acercándonos a la meta. Camus también lo decía, aquello de que la debilidad excepcional que sentimos ante la belleza es lo que deliciosamente nos ablanda y hace que el mundo sea más soportable. Esto es lo que ocurre en la senda, que nos maravillamos y marchitamos, para al final llegar exhaustos y pequeños, débiles y ancianos, pero habiendo conseguido llegar, que es lo importante. 

Y lo mejor de todo es que, aunque muchas veces no lo parezca, el camino incorrecto suele ser el que representa un atajo, una segunda vía para alcanzar esa luz verde que tanto nos obsesiona y que tan lejana parece. 

19 de febrero de 2017

Estoy yendo a casa






















Siempre estoy yendo a casa,
Siempre yendo a casa de mi padre.
NOVALIS


ESTOY YENDO A CASA
Estoy yendo a casa, regresando al hogar
en que todo comenzó
y en que todo termina.
He visto ya demasiado en estos escasos y jóvenes años,
plagados de alegrías, llantos, desilusiones y emociones
tan fuertes que quebraban corazones como terremotos
ansiando recomponernos desde los cimientos;
es ese pasado en blanco y negro el que me empuja,
son todas esas vivencias que merodean ajenas en mi mente,
en los mil espejos quebrados de tiempo colapsado
cuyos cristales se amontonan en el sótano de mi ser,
lo que más fuertemente me empuja a seguir
hacia ese futuro que solo veo también
en blanco y negro; es mi pulso acelerado
el que ha quemado el color de los recuerdos.
Oh, memorias que se desvanecen, ecos que se evaporan
al ritmo de una música que se atenúa lenta,
apaciblemente, sabiendo que va a extinguirse.
Últimamente las brisas ya no me traen el aroma de las flores
cuyos brillos nos embriagaban en aquellos dulces años,
no; quiero regresar, materializar en este eterno anhelo
todas las palabras que no dije, todos los abrazos
que no supe dar; me he cansado ya de estos vaivenes,
de las nieblas de estas ciudades eclipsadas
por sus propias decadencias; no, no más.
Estoy yendo a casa, regresando al hogar;
ansiando solo recuperar un mísero atisbo
de toda la paz que dejamos esparcida,
olvidada en la fresca hierba de los campos
que nos hacía de cama, las esponjosas nubes
que mansas recorrían esos cielos infinitos
color turquesa; llévame a esos panoramas
como cuando éramos niños que reían
despreocupados ante un futuro que nunca llegaría
y que ya nos ha destruido; por favor,
llévame de nuevo allá, donde los sueños
eran la realidad de unos días que nos amaban
tanto como nosotros nos amábamos;
permite que olvide todas las luces que emborrachan
a esta ciudad, que bombean su dulce néctar
venenoso a través de mis sedientas venas.
Regálame otra vez esos océanos cristalinos de tu mirada,
abrázame como cuando lamiste mis lágrimas
después de que te hablara de arduas vidas pasadas;
te lo ruego: llévame a casa.
Todavía os recuerdo a todos y a todas;
a nadie he olvidado durante mis macabros viajes
en que me internaba en las noches eternas
que me embriagaban y enamoraban
hasta convertirme en otro; no pude olvidaros
aun cuando las puertas de cada alma perdida
y maldita se me abrían rogando el cariño
que nunca podía darles por mucho que ansiara
el recuerdo del contacto y el entendimiento,
por mucho que mis venas bombearan estrellas fugaces
y mis besos rogaran una vía de escape, una salida;
no, no pude olvidar el calor de su llanto en la despedida,
ni el sabor de sus palabras al serme murmuradas
tras una noche perdida en los eones de la historia
que narra todos mis errores; no pude olvidar
quién fui y quién sería, en quién me he convertido
para poder alcanzar ciertos planetas remotos y olvidados,
que vagan sin luz a la deriva a trillones de kilómetros
de distancia, camuflados entre explosiones
de supernovas y nebulosas; en los restos cósmicos
que dejamos atrás cuando colapsó
nuestro pequeño universo; eso es cuanto ansío recobrar
ahora que morí y he renacido entre páginas
escritas con esas lágrimas diluidas en fuego;
por ello, estoy yendo a casa.
Está sucediendo, en mi cabeza y a mi alrededor,
está gritando desde mis entrañas, esta libertad
no liberada, esa bestia que rugía en la selva,
ese amor tan fuerte que sabía detener el tiempo,
está clamando una liberación que muero por darle
a ese monstruo que alumbraste; y desde que me perdí
en esta vasta jungla de asfalto, desde que aprendí
a volar bajo tierra y a pintar murales
con hojas resecas en los cielos que lloran estrellas,
desde que sentí a los ángeles revoloteando a mi alrededor
sin que pudieran tocarme, sanarme, desde el inicio
del fin he estado yendo a casa,
siempre yendo a la casa de mi padre,
en la que yo, y como todas las cosas,
empecé a amar, porque allí donde nació el amor
es donde todo terminará; todo el odio y el miedo,
la melancolía y el anhelo, todo perecerá salvo la esperanza
que nos elevará sobre el sol y la luna
y nos otorgará esa inmortalidad que tanto temimos
pero que ahora abrazaremos.
Sí, ahora que he sabido qué es amar de verdad,
temer una pérdida más que a la muerte propia,
ahora que supe qué era querer secar los mares
con tal de alcanzarte, ahora que grito exhausto
a los cielos con los brazos abiertos;
ahora que al fin he perdonado y he sido redimido;
ahora que al fin he comprendido, estoy yendo a casa.

28 de agosto de 2016

Fragmentos de mis realidades con ella


Desperté al amanecer y simplemente la observé, tumbada boca arriba en la cama a mi lado. La luz del alba la iluminaba con sutileza, como si temiera dañarla. Observé cómo su pecho se hinchaba levemente con cada respiración pausada y tranquila. Toda ella era una calma total, su rostro en completa paz con el mundo, una ligera sonrisa esbozada en sus labios. Estaba preciosa. 

No pretendía agradar a nadie, ni destacar. Ni pizca de maquillaje, algún leve rastro de cansancio. Y por eso estaba tan hermosa, porque no pretendía estarlo para nadie salvo para sí misma. Yo sabía que había fuego bajo sus párpados, en su profunda mirada, pero se veía eclipsada por un mar en calma. 

Solo era ella, al natural, dormida, y estaba a mi lado. Así, cada mañana, estaba más guapa que nunca. 

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Emergió de pronto de la más densa oscuridad para alzarse como la última luz que iluminaría mi camino, como la última esperanza de un verano creído perdido, enterrado; como la ilusión que necesitaba mi cuerpo para sanar y mi alma para renacer. 

Desde entonces comprendí que esa ilusión, esa llama que prendió en el centro de mi abismo, es lo que al final necesita cada ser humano para seguir adelante, para creer de nuevo en la vida. 

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Me gustaba no porque fuera muy hermosa, que lo era, ni porque su cuerpo me volviera loco cuando hacíamos el amor, que lo hacía, sino porque era mucho más inteligente que yo, y no insinúo con esto que me considere más inteligente que la mayoría, pero ella conocía muchísimas cosas, sabía de muchos temas, y en los que yo podría considerarme un experto ella lo era aún más y eso hacía que la deseara con locura, porque con una conversación larga y tendida conseguía romper todos mis esquemas, volver todo mi mundo del revés, y no existe nada físico en este u otro mundo que pueda golpear más fuertemente que eso. 

Toda ella me embaucaba sobremanera, pero esa mente suya era lo que me maravillaba, me descolocaba y me enamoraba. Era mi perdición guardada en un precioso estuche, y gracias a la suerte de la vida podía abrirlo cuando quisiera, que era en todo momento. 

31 de marzo de 2016

Háblame



















Acompáñame cogida de la mano a través del paseo marítimo, respira los vientos marinos por mí y ayuda a mis pulmones, que únicamente quieren deleitarse con el perfume que el viento arrastra desde tu cabello hasta mis sentidos. Ayúdame a dar la bienvenida a cada nuevo día que nace tras una noche intensa, mientras aún seguimos en la cama, mientras los recuerdos fluorescentes de una velada mágica todavía flotan a nuestro alrededor.

Rómpeme los esquemas, hagamos el amor y después háblame de tus poetas favoritos, de qué te hicieron sentir cuando los leíste por primera vez hace años, cuando la luna brillaba sobre la arena de la playa y la brisa pasaba las páginas por ti, empapuzándote esas letras doradas que te harían brillar más que nunca, ahora que entiendes lo que vivieron para escribir esas verdades, ahora que tú también lo estás viviendo y sintiendo; háblame de aquellas épocas, cuando todo era más sencillo, cuando aún no nos habíamos conocido y cuando me habrías rechazado antes de verme. Háblame de cuando viajaste por primera vez, de cuando te enamoraste de un paisaje y de cuando respiraste un ambiente que llenó tus pulmones de un aire tan puro que casi te hizo reventar. Cuéntame todas esas cosas mientras todavía las finas sábanas cubren nuestros cuerpos desnudos, antes de que salgamos al mundo salvaje de nuevo. Haz que tus palabras silben por el viento sabiendo que llegarán hasta mis oídos, esté aquí o en el otro extremo del mundo, estemos juntos o separados, fusionados, revueltos o distanciados, porque escucharía un grito de socorro tuyo a miles de kilómetros de distancia y acudiría volando a tu rescate, porque esa sería la unión que nos representaría, una que no entendería nada sobre la vida y solo sabría de pasiones.

Flaubert quiso escribir un libro sobre la nada; ayúdame tú a hacerlo sabiendo que eres mi todo. Dame una sola nube y te esbozaré el cielo; dame la estrella que representas y te daré el universo entero. Dame un simple y sencillo beso y te diré porqué es diferente a todos los demás, porqué brillas con más pureza y porqué eres la única en el firmamento. Déjame besar todo tu cuerpo centímetro a centímetro y te demostraré porqué eres mi paraíso perdido. Asómate a mis páginas para encontrarte y me asomaré a tu interior para intentar que alcances la mortalidad por mí, por ti y por todos nosotros.

Demuéstrame que aquella fotografía que vi hace tiempo, con una prístina y sincera sonrisa y con una mirada entrecerrada, no era el reflejo de un ángel, no era la imaginación dislocada que creaba a un dios en la tierra para nosotros, sino que era una mujer de carne y hueso, por increíble que pareciera por su belleza, y que seguía existiendo más allá de los sueños. Para que entienda que esos cabellos no eran los rayos del sol sino el esbozo de tu cuerpo frente al mar, para que pueda erigirte como aquella que quema mis dudas y abrasa mis miedos, aquella que pinta con colores de esperanza un futuro tan solo dibujado con oscuro y difuso carbón. 

Regálame lo que guardas y te daré todo lo que he sido, lo que soy lo que seré hasta que muera. Muéstrate ante mí y te ofreceré mi tiempo y te enseñaré cómo pueden detenerse los relojes y cómo condensar los espacios para vivirlo todo en apenas unos minutos. Empújame hacia adelante y quítame a los que me frenan, acompáñame y descubramos de una vez por todas qué es la vida y cómo se vive de verdad y con intensidad. Porque mi sol sale y se pone contigo; solo por eso sé mi fuego, sé el agua que nos compone y sopla el viento que nos hará traspasar las más densas barreras de la realidad para fundirnos con los sueños tantas veces soñados.

Y sobre todo solo sé tú, porque Hermann Hesse tenía razón al afirmar que ser amado no es nada, que amar, sin embargo, lo es todo. Y cada vez está más claro que lo que hace valiosa y placentera la existencia es nuestro sentimiento y nuestra sensibilidad. Porque la belleza no hace feliz al que la tiene, sino al que sabe amarla y venerarla, y creo que sobre eso he aprendido mucho, y porque no existe una obligación de amar, solo hay la obligación de ser feliz. Para eso exclusivamente estamos en el mundo. Y eso ya se ha conseguido, así que gracias, porque el simple hecho de escribir estas líneas me ha llenado de felicidad.  

3 de febrero de 2016

Una moda jodida


Es extraño esto de las modas, da igual lo que duren, a qué vertiente hagan referencia, o sobre qué se posen, pero el caso es muchas veces, esperándolas o no, nos sorprenden. Hace nada leo en un artículo que a una película que, quizá no sea una obra maestra, pero que se acerca a la obra de arte, se la mete en la categoría de cine viagra, un simple insulto vacío y carente de significado y pruebas que sostengan el argumento –pruebas reales claro, inventadas puede haber hasta la saciedad–. Pero bueno, de esto ya me he quejado en otro lado –que se hará público la próxima semana–; a veces es difícil contenerse.

A todo esto se suma ahora una extraña moda; la de estar jodido. Sí, estar jodido, ya sea por el trabajo, o por no encontrarlo, por perseguir a la tía/tío equivocado/a, o por encontrar de repente un hueco interior que no es otra cosa que un vacío existencial; esto en personas que nunca han tenido uno, ya fuera por madurez, por edad, o por no pararse a pensar nunca en algo que distara más allá de su campo de visión (o a dos palmos de sus narices). Es curioso y gracioso. Bienvenidos al mundo, bienvenidos a la vida.

Puede que todos nosotros seamos otra generación perdida, ahora posmoderna y en un mundo superpoblado, de gente, competitividad, oferta y demanda. Y no es cuestión de refunfuñar, de buscar respuestas en el fondo de la botella (ahí no hay nada, salvo el culo de la botella, el culo del mundo), ni de realizar montajes hollywoodienses en una mente que ve todo a través de un prima paranoico, uno que le hace ver que todo ser viviente está en su contra y por ende que respira por él/ella. Aquí cada uno respira por y para sí mismo, que no es poco.

Quien se dé de bruces por primera vez con esa negrura interior solo encuentra algo que otros muchos ya hemos paladeado y superado, y cuando vienen más se vuelven a superar, son los baches de la existencia, simple y llanamente. A quienes no, a esos afortunados, enhorabuena, solo espero que esas reflexiones no lleguen al final y acaben como los protagonistas de La Juventud.

La paciencia, e incluso el pasotismo, el tomarse la vida con más calma y relajación, pueden ser armas muy poderosas. Hay quien revienta a la mínima, hay quien lo hace cuando una mísera gota colma un vaso enorme de mierda y salpica a todo dios. Yo creo que cuanto menos lata el corazón por gilipolleces, más viviremos, porque las hayamos padecido o no (espero que no, nadie), solo con pensar en desgracias ajenas, problemas de verdad, uno se da cuenta de que los mayores problemas de las vidas cotidianas de la gran mayoría son simplemente eso, estupideces.

Porque al final pesa mucho más una sonrisa que una lágrima (a no ser que sea de felicidad; entonces su valor y peso son infinitos), y es mucho más hermosa y trascendente, y simple y perfecta. Dediquémonos a sonreír más y a poner menos caras de mala hostia, y sobre todo, aquellos días en que no logramos encontrarle el sentido a la vida, tan solo compartamos tal sentimiento con la persona que esté a nuestro lado, porque si tampoco lo hace ya seremos dos, y así el veneno se diluye más fácilmente, pero más que por eso, porque quizá pueda darnos esa palmadita en la espalda, pueda dedicarnos esa sonrisa que nos empujará en la dirección correcta, en la de la respuesta, y tal vez mañana sea uno mismo quien ayude a un igual a hacer lo mismo.

En fin, que menos modas negras, absurdas e insultantes, y más fijarse en la belleza que existe en la cotidianidad –sí, hay más en lo espontaneo, lo extraordinario e incluso en lo caótico, pero también en el día a día–, que aunque esté algo escondida, si uno sabe mirar, la ve con claridad. 

9 de octubre de 2015

La Diosa del Fuego



Bajábamos corriendo la ladera, casi rodando, tan solo temiendo llegar abajo después del otro, nada más. Ningún otro pensamiento, como una posible caída, ocupaba nuestras mentes; no en aquel día. Llegaba hasta nosotros el embriagador perfume de los sueños que el viento nos regalaba en cada fresco soplo. El sol se reflejaba en cada partícula de hierba; quizá fuera algo paradisíaco aquello. Pero es que nada más importaba en días y lugares como aquel, alejados del bullicio y de cualquier perturbación que pudiese arrastrar.

Había estado muy enfermo días atrás, pero ahora me sentía fresco como una flor pura y salvaje. Había pasado de sentir las frías manos de la muerte agarrando inexorables mi fino cuello, a notar el cálido tacto de un dios bondadoso meciéndome a través del aire. Estaba feliz por ello, y ella lo notaba y se empapaba de mi sensación. Puede que en realidad fuera un sueño, o hubiera muerto de una terrible y sudorosa fiebre, pero me daba completamente igual. Cuando se alcanzaba un nivel etéreo como aquel, todo lo demás era irrelevante, y solo importaban las pequeñas cosas que me rodeaban; además no estaba solo. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Liviana, fue lo único que respondió, y fue suficiente, porque lo comprendía; lo sentía, podía olerlo en los colores de aquella ladera que descendía y descendía hasta el cielo. Tenía que ser verano.

Pájaros cantaban en las alturas las alabanzas de miles de siglos de historia del universo. Vi a lo lejos, abajo del todo, en lo profundo de la ladera, una voz dulce que cantaba nuestros nombres tan estridentemente que mis oídos se quejaban por exceso de placer ante su canto. Pensé que era una estrella que nos llamaba desde lo profundo de la tierra. Tenía solo quince años, y mis mundos con facilidad se materializaban ante mis ojos. Si ella me besara tal vez despertaría de esa feliz y perturbadora irrealidad que me embriagaba, porque no podía ser otra cosa que un frustrado sueño que se me aparecía en coloridas y utópicas imágenes, distorsiones de un mundo que jamás alcanzaríamos en vida. Cuando llegamos abajo resbalé y rodé por la hierba mojada, que acariciaba mi cuerpo entumecido por el trance. Ella cayó sobre mí y sonrió de tal manera que abrasó mis pestañas cuando la miré, e hizo que mi corazón palpitara muy fuertemente, emitiendo un estruendo propio de los enfurecidos cielos de tormenta. Música venía de todas partes; de las piedras y los árboles y las nubes rojas. Nos levantamos y caminamos hasta un brillante riachuelo que emitía gases casi corpóreos que parecía que nos hablaban. Nos sentamos a contemplar su curso, agazapados entre dos rocas planas en cuyas superficies parecían estar grabadas las claves para comprender los cimientos de la civilización, los secretos de los hombres que allí se posaron en otros mundos, pero estaban en la arcaica lengua de los seres incorpóreos que nos precedieron. Quise encender un fuego para cuando llegara la oscura noche, así que la dejé allí pensando en el curso de la vida y me aventuré en un bosque cercano para buscar leña. Regresé a la hora con un buen montón de troncos en mis enclenques brazos, y eran oro, pues había combatido con osos, pumas y fantasmas para hacerme con ellos, pero alumbrarían la chispa del sol que nacería a la mañana siguiente tras las montañas, y eso era algo valioso y hermoso.

Volví al río y era plateado, y ella no estaba ya, y pensé que quizá se hubiera zambullido y fundido con él y por eso las aguas eran ahora tan bellas y puras, pero aquello no dejaba de ser incoherente para mí por mucho que lo rumiara, por lo que pensé que se habría perdido al tratar de localizarme. Tenía que encender un fuego, a poder ser de decenas de metros de altura, uno que rozara los cielos, para que ella pudiera atisbarlo desde la lejanía y lograra regresar a la calidez del hogar.

Creo que lo hice con tanta rapidez que el fuego prendió con tal fuerza que llegó a asustarme. Quizá fuera el ansia de mi corazón lo que empujara las llamas con tan sorprendente bravura. Esperé paciente, viendo el crepitar de aquellas llamas gigantescas que sería visibles a cientos de kilómetros de distancia y que, sumadas a mi desesperación, tan solo querían ascender y hacer arder las alturas. Pero no podía simplemente quedarme allí, no con la noche ya presente, densa y oscura, que me rodeaba implacable. Podía estar en cualquier parte, perdida y asustada, enfrentándose a algún mal antiguo enterrado en la memoria de los hombres, o siendo acechada por los fantasmas que se esconden de la luz del sol. Tenía que ir a buscarla, sacarla de allí, de aquel lugar exterior. Era mi realidad, era mi sueño; era mi todo, y no podía perderla.

Renuncié a todo; a la seguridad de la luz, al calor de las llamas, a la protección del hogar, y corrí tanto como me permitieron las piernas. La ladera había quedado atrás, no resplandecía ya en aquella noche eterna, y supe que solo ella podía hacer que la hierba fuera tan verde de nuevo y que los ríos fluyeran en la dirección correcta; porque solo ella tenía las claves, solo ella comprendía los antiguos grabados, y solo ella reinaba en mi mundo. Sin ella, todo carecería de sentido para siempre, y tal vez al perderse haría que yo me perdiera y solo diera tumbos en un imposible intento por regresar a la luz. Había multitud de peligros en aquella negrura, podía olerlos y percibirlos. Las ramas de los árboles torcidos me arañaban con cada paso que daba, mientras me internaba en un bosque pútrido y malvado. No había sombras allí ni luna que las proyectara, solo oscuro vacío, y tenía que ver con las manos, pues los ojos se negaban a observar lo que moraba más allá; era algo que, simplemente, no se atrevían a registrar en las retinas.

Entonces escuché un sonido, una suave voz que no supe si era un grito o un canto, pero logró que todo mi cuerpo se electrificara; una chispa recorrió mi espina dorsal e hizo que me girara, y vi que allá a lo lejos las llamas ardían más intensamente que nunca, quemando las tinieblas de su alrededor, que se transformaron en un denso flujo que adoptaba formas macabras, retrocediendo ante la bravura del fuego, alimentado por algún tipo de combustible superior. Regresé sobre mis pasos a toda velocidad, sin importar cuantos arañazos recibiera mi piel enferma o que pudiera tropezar y caer, pues sabía que ya no me perdería, y de algún modo inexplicable, sabía que era ella. Volví hasta el claro, junto al río plateado, donde ardía la hoguera que era ahora una torre que ascendía en espiral hacia la luna, una que solo brillaba allí, dando vida a aquella bendecida parcela.

Y allí lo vi todo, tan inexplicable como real. No había ya un río plateado, sino un vacío que dejaba al descubierto los tesoros que habían permanecido hundidos durante milenios. El agua había sido absorbida, y se habían abierto los caminos que conducían a las maravillas ocultas. Y ella estaba allí, esperándome, en el centro de las llamas, en el interior del fuego, rodeada, y era parte de aquella hoguera ahora, porque ella era el hogar. No era ya una chiquilla, sino una hermosísima mujer. El tiempo le había dado toda la belleza que algún día habría tenido que robarle, dotando a su rostro del aspecto propio de la inmortalidad, del colapso de los relojes, y había purificado cada centímetro de su piel. Sus ojos color avellana brillaban y ardían como toda ella, y su sonrisa aumentaba la bravura de las llamas que la contenían. Era algo superior, la reina de la luz y la diosa del fuego, y este era uno bueno que creaba, que no destruía, y al acercarme sentí la calidez de la protección eterna. Me introduje en la hoguera junto a ella, sin quemarme, y sintiendo cómo todo mi cuerpo se iba llenando de su bondad, por cada poro de mi ser, y supe que nunca más volvería a padecer enfermedad ni mal alguno, que nunca más me invadiría la tristeza, y que podríamos rodar ladera abajo cada día de nuestras vidas. Me faltaba la sabiduría de los años para poder identificar si aquello era un sueño, si era la felicidad o el amor que tantos han buscado, perdiéndose en el camino, pero fuera lo que fuera, yo lo había encontrado y nunca lo dejaría escapar, y teníamos toda la eternidad para averiguar qué era lo que nos elevaba y nos empujaba hacia arriba.

5 de octubre de 2015

Arde el Cielo


Habíamos ido a morir a aquel lugar, y allí mismo lo harían nuestros problemas y nuestras almas para poder renacer solo al día siguiente, cuando todo pecado cometido bajo la luna no fuera más que un recuerdo pesado y presente en nuestros cuerpos y nuestras mentes, y únicamente formara ya parte del inexistente pasado. Hasta entonces, durante unas horas, el futuro era aún incierto y éramos libres, capaces de volar bien alto y hacer grandes cosas. Estábamos embutidos en un espacio ajeno al mundo real en que la vida se había detenido por completo, hasta que arrancara de golpe con un nuevo despertar.

Y así era como funcionaban las cosas, en aquel lugar y aquel momento, donde todo terminaba, o quizá comenzara, sin grandes fuegos en las alturas, sin que las manecillas del reloj se detuvieran, sin ningún predicador que lo anunciara al viento. No habría ningún elemento atronador, pero sin embargo sí habría un efecto devastador; que tal vez no fuera inmediato, que quizá no brillara demasiado, pero de un modo u otro significaría un cambio tan grande que tardaría en ser asimilado. Caminos, caídas y arte, porque a eso se remontaba todo, y en aquel lugar y aquel momento nada más importaba salvo lo que se había encontrado en las miles de caídas, durante el recorrido, expresado a través del arte, a través de él y sobre él y en el caos que albergaba la búsqueda de la belleza. Ya éramos libres, y me recordé a mí mismo momentos antes de la salida, en mi habitación, cuando lo único que escuchaba era el repiqueteo de la lluvia golpeando la persiana bajada, una gota aquí y otra allá, dispersas y lejanas entre sí, cogiendo fuerza poco a poco y convirtiéndose en algo más grande, sonoro y presente en la tranquila noche. Lloraban los cielos anaranjados, envenenados por la contaminación lumínica, volviéndose opacos y resguardándonos del mortal espacio exterior, aquel que nos asfixiaría y abrasaría sin piedad si no existiera esa fina capa protectora a la que incluso asociábamos cualidades paradisíacas; esa fina capa que nos ocultaba las perlas a las que aspirábamos y que nunca alcanzaríamos.

Porque entonces, permaneciendo resguardado en esa habitación cerrada, imaginaba lo que llegaría después, el momento en que atravesaríamos la membrana y entraríamos en ese espacio nulo, de estática permanencia, en ese limbo en el que estaríamos durante horas, o durante años, o en el que viviríamos infinidad de cíclicas vidas hasta que lográramos hacer algo único, algo que solo se diera en un tiempo y un lugar, y que como un puñal atravesara todos los universos, rasgándolos, creando un camino en una dimensión inexistente que nos permitiera cruzarlos, y solo así podríamos salir por fin del círculo, hacia arriba, siempre hacía arriba –pues ya sabíamos qué moraba abajo– de forma ininterrumpida, hasta que llegáramos al cielo, y entonces nos quemáramos, o lo abrasáramos, o ardiéramos junto a él. Y en aquel lugar en que ya seríamos libres, donde habíamos ido a morir, naceríamos, y el viaje terminaría al fin.