18 de enero de 2016

Reseña "Hombres sin mujeres", de Haruki Murakami


No es una atípica historia, sino siete historias impregnadas por una atípica neblina, que las atraviesa y las imbuye, a todas ellas. La nueva obra del conocido Haruki Murakami se presenta como una antología de relatos, pero la verdadera esencia va mucho más allá; porque sí, posee una esencia propia y característica, ya que a pesar de tratarse de historias independientes, las que incluye este Hombres sin mujeres son distintas a lo que cabría esperar.

No sería raro que el lector tuviera cierto reparo en enfrentarse a una lectura como esta, dada la mayor atracción que representa una novela en sí frente a un conjunto de relatos, por razones obvias: profundidad, densidad, complejidad de la narración y los personajes… Pero esto es lo que diferencia a Hombres sin mujeres de, por ejemplo, Sauce ciego, mujer dormida, otra antología del autor que reunía muchos más relatos (24), algunos de ellos, lógicamente, mucho más breves. Aquí encontramos la diferencia principal. Cada una de las historias reunidas en este volumen, al ser menores y más extensas, permite al lector realizar una inmersión profunda en los dramas que nos son narrados, a través de unos personajes elaborados, complejos, de los cuales conocemos multitud de detalles. Casi como novelas cortas independientes, estas historias nos atrapan desde las primeras páginas, cada una de ellas, y el autor, a través de su prosa característica, sencilla y directa a la par que hermosa y efectiva, poética, nos lleva a su terreno de juego, donde más cómodo se siente para presentarnos esa atmósfera fatalista por la que se le reconoce.

Ya el título da algunas pistas, pues los personajes protagonistas son hombres que tienen algo que contar y parece que todos ellos estén impregnados de una decadencia personal similar. Algunos solitarios, extraños en el mundo que los rodea, otros más joviales y extrovertidos, todos ellos son presas de la fatalidad en el amor, de la desdicha para con las mujeres, las otras protagonistas de la obra. Se respira la tragedia, se palpa la solemnidad, y ciertos temas comunes en algunos de ellos, como la infidelidad, la obsesión, la pérdida, el desgarro emocional y psicológico; sirven de puente para hacernos llegar a la verdadera esencia de las historias, algo mucho más profundo que el sexo, que el contacto físico, que las relaciones sentimentales… Nos lleva a las reflexiones de los hombres, a la soledad que experimentan al narrar sus caídas, sus estancias en el abismo que a todos ellos los engulle. Y eso que algunos de ellos no están solos, pues cuentan con amigos, confesores, y a través de las conversaciones entre ambos se nos presenta la historia. Por ejemplo, en uno de los relatos, el protagonista mantendrá una extraña amistad con quien fue uno de los amantes de su mujer, ya fallecida, para tratar de entender el motivo por el que lo engañaba, que es lo que lo corroe, y además para averiguar más detalles de su propia esposa y de paso recordarla, algo que el lector apreciará como hermoso y a la vez desgarrador.

Haruki Murakami es, desde hace años, un reconocido autor internacional que ha sabido llegar tanto al público oriental como al occidental; ha sabido elaborar unas historias y pintar cuidadosamente a unos personajes con los que todo el mundo, en mayor o menor medida, puede sentirse identificado. Es un caso un tanto extraño, pues a pesar de ser uno de los comerciales, uno que puede encontrarse entre los más vendidos, no ha vendido, sin embargo, su alma, ni ha comprometido su pluma porque la magia que le valió el reconocimiento sigue bien presente, así como su estilo característico, que lo aleja enormemente de autores similares y también muy comerciales, como por ejemplo Nicholas Sparks, a quien tampoco le va nada mal. Murakami sigue sellando cada una de sus obras con su distinción, ofreciendo al lector ese fatalismo mencionado anteriormente, ese punto de vista diferente, ese prisma grisáceo que nos permite ver el amor, ese gran tema universal, y el desamor, de un modo dolorosamente real, uno que, al igual que a los personajes de cada una de las historias, nos hará reflexionar, y supondrá una cuchillada directa a nuestra alma, una que no tiene porque ser precisamente mortal. Mediante una mezcolanza entre lo absolutamente real y lo surrealista, lo onírico, crea unos protagonistas atípicos, cada uno marcado por extrañas facultades que los alejan de la homogeneidad humana, y los hace especiales; pero por muy extraños que sean, como todos nosotros, se verán inmersos en las maravillas y las desdichas del amor, y quizá sea por eso por lo que es sencillo que el lector se identifique con ellos y quiera seguir leyendo hasta llegar a la conclusión.

Quizá el punto más negativo de la obra sea, como se ha mencionado, que no se trata de una novela en sí, de una narración más extensa, pero esto no impide que nos zambullamos profundamente entre las líneas, porque sí, son historias complejas igualmente, y están narradas con suavidad, con melancolía, con una tristeza maravillosamente bella que las une a todas ellas y les otorga una unidad que nos hace olvidar la independencia que las divide y permite que, en ningún momento, podamos sentirnos desenganchados de la lectura.

Siete historias, un gran tema, y unos alicientes comunes que no defraudan, sino que logran instalarse en nuestro interior y quedarse allí, al finalizar la lectura, para seguir corroyéndonos (tanto en el buen sentido como en el malo), al igual que a sus protagonistas. 

3 de enero de 2016

El recuerdo de un sueño


Cuántas vueltas damos en la cama, perdidos entre ensoñaciones que después solo son una vaga y difusa imagen en un rincón de nuestra mente; eso si es que podemos recordar algo. Pero a veces sucede que al despertar algo ha quedado ahí firmemente grabado, en los muros de nuestro interior, a flor de piel, y no se ha desvanecido como otras muchas veces. No, en esa ocasión queda latente y nos acompaña durante toda la mañana, y durante el resto del día, y a veces la imagen es tan vívida que nunca desaparece, sino que se queda por ahí, flotando y rondando, escondida entre el resto de nuestras ideas, el resto de nuestros recuerdos; tal vez para siempre.

Están más relacionados de lo que parece, los recuerdos y los sueños, porque al final, cuando ya ha pasado el tiempo, y a falta de pruebas físicas, son prácticamente lo mismo. Uno puede sufrir un accidente, y las cicatrices que le queden del mismo serán la prueba física que acompañará a dicho recuerdo. Los vídeos, las fotografías, son otras pruebas de que algo realmente sucedió, algo que reavivará en nuestra memoria el recuerdo que tengamos de ese preciso suceso. Pero para la mayoría de sucesos que han quedado almacenados en nuestra mente no tenemos una prueba específica, algo que demuestre su existencia, y simplemente se quedan en la nebulosa, mezclados con tantísimos otros.

Como todo en la vida, habrá gente que le dé mayor importancia a los sueños y otra que apenas los tendrá en cuenta. También dependerá de la vividez con la que los viva cada uno, y de cómo los recuerda, si es capaz de hacerlo, porque a muchísima gente se le desvanecen segundos después de abrir los ojos. Personalmente, tengo algunos recuerdos de sueños que llevan rondando en mi cabeza años y años.  Este texto va dedicado, sobretodo, a esa pequeña minoría. Y teniendo en cuenta que cuando soñamos creemos estar despiertos, pues es tal el realismo, la fuerza de las imágenes y los sonidos que las acompañas, de las sensaciones que embriagan nuestro cuerpo en ese momento, que ni siquiera nos percatamos de que lo que estamos viviendo es una ilusión, por incoherente que sea; es casi imposible. Entonces me pregunto, ¿qué diferencia hay entre los recuerdos de estos sueños tan vívidos, y de los recuerdos reales sin pruebas que los acompañen, pasado un tiempo? ¿Acaso no han sido prácticamente igual de intensos y reales? ¿Acaso no sentimos en nuestra piel, en nuestras entrañas y en nuestra alma todo aquello que soñamos con la misma fiereza? Obviamente esto resulte quizá un poco fantástico, pero en los casos expuestos, vienen a ser lo mismo, solo que serán situaciones que no podremos compartir, porque solo nosotros las vivimos, nadie más, y tal vez sea esa la única diferencia, porque al margen de ella, ambos son igualmente válidos en el momento en que nos ponemos a pensar en ellos, a recordarlos.

Un día haces una escapada a la montaña, o pasas un increíble día veraniego en la playa rodeado de amigos, o sales de fiesta y todo se torna en locura, o conduces el nuevo coche que acabas de comprarte, o pasas un fin de semana con tu novia en algún lugar perdido. Grandes momentos, pero cuando ha pasado el tiempo, puede que su recuerdo y realismo no disten mucho de aquella vez que condujiste un súper deportivo, de la vez en que volaste, sintiendo cómo el viento mecía tus cabellos allá en las alturas inalcanzables, o de la ocasión en que besaste por primera vez a esa persona a la que siempre has perseguido y con quien nunca podrás estar. Todos ellos, si carecen de pruebas o testigos, son prácticamente lo mismo. Por ello me gusta atesorar muchos de los sueños que han querido permanecer en mi mente por la razón que sea, porque puedo recordarlos y sonreír o entristecerme, ya sean buenos o malos recuerdos, pero al menos por una vez, en un mundo utópico e imposible, en una realidad paralela, los viví tan intensamente como siento ahora las teclas del ordenador hundiéndose bajo mis dedos cuando escribo esta entrada.

Es bueno soñar, y cada uno de nosotros debe tener sueños, como metas alcanzables o inalcanzables, pero al menos podremos perseguirlos, porque será algo que nos empuje a seguir siempre hacia adelante, creciendo y creciendo, y cuando un sueño sea tan inalcanzable como para tenerlo en cuenta si quiera, solo cabrá esperar que nuestro subconsciente nos regale la posibilidad de vivirlo envueltos entre las sombras.


29 de diciembre de 2015

Echando la vista atrás


Llega de nuevo un momento del año en que, como de costumbre y como reza el título de esta entrada, todos solemos echar la vista atrás para ver qué ha acontecido a lo largo del año. Quizá otro título válido podría ser A nuestras espaldas, pero dicho encabezamiento albergaría un sentido un tanto distinto. Echar la vista atrás implica el recuerdo, el tener en mente todo lo que ha sucedido, ya sea para bien o para mal, pero de algún modo teniéndolo presente. Sin embargo, cuando algo queda a nuestras espaldas, es porque seguimos adelante pase lo que pase, que no está nada mal, pero sin contemplar tanto el pasado, sin pensar tanto en él; sin aprender tanto de lo ocurrido. Es por ello que he optado por el primer título, porque soy de esas personas que siguen teniendo presente todo lo que han hecho –como contraposición se da la espalda en la fotografía, así que cada uno que escoja su propio título para su propia experiencia–, para tratar de sacar una lección en claro de todo, de lo bueno y especialmente de lo malo, porque es ahí, donde fallamos, donde radican las mejores y mayores lecciones de vida.

El tiempo ha volado otra vez, como suele hacer, y se nos ha escapado de las manos. Nos ha dejado algunas cicatrices y nos ha aportado un poquito más de experiencia, esa tan valiosa y tan cara. Por ello, por todo lo obtenido, quiero dar gracias a todas y cada una de las personas que han estado conmigo este año. Las que han estado y me han sacado sonrisas, las que me han hecho llorar al encadenar una carcajada tras otra y hacer que olvidara todos mis miedos, al menos durante unos minutos, pues esa sensación es de las que más aprecio en esta vida. Algo que he aprendido es a mantener a raya el odio, a mantenerlo tan oculto que casi parece haberse desvanecido del todo, y es por ello que doy sobretodo las gracias a aquellos que estuvieron y ya se fueron, quizá durante una temporada o quizá para siempre; a aquellos que me hirieron, mil gracias, porque son al final los que más me han enseñado; porque a todos nos pasa lo mismo, no tropezamos dos veces con la misma piedra, y en el caso de que lo hagamos, sabemos que será la última, porque no habrá una tercera.

Si tuviera que describir estos meses que han quedado atrás, posiblemente los definiría como un frenético viaje en una montaña rusa, con los ojos vendados, recién levantado y no siendo completamente dueño de mis facultades físicas y mentales ­–esto último que cada uno lo tome como quiera–, y por todo eso, ha sido un año grande e increíble, tanto en lo bueno como en lo malo, en toda la gama de posibilidades que ofrece tal adjetivo. Creo que ha sido el período en que más he crecido y más he aprendido y conocido, y como ya escribí una vez, al ocurrirte algo semejante, descubres que cuanto más aprendes, más desconoces –tal vez sea la gran paradoja de la vida–, y por ello me ha quedado un regusto de mayor aprendizaje, unas ansias aún mayores de derribar barreras e ir más allá para seguir explorando y conociendo, a todos los niveles, por lo que sí –y con esto me refiero, aparte de a mí mismo, a mucha más gente a la que conozco y aprecio enormemente–, volveremos un año más para seguir golpeando fuerte y subiendo.

No me haré ningún propósito de año nuevo, es más, creo que nunca lo he hecho, y no porque no sea una persona de las que no se engaña a sí misma, de hecho lo hago constantemente, pero sé que si me prometo algo no lo haré, así que únicamente me dedicaré a seguir tranquilamente por mi camino, aquel que sigo descubriendo y en parte buscando día a día, y si he de prometer algo será en el mismo momento de hacerlo, y ante quien tales palabras cobren un significado relevante.

También creo que en esta vida todo tiende, al final, a volver a un equilibrio originario; no siempre, claro está, pero sí suele suceder así por lo que la experiencia me ha demostrado. Y sobretodo sé que, tal y como dicen, lo que fácil viene fácil se va. Por ello sé que este año gané muchísimo, de forma extremadamente rápida, tanto como para dejarme en shock y no poder controlar más de una situación, y por ende, he perdido también mucho, puede que demasiado, pero cada ganancia que se me ha ido ha dejado una bonita cicatriz en forma de aprendizaje, y esas marcas valen su peso en oro. Por ello puedo decir que al final sí he ganado, ya sea en experiencia o experiencias, que no es lo mismo. Así que seguiremos ganando, como hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo, porque jamás nos concibieron ni educaron para la rendición.

24 de diciembre de 2015

A la carretera


Es algo que pasea a nuestro alrededor, que se mete dentro de muchos a los que conozco, por cada poro de la piel, quizá también en mí mismo; casi lo respiramos.

Es un sentimiento, un ansia, que fácilmente puede verse también como una forma de vida, un estilo y una manera de vivirla, cada uno a su modo, pero todos al unísono, escuchándonos en la distancia que nos separa. Y muchos han hecho referencia a ello, lo han dicho y predicado, carretera y manta, y adiós muy buenas. Tal vez se diga porque se quiere huir, de alguien, de algo; de un pasado quebrado, de un posible futuro vacío, de un presente asfixiante. Veo diariamente esas ansias de liberación, de perderse, en los ojos de decenas de personas. Se sienten atrapados, viviendo sus cíclicas rutinas carentes de sentido o realización personal, sin vías de escape ni puntos de fuga; todo plano y sin relieve ni textura alguna.

Escucho demasiado cómo esas gentes aborrecen la presión que el mundo ejerce sobre ello, las obligaciones que permiten la manutención y la supervivencia, que los atrapan, una sociedad que oprime sus corazones y que de ningún modo les da lo que reclaman, lo que por derecho les pertenece. Solo quieren salir pitando, hacer una maleta con lo primero que encuentren en el armario y fugarse, ser capaces de olvidar todo aquello que les ata a ese odioso presente para comenzar a pintar un nuevo y difuso futuro, uno completamente incierto. Pero es atractivo, eso de irse, eso de caminar hacia lugares desconocidos en busca de recónditas aventuras, llamarlas, hacerlas salir de cualquier parte, de allá donde hayan estado escondidas toda su vida. Viajar, perderse por un sinfín de ciudades y países, cambiar de aires, hacer cosas nuevas cada día, salir a la calle cuando una lluvia torrencial moje el pavimento nocturno de alguna hermosa urbe, ver cómo actúan las otras gentes del mundo, camuflarse entre ellas, salir difuminado en la fotografía en blanco y negro de algún fotógrafo que busque captar la espontaneidad, y que los inmortalice allí, en aquel lugar, mientras realizaba su sueño.

Creo que al final todos encontramos el camino, nazca donde nazca y termine donde termine, la cuestión es atreverse a dar el primer paso, poseer la fuerza y determinación necesarias para dar los siguientes cien, y luego dejarse llevar durante miles y miles de pasos más sin saber dónde terminará uno, pero teniendo el corazón tranquilo al saber que fue en busca de la liberación y lo consiguió, y de que arriesgo para luchar contra unas cadenas que, cuando eche la vista atrás, verá oxidadas desde hace mucho.

Quizá sean las ansias de aventuras, el inconformismo presente en muchos miembros de la sociedad actual, la rebelión, la necesidad de novedades y la negación ante los nubarrones grises que hacen retorcerse los días sobre uno mismo, si se descuida. Puede que sea lo que uno de ellos, todavía aprisionado, bautizó sobre confusas páginas como Hiperdecadencia en las generaciones actuales, algo muy presente, demasiado, y que quizá podría ser el término que los acuñara a todos ellos antes de que una voz surja y l(n)os libere.

Un viaje cualquiera, unos días para tomar aire, un respiro para sentir el frío en los pulmones, y para espabilar a los cuerpos cansados. Cada uno se lanzará a la carretera de un modo u otro, pero a todos nos llama, y todos nos iremos. Queda la cuestión de qué es más interesante, si el irse o el volver; regresar para ver cómo ha cambiado todo, estando ya sanados espiritualmente, con las ansias saciadas, y para decidir si nos volveremos a ir de nuevo, pero lo que es seguro es que nos encontraremos, por ahí, en cualquier esquina o cafetería, en cualquier camino polvoriento que atraviese las montañas; nos encontraremos por ahí, pululando por nuestro pequeño mundo.

Es una lucha que nos acontece a estas generaciones, una por la liberación interior y personal, harto ardua y complicada, pero cuando lo que nos sobran son los sueños y cuando estamos rodeados de hombros en los que apoyarnos y manos que se nos tienden para ayudarnos a subir el próximo peldaño, en verdad solo lo insignificante nos separa de las alturas. 

9 de diciembre de 2015

La habitación cerrada


La habitación estaba desierta, nada respiraba en su interior, ni lo había hecho en mucho tiempo, tal vez demasiado; pero el tiempo ya no era lo que fue en días pasados, y ahora era difícil de medir, pues parecía estirarse, colapsarse, y después alargarse de nuevo de forma inconmensurable.

Aquel cubículo, ¿por cuánto tiempo habría estado cerrado? Y lógicamente, todo seguía igual, nada había mutado a algo mejor. Ya no era capaz de recordar cuál había sido la última vez que alguien había entrado y perturbado su calma; era como un vasto océano congelado y encerrado entre las diminutas cavidades de una lágrima que cayó hacía mucho; pero aún no había impactado en el fondo y las mareas seguían inmóviles. No recordaba, al fin y al cabo, cuándo la había abandonado.

Y ahora abría la puerta y una ola de silencio golpeaba fuertemente. No había reflejo en el espejo, a saber qué realidad y qué tiempo devolvía desde el otro lado. Pero en apariencia, todo permanecía en su sitio, todo igual que antes. Había pequeñas partículas de ceniza esparcidas por el escritorio, quizá de los cigarrillos, quizá de las almas. Faltaba en el ambiente la oxidada luz extinta de un flexo cuya bombilla estalló en otro tiempo. Había algunas hojas con extraños garabatos; tal vez simbolizaban el final de muchas historias, y los inicios fallidos de tantas otras. Algunos dibujos, los mejor trazados, pertenecerían al esbozo de los sueños inalcanzables, casi olvidados, que seguían anclados a la mesa. Un par de ellos estaban incluso coloreados con tizas diversas, y un solo soplido, un suspiro, un leve estornudo en las cercanías, bastaría para barrer sus pesadas y volátiles moléculas y volverlos de blanco y negro, como lo fueron un día, arrebatándoles el color.

Había también un pequeño reloj detenido, no podía ser de otro modo, redondo como el mundo y de recorrido cíclico como la vida, cuyas tres agujas apuntaban, claro está, a una noche, un lugar y a un sueño, todos ellos olvidados.

En la estantería montones de libros, cerrados y terminados en su totalidad, y botellas, algunas vacías, otras llenas y bloqueadas, repletas de un brillante líquido verde, palpitante; el más peligroso de todos. No había polvo en las superficies, ni en la de las maderas que tapiaban la única ventana, ojo del mundo; era asombroso, un colapso.

Todo tendría que volver a moverse. La puerta se cerró y ya había alguien dentro, de nuevo. El reloj debería volver a funcionar y a permitir la existencia de nuevos momentos, para que se terminaran los garabatos de las hojas petrificadas. El cristal debía volver a vibrar, a crujir si fuese necesario, y el polvo caería de los cielos que fueron abrasados. Debía volver la luz a aquel oscuro cubículo, debía pasar a través de la ventana cuyas tablas serían arrancadas por el martillo, y solo así volverían las olas al estallar la lágrima que las aprisionaba, cuando el ciclo fluyera otra vez.

Ahora solo se podía andar a tientas, con ojos vendados por la inexistencia de luz y calor, y solo podía verse mediante los recuerdos del abandono, del exilio. Tocó a ciegas la mesa, la silla, y donde debía haber un vacío palpó algo vivo, que palpitaba. La botella verde se iba vaciando, y al arrancar las tablas la ventana se abrió de golpe y el viento ordenó los elementos en el tiempo y el espacio. La habitación cerrada se abría, a las posibilidades, al futuro. La habitación cerrada volvía a la vida. 

25 de noviembre de 2015

Home Sweet Home (FF)


Todos buscamos la llama, el fuego ardiente, cuando el frío cala hasta los huesos. Cuando el viento gélido del invierno llega para sacudirnos como a las hojas de los árboles congelados, todos comienzan a buscar, a rastrear, a husmear tras cualquier esquina, cualquier rincón, tratando de hallar una pizca de calor, una pizca de cariño. Es lo que nos hace humanos, al fin y al cabo, esa necesidad de encontrar a los iguales, de finalmente dar con el grupo, clan o familia adecuados; un hogar, más bien un segundo hogar, casi tan auténtico como el originario.

Dicen las lenguas populares que, entre broma y broma, la verdad asoma. Pues quizá entre cafés calientes y humeantes, que dan vida a esas gélidas mañanas de invierno, entre pitillos en compañía, en la oscuridad, escondidos entre la luz de las farolas, entre ardientes tragos que empujen las tardes hacia remotos futuros, tal vez, entre todo eso, la vida asome, se deje ver, se dé realmente.

Nadie duda que la vida es un viaje, desde el nacimiento hasta la muerte, tanto físicamente como en el plano temporal; nadie puede ponerlo en tela de juicio. Mil veces subiremos y caeremos; la puta gravedad, las leyes físicas, nuestras mareas y nuestras olas. Sí, habrá mil olas, mil caídas estruendosas, como rayos en el desierto que levanten el polvo estancado con su impacto, y mil momentos en los que nos quedemos parados, petrificados cual estatuas, mil momentos en que se nos seque la garganta y nos quedemos sin aliento; los ojos húmedos, el corazón palpitando, rugiendo, nuestro interior sacudido y emocionado hasta los cimientos; quizá estos sean los mejores momentos, pero sin duda serán los más escasos, y los anhelaremos, a cada instante, como el aire que respiramos para sobrevivir. La vida es una jodida aventura, pero mejor vivámosla acompañados.

Cada uno debería capitanear su propio navío hasta el final, pero es inevitable reconocer que es un gozo supremo encontrar a la tripulación adecuada, nada fácil, pero posible. Te das cuenta de que has estado vagando a la deriva a través de las tinieblas cuando logras llegar al verdadero hogar, que no es un lugar, sino la gente que lo forma.

Esas personas con las que te sientes seguro, a salvo, con las que sin duda puedes y debes ser tú mismo, porque no te juzgarán sino que te elevarán, te cobijarán, y conformarán esa esfera densa e inmortal que te protegerá allá a donde vayas. Personas a las que acudir cuando el cielo se vea negro y te darán todo, con las que reír, beber, fumar y trascender una existencia que por sí misma carece de un color cálido que la haga vibrar y estremecerse. Gente con la que llorar cuando se presencie la caída de uno de los mil mundos que con arduo esfuerzo tratamos de edificar a diario. Sí, esas personas, esas almas, son difíciles de encontrar, pero cuando se logra se reconoce el calor de la auténtica bienvenida, del nacimiento de una sombra protectora que nunca te abandona, por lejos que te vayas, por oscuro que sea el túnel en el que te aventures.


Así que cuando nos sintamos aprisionados, asfixiados por mil fantasmas acechantes tras cada fachada, tras cada máscara, tan solo nos quedará mirar fijamente, y no hacia los lados, sino hacia nuestro interior, para encontrar esas fuerzas ocultas provenientes de nuestros hermanos y hermanas, para poder sortear cualquier obstáculo y seguir hacia adelante, siempre adelante… Saquemos la botella, brindemos y hagamos descender un Jack por nuestra garganta, por todos ellos, por todas ellas, por la amistad y la unión. Brindemos por el calor y la familia, que al final es lo único que permanece cuando todo lo demás camina hacia el olvido. 

3 de noviembre de 2015

En la Encrucijada


Hoy venía a hablar de un tema muy importante; uno que algunos tienen muy en cuenta, y otros no tanto. Mucho se ha hablado ya de esto, pero hay personas que siguen sin entender ciertos matices, sin comprender su importancia, o puede que algunos simplemente no reflexionen lo suficiente acerca de los puntos que nombraré a continuación. Puede que parezcan inconexos, pero se asemejan. Las decisiones, los puntos de inflexión, las encrucijadas… Todo está relacionado.

Cada decisión, cada maldita elección, por pequeña e insignificante que pueda parecer, puede cambiar de forma radical el futuro de uno, e incluso el de los que están a su alrededor. Puede llamarse efecto mariposa, puede llamarse influencia, eso da igual. El caso es que cada acción crea unas consecuencias, y esto ha de tenerse enormemente en cuenta, pues de lo contrario uno puede verse sorprendido ante una situación que nunca habría esperado, una venida por sus propios actos; las consecuencias es lo que tienen. Hay muchos que pecarán de ser cortos de miras, de poco espabilados; algunos que no sabrán ver que sus acciones acarrearán unas consecuencias que quizá los lleven por el peor camino imaginable, que quizá les cierren las puertas de cuyos mundos consideran vitales, que tal vez arruinen su futuro, o les impidan obtener aquello que más ansiaban, que más amaban en la vida… Sí, es lo jodido y a la vez mágico de los puntos de inflexión, aquellos que acompañan a las decisiones importantes. Porque claro, habrá decisiones cotidianas y banales en la vida –la mayoría serán de esta tipología–, pero habrán otras que tal vez, peligrosamente, se camuflen en las cotidianas cuando en verdad son las más vitales, y puede que ni siquiera nos demos cuenta de ello; ahí radica el riesgo. Por ello, se debe obrar con cautela. Que vida solo hay una, que la vida está para vivirla, que sí, que todos conocemos ese cuento, pero lo cierto es que si no andamos con ojo podemos acabar sin nada, bien hundidos. Porque hay límites, hay fronteras y barreras, por mucho que nos creamos unos vividores amantes de la libertad, por mucho que pensemos que nada ni nadie nos podrá frenar; y una mierda. Cautela. Las cosas se marchitan, se debilitan, se oxidan, se cansan, se mueren; y cuando digo cosas, quiero decir mucho más, creo que se sobreentiende. Aun así son mágicos, los puntos de inflexión, porque son los únicos en esta linealidad de dimensión temporal en que vivimos, que logran cambiar radicalmente las cosas, a nosotros mismos; darnos una vuelta de 180 grados, a nosotros y a nuestra cotidianidad; son esos puntos los que realmente importan, pues pueden cambiarlo todo para siempre; y ahí está el matiz más importante, para siempre. Porque de estos puntos uno no puede regresar, esa es su magia, lo realmente excitante. Es un cambio perpetuo, imborrable; algo a lo que no se le puede dar la vuelta, como al tiempo mismo, que no puede ser variado en su trayectoria.

Y creo, solo creo, que muchos de los miedos de los hombres y mujeres vienen de ese matiz. El no poder volver atrás, el no poder arreglar algo, el no poder corregir un error, el no poder hallar redención ni perdón para un pecado. Por ello, cuando se presenta una encrucijada, una verdadera, el miedo y la duda nos corroen por dentro, nos roen las entrañas, nos queman el cerebro. Porque cuando estás en el centro, entre dos caminos, entre dos mundos, entre lo que sea, debes elegir, por cojones debes elegir, y si te equivocas, si la cagas, no habrá vuelta atrás, no cabrá una posible rectificación. Y claro, el miedo es atronador, pues todos queremos evitar que el arrepentimiento nos acompañe durante el resto de nuestros días.

Pero tampoco quisiera pintar esto tan negro como está pareciendo, no. Lo hermoso de hallarse en una encrucijada es que hay algo entre lo que elegir, y eso, de un modo u otro, siempre es bueno, porque el hecho de que no tuviéramos que hacer una elección, implicaría que no tenemos nada, y ya podemos sentirnos afortunados por tener algo, sea cual sea su índole. Y por si todo lo expuesto sabe a poco, ahí va otra gran verdad: que habrá muchas veces en que, por error de nuestro cerebro, o impulsados por la infinita estupidez humana, lleguemos a pensar que tenemos donde elegir, que hay dos caminos completamente disponibles, abiertos para nosotros –ahora o cualquier día de estos–, y realmente no sea así; realmente solo haya un único camino, y al elegir, en lugar de caminar por una asfaltada y cómoda calzada, nos adentremos en un camino pedregoso, pantanoso, inexistente, que lógicamente solo nos conducirá a la perdición, al Abismo, a perder todo por creer que teníamos más de lo que creíamos. Este es otro punto que también debería rumiar más de uno. Más vale pájaro en mano que ciento volando, pues por ahí van los tiros. Aquí hemos venido a jugar; otra piedra que nos da en la cara y siembra la duda en nuestra mente. Porque se han dicho demasiadas frases, se han dado demasiados consejos; se han tratado de aprender demasiadas lecciones, pero hasta que uno no asume el riesgo en sus carnes, hasta que no se la juega completamente, hasta que no se expone, no tiene ni idea de si lo que tiene delante es un camino, dos, o un camino y un pozo donde solo cabe una terrible caída.

Pues eso, a jugar, o a quedarse en casa embobado, cada uno que elija, cada uno que juegue su mano; cada uno que se exponga a sus propios peligros. Cada uno que entrene su ojo para saber, llegado el momento, si hay encrucijada o no, y en caso de haberla, qué camino es más viable, hermoso y atractivo (o real).