12 de octubre de 2015

True Detective: Crítica / Comparativa


Es bien conocida la gran polémica que ha levantado en todo el mundo la esperada segunda temporada de True Detective, así que, hablemos de ello. Quise hacer esta comparativa hace mucho, y quizá no lo he hecho hasta ahora porque todavía estaba digiriendo esos novedosos ocho capítulos. Muchos han dicho que, al ser dos temporadas completamente distintas, no puede haber comparativa. Cierto, no comparten ni trama, ni personajes, ni localizaciones ni nada –ni tampoco director ni director de fotografía–, solo el creativo y máximo responsable, Nic Pizzolato, sobre quien recaía toda la presión a la hora de abordar esta segunda temporada, y a la hora de tratar de superar una obra que él mismo –junto a todos los integrantes del equipo artístico–técnico, claro está– logró llevar a lo más alto. Pues bueno, para aquellos que se empeñan en que ambos productos, porque al fin y al cabo son esto, no se pueden comparar, les digo que se equivocan. En cuestión de calidad se pueden comparar, por ejemplo, series como Entourage y Breaking Bad, que absolutamente nada tienen que ver, porque es así, hablamos de la calidad de un producto, de cuál es mejor que el otro a nivel global, dejando a un lado las pequeñeces y las especificaciones de cualquier tipo. Pues eso, que en contra de la voluntad de muchos, allá vamos.

Como venía diciendo al principio, la oleada de rechazos que ha levantado esta temporada, sobretodo en Estados Unidos, es algo que yo al menos no había visto nunca; o nunca había seguido tan de cerca. Multitud de carteles pegados a las farolas en los que, en resumidas cuentas, se planteaba la siguiente pregunta: ¿Qué coño está pasando con esta temporada?, porque así era, nadie entendía nada. Personalmente debo admitir que tenía ciertas expectativas, craso error, aunque me fue inevitable exterminarlas, pero bueno, sabía que me enfrentaba a algo completamente nuevo, y tenía la mente abierta y preparada para ello. Y aun así mi primera reacción al ver por primera vez el opening fue, “¿Qué coño es esto?”, pues la canción escogida para la pieza, a la que se le acaba cogiendo cierto gustillo, me pareció una buena cagada. Una voz grave con cuatro ruidos de fondo y poco más. Que sí, que la letra está muy bien y puede encajar y todo eso, pero no. Visualmente me volvió a parecer espléndido, como el de la primera temporada, aunque ese tema de The Handsome Family, junto a las imágenes, creó algo único.

Entrando ya en los capítulos… El primero de ellos me dejó una sensación un tanto extraña, pero en líneas generales me gustó, y bastante. El segundo mantuvo mi expectación, y cuando visioné el tercero me derrumbé, al igual que lo hizo la propia serie. Todos conocen esas interminables series anime en las que suele haber rachas de episodios de relleno, pero oye, no pasa nada, tendremos otros 500 capítulos por delante, y si metemos 20 para amenizar una espera, pues tampoco es tan grave. Pero al ver ese tercer capítulo y parecerme completamente de relleno, me fue inevitable pensar que, contando con tan solo ocho episodios para contar una historia, no puedes permitirte ni siquiera 20 minutos de relleno, pues se te va el tiempo, y lentamente te vas atando la soga al cuello; cada minuto es oro. El cuarto no estuvo mal; la serie logró levantarse brevemente –mención especial a la última escena, la del tiroteo, que me pareció soberbia–. El realismo de las interpretaciones y las reacciones de los personajes al verse inmersos en tal barbarie fueron magnificas. A partir de ese punto, y en mi opinión, la serie logró mantener el nivel –un nivel bajísimo en comparación con la anterior temporada, le pese a quien le pese–, y comenzó a crecer en mi cabeza una idea que empezó a gestarse ya en el tercer capítulo, y que en nada se alejó de la realidad: la temporada era mala, bastante mala podríamos decir, pero pasaría algo grande al final, algo que tal vez trataría de salvar el fiasco general que representaba; y llegado el sexto capítulo me di cuenta de que muy probablemente era entonces cuando ocurría el tardío milagro. Y ahí vinieron los dos últimos capítulos, magistrales –recuerdo que viendo el último, de hora y media de duración, pensé que se me iba a salir el corazón del pecho, y trataba de remediarlo agarrándome con fuerza y sudor de los reposabrazos de mi silla de escritorio–. Una despedida impresionante, un último capítulo que, de haber sido una película de unas dos horas, añadiéndole un resumen de la trama dispersa e insulsa de la que hizo gala la temporada, hubiera dado como resultado un thriller de un altísimo nivel. Pero bueno, este milagro no logró, ni por asomo, salvar la serie, pues era ya demasiado tarde, muy tarde, y ni aunque el mismísimo Cohle hubiera aparecido chupando con fuerza de un pitillo, con una Lone Star en la mano, y soltando soliloquios acerca de la psicoesfera y del eterno retorno, podría haber salvado semejante patinazo. Y ojo, no digo que la serie sea una mierda, porque perfectamente se le podría encasquetar una calificación de 7/10, que no está nada mal; solo digo que es un palmazo respecto a su predecesora, que en caso de darle un 7 a esta segunda debería llevarse un rotundo 10, y porque no existe calificación más elevada.

En fin, creo que nadie sabe qué diablos se le pasó a Nic por la cabeza, porque dejó bien claro que sabe llevar una serie de semejante calibre, y ha demostrado sobradamente su talento como escritor, pero se ve que en esta ocasión, a pesar de querer mantenerse tan centrado como él mismo aseguró, se le fue la pinza. Y en cuanto a lo de escribir, quien quiera más pruebas solo tiene que hacerse con un ejemplar de Galveston, la novela negra que parió y dejó a la crítica sorprendida, y que hace gala de una narración, una atmósfera y una historia –sin ser nada innovador– increíbles, con una trama sencilla y apenas un par de personajes. Un noir a la altura de los grandes, y quizá lo logró por esa sencillez que se pierde en la segunda temporada, que se complica porque sí y hace que la cabeza te dé vueltas y vueltas hasta quedar atontado y sin saber muy bien qué estás viendo.

A parte de esto, es bien sabido que el hecho de que Nic tuviera roces por temas de ego con Fukunaga y éste no volviera a dirigir los episodios, fue también algo que hizo menguar la calidad de la serie, pero supongo que solo es uno de tantos factores. En cuanto a fotografía, pese a no contar con el mismo director, el estilo es bastante similar y mantiene un alto nivel; chapó a esa ambientación tan bien lograda en muchas escenas, y lo trabajada que está en la atmósfera que se respira en el bar de mala muerte en que Ray y Frank mantenían sus conversaciones. Y ya que salen a la luz los personajes, debo decir que no entiendo a muchos que echaban por tierra la interpretación de Farrel y ensalzaban la de McAdams, cuando a mí me pareció que debería ser al revés, si bien es cierto que Rachel, a medida que avanza la serie, crece y crece hasta lograr un resultado muy bueno, aunque para mi gusto empezó desaliñada e interpretando un papel que no me creía en absoluto. De Vince Vaughn creo que todos opinan de modo similar, así que nos lo podemos ahorrar, y Kitsch interpreta a un personaje tan abstraído y jodido psicológicamente que apenas tiene ocasión de lucirse, lo cual se dijo también en su día de Ryan Gosling en Drive, pero vamos, éste último se marcó el papel de su carrera en una película impresionante, y el otro… También hubo mucha gente que despotricó sobre lo inverosímil del personaje de Rust Cohle y los parrafazos que soltaba, por ser incoherentes e irreales. Sinceramente, si el personaje está tan perturbado como nos lo muestran, y lo único que hace es darle a la cerveza mala, leer libros de crímenes, quedarse encerrado y obsesionarse con los casos, veo muy lógico que hable de ese modo y que haga gala de ese pensamiento y esa filosofía. Y estos que se quejaban de esto, alababan los diálogos “profundos” de la segunda temporada, cuando sí veo totalmente inverosímil que un personaje muchísimo más plano y corriente como Velcoro suelte una “filosofada” porque sí, lo cual chirría y te saca de la historia; aunque personalmente me gustaba esa faceta de Ray, y soy uno de los que la apoyan –al igual que la de Cohle.

Valientes aquellos que han salido a defender esta segunda temporada, y aunque no cuenten con mi apoyo, sí con mi total respeto. A los que la sitúan por encima de su predecesora, ni siquiera cuentan con mi entendimiento, porque no es una mala serie –tomándola por separado–, pero no hay color a ningún nivel, y para ello basta, además de leer a la crítica, que ha dejado bien clara su postura, dirigirse por ejemplo a sitios como FilmAffinity, en que ha obtenido, esta segunda, una nota por el momento de 6’8 (nota de una serie mediocre) y en que la primera queda con un 8’5 (nota de una serie que ha hecho historia). Interpretaciones, personajes, guión, narración, trama, historia… hagamos las divisiones que queramos, pero ninguna de las partes de la segunda supera a las de la primera; ninguna. La sucesora tiene partes muy buenas, sí, pero no al mismo nivel. Creo que, en vez de querer optar por algo diferente, deberían haber seguido una misma línea, ofreciendo un producto distinto como lo es, pero más similar, y no jugársela de ese modo. Dejaron la trama de un asesino en serie, las decenas de influencias y referencias literarias, la asfixiante sensación de que algo más que los hombres actuaba en contra de los protagonistas, de que los detectives se enfrentaban a algo que los superaba, algo que hasta parecía paranormal, y optaron por una trama más policíaca con tintes políticos, algo que muchos tildaron como una combinación fallida entre The Wire y House of Cards. Porque ni es como una novela noir excelente, como la han llamado, ni nada, porque esto no es literatura, es cinematografía.


En definitiva, no tengo ni idea de cuál ha sido la audiencia de esta segunda temporada en su tierra natal, ni me importa, pero sí es seguro que a Nic le apretarán las tuercas en HBO para la próxima arremetida, que espero que la haya, y debo decir que sigo creyendo en su talento y en que volverá a hacer grandes cosas, porque True Detective sigue siendo algo diferente y especial. 

9 de octubre de 2015

La Diosa del Fuego



Bajábamos corriendo la ladera, casi rodando, tan solo temiendo llegar abajo después del otro, nada más. Ningún otro pensamiento, como una posible caída, ocupaba nuestras mentes; no en aquel día. Llegaba hasta nosotros el embriagador perfume de los sueños que el viento nos regalaba en cada fresco soplo. El sol se reflejaba en cada partícula de hierba; quizá fuera algo paradisíaco aquello. Pero es que nada más importaba en días y lugares como aquel, alejados del bullicio y de cualquier perturbación que pudiese arrastrar.

Había estado muy enfermo días atrás, pero ahora me sentía fresco como una flor pura y salvaje. Había pasado de sentir las frías manos de la muerte agarrando inexorables mi fino cuello, a notar el cálido tacto de un dios bondadoso meciéndome a través del aire. Estaba feliz por ello, y ella lo notaba y se empapaba de mi sensación. Puede que en realidad fuera un sueño, o hubiera muerto de una terrible y sudorosa fiebre, pero me daba completamente igual. Cuando se alcanzaba un nivel etéreo como aquel, todo lo demás era irrelevante, y solo importaban las pequeñas cosas que me rodeaban; además no estaba solo. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Liviana, fue lo único que respondió, y fue suficiente, porque lo comprendía; lo sentía, podía olerlo en los colores de aquella ladera que descendía y descendía hasta el cielo. Tenía que ser verano.

Pájaros cantaban en las alturas las alabanzas de miles de siglos de historia del universo. Vi a lo lejos, abajo del todo, en lo profundo de la ladera, una voz dulce que cantaba nuestros nombres tan estridentemente que mis oídos se quejaban por exceso de placer ante su canto. Pensé que era una estrella que nos llamaba desde lo profundo de la tierra. Tenía solo quince años, y mis mundos con facilidad se materializaban ante mis ojos. Si ella me besara tal vez despertaría de esa feliz y perturbadora irrealidad que me embriagaba, porque no podía ser otra cosa que un frustrado sueño que se me aparecía en coloridas y utópicas imágenes, distorsiones de un mundo que jamás alcanzaríamos en vida. Cuando llegamos abajo resbalé y rodé por la hierba mojada, que acariciaba mi cuerpo entumecido por el trance. Ella cayó sobre mí y sonrió de tal manera que abrasó mis pestañas cuando la miré, e hizo que mi corazón palpitara muy fuertemente, emitiendo un estruendo propio de los enfurecidos cielos de tormenta. Música venía de todas partes; de las piedras y los árboles y las nubes rojas. Nos levantamos y caminamos hasta un brillante riachuelo que emitía gases casi corpóreos que parecía que nos hablaban. Nos sentamos a contemplar su curso, agazapados entre dos rocas planas en cuyas superficies parecían estar grabadas las claves para comprender los cimientos de la civilización, los secretos de los hombres que allí se posaron en otros mundos, pero estaban en la arcaica lengua de los seres incorpóreos que nos precedieron. Quise encender un fuego para cuando llegara la oscura noche, así que la dejé allí pensando en el curso de la vida y me aventuré en un bosque cercano para buscar leña. Regresé a la hora con un buen montón de troncos en mis enclenques brazos, y eran oro, pues había combatido con osos, pumas y fantasmas para hacerme con ellos, pero alumbrarían la chispa del sol que nacería a la mañana siguiente tras las montañas, y eso era algo valioso y hermoso.

Volví al río y era plateado, y ella no estaba ya, y pensé que quizá se hubiera zambullido y fundido con él y por eso las aguas eran ahora tan bellas y puras, pero aquello no dejaba de ser incoherente para mí por mucho que lo rumiara, por lo que pensé que se habría perdido al tratar de localizarme. Tenía que encender un fuego, a poder ser de decenas de metros de altura, uno que rozara los cielos, para que ella pudiera atisbarlo desde la lejanía y lograra regresar a la calidez del hogar.

Creo que lo hice con tanta rapidez que el fuego prendió con tal fuerza que llegó a asustarme. Quizá fuera el ansia de mi corazón lo que empujara las llamas con tan sorprendente bravura. Esperé paciente, viendo el crepitar de aquellas llamas gigantescas que sería visibles a cientos de kilómetros de distancia y que, sumadas a mi desesperación, tan solo querían ascender y hacer arder las alturas. Pero no podía simplemente quedarme allí, no con la noche ya presente, densa y oscura, que me rodeaba implacable. Podía estar en cualquier parte, perdida y asustada, enfrentándose a algún mal antiguo enterrado en la memoria de los hombres, o siendo acechada por los fantasmas que se esconden de la luz del sol. Tenía que ir a buscarla, sacarla de allí, de aquel lugar exterior. Era mi realidad, era mi sueño; era mi todo, y no podía perderla.

Renuncié a todo; a la seguridad de la luz, al calor de las llamas, a la protección del hogar, y corrí tanto como me permitieron las piernas. La ladera había quedado atrás, no resplandecía ya en aquella noche eterna, y supe que solo ella podía hacer que la hierba fuera tan verde de nuevo y que los ríos fluyeran en la dirección correcta; porque solo ella tenía las claves, solo ella comprendía los antiguos grabados, y solo ella reinaba en mi mundo. Sin ella, todo carecería de sentido para siempre, y tal vez al perderse haría que yo me perdiera y solo diera tumbos en un imposible intento por regresar a la luz. Había multitud de peligros en aquella negrura, podía olerlos y percibirlos. Las ramas de los árboles torcidos me arañaban con cada paso que daba, mientras me internaba en un bosque pútrido y malvado. No había sombras allí ni luna que las proyectara, solo oscuro vacío, y tenía que ver con las manos, pues los ojos se negaban a observar lo que moraba más allá; era algo que, simplemente, no se atrevían a registrar en las retinas.

Entonces escuché un sonido, una suave voz que no supe si era un grito o un canto, pero logró que todo mi cuerpo se electrificara; una chispa recorrió mi espina dorsal e hizo que me girara, y vi que allá a lo lejos las llamas ardían más intensamente que nunca, quemando las tinieblas de su alrededor, que se transformaron en un denso flujo que adoptaba formas macabras, retrocediendo ante la bravura del fuego, alimentado por algún tipo de combustible superior. Regresé sobre mis pasos a toda velocidad, sin importar cuantos arañazos recibiera mi piel enferma o que pudiera tropezar y caer, pues sabía que ya no me perdería, y de algún modo inexplicable, sabía que era ella. Volví hasta el claro, junto al río plateado, donde ardía la hoguera que era ahora una torre que ascendía en espiral hacia la luna, una que solo brillaba allí, dando vida a aquella bendecida parcela.

Y allí lo vi todo, tan inexplicable como real. No había ya un río plateado, sino un vacío que dejaba al descubierto los tesoros que habían permanecido hundidos durante milenios. El agua había sido absorbida, y se habían abierto los caminos que conducían a las maravillas ocultas. Y ella estaba allí, esperándome, en el centro de las llamas, en el interior del fuego, rodeada, y era parte de aquella hoguera ahora, porque ella era el hogar. No era ya una chiquilla, sino una hermosísima mujer. El tiempo le había dado toda la belleza que algún día habría tenido que robarle, dotando a su rostro del aspecto propio de la inmortalidad, del colapso de los relojes, y había purificado cada centímetro de su piel. Sus ojos color avellana brillaban y ardían como toda ella, y su sonrisa aumentaba la bravura de las llamas que la contenían. Era algo superior, la reina de la luz y la diosa del fuego, y este era uno bueno que creaba, que no destruía, y al acercarme sentí la calidez de la protección eterna. Me introduje en la hoguera junto a ella, sin quemarme, y sintiendo cómo todo mi cuerpo se iba llenando de su bondad, por cada poro de mi ser, y supe que nunca más volvería a padecer enfermedad ni mal alguno, que nunca más me invadiría la tristeza, y que podríamos rodar ladera abajo cada día de nuestras vidas. Me faltaba la sabiduría de los años para poder identificar si aquello era un sueño, si era la felicidad o el amor que tantos han buscado, perdiéndose en el camino, pero fuera lo que fuera, yo lo había encontrado y nunca lo dejaría escapar, y teníamos toda la eternidad para averiguar qué era lo que nos elevaba y nos empujaba hacia arriba.

5 de octubre de 2015

Arde el Cielo


Habíamos ido a morir a aquel lugar, y allí mismo lo harían nuestros problemas y nuestras almas para poder renacer solo al día siguiente, cuando todo pecado cometido bajo la luna no fuera más que un recuerdo pesado y presente en nuestros cuerpos y nuestras mentes, y únicamente formara ya parte del inexistente pasado. Hasta entonces, durante unas horas, el futuro era aún incierto y éramos libres, capaces de volar bien alto y hacer grandes cosas. Estábamos embutidos en un espacio ajeno al mundo real en que la vida se había detenido por completo, hasta que arrancara de golpe con un nuevo despertar.

Y así era como funcionaban las cosas, en aquel lugar y aquel momento, donde todo terminaba, o quizá comenzara, sin grandes fuegos en las alturas, sin que las manecillas del reloj se detuvieran, sin ningún predicador que lo anunciara al viento. No habría ningún elemento atronador, pero sin embargo sí habría un efecto devastador; que tal vez no fuera inmediato, que quizá no brillara demasiado, pero de un modo u otro significaría un cambio tan grande que tardaría en ser asimilado. Caminos, caídas y arte, porque a eso se remontaba todo, y en aquel lugar y aquel momento nada más importaba salvo lo que se había encontrado en las miles de caídas, durante el recorrido, expresado a través del arte, a través de él y sobre él y en el caos que albergaba la búsqueda de la belleza. Ya éramos libres, y me recordé a mí mismo momentos antes de la salida, en mi habitación, cuando lo único que escuchaba era el repiqueteo de la lluvia golpeando la persiana bajada, una gota aquí y otra allá, dispersas y lejanas entre sí, cogiendo fuerza poco a poco y convirtiéndose en algo más grande, sonoro y presente en la tranquila noche. Lloraban los cielos anaranjados, envenenados por la contaminación lumínica, volviéndose opacos y resguardándonos del mortal espacio exterior, aquel que nos asfixiaría y abrasaría sin piedad si no existiera esa fina capa protectora a la que incluso asociábamos cualidades paradisíacas; esa fina capa que nos ocultaba las perlas a las que aspirábamos y que nunca alcanzaríamos.

Porque entonces, permaneciendo resguardado en esa habitación cerrada, imaginaba lo que llegaría después, el momento en que atravesaríamos la membrana y entraríamos en ese espacio nulo, de estática permanencia, en ese limbo en el que estaríamos durante horas, o durante años, o en el que viviríamos infinidad de cíclicas vidas hasta que lográramos hacer algo único, algo que solo se diera en un tiempo y un lugar, y que como un puñal atravesara todos los universos, rasgándolos, creando un camino en una dimensión inexistente que nos permitiera cruzarlos, y solo así podríamos salir por fin del círculo, hacia arriba, siempre hacía arriba –pues ya sabíamos qué moraba abajo– de forma ininterrumpida, hasta que llegáramos al cielo, y entonces nos quemáramos, o lo abrasáramos, o ardiéramos junto a él. Y en aquel lugar en que ya seríamos libres, donde habíamos ido a morir, naceríamos, y el viaje terminaría al fin.


22 de septiembre de 2015

El microcosmos de la burbuja


A veces me daba por pensar en un posible futuro, uno no demasiado complejo, que se erigía en mi mente como en el interior de una burbuja, pomposa, atractiva e inmutable. En ella hay una casa, no precisamente grande, pero sí espaciosa y abierta, con grandes ventanales a través de los cuales corre la brisa marina. Altas palmeras y arena en el exterior, una hamaca, la luna reflejada en las aguas y el océano bombeando sus latidos desde las profundidades; la brisa arrastra ese sonido, ese pulso que es música, notas celestiales llegando hasta el hogar. Todo queda atrás, todo queda lejos, nada penetra ni destruye; reina la paz absoluta. El aliento que exhalan las estrellas se esparce por la parcela cercada. Hay un hermoso escritorio en el interior de la casa que sostiene la máquina de escribir, tan pesada y poderosa, pero la mayoría de veces prefiero salir a escribir al porche, o al jardín, o en una pequeña mesa sobre la arena misma, da igual cómo se perfile el paraíso, pues paraíso es. Qué corta es la vida, pasémosla borrachos, ebrios de líquidos y ensoñaciones. Teclearía fuerte, sacándome toda la mierda del interior, purificando mi alma con cada letra impresa en el papel latiente. Ella se baña desnuda bajo la luz de la luna, y está preciosa. No es necesario nada más. 

Sí sería posible un futuro así, aunque lo afirmo encerrando la pregunta que evidentemente me formulo, porque no puedo saberlo. Lejos queda la ciudad, lejana la jungla. Me llaman los gritos de los dementes, los rugidos de las bestias, de los animales salvajes como yo; sé que allí está mi lugar, mi verdadero hogar, pero he preferido escapar antes de que mi corazón explotara. No sé qué loco se sentiría atraído y posteriormente atrapado por semejante cúmulo de toxinas y flujos de vicio y esquizofrénica locura; quizá solo uno cuyo organismo se componga de esas mismas sustancias. Todo radica en hallarse a uno mismo, y dicho fantasma tanto puede encontrarse en una gota del remoto océano que aparece en las febriles ensoñaciones, como en la barra del bar más profundo y oscuro que la ciudad subterránea esconde ante la mirada juzgadora de los ángeles caídos. 

Pero mientras pueda seguir tecleando, mientras una sola estrella brille en la noche, mientras una tímida ola consiga llegar a la orilla, mientras no se extinga la tinta con que escribimos los nuevos días, mientras se siga escuchando un solo latido en la distancia, débil como un recién nacido que llena sus pulmones de un nuevo mundo, quedará esperanza, quedará tiempo para albergar la espera. Quedará la esperanza de que alguna noche salga de las aguas y me abrace, juntando nuestras pieles cansadas, ardientes y empapadas. Esperaré que me acerque a su pecho y me arrope. Siempre ronda, siempre permanece, pero a veces despierto y abro los ojos y veo que no está junto a mí sino que sigue en las aguas, aunque mantengo la esperanza de que algún día se dé la vuelta y mire hacia la orilla, se crucen nuestras miradas y pueda escuchar mis palabras; entonces le diría: solo te pido que vengas pronto, que no te demores demasiado. Solo te pido que llegues antes de que apure el último cigarrillo, antes de que el último chupito rasgue mi garganta, antes de que escriba el punto y final de nuestra saga. Hasta entonces seguiré respirando, no pereceré, lo prometo. Seguiré vagando por este extraño y laberíntico lugar que llamamos mundo. Sé que podrás encontrarme cuando sea necesario. Solo te pido que llegues y me lleves contigo, antes de que sea demasiado tarde, antes de que me pierda para siempre, antes de que me queme con el último cigarrillo y me ahogue con el último trago; antes de que el abismo me absorba para llevarme al infierno. 

Después estalla la burbuja y escucho de nuevo el tráfico, las alcantarillas, la música de los pubs, los tacones de las prostitutas en los polígonos industriales, con las humeantes chimeneas de fondo, la industria de nuestro mundo. Vuelvo a escuchar los rugidos, palpitan las heridas, sangran las almas. Estoy en casa, pero no pierdo de vista el microcosmos que encierra la burbuja sobre mi cabeza, pues algún día encontraré una escalera y la alcanzaré, y podré dedicarme a esperar y a seguir viviendo mientras tanto.




16 de septiembre de 2015

Eres olvido


Son un mismo peso, esa multitud de fantasmas que te persiguen. Únelos, fúndelos, háblales de tú a tú, como uno solo, porque al final es lo que son: una sola sombra, débil y decrépita, que tú mismo arrastras al olvido. Háblale de tú a tú, es un conocido, un antiguo amigo; un antiguo amante. Háblale tal que así:

“Eres el crepitar de nuestra última carta ardiendo en la hoguera.
Eres las cenizas que quedaron bajo la chimenea.
Eres la lágrima que cae sobre el parqué, 
y que ruge como un relámpago en el vacío.
Eres la última calada que di, 
antes de aplastar el cáncer contra el suelo baldío.
Eres el último y ardiente trago de whisky que bebí,
 antes de arrojar la botella sin mensaje a un mar impío.
Eres la máscara quebrada que revela a la princesa,
una enferma, que es musa y medusa.
Eres la sirena que mentía, 
que engañaba desde el paraíso perdido entre sus piernas.
Eres el último baile, 
la pícara sonrisa, 
la mirada hechizante, 
el tacto de los dedos entrelazados,
 y el fugaz y ansiado beso de despedida.
Eres la ambrosía de las almas errantes y hambrientas; 
de la mía, cuando de comerte vivía.
Eres el monstruo al final del camino en mis sueños,
 y las alas que me llevaron lejos de él; a tus brazos.
Eres el fuego en mi más fría noche, 
la lumbre del hogar que me rechazó.
Eres la suciedad que quedó en mí,
el polvo en la cama cuando marchó tu recuerdo.
Eres el libro que leí mil veces, 
hasta perderme entre sus líneas;
 hasta que perdió el significado.
Eres la nota de recordatorio, 
la que se escurrió,
 y desapareció en la alcantarilla.
Eres la reminiscencia de una llama ya extinta.
Eres otra esencia más, pero ya no como la mía, sino distinta".

Pero ya no eres más; ya fuiste. Fuiste todo lo último, y a pesar de la importancia de los finales, son los principios los que me enganchan, los besos de bienvenida, la magia que flota en el aire tras los primeros revolcones, tras las primeras miradas y las primeras palabras, cargadas de miedo y veracidad, de riesgo y aventura, de electricidad humana. Y todo ha pasado ya, porque ahora eres olvido, y tantas cosas golpean mi mente, diariamente, a cada segundo, que barren los recuerdos rotos a la nada, y allí flotan y vagan sin poder atarme de nuevo.”

Llama a ese fantasma olvido, anulando su esencia, y ya nunca más volverá. 

10 de septiembre de 2015

La estrella del marinero

Las olas rompían en la orilla, una a una y a miles, cientos de miles. Destellaban los rayos de un sol que moría lentamente en el horizonte, allá en lo eterno, y esas aguas absorbían cada última partícula de su ser inmortal. Todo se tornaba más sombrío por momentos; cada segundo que transcurría intensificaba la oscuridad que se iba adueñando de todo, amasando los fieros pensamientos que eran dueños de mi razón, hasta que con el próximo amanecer regresaran al igual que nacería un nuevo día; emergerían como los pétalos de una tóxica flor germinan para producir un veneno capaz de entumecer al más bravo corazón. Siempre volvían, se reintegraban en mi cerebro, imperecederas, imbatibles fuera cual fuera el intento por abatirlas. Pero sí, había comprobado que la oscura calma de una playa vacía e interminable conseguía llevarlas a lo profundo durante unas horas en que todo mi ser podía descansar, en que volvía a capitanear mi propia vida; después, cuando de nuevo llamaban a la puerta, me perdía en la inmensidad de las posibilidades, y me sentía como un marinero a merced de un mortal oleaje en alta mar, dejando mi destino en manos del azar o de algún dios cruel. 

Ya apenas dormía, para poder gozar del blanco y negro de la luna y de la noche, para no pensar que alguien me odiaba y se reía de mí en las alturas con amarga impunidad.

Caminaba con los pies desnudos sobre la fría y húmeda arena en dirección a ninguna parte, tratando de hallar una salida, una respuesta a la desesperación. Temía a las primeras luces del alba, sabiendo que sus colores podrían abrasarme y que pintarían el cielo y las aguas de ese intenso azul que me era dolorosamente insoportable al recordarme a sus ojos y a su hipnotizante mirada. Pensé en escribirle, pero al pronto llegué a la conclusión de que si redactara una carta veraz derramando sobre ella todas las lágrimas que contenían toda mi angustia, mi impaciencia y mis imperantes necesidades de volver a verla, de acariciar su lisa piel, de volver a besar sus suaves labios… si la escribiera, la insertara en una botella y la arrojara al mar con toda la furia de mi espíritu, antes daría la vuelta al mundo y regresaría a mí para destrozarme con el hallazgo de la amarga verdad, que llegaría a sus manos para hacerla sabedora de mis más recónditos y abismales pesares.

Tarde o temprano volvería el amanecer para arrastrarme como hacía siempre, hasta el día en que ese sentimiento se extinguiera en mí, con la posibilidad de llevarse mi vitalidad por delante. Era todo su ser y toda su energía, pero esa mirada… conseguía que me ardieran las entrañas tan solo con mirarla a los ojos y percibir en ellos a aquella frágil y hermosa criatura. Esos ojos de un azul intenso, con tintes verdes en el centro, eran los más bonitos que había visto jamás, simplemente espectaculares e hipnóticos; pero no solo era el radiante color, sino la mirada en conjunto la que poseía la auténtica magia; la forma de sus ojos, sus pestañas, la forma que tenía de mirar… era un todo coronado por esos soles del color del mar y el océano cuando se funden, rematado por el verde brillo de un místico paraíso perdido en el horizonte. Esa mirada me capturaba al instante, me ataba a ella, y yo sentía que podría pasar horas observándola, sumergido en ella, y que podría perderme en su infinidad y jamás emerger con tan asombrosa facilidad que me asustaba. Era terroríficamente hermosa y embaucadora, todo pura inocencia y ternura, cariño en ella, bondad desmedida. Si algunos dejaban entrever su alma, todo un mundo en sus ojos, entonces ella encerraba allí el universo entero, y podía paralizarte el simple hecho de asomarte. Enormes ventanas a un ignoto cosmos, invitaciones que me decían “ven y asómate a mi alma y aventúrate a desentrañar los dulces misterios que encierra”. Brillaba como oro fundido; y me quemaba con su ausencia. Tal sentimiento, o la carencia de él, el poder recordar con dolorosa claridad la sensación de que esas estrellas se posen sobre mí con todo el peso y sentido que representan, es lo que muy fácilmente puede acabar con la vida de un hombre.

Es la pérdida lo que más duele, con la sensación de que cientos de caminos posibles han sido arrancados de cuajo de la tierra que débilmente y con cariño los sostenía y los mantenía con vida. Y era duro pensar que los días se reiniciaban y habría miles de amaneceres más hasta el apagón final, pero guardaba la esperanza de que algún día algo surgiera de las aguas, algo que podría cambiarlo todo, y esa débil llama era suficiente para hacerme seguir adelante, en pos del sol y las estrellas, hasta averiguar a dónde me llevarían mis pasos, los que dejarían un rastro en la arena mostrando todo lo andado y vivido; un pasado que habría dejado huella mientras buscaba un futuro que me era incierto. Quizá algún día el amanecer sería de otro color; quizá solo el mar tuviera la respuesta. O quizá, solo quizá, estuviera dentro de mí, en mi cabeza, impresa en mis entrañas. Me convertiría en un marinero errante, en busca de respuesta, en busca de tierra firme; uno sin embarcación que esperaba la caída de una estrella fugaz que trajera consigo la respuesta. Pero algún día volvería, algún día la vería brillar en el firmamento; estaba seguro.   

3 de septiembre de 2015

El camino a la perdición


Recorría un camino estrecho y sinuoso que se adentraba en el espesor de lo desconocido. Anduve, cientos de lunas alumbrando mis pasos. Anduve hasta topar con la señal de Camino a la Perdición. Era reinventarse, era caer y renacer, y tomé el desvío. Vi un pozo, ancho y de suaves bordes, y abajo solo se atisbaba negrura, densa y pura, y una voz que dijo “lánzate, baja”, y bajé. Volé en picado y hacia abajo, apresurado, rehuyendo al mundo, tratando de escapar de él, o de mis propios fantasmas, aquellos que me acechaban en la sombra. Y había atractivo en el nuevo camino, en la nueva personificación de lo idóneo. Era convulsión, miles de luces parpadeantes, rojo y negro intermitentes. Era emoción y tentativa, era fuego y autodestrucción. Quería huir y lo hice, quería perderme y me perdí; anduve tan lejos que al mirar atrás solo vi el difuso reflejo de mi propia imagen abatida. Rehusé ayuda y manos sanadoras. Tenía mis propios elixires, y la luz era cegadora y la música estaba muy alta; ensordecedora. Dancé y bailé con demonios que quizá eran yo mismo hasta que el ardiente sudor congelaba mi piel, hasta quedar exhausto, hasta que inmaculados ángeles de alas desgarradas me engañaron; y me ahogué. Pero era hermoso, había belleza en la mutilación de las palabras, en la metamorfosis del lenguaje, en los pinchazos de las canciones que sonaban oxidadas en mi cabeza, y al ser arrancadas de la tierra que las alimentaba soltaban volutas de cristal que crujían bajo mis botas, liberando motas de tiempo.

Era un gozo caminar sobre el pavimento mojado por las lluvias de ácido producidas en la factoría de sueños. Era un gozo sentir el viento helado golpeando mi rostro como un martillo que me moldeaba como a la arcilla, en cada golpe, con cada brutal arremetida. Era fascinante tratar de borrar los límites, difuminarlos hasta el punto de bailar en frenesí en ambos lados simultáneamente. Levantaba con cada pisada partículas de caos y me empapaba de ellas, maravillándome con aquello que edificaban. Me desanclé y volé libre y voluntariamente hacia el abismo y allí encendí el fuego que debió alertarme y que se extinguió con la primera exhalación de aliento etílico. Quizá me castigara, me aplicara a mí mismo las penitencias que nadie tuvo cojones de sentenciar. Quizá sufrí lo que quise que otros sufrieran y no supe cómo hacerles llegar ese dolor, esa abrumadora soledad, y quise experimentarlo para así reflejarlo sobre ellos, clavándome la tóxica espada que sabía que atravesaría a los demonios que llevaba pegados a la espalda, consiguiendo mi propósito a un precio demasiado elevado. Pero todo mi ser bullía, cada átomo, y ardía en intensidad, y me hacía aprender de qué material se compone la realidad. Y vi cómo actuaban las personas, de qué tejido estaban hechas; vi cómo se tejían y se formaban. Y los problemas, los que el bendito caos lleva siempre de la mano, eran fascinantes. Busqué problemas, y vaya si los encontré. Eran espirales, columnas de humo danzantes, materializadas en las personas, y surgían de las esquinas, de las alcantarillas, de todas partes. Flotaba en el aire un penetrante y dulzón aroma a azufre, a vómito, a la condensada esencia del subsuelo, del mundo subterráneo, cuya marea era gorgoteada por cada poro del asfalto, incontenible e inabarcable, tan inmensa como el cielo en la bóveda de nuestro mundo. Ese cielo que me odiaba, y yo lo sabía, e incluso quizá me gustara que lo hiciera. Era incapaz de concebirlo de otro modo. Era una realidad, el cielo me odiaba y yo lo sabía, era un pacto que teníamos, de odio mutuo, sabedores de que nunca nos encontraríamos. Trataba de joderme, a cada segundo, con cada acción que yo realizaba, y levantaba la vista y miraba hacia las alturas con furia y resignación, pero dirigía después mi mirada cargada de fuego hacia las calles y hacía que ardieran. Era su hijo desarraigado, la oveja negra que nunca se redimiría, que nunca volvería, y así continuaba caminando, brindando con cada demonio con que me cruzaba, echando con ellos un trago aquí y otro allá, repudiando ayudas divinas, y lanzando esporádicos y blasfemos alaridos a las nubes después de echar polvos surgidos de la nada, con la ira de quien desea sacarse algo oscuro del interior, y éstas se volvían negras sobre mi cabeza, amenazando con destruirme.

Pero aun así, a pesar de todo, de absolutamente todo, a pesar del desarraigo, de la angustia producida por la pérdida y la perdición, a pesar de los temblores musculares producidos por las toxinas y las enfermedades del cuerpo y el espíritu, a pesar del dolor y el pesar, de las heridas producidas por las espadas que los fantasmas blandieron un lejano día, a pesar de las luces extinguidas a media noche, dando luz al desamparo, a pesar de la oscuridad que veía en forma de tentáculos de tinieblas rodeando mi cuello, surgidos de las miradas más brillantes y arropadoras, esas que me resguardaban de las lluvias de ceniza, a pesar de la densa y pringosa negrura que se pegaba a mis pies con cada paso que daba en la dirección correcta y ascendía lentamente, quemándome, corroyéndome hasta gangrenar cada centímetro de mi piel y mi carne, cada partícula de mi alma y cada molécula de mi ser, hasta detener cada uno de mis músculos y órganos, inmovilizándome, matándome, hasta que surgía una quimera disfrazada de princesa y me pinchaba con su cola serpentina, inyectándome el veneno que me permitiría seguir viviendo, condenado. A pesar de todos los engaños, las mentiras, las desilusiones, las heridas y las cicatrices que marcaron mi cuerpo de arriba abajo hasta convertirlo en una obra única e irrepetible. A pesar de los golpes, las hostias, la sangre y el sudor derramados en cada gesta, en cada intento por moldear el caos para hallar la belleza, a pesar de todas las botellas vaciadas, de todos los vasos de cristal arrojados al suelo y hechos añicos sobre el sucio asfalto, a pesar de todas las estrellas que cayeron mientras intentábamos alcanzar lo inalcanzable, a ellas. A pesar de todas las noches en que anduvimos a la deriva, tratando de obtener solo una pizca de amor, solo un difuso atisbo de cariño, y nos acuchillaron en un callejón sin salida, al saber que no descubriríamos la gran verdad del mundo, que no hallaríamos la piedra filosofal que da cuerda al universo, el combustible que hace funcionar los engranajes del tiempo.

A pesar de todo descubrimos muchas, muchísimas cosas, y entendimos gran parte de los secretos, percatándonos de que cuanto más sabíamos, más desconocíamos, descubriendo la paradoja de la infinitud del conocimiento. Nos alzamos a pesar de haber caído, después de vagar bajo la luz de las estrellas negras, preparándonos para el brillo del mundo exterior, donde moran el resto de personas, las que tenían el amor y el cariño que buscamos donde no lo hallaríamos, donde solo había máscaras y dagas. Nos entrenamos en lo peor para encontrar lo mejor, y tras una larguísima escalera de peldaños hechos de clavos llegamos a la tapa; la abrimos y sin darnos cuenta, regresamos. Volvimos a sentir el tacto de texturas benignas, el calor humano, dejando atrás los castigos que merecimos y abriéndonos a las recompensas que trataremos de merecer, listos y acorazados, para que nos den la bienvenida del renacer, del alumbramiento a la auténtica vida.


Aquello es el sol que brilla, de hermoso fuego, allá en la lejanía, y muy pronto estaremos allí tras haber cruzado el abismo. Ahora todo será diferente, todo será mejor, pero nunca olvidaremos que un día habitamos un lugar sobre el que reinaba un sol negro, y que todavía sigue latiendo y siempre lo hará. Lo vemos al cerrar los ojos, lo vemos al final de cada camino, pero ahora existen frenos y bifurcaciones, y tan solo es cuestión de esquivarlo cuando nos lancé su lazo, sabiendo que si volvemos a sumergirnos jamás emergeremos. Pero no lo haremos; hay mundo más allá de la tierra, y existen cosas maravillosas como la dilatación del tiempo y la eternidad de los instantes, únicos y brillantes. Existen los cronómetros de las personas, existe la futilidad de los actos y la trascendencia de las acciones y los pensamientos; la mutación de las ideas y el contagio de emociones. Existen los enormes misterios de las personas, los entresijos de sus mentes, la bravura de sus corazones, de esas gentes que somos nosotros. Y solo queda seguir explorando, porque arrebatando solo un grano de arena a lo desconocido, asimilándolo y comprendiéndolo, todo, absolutamente todo, habrá merecido la pena. Hubo un día que nos perdimos, pero por suerte, hallamos el camino de vuelta.