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31 de agosto de 2016

Un final, que no un adiós


Es inevitable, las cosas tienen su finitud y siempre llega el final de algo, pero por suerte nunca es un último adiós, esos tan odiosos e indeseados. Pero sí, aquí hay algunos pequeños finales condensados en uno solo. El final de un verano que casi nos ha absorbido, el final de una temporada, de una etapa; cada cual que lo nombre como desee. 

Este mismo blog tiene poco más de un año; el final de su primer año ha llegado y ya ha comenzado el segundo. En este sentido, por suerte o por desgracia, nada cambiará, porque seguiré escribiendo y publicando aquí reseñas, pensamientos, reflexiones, vivencias y alguna que otra hostia de la vida, que de eso entendemos todos muy bien, estoy seguro. Y como siempre, dado que estoy libre de toda presión, seguiré publicando cuando me venga en gana, quizá nada en dos semanas, tal vez tres entradas en una sola; esto funciona así –yo funciono así–.

Hay quienes ya se han marchado y por ello se han celebrado diversas despedidas, unas más alegres y otras más melancólicas, porque al fin y al cabo es inevitable no entristecerse un poco, por mucho que nos ilusione el futuro y lo que nos tenga preparado. Esa excitación, esa emoción de lo nuevo, de la aventura, tintada con el ligero miedo que acompaña a los grandes cambios, es la que mantiene la luz de nuestra esperanza siempre encendida, una que crece día a día y quema las entrañas, ansiando llegarnos del todo. Pero como venía diciendo, algunos ya han desaparecido; unos temporalmente, otros para siempre, y ahora soy yo el que pronto marchará; aunque no del todo, claro, nunca del todo; es solo un final, no El final. 

Atrás quedan ya infinidad de vivencias hermosas y terribles que me han hecho crecer como persona, que me han llevado hasta lo más oscuro y que me han elevado de nuevo como por arte de magia, devolviéndome la ilusión por las pequeñas cosas, los pequeños momentos; por la vida misma. Atrás quedan tardes quemadas al sol de risas y recuerdos, de nostálgicas alegrías que el viento trató de hacer desaparecer pero que el corazón consiguió retener. Noches de calma bajo las estrellas, llenas de conversaciones estimulantes, de miradas que contaban más que las palabras. Noches de caos y ruido, de música y celebraciones, de magia envolviéndonos y haciéndonos brillar y echar chispas. Al final todo se condensa en la memoria; los sucesos, las personas y todo lo que nos transmitían, que por suerte ha sido mucho, tal vez demasiado en ocasiones, pero muy preferible a cascarones vacíos. 

Es ahora cuando todo eso regresa a mí, cuando el café se está enfriando, cuando el humo del cigarrillo consumido en el cenicero comienza a disiparse, cuando me sirven tarde aquella copa bien fría que pedí durante una noche perdida en el tiempo, cuando el rastro del último beso empieza a difuminarse en mis labios, aunque en el recuerdo siga más vivo que nunca. Ahora es cuando las nubes en el horizonte comienzan a disiparse mostrando la próxima parada, la siguiente aventura, el siguiente martillazo del destino que me volverá del revés, que es como muchas veces me gusta estar. ¿Qué hacer? Muy sencillo: estar cada día más preparado, más expectante, más ansioso. Muchas veces he hecho alusión a las puertas, y sí, al fin se han cerrado, todas y cada una de ellas; no quedan ya caminos que andar, no aquí, porque los que ya recorrí sé que seguirán abiertos de por vida, aquellos a los que asocio a la familia. 

Sé que seguirán ahí, y yo con ellos, indiscutiblemente. Esa sensación del hogar sigue palpitando como el primer día, esperando para cuando desee asomarme a echar un vistazo, algunas risas y unas cuantas cervezas más, para en lugar de seguir recordando, continuar creando momentos únicos, como ya hicimos muchas veces. 

Una etapa ha terminado, y toca decir Gracias a todos aquellos y aquellas que la conformaron. Mil veces gracias. A los que me hicieron mejor persona, a los que me ayudaron a descubrir la auténtica realidad del día a día que merecía la pena vivir, y a aquellas personas que me dieron la vida, día y noche, cuando los momentos eran felices y más todavía cuando eran demasiado amargos como para saborearlos en solitario. Muchas gracias. Y también, claro, a todos aquellos que intentaron destruirme, entristecerme o joderme de alguna manera,  -aunque sé que no leerán esto, y es por ello que les dedico un breve espacio, porque esas gentes no merecerían leerlo- solo decir: gracias también, pues sigo aquí, así que jodeos. 

En breves habrá nuevo material por aquí, porque la vida no se detendrá y el mundo seguirá girando, como siempre hace, tras cada golpe, levantamiento, pérdida o amor. Siempre, siempre sigue girando, y es lo que lo hace tan especial: que por mucho que a veces deseemos detenernos, nos obliga a continuar adelante, ya sea para ir en busca de descubrimientos o para regresar al hogar. 

28 de agosto de 2016

Fragmentos de mis realidades con ella


Desperté al amanecer y simplemente la observé, tumbada boca arriba en la cama a mi lado. La luz del alba la iluminaba con sutileza, como si temiera dañarla. Observé cómo su pecho se hinchaba levemente con cada respiración pausada y tranquila. Toda ella era una calma total, su rostro en completa paz con el mundo, una ligera sonrisa esbozada en sus labios. Estaba preciosa. 

No pretendía agradar a nadie, ni destacar. Ni pizca de maquillaje, algún leve rastro de cansancio. Y por eso estaba tan hermosa, porque no pretendía estarlo para nadie salvo para sí misma. Yo sabía que había fuego bajo sus párpados, en su profunda mirada, pero se veía eclipsada por un mar en calma. 

Solo era ella, al natural, dormida, y estaba a mi lado. Así, cada mañana, estaba más guapa que nunca. 

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Emergió de pronto de la más densa oscuridad para alzarse como la última luz que iluminaría mi camino, como la última esperanza de un verano creído perdido, enterrado; como la ilusión que necesitaba mi cuerpo para sanar y mi alma para renacer. 

Desde entonces comprendí que esa ilusión, esa llama que prendió en el centro de mi abismo, es lo que al final necesita cada ser humano para seguir adelante, para creer de nuevo en la vida. 

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Me gustaba no porque fuera muy hermosa, que lo era, ni porque su cuerpo me volviera loco cuando hacíamos el amor, que lo hacía, sino porque era mucho más inteligente que yo, y no insinúo con esto que me considere más inteligente que la mayoría, pero ella conocía muchísimas cosas, sabía de muchos temas, y en los que yo podría considerarme un experto ella lo era aún más y eso hacía que la deseara con locura, porque con una conversación larga y tendida conseguía romper todos mis esquemas, volver todo mi mundo del revés, y no existe nada físico en este u otro mundo que pueda golpear más fuertemente que eso. 

Toda ella me embaucaba sobremanera, pero esa mente suya era lo que me maravillaba, me descolocaba y me enamoraba. Era mi perdición guardada en un precioso estuche, y gracias a la suerte de la vida podía abrirlo cuando quisiera, que era en todo momento. 

11 de agosto de 2016

Oda al anhelo




Si  tuviera que temer a algo sería a su ausencia, porque ya no temo a la página en blanco, a la inmovilidad de mis dedos sobre las teclas, ya que ella consiguió aniquilar ese y todos los demás miedos que pudieran poseerme; salvo el de su pérdida. 

Ahora fluyen libres mis pensamientos al igual que lo hicieron nuestros movimientos, nuestros cómplices actos aquella noche que la memoria se empeña en arrastrar al olvido. Al menos, por ahora, todavía puedo recordar los detalles: la tremenda ola de calor estival que nos golpeó como un martillo cuando abandonamos la casa, después de una cena copiosa, cuatro risas y unas cervezas de más. Recuerdo con claridad el bullicio de la calle a aquellas horas, las idas y venidas de la gente, nuestras esperanzas y ansias; pero sobre todo sus andares despreocupados. Todavía puedo recordar su mirada de ojos oscuros indagando en el ambiente, clavándose en mí de vez en cuando, inocentes y llenos de misterios indescifrables que yo anhelaba descubrir. Su cabello corto color azabache ondeaba en la brisa de fuego y su fragancia, su particular aroma, llegaba hasta mis sentidos en forma de ilusión y nostalgia, como el perfume de lo efímero, de la desesperada fugacidad de aquello que se encuentra cuando nada se busca y nada se espera, salvo el amanecer de otro día como los demás, carente de sentido. 

Me pregunté después de conocerla si es posible añorar algo que jamás se ha tenido, porque yo lo sentía; es extraño, pero desde entonces sigo preguntándomelo cada día, cuando aún espero recibir noticias suyas de un momento a otro, cuando todavía espero verla aparecer tras la primera esquina, esbozando esa sonrisa que me embauca y llevándome de la mano a cualquier rincón de la ciudad que nos admita, para tener una de nuestras conversaciones y así poder escucharla hablar durante horas para cerciorarme de lo que ya aventuré en nuestras primeras charlas: que cuanto más la escuchaba hablar, con cada palabra que pintaban sus labios en el aire, más me gustaba y hechizaba. 

¿Cómo olvidar todo eso? Es imposible, y de no serlo sería una cuchillada a la vida misma, un crimen imperdonable; algo por lo que dejar de existir. No, uno no puede olvidar una de las pocas veces que, con la suerte de un azar favorable, logra volar como las aves, desprenderse de sus preocupaciones y sentir la vida como siempre tendría que haber sido.

No, no puedo obviar las fantasías ocultas en el agujero negro de sus ojos, ese que me atrajo y atrapó como un terrible vórtice de placeres prohibidos. Sería inmoral olvidar el tacto de sus manos sobre las mías, acariciándome suavemente y haciéndome vibrar con algo tan simple y puro. Y lo peor, o tal vez lo mejor, es que tampoco querría hacerlo, olvidar. 

Prefiero el anhelo, la agonía de la espera o la soledad, de las ilusiones resquebrajadas rasgándome el alma, antes que ceder ante un sencillo olvido. Prefiero sufrir, en este caso, con tal de mantener su imagen lo más vívida posible en las capas más fuertes de mi memoria, las únicas que podrían albergarla. Elijo ese anhelo capaz de destruirme más fácilmente que un incendio prendido directamente a las puertas de mi corazón. Daría todo cuanto tuve, tengo y tendré por besarla una sola vez más. Escogería una sola noche más con ella antes que la vida eterna. ¿No sería eso suficiente? ¿No podría dar todos los amaneceres que me quedan por verla una vez más, por escuchar su voz y el sonido de su risa? Yo mismo me arrancaría las entrañas por rozar sus labios rojos y sensuales una última vez. ¿Cómo, entonces, podría llegar a olvidarla estando dispuesto a entregarme de tal forma? Sería ridículo. 

Por el momento solo sé que los días transcurren pesados, con lento devenir y sin darme cuartel para cualquier acto que no consista en anhelar su presencia, respirarla en cada ráfaga de aire, verla en cada hermosa puesta de sol y beberla en cada trago de alcohol, almacenado en botellas sin etiqueta y cuyo fondo no alberga respuesta alguna para mi desasosiego. Qué hiriente esto del anhelo, de llenar páginas y páginas echándola de menos, escritas con palabras incompletas, faltas de la inspiración que surge al verla brillar.

Soñaba con ver las estrellas reflejadas en su piel desnuda, enseñándome el camino hacia la felicidad, y con pasar largas tardes juntos paseando por la playa, para finalmente abalanzarme sobre ella y hacerle el amor en la arena, con el sonido del oleaje como único testigo de nuestra pasión, de nuestras penas sanadas y nuestra soledad abrasada. 

Quisiera que estas palabras fueran mi última canción desesperada, para poder abrazarte cada vez que sintiera de nuevo el impulso de añorarte. Quisiera que estas letras fueran la última oda a la tristeza, a la desesperación, al anhelo y a la locura por no saber dónde andarás y por qué no hubo respuestas a las preguntas que se me escaparon con un grito ahogado cuando entendí lo que ocurría. Quisiera muchas cosas, pero las cambiaría todas por tu boca. Y solo en caso de que me lo pidieras escribiría; escribiría hasta que me sangraran los dedos, lo haría hasta morir, porque cuanta más tristeza plasmara en el papel más alegría albergaría mi corazón. 

20 de julio de 2016

Tiempos extraños


Ya casi ha pasado un año, así, como si nada; como un flechazo, en un parpadeo, un solo instante fugaz. En breves tocará escribir algo para recordar que este proyecto lleva casi doce meses existiendo, con sus más y sus menos, con su en extremo variable constancia –soy así, solo escribo cuando me apetece, me nace, y soy constante solo cuando el día a día me lo permite, que últimamente es pocas veces–. Pero bueno, aún falta un poco, un mes aproximadamente, así que ya llegará ese texto. 

Corren tiempos difíciles, de grandes cambios, de aventuras –como siempre– algo más escasas pero más aceleradas si cabe, más efímeras… Muchas cosas penden de un hilo, y en poco tiempo se cortará y las cosas cambiarán, probablemente para siempre. Son tiempos extraños, colapsados, agobiantes por un calor que no nos da tregua y por una cotidianidad que golpea día a día con fuerza. Parece que todo lo establecido se está desmoronando para desembocar en caos, pero sin duda este traerá un nuevo orden que fácilmente se erigirá como un mejor presente. 

En ocasiones pienso que todos acabarán perdiendo la cabeza, pues los comportamientos cada vez son más extraños. Cada vez nos preocupamos menos de acabar lo que tenemos entre manos, de cerrar esa puerta que seguía entreabierta; cada día se escriben menos cartas de amor y surgen más palabras de odio, de rabia e incomprensión. Puede que sea el mundo que se esté yendo a la mierda y nos esté arrastrando a todos, pero mientras quede un solo clavo ardiendo al que aferrarse, resistiremos. 

En estos momentos me vienen a la cabeza demasiados recuerdos, demasiadas personas cuya estela se va dispersando, demasiados instantes que con el paso de los días se van ahondando en la memoria, y quizá fuera mejor que no lograran resurgir. Otros, sin embargo, deberían permanecer siempre a flor de piel por lo que fueron, por lo que siguen siendo. Me vienen a la memoria despedidas en cafeterías a medianoche, noches enteras transcurridas en plazas, el tiempo deteniéndose en avenidas, mañanas radiantes después de una terrible lluvia en que los campos brillaban más que nunca. 

No es de extrañar que muchos de esos momentos que permanecen en la memoria acontecieran bajo la atenta mirada de la luna, lo cual me recuerda unos versos de Houellebecq:

En la mañana, casta y tranquila,
La esperanza que pende sobre la ciudad
Sopesa si alcanzar a los hombres.

(Cierta clase de alegría
En mitad de la noche
Resulta preciosa.)

Preciosas fueron, sí, y no solo esas alegrías. Solo esperemos que esa esperanza nos alcance, porque al final todos acabaremos en nuestro lugar y algunos quedaran bendecidos, otros malditos. Qué extraños tiempos y qué extrañas personas, y nadie sabe si habrá que arrepentirse por algo, si alguien nos recordará o caeremos en el olvido, si las cosas tendrían que haberse alargado solo un poco más o si desearán habernos dado más y haber aprovechado ciertas oportunidades cuando en lugar de ello la indiferencia fue la protagonista. Por suerte un servidor tiene la conciencia bastante tranquila, que no es poco.

Pero no más recuerdos por hoy, ya llegará ese tiempo, pues aún no es el momento. Los párpados me pesan y me recuerdan a las madrugadas de escritura, al alba tiñendo los cielos un día más y a todo lo que está por llegar. Solo un breve descanso antes del último sprint. Durmamos ahora y dejemos que estos tiempos difíciles pasen fugaces como pasaron los mejores días y las más increíbles noches, porque lo mejor palpita ya a la vuelta de la esquina; y no tardará en llegar. 

20 de marzo de 2016

Caminando sobre las olas


No me importaba en absoluto si la niebla cubría densamente todas las calles, si la lluvia empapaba hasta el último recoveco de la ciudad, si el frío calaba hasta el alma, despojándonos de ella, o si el cielo se rompía sobre nuestras cabezas, permitiendo que los terrores siderales cayeran sobre nosotros.
Debería saber si se ha soplado la última vela, si se ha colmado ya el vaso, si no quedan palabras por susurrar. Eran cosas que tenía que saber, necesidades imperiosas, porque tal vez no podía pasar ni un segundo más estando en el lado equivocado, sin saber si el vaho que surgía de cada rostro quedaría como algo grabado a fuego y con esmero o si solo sería vapor de agua que se extinguiría en cuestión de segundos. Tenía que entender la intensidad de lo efímero, para poder comprender hasta dónde llegaría y dónde podría quedar el límite.

Toda mi vida había caminado a ciegas, como todo el mundo imagino, y no es que no me gustara el riesgo, que no me motivara, sino que necesitaba creer que había algún motivo de peso empujándome desde atrás para darme fuerzas. Había gracia en tantear el terreno, en salir bajo la luna sin saber cómo terminaría la noche, si todo conduciría a algún nuevo lugar o si volveríamos seguidos por nuestras sombras, acompasados por el frío viento, pero había momentos en que quería saber más, en que quería arrancar de cuajo los biombos que nos separaban de las verdades; momentos en que ansiaba echar solo una rápida ojeada al futuro para dar algún paso sobre seguro. No creo que pidiera tanto, pero quizá aspiraba a una ventaja de la que nadie disponía.

La poesía de las calles, de las baldosas, las letras escritas tras noches de insomnio con spray en las fachadas mugrientas y arcaicas de la ciudad vencida, cobraban ahora un nuevo significado, o al menos yo trataba de encontrárselo. De nada servía perderse, porque siempre nos encontrábamos en el mismo lugar. La huida no traía nuevas y renovadas esperanzas, porque tan solo representaba posponer la llegada de lo viejo, de las arraigadas costumbres que nos venían hablando desde hacía tiempo. Todo eran señales que conducían a casa, ya fueran nuevas o viejas, y las puertas a otros mundos seguían ahí, ocultas como siempre habían estado. Si uno encontraba la bola de cristal podía aspirar a coquetear con futuros que aún tardarían en llegar, pero los magos se escondían también, como las llaves.

Cuando todo había sido dicho, cuando el tintero se había secado, solo el interior revelaba ya las respuestas, habiendo hecho todas preguntas; después de que se las llevara el viento, después de que quedaran flotando durante demasiado tiempo. Es predecible que el cansancio alcance al final a todos, lo que no podemos asegurar es cuánto dura una vida, cuántos latidos da un corazón antes de agotarse. Es irónico y paradójico, a la par que certero, asegurar que el remedio que sana una herida se compone de los mismos brebajes que el veneno que la produjo, pero al final los círculos tienden a cerrarse, siendo complicado hallar un final distinto al origen.

Y si nada de aquello me importaba, me importa, es porque de alguna manera he saltado la barrera, he echado un rápido vistazo al futuro, solo viendo de soslayo el reflejo que la bola de cristal produjo cuando la lluvia dio paso a los rayos del sol, y todo en la misma noche, en que la luna, enorme y roja, se ocultó tras las nubes para no marcarnos para siempre. He saltado la barrera, he pasado el vacío tras tantear con la caída, y he comprendido que lo mejor que nos espera no está arriba ni abajo, en el cielo o en el infierno, sino frente a nosotros, solo que a cientos de kilómetros de distancia y quizá unos cuantos mundos más allá de nuestro tiempo. Pero por suerte damos positivo en energías, renovadas o viciadas, y nos quedan unas cuantas cartas bajo la manga.

Solo cabrá averiguar si la llegada de la primavera logrará sumirnos en un mar en calma o nos dejará seguir vagando, solo un poco más, por las aguas tormentosas repletas de olas que suben y bajan, infinitamente, creando su propio círculo, ese del que somos presas. Es cierto que unas veces estamos arriba y otras abajo, pero así es como nos gusta, porque estando arriba saboreamos el cielo más que nunca, y cuando nos sentimos descender, percibimos ya el tirón de la próxima ola que, tarde o temprano, como todo, acaba llegando. Porque nos alimentamos de la cinética, y cuando caminamos sobre las olas es cuando más libremente flotamos sobre todas las cosas.   


24 de diciembre de 2015

A la carretera


Es algo que pasea a nuestro alrededor, que se mete dentro de muchos a los que conozco, por cada poro de la piel, quizá también en mí mismo; casi lo respiramos.

Es un sentimiento, un ansia, que fácilmente puede verse también como una forma de vida, un estilo y una manera de vivirla, cada uno a su modo, pero todos al unísono, escuchándonos en la distancia que nos separa. Y muchos han hecho referencia a ello, lo han dicho y predicado, carretera y manta, y adiós muy buenas. Tal vez se diga porque se quiere huir, de alguien, de algo; de un pasado quebrado, de un posible futuro vacío, de un presente asfixiante. Veo diariamente esas ansias de liberación, de perderse, en los ojos de decenas de personas. Se sienten atrapados, viviendo sus cíclicas rutinas carentes de sentido o realización personal, sin vías de escape ni puntos de fuga; todo plano y sin relieve ni textura alguna.

Escucho demasiado cómo esas gentes aborrecen la presión que el mundo ejerce sobre ello, las obligaciones que permiten la manutención y la supervivencia, que los atrapan, una sociedad que oprime sus corazones y que de ningún modo les da lo que reclaman, lo que por derecho les pertenece. Solo quieren salir pitando, hacer una maleta con lo primero que encuentren en el armario y fugarse, ser capaces de olvidar todo aquello que les ata a ese odioso presente para comenzar a pintar un nuevo y difuso futuro, uno completamente incierto. Pero es atractivo, eso de irse, eso de caminar hacia lugares desconocidos en busca de recónditas aventuras, llamarlas, hacerlas salir de cualquier parte, de allá donde hayan estado escondidas toda su vida. Viajar, perderse por un sinfín de ciudades y países, cambiar de aires, hacer cosas nuevas cada día, salir a la calle cuando una lluvia torrencial moje el pavimento nocturno de alguna hermosa urbe, ver cómo actúan las otras gentes del mundo, camuflarse entre ellas, salir difuminado en la fotografía en blanco y negro de algún fotógrafo que busque captar la espontaneidad, y que los inmortalice allí, en aquel lugar, mientras realizaba su sueño.

Creo que al final todos encontramos el camino, nazca donde nazca y termine donde termine, la cuestión es atreverse a dar el primer paso, poseer la fuerza y determinación necesarias para dar los siguientes cien, y luego dejarse llevar durante miles y miles de pasos más sin saber dónde terminará uno, pero teniendo el corazón tranquilo al saber que fue en busca de la liberación y lo consiguió, y de que arriesgo para luchar contra unas cadenas que, cuando eche la vista atrás, verá oxidadas desde hace mucho.

Quizá sean las ansias de aventuras, el inconformismo presente en muchos miembros de la sociedad actual, la rebelión, la necesidad de novedades y la negación ante los nubarrones grises que hacen retorcerse los días sobre uno mismo, si se descuida. Puede que sea lo que uno de ellos, todavía aprisionado, bautizó sobre confusas páginas como Hiperdecadencia en las generaciones actuales, algo muy presente, demasiado, y que quizá podría ser el término que los acuñara a todos ellos antes de que una voz surja y l(n)os libere.

Un viaje cualquiera, unos días para tomar aire, un respiro para sentir el frío en los pulmones, y para espabilar a los cuerpos cansados. Cada uno se lanzará a la carretera de un modo u otro, pero a todos nos llama, y todos nos iremos. Queda la cuestión de qué es más interesante, si el irse o el volver; regresar para ver cómo ha cambiado todo, estando ya sanados espiritualmente, con las ansias saciadas, y para decidir si nos volveremos a ir de nuevo, pero lo que es seguro es que nos encontraremos, por ahí, en cualquier esquina o cafetería, en cualquier camino polvoriento que atraviese las montañas; nos encontraremos por ahí, pululando por nuestro pequeño mundo.

Es una lucha que nos acontece a estas generaciones, una por la liberación interior y personal, harto ardua y complicada, pero cuando lo que nos sobran son los sueños y cuando estamos rodeados de hombros en los que apoyarnos y manos que se nos tienden para ayudarnos a subir el próximo peldaño, en verdad solo lo insignificante nos separa de las alturas. 

22 de septiembre de 2015

El microcosmos de la burbuja


A veces me daba por pensar en un posible futuro, uno no demasiado complejo, que se erigía en mi mente como en el interior de una burbuja, pomposa, atractiva e inmutable. En ella hay una casa, no precisamente grande, pero sí espaciosa y abierta, con grandes ventanales a través de los cuales corre la brisa marina. Altas palmeras y arena en el exterior, una hamaca, la luna reflejada en las aguas y el océano bombeando sus latidos desde las profundidades; la brisa arrastra ese sonido, ese pulso que es música, notas celestiales llegando hasta el hogar. Todo queda atrás, todo queda lejos, nada penetra ni destruye; reina la paz absoluta. El aliento que exhalan las estrellas se esparce por la parcela cercada. Hay un hermoso escritorio en el interior de la casa que sostiene la máquina de escribir, tan pesada y poderosa, pero la mayoría de veces prefiero salir a escribir al porche, o al jardín, o en una pequeña mesa sobre la arena misma, da igual cómo se perfile el paraíso, pues paraíso es. Qué corta es la vida, pasémosla borrachos, ebrios de líquidos y ensoñaciones. Teclearía fuerte, sacándome toda la mierda del interior, purificando mi alma con cada letra impresa en el papel latiente. Ella se baña desnuda bajo la luz de la luna, y está preciosa. No es necesario nada más. 

Sí sería posible un futuro así, aunque lo afirmo encerrando la pregunta que evidentemente me formulo, porque no puedo saberlo. Lejos queda la ciudad, lejana la jungla. Me llaman los gritos de los dementes, los rugidos de las bestias, de los animales salvajes como yo; sé que allí está mi lugar, mi verdadero hogar, pero he preferido escapar antes de que mi corazón explotara. No sé qué loco se sentiría atraído y posteriormente atrapado por semejante cúmulo de toxinas y flujos de vicio y esquizofrénica locura; quizá solo uno cuyo organismo se componga de esas mismas sustancias. Todo radica en hallarse a uno mismo, y dicho fantasma tanto puede encontrarse en una gota del remoto océano que aparece en las febriles ensoñaciones, como en la barra del bar más profundo y oscuro que la ciudad subterránea esconde ante la mirada juzgadora de los ángeles caídos. 

Pero mientras pueda seguir tecleando, mientras una sola estrella brille en la noche, mientras una tímida ola consiga llegar a la orilla, mientras no se extinga la tinta con que escribimos los nuevos días, mientras se siga escuchando un solo latido en la distancia, débil como un recién nacido que llena sus pulmones de un nuevo mundo, quedará esperanza, quedará tiempo para albergar la espera. Quedará la esperanza de que alguna noche salga de las aguas y me abrace, juntando nuestras pieles cansadas, ardientes y empapadas. Esperaré que me acerque a su pecho y me arrope. Siempre ronda, siempre permanece, pero a veces despierto y abro los ojos y veo que no está junto a mí sino que sigue en las aguas, aunque mantengo la esperanza de que algún día se dé la vuelta y mire hacia la orilla, se crucen nuestras miradas y pueda escuchar mis palabras; entonces le diría: solo te pido que vengas pronto, que no te demores demasiado. Solo te pido que llegues antes de que apure el último cigarrillo, antes de que el último chupito rasgue mi garganta, antes de que escriba el punto y final de nuestra saga. Hasta entonces seguiré respirando, no pereceré, lo prometo. Seguiré vagando por este extraño y laberíntico lugar que llamamos mundo. Sé que podrás encontrarme cuando sea necesario. Solo te pido que llegues y me lleves contigo, antes de que sea demasiado tarde, antes de que me pierda para siempre, antes de que me queme con el último cigarrillo y me ahogue con el último trago; antes de que el abismo me absorba para llevarme al infierno. 

Después estalla la burbuja y escucho de nuevo el tráfico, las alcantarillas, la música de los pubs, los tacones de las prostitutas en los polígonos industriales, con las humeantes chimeneas de fondo, la industria de nuestro mundo. Vuelvo a escuchar los rugidos, palpitan las heridas, sangran las almas. Estoy en casa, pero no pierdo de vista el microcosmos que encierra la burbuja sobre mi cabeza, pues algún día encontraré una escalera y la alcanzaré, y podré dedicarme a esperar y a seguir viviendo mientras tanto.