29 de diciembre de 2015

Echando la vista atrás


Llega de nuevo un momento del año en que, como de costumbre y como reza el título de esta entrada, todos solemos echar la vista atrás para ver qué ha acontecido a lo largo del año. Quizá otro título válido podría ser A nuestras espaldas, pero dicho encabezamiento albergaría un sentido un tanto distinto. Echar la vista atrás implica el recuerdo, el tener en mente todo lo que ha sucedido, ya sea para bien o para mal, pero de algún modo teniéndolo presente. Sin embargo, cuando algo queda a nuestras espaldas, es porque seguimos adelante pase lo que pase, que no está nada mal, pero sin contemplar tanto el pasado, sin pensar tanto en él; sin aprender tanto de lo ocurrido. Es por ello que he optado por el primer título, porque soy de esas personas que siguen teniendo presente todo lo que han hecho –como contraposición se da la espalda en la fotografía, así que cada uno que escoja su propio título para su propia experiencia–, para tratar de sacar una lección en claro de todo, de lo bueno y especialmente de lo malo, porque es ahí, donde fallamos, donde radican las mejores y mayores lecciones de vida.

El tiempo ha volado otra vez, como suele hacer, y se nos ha escapado de las manos. Nos ha dejado algunas cicatrices y nos ha aportado un poquito más de experiencia, esa tan valiosa y tan cara. Por ello, por todo lo obtenido, quiero dar gracias a todas y cada una de las personas que han estado conmigo este año. Las que han estado y me han sacado sonrisas, las que me han hecho llorar al encadenar una carcajada tras otra y hacer que olvidara todos mis miedos, al menos durante unos minutos, pues esa sensación es de las que más aprecio en esta vida. Algo que he aprendido es a mantener a raya el odio, a mantenerlo tan oculto que casi parece haberse desvanecido del todo, y es por ello que doy sobretodo las gracias a aquellos que estuvieron y ya se fueron, quizá durante una temporada o quizá para siempre; a aquellos que me hirieron, mil gracias, porque son al final los que más me han enseñado; porque a todos nos pasa lo mismo, no tropezamos dos veces con la misma piedra, y en el caso de que lo hagamos, sabemos que será la última, porque no habrá una tercera.

Si tuviera que describir estos meses que han quedado atrás, posiblemente los definiría como un frenético viaje en una montaña rusa, con los ojos vendados, recién levantado y no siendo completamente dueño de mis facultades físicas y mentales ­–esto último que cada uno lo tome como quiera–, y por todo eso, ha sido un año grande e increíble, tanto en lo bueno como en lo malo, en toda la gama de posibilidades que ofrece tal adjetivo. Creo que ha sido el período en que más he crecido y más he aprendido y conocido, y como ya escribí una vez, al ocurrirte algo semejante, descubres que cuanto más aprendes, más desconoces –tal vez sea la gran paradoja de la vida–, y por ello me ha quedado un regusto de mayor aprendizaje, unas ansias aún mayores de derribar barreras e ir más allá para seguir explorando y conociendo, a todos los niveles, por lo que sí –y con esto me refiero, aparte de a mí mismo, a mucha más gente a la que conozco y aprecio enormemente–, volveremos un año más para seguir golpeando fuerte y subiendo.

No me haré ningún propósito de año nuevo, es más, creo que nunca lo he hecho, y no porque no sea una persona de las que no se engaña a sí misma, de hecho lo hago constantemente, pero sé que si me prometo algo no lo haré, así que únicamente me dedicaré a seguir tranquilamente por mi camino, aquel que sigo descubriendo y en parte buscando día a día, y si he de prometer algo será en el mismo momento de hacerlo, y ante quien tales palabras cobren un significado relevante.

También creo que en esta vida todo tiende, al final, a volver a un equilibrio originario; no siempre, claro está, pero sí suele suceder así por lo que la experiencia me ha demostrado. Y sobretodo sé que, tal y como dicen, lo que fácil viene fácil se va. Por ello sé que este año gané muchísimo, de forma extremadamente rápida, tanto como para dejarme en shock y no poder controlar más de una situación, y por ende, he perdido también mucho, puede que demasiado, pero cada ganancia que se me ha ido ha dejado una bonita cicatriz en forma de aprendizaje, y esas marcas valen su peso en oro. Por ello puedo decir que al final sí he ganado, ya sea en experiencia o experiencias, que no es lo mismo. Así que seguiremos ganando, como hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo, porque jamás nos concibieron ni educaron para la rendición.

24 de diciembre de 2015

A la carretera


Es algo que pasea a nuestro alrededor, que se mete dentro de muchos a los que conozco, por cada poro de la piel, quizá también en mí mismo; casi lo respiramos.

Es un sentimiento, un ansia, que fácilmente puede verse también como una forma de vida, un estilo y una manera de vivirla, cada uno a su modo, pero todos al unísono, escuchándonos en la distancia que nos separa. Y muchos han hecho referencia a ello, lo han dicho y predicado, carretera y manta, y adiós muy buenas. Tal vez se diga porque se quiere huir, de alguien, de algo; de un pasado quebrado, de un posible futuro vacío, de un presente asfixiante. Veo diariamente esas ansias de liberación, de perderse, en los ojos de decenas de personas. Se sienten atrapados, viviendo sus cíclicas rutinas carentes de sentido o realización personal, sin vías de escape ni puntos de fuga; todo plano y sin relieve ni textura alguna.

Escucho demasiado cómo esas gentes aborrecen la presión que el mundo ejerce sobre ello, las obligaciones que permiten la manutención y la supervivencia, que los atrapan, una sociedad que oprime sus corazones y que de ningún modo les da lo que reclaman, lo que por derecho les pertenece. Solo quieren salir pitando, hacer una maleta con lo primero que encuentren en el armario y fugarse, ser capaces de olvidar todo aquello que les ata a ese odioso presente para comenzar a pintar un nuevo y difuso futuro, uno completamente incierto. Pero es atractivo, eso de irse, eso de caminar hacia lugares desconocidos en busca de recónditas aventuras, llamarlas, hacerlas salir de cualquier parte, de allá donde hayan estado escondidas toda su vida. Viajar, perderse por un sinfín de ciudades y países, cambiar de aires, hacer cosas nuevas cada día, salir a la calle cuando una lluvia torrencial moje el pavimento nocturno de alguna hermosa urbe, ver cómo actúan las otras gentes del mundo, camuflarse entre ellas, salir difuminado en la fotografía en blanco y negro de algún fotógrafo que busque captar la espontaneidad, y que los inmortalice allí, en aquel lugar, mientras realizaba su sueño.

Creo que al final todos encontramos el camino, nazca donde nazca y termine donde termine, la cuestión es atreverse a dar el primer paso, poseer la fuerza y determinación necesarias para dar los siguientes cien, y luego dejarse llevar durante miles y miles de pasos más sin saber dónde terminará uno, pero teniendo el corazón tranquilo al saber que fue en busca de la liberación y lo consiguió, y de que arriesgo para luchar contra unas cadenas que, cuando eche la vista atrás, verá oxidadas desde hace mucho.

Quizá sean las ansias de aventuras, el inconformismo presente en muchos miembros de la sociedad actual, la rebelión, la necesidad de novedades y la negación ante los nubarrones grises que hacen retorcerse los días sobre uno mismo, si se descuida. Puede que sea lo que uno de ellos, todavía aprisionado, bautizó sobre confusas páginas como Hiperdecadencia en las generaciones actuales, algo muy presente, demasiado, y que quizá podría ser el término que los acuñara a todos ellos antes de que una voz surja y l(n)os libere.

Un viaje cualquiera, unos días para tomar aire, un respiro para sentir el frío en los pulmones, y para espabilar a los cuerpos cansados. Cada uno se lanzará a la carretera de un modo u otro, pero a todos nos llama, y todos nos iremos. Queda la cuestión de qué es más interesante, si el irse o el volver; regresar para ver cómo ha cambiado todo, estando ya sanados espiritualmente, con las ansias saciadas, y para decidir si nos volveremos a ir de nuevo, pero lo que es seguro es que nos encontraremos, por ahí, en cualquier esquina o cafetería, en cualquier camino polvoriento que atraviese las montañas; nos encontraremos por ahí, pululando por nuestro pequeño mundo.

Es una lucha que nos acontece a estas generaciones, una por la liberación interior y personal, harto ardua y complicada, pero cuando lo que nos sobran son los sueños y cuando estamos rodeados de hombros en los que apoyarnos y manos que se nos tienden para ayudarnos a subir el próximo peldaño, en verdad solo lo insignificante nos separa de las alturas. 

9 de diciembre de 2015

La habitación cerrada


La habitación estaba desierta, nada respiraba en su interior, ni lo había hecho en mucho tiempo, tal vez demasiado; pero el tiempo ya no era lo que fue en días pasados, y ahora era difícil de medir, pues parecía estirarse, colapsarse, y después alargarse de nuevo de forma inconmensurable.

Aquel cubículo, ¿por cuánto tiempo habría estado cerrado? Y lógicamente, todo seguía igual, nada había mutado a algo mejor. Ya no era capaz de recordar cuál había sido la última vez que alguien había entrado y perturbado su calma; era como un vasto océano congelado y encerrado entre las diminutas cavidades de una lágrima que cayó hacía mucho; pero aún no había impactado en el fondo y las mareas seguían inmóviles. No recordaba, al fin y al cabo, cuándo la había abandonado.

Y ahora abría la puerta y una ola de silencio golpeaba fuertemente. No había reflejo en el espejo, a saber qué realidad y qué tiempo devolvía desde el otro lado. Pero en apariencia, todo permanecía en su sitio, todo igual que antes. Había pequeñas partículas de ceniza esparcidas por el escritorio, quizá de los cigarrillos, quizá de las almas. Faltaba en el ambiente la oxidada luz extinta de un flexo cuya bombilla estalló en otro tiempo. Había algunas hojas con extraños garabatos; tal vez simbolizaban el final de muchas historias, y los inicios fallidos de tantas otras. Algunos dibujos, los mejor trazados, pertenecerían al esbozo de los sueños inalcanzables, casi olvidados, que seguían anclados a la mesa. Un par de ellos estaban incluso coloreados con tizas diversas, y un solo soplido, un suspiro, un leve estornudo en las cercanías, bastaría para barrer sus pesadas y volátiles moléculas y volverlos de blanco y negro, como lo fueron un día, arrebatándoles el color.

Había también un pequeño reloj detenido, no podía ser de otro modo, redondo como el mundo y de recorrido cíclico como la vida, cuyas tres agujas apuntaban, claro está, a una noche, un lugar y a un sueño, todos ellos olvidados.

En la estantería montones de libros, cerrados y terminados en su totalidad, y botellas, algunas vacías, otras llenas y bloqueadas, repletas de un brillante líquido verde, palpitante; el más peligroso de todos. No había polvo en las superficies, ni en la de las maderas que tapiaban la única ventana, ojo del mundo; era asombroso, un colapso.

Todo tendría que volver a moverse. La puerta se cerró y ya había alguien dentro, de nuevo. El reloj debería volver a funcionar y a permitir la existencia de nuevos momentos, para que se terminaran los garabatos de las hojas petrificadas. El cristal debía volver a vibrar, a crujir si fuese necesario, y el polvo caería de los cielos que fueron abrasados. Debía volver la luz a aquel oscuro cubículo, debía pasar a través de la ventana cuyas tablas serían arrancadas por el martillo, y solo así volverían las olas al estallar la lágrima que las aprisionaba, cuando el ciclo fluyera otra vez.

Ahora solo se podía andar a tientas, con ojos vendados por la inexistencia de luz y calor, y solo podía verse mediante los recuerdos del abandono, del exilio. Tocó a ciegas la mesa, la silla, y donde debía haber un vacío palpó algo vivo, que palpitaba. La botella verde se iba vaciando, y al arrancar las tablas la ventana se abrió de golpe y el viento ordenó los elementos en el tiempo y el espacio. La habitación cerrada se abría, a las posibilidades, al futuro. La habitación cerrada volvía a la vida. 

25 de noviembre de 2015

Home Sweet Home (FF)


Todos buscamos la llama, el fuego ardiente, cuando el frío cala hasta los huesos. Cuando el viento gélido del invierno llega para sacudirnos como a las hojas de los árboles congelados, todos comienzan a buscar, a rastrear, a husmear tras cualquier esquina, cualquier rincón, tratando de hallar una pizca de calor, una pizca de cariño. Es lo que nos hace humanos, al fin y al cabo, esa necesidad de encontrar a los iguales, de finalmente dar con el grupo, clan o familia adecuados; un hogar, más bien un segundo hogar, casi tan auténtico como el originario.

Dicen las lenguas populares que, entre broma y broma, la verdad asoma. Pues quizá entre cafés calientes y humeantes, que dan vida a esas gélidas mañanas de invierno, entre pitillos en compañía, en la oscuridad, escondidos entre la luz de las farolas, entre ardientes tragos que empujen las tardes hacia remotos futuros, tal vez, entre todo eso, la vida asome, se deje ver, se dé realmente.

Nadie duda que la vida es un viaje, desde el nacimiento hasta la muerte, tanto físicamente como en el plano temporal; nadie puede ponerlo en tela de juicio. Mil veces subiremos y caeremos; la puta gravedad, las leyes físicas, nuestras mareas y nuestras olas. Sí, habrá mil olas, mil caídas estruendosas, como rayos en el desierto que levanten el polvo estancado con su impacto, y mil momentos en los que nos quedemos parados, petrificados cual estatuas, mil momentos en que se nos seque la garganta y nos quedemos sin aliento; los ojos húmedos, el corazón palpitando, rugiendo, nuestro interior sacudido y emocionado hasta los cimientos; quizá estos sean los mejores momentos, pero sin duda serán los más escasos, y los anhelaremos, a cada instante, como el aire que respiramos para sobrevivir. La vida es una jodida aventura, pero mejor vivámosla acompañados.

Cada uno debería capitanear su propio navío hasta el final, pero es inevitable reconocer que es un gozo supremo encontrar a la tripulación adecuada, nada fácil, pero posible. Te das cuenta de que has estado vagando a la deriva a través de las tinieblas cuando logras llegar al verdadero hogar, que no es un lugar, sino la gente que lo forma.

Esas personas con las que te sientes seguro, a salvo, con las que sin duda puedes y debes ser tú mismo, porque no te juzgarán sino que te elevarán, te cobijarán, y conformarán esa esfera densa e inmortal que te protegerá allá a donde vayas. Personas a las que acudir cuando el cielo se vea negro y te darán todo, con las que reír, beber, fumar y trascender una existencia que por sí misma carece de un color cálido que la haga vibrar y estremecerse. Gente con la que llorar cuando se presencie la caída de uno de los mil mundos que con arduo esfuerzo tratamos de edificar a diario. Sí, esas personas, esas almas, son difíciles de encontrar, pero cuando se logra se reconoce el calor de la auténtica bienvenida, del nacimiento de una sombra protectora que nunca te abandona, por lejos que te vayas, por oscuro que sea el túnel en el que te aventures.


Así que cuando nos sintamos aprisionados, asfixiados por mil fantasmas acechantes tras cada fachada, tras cada máscara, tan solo nos quedará mirar fijamente, y no hacia los lados, sino hacia nuestro interior, para encontrar esas fuerzas ocultas provenientes de nuestros hermanos y hermanas, para poder sortear cualquier obstáculo y seguir hacia adelante, siempre adelante… Saquemos la botella, brindemos y hagamos descender un Jack por nuestra garganta, por todos ellos, por todas ellas, por la amistad y la unión. Brindemos por el calor y la familia, que al final es lo único que permanece cuando todo lo demás camina hacia el olvido. 

3 de noviembre de 2015

En la Encrucijada


Hoy venía a hablar de un tema muy importante; uno que algunos tienen muy en cuenta, y otros no tanto. Mucho se ha hablado ya de esto, pero hay personas que siguen sin entender ciertos matices, sin comprender su importancia, o puede que algunos simplemente no reflexionen lo suficiente acerca de los puntos que nombraré a continuación. Puede que parezcan inconexos, pero se asemejan. Las decisiones, los puntos de inflexión, las encrucijadas… Todo está relacionado.

Cada decisión, cada maldita elección, por pequeña e insignificante que pueda parecer, puede cambiar de forma radical el futuro de uno, e incluso el de los que están a su alrededor. Puede llamarse efecto mariposa, puede llamarse influencia, eso da igual. El caso es que cada acción crea unas consecuencias, y esto ha de tenerse enormemente en cuenta, pues de lo contrario uno puede verse sorprendido ante una situación que nunca habría esperado, una venida por sus propios actos; las consecuencias es lo que tienen. Hay muchos que pecarán de ser cortos de miras, de poco espabilados; algunos que no sabrán ver que sus acciones acarrearán unas consecuencias que quizá los lleven por el peor camino imaginable, que quizá les cierren las puertas de cuyos mundos consideran vitales, que tal vez arruinen su futuro, o les impidan obtener aquello que más ansiaban, que más amaban en la vida… Sí, es lo jodido y a la vez mágico de los puntos de inflexión, aquellos que acompañan a las decisiones importantes. Porque claro, habrá decisiones cotidianas y banales en la vida –la mayoría serán de esta tipología–, pero habrán otras que tal vez, peligrosamente, se camuflen en las cotidianas cuando en verdad son las más vitales, y puede que ni siquiera nos demos cuenta de ello; ahí radica el riesgo. Por ello, se debe obrar con cautela. Que vida solo hay una, que la vida está para vivirla, que sí, que todos conocemos ese cuento, pero lo cierto es que si no andamos con ojo podemos acabar sin nada, bien hundidos. Porque hay límites, hay fronteras y barreras, por mucho que nos creamos unos vividores amantes de la libertad, por mucho que pensemos que nada ni nadie nos podrá frenar; y una mierda. Cautela. Las cosas se marchitan, se debilitan, se oxidan, se cansan, se mueren; y cuando digo cosas, quiero decir mucho más, creo que se sobreentiende. Aun así son mágicos, los puntos de inflexión, porque son los únicos en esta linealidad de dimensión temporal en que vivimos, que logran cambiar radicalmente las cosas, a nosotros mismos; darnos una vuelta de 180 grados, a nosotros y a nuestra cotidianidad; son esos puntos los que realmente importan, pues pueden cambiarlo todo para siempre; y ahí está el matiz más importante, para siempre. Porque de estos puntos uno no puede regresar, esa es su magia, lo realmente excitante. Es un cambio perpetuo, imborrable; algo a lo que no se le puede dar la vuelta, como al tiempo mismo, que no puede ser variado en su trayectoria.

Y creo, solo creo, que muchos de los miedos de los hombres y mujeres vienen de ese matiz. El no poder volver atrás, el no poder arreglar algo, el no poder corregir un error, el no poder hallar redención ni perdón para un pecado. Por ello, cuando se presenta una encrucijada, una verdadera, el miedo y la duda nos corroen por dentro, nos roen las entrañas, nos queman el cerebro. Porque cuando estás en el centro, entre dos caminos, entre dos mundos, entre lo que sea, debes elegir, por cojones debes elegir, y si te equivocas, si la cagas, no habrá vuelta atrás, no cabrá una posible rectificación. Y claro, el miedo es atronador, pues todos queremos evitar que el arrepentimiento nos acompañe durante el resto de nuestros días.

Pero tampoco quisiera pintar esto tan negro como está pareciendo, no. Lo hermoso de hallarse en una encrucijada es que hay algo entre lo que elegir, y eso, de un modo u otro, siempre es bueno, porque el hecho de que no tuviéramos que hacer una elección, implicaría que no tenemos nada, y ya podemos sentirnos afortunados por tener algo, sea cual sea su índole. Y por si todo lo expuesto sabe a poco, ahí va otra gran verdad: que habrá muchas veces en que, por error de nuestro cerebro, o impulsados por la infinita estupidez humana, lleguemos a pensar que tenemos donde elegir, que hay dos caminos completamente disponibles, abiertos para nosotros –ahora o cualquier día de estos–, y realmente no sea así; realmente solo haya un único camino, y al elegir, en lugar de caminar por una asfaltada y cómoda calzada, nos adentremos en un camino pedregoso, pantanoso, inexistente, que lógicamente solo nos conducirá a la perdición, al Abismo, a perder todo por creer que teníamos más de lo que creíamos. Este es otro punto que también debería rumiar más de uno. Más vale pájaro en mano que ciento volando, pues por ahí van los tiros. Aquí hemos venido a jugar; otra piedra que nos da en la cara y siembra la duda en nuestra mente. Porque se han dicho demasiadas frases, se han dado demasiados consejos; se han tratado de aprender demasiadas lecciones, pero hasta que uno no asume el riesgo en sus carnes, hasta que no se la juega completamente, hasta que no se expone, no tiene ni idea de si lo que tiene delante es un camino, dos, o un camino y un pozo donde solo cabe una terrible caída.

Pues eso, a jugar, o a quedarse en casa embobado, cada uno que elija, cada uno que juegue su mano; cada uno que se exponga a sus propios peligros. Cada uno que entrene su ojo para saber, llegado el momento, si hay encrucijada o no, y en caso de haberla, qué camino es más viable, hermoso y atractivo (o real). 

28 de octubre de 2015

Limerencia


La aurora venía acompañada por un frío que cortaba el alma, arrastrando consigo una multitud de colores iridiscentes que hacían retroceder al tiempo; después el techo se volvía amarillo, enfermo. Rasgaba un sobrecito de azúcar y vertía el contenido en la taza, y mientras removía, leía lo que llevaba impreso, esas frases de todos, de nadie; mi dosis diaria de sabiduría callejera. Escuchaba el canto de los pájaros escondidos en las débiles y raquíticas ramas de los árboles, cansados de sostenerse, de aguantarse y soportarse a sí mismos.

Había llovido y había multitud de hojas caídas, arrancadas, esparcidas por todas partes; por la acera, sobre el asfalto y las mesas metálicas de las terrazas, y eran también amarillas, pero no por estar enfermas. Veía vidas enteras pasando ante mis narices, y solo quería alargar la mano y tocar una de ellas, pero enseguida volaban fugaces, huían y se desvanecían, protegiéndose; para evitar quedar ciegas.

Lluvias ácidas, ombligos centrifugando, botellas que contenían la fragancia olvidada de la paz y la calma; cualquier cosa se buscaba y se encontraba, y se atesoraba. ¿Cómo almacenar una caricia para volverla inmarcesible? ¿Cómo recuperar de un futuro quebrado y dividido un beso que irradia autenticidad? Los imposibles, las manchas resecas de la luz lunar en una chaqueta que ha respirado demasiadas noches, el barro en unas botas raídas que han desandado demasiados caminos, tras un par de giros y volteretas; equivocaciones, cientos de baches. ¿Cómo exterminar a un árbol cuando sus raíces llegan hasta lo más profundo de la Tierra, al núcleo y a la esencia, habiendo sorteado lo desconocido, y han arraigado en océanos de veneno incurable? Simplemente, no se puede. Camina abrazando esa emoción, ese sentimiento, hasta que mueras, o hasta que muera en ti, si eres capaz de aguantar el tirón.

El café me acelera y la taquicardia me invade, me oxigena. Libero mis células, las dejo ir, permitiéndoles que se lleven consigo los latidos de unas bombas que no estallarán en mí, sino a mi alrededor, en el espacio. Así prefiero esquivar las palabras, que son cuchillos, las preguntas que eran para el genio, derrochando los tres deseos vitales, esas que indagan en la mentira, que queman la energía, que saturan el depósito y acaban con los caminos, que abrasan el futuro.

Recorro las calles, me cobijo en los portales, me observan; me miran desde el suelo, calándome hasta los huesos. Combato el frío y el viento, que me lleva hasta donde no quiero ir, para no ser arrastrado. No queda un solo ojo de justicia, la balanza está oxidada, destrozada por el peso  de las nimiedades, y lo auténtico se esconde ahora de los buscadores. Se engañan, todos ellos, y no queda un solo par de oídos inocentes, no queda una sola boca que aun pueda besar con veracidad y tocarnos con el canto que nos susurraba hace tanto, de forma dulce y cálida; aquel que nos narraba los cuentos y los hacía verdaderos.

No hay desenlaces, no esta vez, ni nunca más; la lumbre ha sido vaciada, las cenizas de la resurrección han caído en las oscuras profundidades oceánicas. Pero queda aquello que nos mueve, que nos impulsa, que nos hace cosquillas y nos saca de las pesadillas. Hay decenas de páginas desparramadas por la mesa, por la cama, por todas partes. Blancas todas ellas, vírgenes; las sucias fueron juntadas y ocultadas, pero aun así vive todo aquello todavía; la furia, el miedo, el amor, los pecados, toda la amalgama de esencias que eclosionaron y se fusionaron en una sola, la nueva estrella que brilla oculta, tras la cegadora luz de la lámpara, la que no deja ver más allá del enfermo amarillo.

Pero un día descubres que no estás enfermo, que es la esperanza descolorida, que ha perdido su tinte, pero que todavía vive. Permanece la perla, la única, la primera, que sobrevivió a la tempestad; solo esa y ninguna más. El resto es caos, el resto es nada… ¡Que brille, que viva! Pues alberga el mensaje oculto, cifrado y enterrado en el bosque, donde arde la última hoguera, y tal vez algún día el mismo fuego nos caliente, nos dé calor y nos pinte de rojo. Desde luego vagaremos para encontrarnos, y si no lo hacemos, seguro que hallaremos las cenizas hundidas en otros mundos. Sin duda hallaremos el futuro en nuestra búsqueda, pues es el que siempre vendrá a nuestro encuentro, y aguardaremos al tenue halo que rodee al alma perdida, porque todo lo que hicimos, todas las sonrisas que producimos, volverán con la perla y nos harán emerger; solo están perdidas, esas sonrisas, escondidas tras la primera pared, cercanas, al torcer la esquina, y tarde o temprano, aquí o en otro lugar, nos miraremos por primera vez. 

21 de octubre de 2015

Enredados bajo las sábanas


Los momentos que pasamos juntos, que son horas convertidas en minutos eternos, son los que hacen crujir las barreras de cristal, que nos encierran, que dan sentido a todo y albergan el tiempo. Las miradas que me diriges, esas cargadas de dulzura y cariño, de fuego, son las que dan cuerda a mi corazón. Pienso en nuestros abrazos cuando nos damos calor y aislamiento, esos que nos separan del resto y hacen que la lluvia sea cálida de pronto. Y también pienso en cuando nos besamos, en cuando lo hicimos por primera vez y dejé de tener miedo a la muerte y olvidé quién era y dónde estaba; nuestros besos, y todo cuanto ha acontecido entre ellos.

Suena la última canción, una con notas de valentía, una oda al amor repentino y más puro y sincero, escrita en una libreta de hojas cuadriculadas, con los recuerdos al fondo y las fotografías de la noche reflejadas en el espejo, y tu perfume en todas partes, impregnado en cada uno de los libros; tu fragancia cargando de tinta la pluma con la que escribo estas líneas.

Los ecos del verano que se ha ido resuenan aún en nuestras pieles ardientes, cuando se rozan y nace la chispa; y las hojas caídas del otoño pintan el sonido de las nuevas mareas, frías, verdosas, y cargadas de fuerza renovada, de pasión sanadora, cuando esbozan las costuras de un nuevo mundo cuya huella ha sido dejada en la arena.

Pienso mucho en la cama, en las camas que nos han albergado, en cómo nos perdemos en cada una de ellas; pienso en las veces que nos hemos encontrado verdaderamente enredados bajo las sábanas. Porque con cada polvo que echábamos nacía una nueva estrella. Cada arañazo que me dejabas en la espalda era una nueva arteria que transportaba sangre nueva a mi alma sedienta. Cuando te miraba pintabas mi mundo, y creía que el cielo y el mar eran verdes y no azules, y cada vez que te ibas, que te perdías, desdibujabas mi realidad, y las escaleras de mi edificio no conducían ya a mi piso sino al abismo.

Cuando luchábamos bajo las sábanas despertábamos en otro lugar en que la cama había ardido y la tristeza solo era un sueño olvidado, una remota pesadilla. Cada noche brillaba un sol que solo a nosotros nos iluminaba, y se apagaba cada vez que soplabas las velas y te ibas de mi lado; suerte que siempre volvías con tu fuego y tu escondida pasión y las derretías de nuevo. Era algo que necesitaba, que necesito; porque tus curvas son la arquitectura que estudio para edificar los pilares que sostienen mi mundo, uno que se derrumbaría con tu ausencia.

Porque si sigues queriéndome bajo las sábanas, a tu lado, durante incontables noches más, el mundo de arriba seguirá intacto, siguiendo su habitual curso, pero el de abajo, el de nuestro interior, girará más deprisa que nunca, tanto que perderemos de vista la razón y la lógica; tanto que podremos seguir obviando los problemas y continuar deshaciendo la cama.