1 de febrero de 2016

En un mundo que se muere (Reseña La Carretera, de Cormac McCarthy)


Que la prosa de Cormac McCarthy es magistral no es ninguna novedad. Un autor envuelto en leyenda, alabado tanto por la crítica como por un sinfín de escritores. El nivel de detalle, la poesía que desprende, el riquísimo léxico que emplea para dar forma a sus hermosas y terribles historias, sus mejores bazas. Considerado uno de los escritores norteamericanos contemporáneos más importantes e influyentes.

Con La Carretera se ganó el Pulitzer en 2006, año de su publicación, y no es para menos. Una historia corta, condensada, pero no exenta de la calidad literaria que desprende McCarthy en toda su obra. Dentro del dramatismo habitual con que dota a sus narraciones, ésta sea quizá la que más despunte. En un mundo acabado, que se muere día a día, donde el sol ya apenas acompaña a los escasos supervivientes de una catástrofe acontecida años atrás, el amor de un padre por su hijo que viajan hacia el sur es lo único que tiene sentido y que trasciende a las continuas penurias, a un frío implacable, a una hambruna atroz y a la primacía de los peores y más animales instintos de los hombres.

Tal vez en su destrucción sería posible ver cómo estaba hecho el mundo. Océanos, montañas. El fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidrópica y fríamente secular. El silencio.

Si hay dos cosas destacables en esta obra serían, a mi entender, la ya habitual magnifica descripción de escenarios, de acciones, el estilo personal del escritor, la manera que tiene de calarte hasta el alma, como dominándote poco a poco, página a página, con susurros líricos que te hielan la sangre y que te dejan una profunda huella. Y por otro lado, la mayor baza del libro es la relación entre los dos personajes protagonistas, las conversaciones que mantienen, donde se palpa la ambivalencia de ambos, unidos y contrarios, la sabiduría contra la inocencia, la dura experiencia adquirida y las cicatrices en el espíritu de uno, la implacable justicia y la visión objetiva de un planeta que rechaza la vida de sus escasos habitantes, contra la bondad y la inocencia en estado puro, contra la mente de un niño que pesadilla tras pesadilla aprende que los cuentos felices no tienen ya cabida en su mundo, que todos los recuerdos del padre, todo aquello cotidiano que caracterizaba la vida de millones de personas, son como fotografías carcomidas relegadas al pasado, y que nunca habrá un futuro que pueda albergar esos vívidos colores para enseñárselos a nuevas generaciones de infantes.

¿Puedo preguntarte algo?
Naturalmente.
¿Qué harías si yo muriera?
Si tú murieras yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí, para poder estar contigo.

Cada uno es el mundo del otro, tan simple como eso, y no hay vida imaginable sin ese amor paterno filial que caracteriza la novela.

Miró en derredor pero no había nada que ver. Hablaba en una negrura sin profundidad ni dimensiones.

La narración nos regala continuamente una prosa desgarradora y poética en exceso, una que deja retazos en nuestra mente, como cuchillos que se han clavado allí para obligarnos a no apartar la vista de ese mundo creado a la vez con una sencillez y una potencia que resultan abrumadoras. Muy destacable también una de las conversaciones con el viejo que encuentran en la carretera, con el que comparten comida; uno de los buenos, que como ellos y como el padre le dice al hijo continuamente, lleva el fuego.

Cuando vi al chico creí que me había muerto.
¿Pensó que era un ángel?
No sabía qué era. Pensaba que nunca volvería a ver a un niño. No sabía qué iba a pasar.
¿Y si le dijera que es un dios?
Donde los hombres no pueden vivir a los dioses no les va mucho mejor. Es preferible estar solo. O sea que espero que no sea verdad eso que ha dicho porque coincidir en la carretera con el último dios sería terrible y por eso confío en que no sea verdad.

Ningún lector, conocedor del autor o no, debería perderse esta breve maravilla. Habrá muchísimas historias, escritas o filmadas, basadas en mundos post–apocalípticos, pero no cabe duda de que esta es una pieza única, por su enfoque, por su historia y, repito, por su magnífica y elaborada sencillez, por contrarios que puedan parecer ambos términos.

El director John Hillcoat dirigió una adaptación muy fiel que queda a la altura del libro La Carretera (The Road) 2009, que plasma a la perfección las descripciones de McCarthy y la relación del hijo y el padre, interpretados por Kodi Smit-McPhee y Viggo Mortensen respectivamente. En definitiva, nadie debería perderse ninguna de las dos obras, pues es una especie de deleite que rara vez se da. 

23 de enero de 2016

Cuando se detiene el tiempo


No me sirven ya las excusas, no quiero escuchar más promesas de mundos mejores, de opciones viables y posibles, porque no quiero seguir buscando, no en el estricto sentido de la palabra. Siempre buscamos, creo; siempre andamos tras aquello que anhelamos, lo que creemos que podrá sanarnos, u otorgarnos una felicidad tan debatida, tan bellamente escondida, que ha escapado de la mano de demasiados. Estoy ya cansado de perseguir y acechar, de mirar tan de cerca cada minúsculo detalle que se me enrojecen los ojos, entrando en ellos cada una de las partículas de la mundanidad que nos rodea, a cada paso que damos, a cada exhalación que dejamos libre al viento.

Creo que también es bueno, de vez en cuando, encontrar sin siquiera buscar, solo levantando el pie justo después de apoyar el talón, antes de aplastar a la flor que luchaba por resurgir entre el cemento agrietado. Dicen que somos lo que hacemos, pero más bien somos una acumulación de lo vivido, de lo que nos ha paralizado y elevado durante un momento o una vida, que bien pueden ser lo mismo. Una vida condensada, en un breve tiempo, que se expande y expande hasta perderse en el infinito y volver para morderse la cola.

Que si me voy, pues me habré ido, pero temo que nunca podré desparecer, marchar del todo, olvidar cada risa y cada palabra que se dijo cuando el silencio reinaba, cuando no era necesario decir nada, y aun así esas letras surgían para quebrar el frío que nos aprisionaba; letras innecesarias pero hermosas, como todas las palabras que podían llegar a formar en sus divagadas combinaciones. No espero, no me sirve la espera, solo la marcha, siempre la marcha, porque el tiempo no se detiene y no solemos dejar que nada pase de largo; tan solo aguardamos mientras corremos a que la mano adecuada nos robe del camino, de improvisto, nos arranque suavemente del maratón que ya nos deja exhaustos, y nos deje grácilmente en nuestro lugar, sea cual sea.

Fotografías que cobran vida, que arrancan sonrisas, que nos nutren y nos despiertan arcaicas alegorías escondidas en las entrañas. Recuerdos pasados, soñados, vividos y vueltos a soñar, que dan vueltas y vueltas y mutan una y otra vez, pero que nunca cambian en su esencia, que siempre representan lo mismo, por ser incapaces de variar su origen. Creo que todos hemos sentido lo imposible, y si no pensadlo un solo momento.

Todos hemos sentido cuando se detiene el tiempo, o al menos cuando se ralentiza enormemente, cuando apenas parece fluir y nos quedamos bien quietos, con el cerebro todavía funcionando a mil por hora, examinando cada minúscula sensación que nos recorre el cuerpo cual relámpago en una tormenta. Porque sí, es una tormenta, ese momento en que una burbuja se arranca del tiempo y flota ante nuestras narices, elevándose para finalmente desaparecer, pero observamos ese efímero y longevo viaje, que no pertenece a ningún plano porque apenas está existiendo. Nos sentimos a nosotros mismos como nunca antes, hechizados, y tal vez sintamos a todos nuestros yo paralelos, o nos metamos en el universo de uno de ellos, viviendo lo que allí es posible pero aquí improbable, o directamente imposible. Y sonreímos, al darnos cuenta de que por un segundo al menos un sueño grande y poderoso ha cobrado vida, percatándonos de que, por un ínfimo momento, todo es simple y hermoso y perfecto.

Lo curioso es que cuando esa burbuja estalla y el tiempo corre de nuevo a velocidad normal, o así lo sentimos otra vez, la agradable sensación de victoria frente destino sigue presente y se va diluyendo paulatinamente, y mantenemos esa sonrisa que nunca antes había sido tan sincera.

Tal vez vivamos cien años, y cuando volvemos a la realidad solo deseamos que ojalá cuando todo llegue al final vuelva a empezar de nuevo, para que pasen otros cien años con tal de vivir otra vez ese único segundo de perfección.

Puede que seamos la acumulación de todas las veces que hemos sentido que el tiempo se detenía, y ojalá lo hiciera más a menudo, para que no corriera tanto y se nos escapara, u ojalá pudiéramos escaparnos de la realidad para siempre, aprovechando esa brecha, morando al otro lado, donde todo fue posible, donde todo sería idílico, donde no habría complicaciones y cada vez que habláramos fuera para regalarnos algo nuevo, no para apuñalarnos por la espalda. Donde la vida no fuera ligada a la muerte, donde el amor trascendiera al dolor y donde camináramos juntos para siempre. 

18 de enero de 2016

Reseña "Hombres sin mujeres", de Haruki Murakami


No es una atípica historia, sino siete historias impregnadas por una atípica neblina, que las atraviesa y las imbuye, a todas ellas. La nueva obra del conocido Haruki Murakami se presenta como una antología de relatos, pero la verdadera esencia va mucho más allá; porque sí, posee una esencia propia y característica, ya que a pesar de tratarse de historias independientes, las que incluye este Hombres sin mujeres son distintas a lo que cabría esperar.

No sería raro que el lector tuviera cierto reparo en enfrentarse a una lectura como esta, dada la mayor atracción que representa una novela en sí frente a un conjunto de relatos, por razones obvias: profundidad, densidad, complejidad de la narración y los personajes… Pero esto es lo que diferencia a Hombres sin mujeres de, por ejemplo, Sauce ciego, mujer dormida, otra antología del autor que reunía muchos más relatos (24), algunos de ellos, lógicamente, mucho más breves. Aquí encontramos la diferencia principal. Cada una de las historias reunidas en este volumen, al ser menores y más extensas, permite al lector realizar una inmersión profunda en los dramas que nos son narrados, a través de unos personajes elaborados, complejos, de los cuales conocemos multitud de detalles. Casi como novelas cortas independientes, estas historias nos atrapan desde las primeras páginas, cada una de ellas, y el autor, a través de su prosa característica, sencilla y directa a la par que hermosa y efectiva, poética, nos lleva a su terreno de juego, donde más cómodo se siente para presentarnos esa atmósfera fatalista por la que se le reconoce.

Ya el título da algunas pistas, pues los personajes protagonistas son hombres que tienen algo que contar y parece que todos ellos estén impregnados de una decadencia personal similar. Algunos solitarios, extraños en el mundo que los rodea, otros más joviales y extrovertidos, todos ellos son presas de la fatalidad en el amor, de la desdicha para con las mujeres, las otras protagonistas de la obra. Se respira la tragedia, se palpa la solemnidad, y ciertos temas comunes en algunos de ellos, como la infidelidad, la obsesión, la pérdida, el desgarro emocional y psicológico; sirven de puente para hacernos llegar a la verdadera esencia de las historias, algo mucho más profundo que el sexo, que el contacto físico, que las relaciones sentimentales… Nos lleva a las reflexiones de los hombres, a la soledad que experimentan al narrar sus caídas, sus estancias en el abismo que a todos ellos los engulle. Y eso que algunos de ellos no están solos, pues cuentan con amigos, confesores, y a través de las conversaciones entre ambos se nos presenta la historia. Por ejemplo, en uno de los relatos, el protagonista mantendrá una extraña amistad con quien fue uno de los amantes de su mujer, ya fallecida, para tratar de entender el motivo por el que lo engañaba, que es lo que lo corroe, y además para averiguar más detalles de su propia esposa y de paso recordarla, algo que el lector apreciará como hermoso y a la vez desgarrador.

Haruki Murakami es, desde hace años, un reconocido autor internacional que ha sabido llegar tanto al público oriental como al occidental; ha sabido elaborar unas historias y pintar cuidadosamente a unos personajes con los que todo el mundo, en mayor o menor medida, puede sentirse identificado. Es un caso un tanto extraño, pues a pesar de ser uno de los comerciales, uno que puede encontrarse entre los más vendidos, no ha vendido, sin embargo, su alma, ni ha comprometido su pluma porque la magia que le valió el reconocimiento sigue bien presente, así como su estilo característico, que lo aleja enormemente de autores similares y también muy comerciales, como por ejemplo Nicholas Sparks, a quien tampoco le va nada mal. Murakami sigue sellando cada una de sus obras con su distinción, ofreciendo al lector ese fatalismo mencionado anteriormente, ese punto de vista diferente, ese prisma grisáceo que nos permite ver el amor, ese gran tema universal, y el desamor, de un modo dolorosamente real, uno que, al igual que a los personajes de cada una de las historias, nos hará reflexionar, y supondrá una cuchillada directa a nuestra alma, una que no tiene porque ser precisamente mortal. Mediante una mezcolanza entre lo absolutamente real y lo surrealista, lo onírico, crea unos protagonistas atípicos, cada uno marcado por extrañas facultades que los alejan de la homogeneidad humana, y los hace especiales; pero por muy extraños que sean, como todos nosotros, se verán inmersos en las maravillas y las desdichas del amor, y quizá sea por eso por lo que es sencillo que el lector se identifique con ellos y quiera seguir leyendo hasta llegar a la conclusión.

Quizá el punto más negativo de la obra sea, como se ha mencionado, que no se trata de una novela en sí, de una narración más extensa, pero esto no impide que nos zambullamos profundamente entre las líneas, porque sí, son historias complejas igualmente, y están narradas con suavidad, con melancolía, con una tristeza maravillosamente bella que las une a todas ellas y les otorga una unidad que nos hace olvidar la independencia que las divide y permite que, en ningún momento, podamos sentirnos desenganchados de la lectura.

Siete historias, un gran tema, y unos alicientes comunes que no defraudan, sino que logran instalarse en nuestro interior y quedarse allí, al finalizar la lectura, para seguir corroyéndonos (tanto en el buen sentido como en el malo), al igual que a sus protagonistas. 

3 de enero de 2016

El recuerdo de un sueño


Cuántas vueltas damos en la cama, perdidos entre ensoñaciones que después solo son una vaga y difusa imagen en un rincón de nuestra mente; eso si es que podemos recordar algo. Pero a veces sucede que al despertar algo ha quedado ahí firmemente grabado, en los muros de nuestro interior, a flor de piel, y no se ha desvanecido como otras muchas veces. No, en esa ocasión queda latente y nos acompaña durante toda la mañana, y durante el resto del día, y a veces la imagen es tan vívida que nunca desaparece, sino que se queda por ahí, flotando y rondando, escondida entre el resto de nuestras ideas, el resto de nuestros recuerdos; tal vez para siempre.

Están más relacionados de lo que parece, los recuerdos y los sueños, porque al final, cuando ya ha pasado el tiempo, y a falta de pruebas físicas, son prácticamente lo mismo. Uno puede sufrir un accidente, y las cicatrices que le queden del mismo serán la prueba física que acompañará a dicho recuerdo. Los vídeos, las fotografías, son otras pruebas de que algo realmente sucedió, algo que reavivará en nuestra memoria el recuerdo que tengamos de ese preciso suceso. Pero para la mayoría de sucesos que han quedado almacenados en nuestra mente no tenemos una prueba específica, algo que demuestre su existencia, y simplemente se quedan en la nebulosa, mezclados con tantísimos otros.

Como todo en la vida, habrá gente que le dé mayor importancia a los sueños y otra que apenas los tendrá en cuenta. También dependerá de la vividez con la que los viva cada uno, y de cómo los recuerda, si es capaz de hacerlo, porque a muchísima gente se le desvanecen segundos después de abrir los ojos. Personalmente, tengo algunos recuerdos de sueños que llevan rondando en mi cabeza años y años.  Este texto va dedicado, sobretodo, a esa pequeña minoría. Y teniendo en cuenta que cuando soñamos creemos estar despiertos, pues es tal el realismo, la fuerza de las imágenes y los sonidos que las acompañas, de las sensaciones que embriagan nuestro cuerpo en ese momento, que ni siquiera nos percatamos de que lo que estamos viviendo es una ilusión, por incoherente que sea; es casi imposible. Entonces me pregunto, ¿qué diferencia hay entre los recuerdos de estos sueños tan vívidos, y de los recuerdos reales sin pruebas que los acompañen, pasado un tiempo? ¿Acaso no han sido prácticamente igual de intensos y reales? ¿Acaso no sentimos en nuestra piel, en nuestras entrañas y en nuestra alma todo aquello que soñamos con la misma fiereza? Obviamente esto resulte quizá un poco fantástico, pero en los casos expuestos, vienen a ser lo mismo, solo que serán situaciones que no podremos compartir, porque solo nosotros las vivimos, nadie más, y tal vez sea esa la única diferencia, porque al margen de ella, ambos son igualmente válidos en el momento en que nos ponemos a pensar en ellos, a recordarlos.

Un día haces una escapada a la montaña, o pasas un increíble día veraniego en la playa rodeado de amigos, o sales de fiesta y todo se torna en locura, o conduces el nuevo coche que acabas de comprarte, o pasas un fin de semana con tu novia en algún lugar perdido. Grandes momentos, pero cuando ha pasado el tiempo, puede que su recuerdo y realismo no disten mucho de aquella vez que condujiste un súper deportivo, de la vez en que volaste, sintiendo cómo el viento mecía tus cabellos allá en las alturas inalcanzables, o de la ocasión en que besaste por primera vez a esa persona a la que siempre has perseguido y con quien nunca podrás estar. Todos ellos, si carecen de pruebas o testigos, son prácticamente lo mismo. Por ello me gusta atesorar muchos de los sueños que han querido permanecer en mi mente por la razón que sea, porque puedo recordarlos y sonreír o entristecerme, ya sean buenos o malos recuerdos, pero al menos por una vez, en un mundo utópico e imposible, en una realidad paralela, los viví tan intensamente como siento ahora las teclas del ordenador hundiéndose bajo mis dedos cuando escribo esta entrada.

Es bueno soñar, y cada uno de nosotros debe tener sueños, como metas alcanzables o inalcanzables, pero al menos podremos perseguirlos, porque será algo que nos empuje a seguir siempre hacia adelante, creciendo y creciendo, y cuando un sueño sea tan inalcanzable como para tenerlo en cuenta si quiera, solo cabrá esperar que nuestro subconsciente nos regale la posibilidad de vivirlo envueltos entre las sombras.


29 de diciembre de 2015

Echando la vista atrás


Llega de nuevo un momento del año en que, como de costumbre y como reza el título de esta entrada, todos solemos echar la vista atrás para ver qué ha acontecido a lo largo del año. Quizá otro título válido podría ser A nuestras espaldas, pero dicho encabezamiento albergaría un sentido un tanto distinto. Echar la vista atrás implica el recuerdo, el tener en mente todo lo que ha sucedido, ya sea para bien o para mal, pero de algún modo teniéndolo presente. Sin embargo, cuando algo queda a nuestras espaldas, es porque seguimos adelante pase lo que pase, que no está nada mal, pero sin contemplar tanto el pasado, sin pensar tanto en él; sin aprender tanto de lo ocurrido. Es por ello que he optado por el primer título, porque soy de esas personas que siguen teniendo presente todo lo que han hecho –como contraposición se da la espalda en la fotografía, así que cada uno que escoja su propio título para su propia experiencia–, para tratar de sacar una lección en claro de todo, de lo bueno y especialmente de lo malo, porque es ahí, donde fallamos, donde radican las mejores y mayores lecciones de vida.

El tiempo ha volado otra vez, como suele hacer, y se nos ha escapado de las manos. Nos ha dejado algunas cicatrices y nos ha aportado un poquito más de experiencia, esa tan valiosa y tan cara. Por ello, por todo lo obtenido, quiero dar gracias a todas y cada una de las personas que han estado conmigo este año. Las que han estado y me han sacado sonrisas, las que me han hecho llorar al encadenar una carcajada tras otra y hacer que olvidara todos mis miedos, al menos durante unos minutos, pues esa sensación es de las que más aprecio en esta vida. Algo que he aprendido es a mantener a raya el odio, a mantenerlo tan oculto que casi parece haberse desvanecido del todo, y es por ello que doy sobretodo las gracias a aquellos que estuvieron y ya se fueron, quizá durante una temporada o quizá para siempre; a aquellos que me hirieron, mil gracias, porque son al final los que más me han enseñado; porque a todos nos pasa lo mismo, no tropezamos dos veces con la misma piedra, y en el caso de que lo hagamos, sabemos que será la última, porque no habrá una tercera.

Si tuviera que describir estos meses que han quedado atrás, posiblemente los definiría como un frenético viaje en una montaña rusa, con los ojos vendados, recién levantado y no siendo completamente dueño de mis facultades físicas y mentales ­–esto último que cada uno lo tome como quiera–, y por todo eso, ha sido un año grande e increíble, tanto en lo bueno como en lo malo, en toda la gama de posibilidades que ofrece tal adjetivo. Creo que ha sido el período en que más he crecido y más he aprendido y conocido, y como ya escribí una vez, al ocurrirte algo semejante, descubres que cuanto más aprendes, más desconoces –tal vez sea la gran paradoja de la vida–, y por ello me ha quedado un regusto de mayor aprendizaje, unas ansias aún mayores de derribar barreras e ir más allá para seguir explorando y conociendo, a todos los niveles, por lo que sí –y con esto me refiero, aparte de a mí mismo, a mucha más gente a la que conozco y aprecio enormemente–, volveremos un año más para seguir golpeando fuerte y subiendo.

No me haré ningún propósito de año nuevo, es más, creo que nunca lo he hecho, y no porque no sea una persona de las que no se engaña a sí misma, de hecho lo hago constantemente, pero sé que si me prometo algo no lo haré, así que únicamente me dedicaré a seguir tranquilamente por mi camino, aquel que sigo descubriendo y en parte buscando día a día, y si he de prometer algo será en el mismo momento de hacerlo, y ante quien tales palabras cobren un significado relevante.

También creo que en esta vida todo tiende, al final, a volver a un equilibrio originario; no siempre, claro está, pero sí suele suceder así por lo que la experiencia me ha demostrado. Y sobretodo sé que, tal y como dicen, lo que fácil viene fácil se va. Por ello sé que este año gané muchísimo, de forma extremadamente rápida, tanto como para dejarme en shock y no poder controlar más de una situación, y por ende, he perdido también mucho, puede que demasiado, pero cada ganancia que se me ha ido ha dejado una bonita cicatriz en forma de aprendizaje, y esas marcas valen su peso en oro. Por ello puedo decir que al final sí he ganado, ya sea en experiencia o experiencias, que no es lo mismo. Así que seguiremos ganando, como hemos venido haciendo desde hace mucho tiempo, porque jamás nos concibieron ni educaron para la rendición.

24 de diciembre de 2015

A la carretera


Es algo que pasea a nuestro alrededor, que se mete dentro de muchos a los que conozco, por cada poro de la piel, quizá también en mí mismo; casi lo respiramos.

Es un sentimiento, un ansia, que fácilmente puede verse también como una forma de vida, un estilo y una manera de vivirla, cada uno a su modo, pero todos al unísono, escuchándonos en la distancia que nos separa. Y muchos han hecho referencia a ello, lo han dicho y predicado, carretera y manta, y adiós muy buenas. Tal vez se diga porque se quiere huir, de alguien, de algo; de un pasado quebrado, de un posible futuro vacío, de un presente asfixiante. Veo diariamente esas ansias de liberación, de perderse, en los ojos de decenas de personas. Se sienten atrapados, viviendo sus cíclicas rutinas carentes de sentido o realización personal, sin vías de escape ni puntos de fuga; todo plano y sin relieve ni textura alguna.

Escucho demasiado cómo esas gentes aborrecen la presión que el mundo ejerce sobre ello, las obligaciones que permiten la manutención y la supervivencia, que los atrapan, una sociedad que oprime sus corazones y que de ningún modo les da lo que reclaman, lo que por derecho les pertenece. Solo quieren salir pitando, hacer una maleta con lo primero que encuentren en el armario y fugarse, ser capaces de olvidar todo aquello que les ata a ese odioso presente para comenzar a pintar un nuevo y difuso futuro, uno completamente incierto. Pero es atractivo, eso de irse, eso de caminar hacia lugares desconocidos en busca de recónditas aventuras, llamarlas, hacerlas salir de cualquier parte, de allá donde hayan estado escondidas toda su vida. Viajar, perderse por un sinfín de ciudades y países, cambiar de aires, hacer cosas nuevas cada día, salir a la calle cuando una lluvia torrencial moje el pavimento nocturno de alguna hermosa urbe, ver cómo actúan las otras gentes del mundo, camuflarse entre ellas, salir difuminado en la fotografía en blanco y negro de algún fotógrafo que busque captar la espontaneidad, y que los inmortalice allí, en aquel lugar, mientras realizaba su sueño.

Creo que al final todos encontramos el camino, nazca donde nazca y termine donde termine, la cuestión es atreverse a dar el primer paso, poseer la fuerza y determinación necesarias para dar los siguientes cien, y luego dejarse llevar durante miles y miles de pasos más sin saber dónde terminará uno, pero teniendo el corazón tranquilo al saber que fue en busca de la liberación y lo consiguió, y de que arriesgo para luchar contra unas cadenas que, cuando eche la vista atrás, verá oxidadas desde hace mucho.

Quizá sean las ansias de aventuras, el inconformismo presente en muchos miembros de la sociedad actual, la rebelión, la necesidad de novedades y la negación ante los nubarrones grises que hacen retorcerse los días sobre uno mismo, si se descuida. Puede que sea lo que uno de ellos, todavía aprisionado, bautizó sobre confusas páginas como Hiperdecadencia en las generaciones actuales, algo muy presente, demasiado, y que quizá podría ser el término que los acuñara a todos ellos antes de que una voz surja y l(n)os libere.

Un viaje cualquiera, unos días para tomar aire, un respiro para sentir el frío en los pulmones, y para espabilar a los cuerpos cansados. Cada uno se lanzará a la carretera de un modo u otro, pero a todos nos llama, y todos nos iremos. Queda la cuestión de qué es más interesante, si el irse o el volver; regresar para ver cómo ha cambiado todo, estando ya sanados espiritualmente, con las ansias saciadas, y para decidir si nos volveremos a ir de nuevo, pero lo que es seguro es que nos encontraremos, por ahí, en cualquier esquina o cafetería, en cualquier camino polvoriento que atraviese las montañas; nos encontraremos por ahí, pululando por nuestro pequeño mundo.

Es una lucha que nos acontece a estas generaciones, una por la liberación interior y personal, harto ardua y complicada, pero cuando lo que nos sobran son los sueños y cuando estamos rodeados de hombros en los que apoyarnos y manos que se nos tienden para ayudarnos a subir el próximo peldaño, en verdad solo lo insignificante nos separa de las alturas. 

9 de diciembre de 2015

La habitación cerrada


La habitación estaba desierta, nada respiraba en su interior, ni lo había hecho en mucho tiempo, tal vez demasiado; pero el tiempo ya no era lo que fue en días pasados, y ahora era difícil de medir, pues parecía estirarse, colapsarse, y después alargarse de nuevo de forma inconmensurable.

Aquel cubículo, ¿por cuánto tiempo habría estado cerrado? Y lógicamente, todo seguía igual, nada había mutado a algo mejor. Ya no era capaz de recordar cuál había sido la última vez que alguien había entrado y perturbado su calma; era como un vasto océano congelado y encerrado entre las diminutas cavidades de una lágrima que cayó hacía mucho; pero aún no había impactado en el fondo y las mareas seguían inmóviles. No recordaba, al fin y al cabo, cuándo la había abandonado.

Y ahora abría la puerta y una ola de silencio golpeaba fuertemente. No había reflejo en el espejo, a saber qué realidad y qué tiempo devolvía desde el otro lado. Pero en apariencia, todo permanecía en su sitio, todo igual que antes. Había pequeñas partículas de ceniza esparcidas por el escritorio, quizá de los cigarrillos, quizá de las almas. Faltaba en el ambiente la oxidada luz extinta de un flexo cuya bombilla estalló en otro tiempo. Había algunas hojas con extraños garabatos; tal vez simbolizaban el final de muchas historias, y los inicios fallidos de tantas otras. Algunos dibujos, los mejor trazados, pertenecerían al esbozo de los sueños inalcanzables, casi olvidados, que seguían anclados a la mesa. Un par de ellos estaban incluso coloreados con tizas diversas, y un solo soplido, un suspiro, un leve estornudo en las cercanías, bastaría para barrer sus pesadas y volátiles moléculas y volverlos de blanco y negro, como lo fueron un día, arrebatándoles el color.

Había también un pequeño reloj detenido, no podía ser de otro modo, redondo como el mundo y de recorrido cíclico como la vida, cuyas tres agujas apuntaban, claro está, a una noche, un lugar y a un sueño, todos ellos olvidados.

En la estantería montones de libros, cerrados y terminados en su totalidad, y botellas, algunas vacías, otras llenas y bloqueadas, repletas de un brillante líquido verde, palpitante; el más peligroso de todos. No había polvo en las superficies, ni en la de las maderas que tapiaban la única ventana, ojo del mundo; era asombroso, un colapso.

Todo tendría que volver a moverse. La puerta se cerró y ya había alguien dentro, de nuevo. El reloj debería volver a funcionar y a permitir la existencia de nuevos momentos, para que se terminaran los garabatos de las hojas petrificadas. El cristal debía volver a vibrar, a crujir si fuese necesario, y el polvo caería de los cielos que fueron abrasados. Debía volver la luz a aquel oscuro cubículo, debía pasar a través de la ventana cuyas tablas serían arrancadas por el martillo, y solo así volverían las olas al estallar la lágrima que las aprisionaba, cuando el ciclo fluyera otra vez.

Ahora solo se podía andar a tientas, con ojos vendados por la inexistencia de luz y calor, y solo podía verse mediante los recuerdos del abandono, del exilio. Tocó a ciegas la mesa, la silla, y donde debía haber un vacío palpó algo vivo, que palpitaba. La botella verde se iba vaciando, y al arrancar las tablas la ventana se abrió de golpe y el viento ordenó los elementos en el tiempo y el espacio. La habitación cerrada se abría, a las posibilidades, al futuro. La habitación cerrada volvía a la vida.