22 de marzo de 2016

Reseña de 'El Elefante Desaparece', de Haruki Murakami


Después de que el año pasado nos llegara la colección Hombres sin Mujeres, este marzo hemos podido disfrutar de El Elefante desaparece, antología de 17 relatos publicada originariamente en el 2005, pero que ha tardado 11 años en ver la luz en nuestro país, como siempre, de la mano de Tusquets Editores.

Haruki Murakami es ya un autor sobradamente reconocido, y parece que en los últimos años está experimentando una especie de renovada fama, pues cada vez que publica es más fácil verlo en las listas de más vendidos y no es nada complicado encontrar artículos y reseñas sobre sus obras en sitios webs especializados, en los medios y en las redes sociales. Por todo ello se ha colado entre las lecturas favoritas de este mes de marzo, apareciendo en gran cantidad de listas de páginas que recomiendan los mejores lanzamientos, rivalizando así, por ejemplo, con el Cinco Esquinas de Mario Vargas Llosa, algo envidiable.   

En esta colección, cuyo título proviene del relato que cierra el conjunto, Murakami nos hace disfrutar de nuevo de su maestría a la hora de jugar con la prosa poética que tantas alabanzas le ha valido, para sumirnos en diecisiete historias que provocarán en nosotros un sinfín de emociones. Algunas lógicas, naturales, otras caóticas, directamente imposibles. El autor juga constantemente, a través de sus personajes, que son quienes nos cuentan sus historias, con nuestra cabeza, hasta el punto de hacernos creer que lo que estamos leyendo es algo tan posible como la cotidianidad que todos vivimos y conocemos, cuando en realidad está narrándonos los más disparatados y oníricos sucesos imaginables –quizá solo escritores de su talla tengan la capacidad de hacerlo–.

Una pareja que, movida por un hambre voraz y totalmente irracional, decide atracar un McDonald’s al contar el hombre que una vez hizo lo mismo con una panadería, un enano bailarín, manipulador y oscuro que encandila a todo aquel que lo observa realizar su arte, un abogado en paro que se interna en un misterioso jardín para hallar el gato perdido al que adora su esposa, y que encuentra una conversación fuera de toda lógica. Son algunos de los ejemplos que nos dejarán descolocados. Todo ello, como de costumbre, narrado con un Japón de fondo que se nos presentará como si fuera nuestra propia ciudad, algo que ayuda enormemente a que el lector se identifique con paisajes y protagonistas, viéndolos cercanos, casi palpables.  

Quizá la unidad de este volumen se presente en el tono, en las capacidades de sus personajes para asimilar como normal aquello imposible, directamente sacado de un sueño; situaciones descabelladas y en ocasiones, hilarantes. En más de una ocasión notaremos un halo de oscuridad rodeando a las personas que viven esas historias y a los sucesos mismos, y esto tal vez pueda entenderse como una especie de metáfora que todos nosotros podemos vivir, pues al igual que esos personajes, muchas veces nos quedamos esperando algo, una aparición, un milagro, cualquier suceso que dé un giro a algún acontecimiento y que, sin embargo, parece no llegar nunca, quedando solo la tenebrosidad o la melancolía que acompañan una espera que se prolonga durante demasiado tiempo, o que nos hace encontrarnos de bruces con un final inesperado.

La lectura de cada uno de los relatos transcurre con una fluidez y una naturalidad pasmosa, pues Murakami nos ha acostumbrado con su prosa sencilla y bella al mismo tiempo a que nos sumerjamos sin darnos cuenta en sus líneas y párrafos, y con el surrealismo y los elementos oníricos que hábilmente introduce en esta obra, logrará que ese efecto se potencie. No nos enganchará una trama larga, profunda y compleja, pero sí nos hechizarán las pequeñas piezas que componen esta colección, llevándonos cada una a un mundo y una realidad distinta, cada una con sus matices, sus detalles, y todas ellas unidas por el hilo conductor que, cual portal interdimensional, nos hace posible un viaje ligero y sin dificultades.

En resumen, una obra diferente, muy amena y que ofrece distintos y variados matices que la convierten en una lectura más que interesante.  

20 de marzo de 2016

Caminando sobre las olas


No me importaba en absoluto si la niebla cubría densamente todas las calles, si la lluvia empapaba hasta el último recoveco de la ciudad, si el frío calaba hasta el alma, despojándonos de ella, o si el cielo se rompía sobre nuestras cabezas, permitiendo que los terrores siderales cayeran sobre nosotros.
Debería saber si se ha soplado la última vela, si se ha colmado ya el vaso, si no quedan palabras por susurrar. Eran cosas que tenía que saber, necesidades imperiosas, porque tal vez no podía pasar ni un segundo más estando en el lado equivocado, sin saber si el vaho que surgía de cada rostro quedaría como algo grabado a fuego y con esmero o si solo sería vapor de agua que se extinguiría en cuestión de segundos. Tenía que entender la intensidad de lo efímero, para poder comprender hasta dónde llegaría y dónde podría quedar el límite.

Toda mi vida había caminado a ciegas, como todo el mundo imagino, y no es que no me gustara el riesgo, que no me motivara, sino que necesitaba creer que había algún motivo de peso empujándome desde atrás para darme fuerzas. Había gracia en tantear el terreno, en salir bajo la luna sin saber cómo terminaría la noche, si todo conduciría a algún nuevo lugar o si volveríamos seguidos por nuestras sombras, acompasados por el frío viento, pero había momentos en que quería saber más, en que quería arrancar de cuajo los biombos que nos separaban de las verdades; momentos en que ansiaba echar solo una rápida ojeada al futuro para dar algún paso sobre seguro. No creo que pidiera tanto, pero quizá aspiraba a una ventaja de la que nadie disponía.

La poesía de las calles, de las baldosas, las letras escritas tras noches de insomnio con spray en las fachadas mugrientas y arcaicas de la ciudad vencida, cobraban ahora un nuevo significado, o al menos yo trataba de encontrárselo. De nada servía perderse, porque siempre nos encontrábamos en el mismo lugar. La huida no traía nuevas y renovadas esperanzas, porque tan solo representaba posponer la llegada de lo viejo, de las arraigadas costumbres que nos venían hablando desde hacía tiempo. Todo eran señales que conducían a casa, ya fueran nuevas o viejas, y las puertas a otros mundos seguían ahí, ocultas como siempre habían estado. Si uno encontraba la bola de cristal podía aspirar a coquetear con futuros que aún tardarían en llegar, pero los magos se escondían también, como las llaves.

Cuando todo había sido dicho, cuando el tintero se había secado, solo el interior revelaba ya las respuestas, habiendo hecho todas preguntas; después de que se las llevara el viento, después de que quedaran flotando durante demasiado tiempo. Es predecible que el cansancio alcance al final a todos, lo que no podemos asegurar es cuánto dura una vida, cuántos latidos da un corazón antes de agotarse. Es irónico y paradójico, a la par que certero, asegurar que el remedio que sana una herida se compone de los mismos brebajes que el veneno que la produjo, pero al final los círculos tienden a cerrarse, siendo complicado hallar un final distinto al origen.

Y si nada de aquello me importaba, me importa, es porque de alguna manera he saltado la barrera, he echado un rápido vistazo al futuro, solo viendo de soslayo el reflejo que la bola de cristal produjo cuando la lluvia dio paso a los rayos del sol, y todo en la misma noche, en que la luna, enorme y roja, se ocultó tras las nubes para no marcarnos para siempre. He saltado la barrera, he pasado el vacío tras tantear con la caída, y he comprendido que lo mejor que nos espera no está arriba ni abajo, en el cielo o en el infierno, sino frente a nosotros, solo que a cientos de kilómetros de distancia y quizá unos cuantos mundos más allá de nuestro tiempo. Pero por suerte damos positivo en energías, renovadas o viciadas, y nos quedan unas cuantas cartas bajo la manga.

Solo cabrá averiguar si la llegada de la primavera logrará sumirnos en un mar en calma o nos dejará seguir vagando, solo un poco más, por las aguas tormentosas repletas de olas que suben y bajan, infinitamente, creando su propio círculo, ese del que somos presas. Es cierto que unas veces estamos arriba y otras abajo, pero así es como nos gusta, porque estando arriba saboreamos el cielo más que nunca, y cuando nos sentimos descender, percibimos ya el tirón de la próxima ola que, tarde o temprano, como todo, acaba llegando. Porque nos alimentamos de la cinética, y cuando caminamos sobre las olas es cuando más libremente flotamos sobre todas las cosas.   


10 de marzo de 2016

Cuarto de siglo

Dos días después de haber superado el cuarto de siglo uno se da cuenta de unas cuantas cosas… Mentira, todo sigue igual, pues un día en el calendario, un movimiento de la varilla del reloj, o un suspiro contado, pocas veces cambian algo. Pero cuando uno lleva respirando veinticinco años ha aprendido ya unas cuantas cosas –obviamente los que lleven mucho más pisando estas tierras seguramente dirán que no tenemos –los de nuestra generación – ni idea de la vida; aunque puede que otros se hayan dado cuenta de que algo vamos sabiendo ya.

Me han preguntado muchas veces cómo me siento, si la vida me pesa más, si me siento “viejo” y ese tipo de cosas que suelen decírsele al que cruza el umbral. Y lo que he respondido, porque es la verdad, es que me siento más joven que nunca. Porque creo que la juventud no la marca la edad, sino la salud del espíritu, las ganas de vivir, y es por ello que muchos viven hermosas juventudes pasados incluso los cincuenta años. Pues sí, nací un viernes 8 de marzo a las siete de la tarde, ya de cara al fin de semana, al jaleo, lo cual tuvo que significar algo. Y qué mejor día para nacer, quizá tenga algo que ver con que mi apoyo a las mujeres, trabajadoras o no, haya sido siempre infinito, y más teniendo los buenos referentes que he tenido siempre en mi casa, en mi familia, y entre mis amistades. Todas ellas luchadoras y grandes mujeres, ¿cómo no tomar ejemplo de ello?

Tal vez mis ansias de vivir vengan de una lección que aprendemos todos con el paso de los años, y que cuanto más avanzamos en esto que llamamos vida mejor y más intensamente apreciamos. Algo que nuestras madres nos han dicho miles de veces, y nosotros, como inocentes infantes, estábamos lejos de comprender. Algo que pasados los veinte comienza a hacerse más entendible: el fugaz paso del tiempo. Creo que cuando uno es realmente consciente de cómo vuela ese maldito, aprende a valorarlo más todo, sobre todo las pequeñas cosas, los detalles hermosos de la vida. Sobre todo a apreciar lo que tiene delante, a dejar de soñar –nunca en el buen sentido– y a tener los pies en la tierra, esto es, a saborear de verdad lo que está viviendo en cada ínfimo momento, ya sea un paseo, una conversación con un ser querido –o una animada charla con alguien a quien se está conociendo–, disfrutar de un café, de una cerveza, de una bella sonrisa, de una brillante mirada, de una puesta de sol, una escapada de fin de semana, una noche de juerga intensa o unos revolcones bajo las sábanas. Todo cuenta y nada vuelve, y uno aprende a disfrutarlo, sin desear estar en otro lugar o con otra persona, porque todo llega y como decía, nada regresa. Si el reloj corriera hacia atrás de vez en cuando otro gallo cantaría, pero sabemos que eso nunca sucede.

También he aprendido, más o menos en este sentido, a no temer al futuro, a lo que puede llegar, porque las persona tenemos la increíble y maldita capacidad de hacer un mundo de una chorrada, temiendo la llegada de un mísero momento durante demasiado tiempo, cuando en realidad, en el instante en que se presenta, como todo, pasa volando, así que he aprendido a disfrutar más y temer menos, lo cual me ha empujado a lugares a los que nunca esperé llegar y me ha permitido vivir experiencias increíbles.

Todo lo que he leído, y lo que he visto, me ha enseñado que todo podría ser de otro modo, y cada vez que lo pienso no puedo sentirme más que afortunado, porque teniendo una vida de lo más corriente, es en cierta manera extraordinaria, tal vez por las facilidades, por la falta de graves penurias, o por la gente que la completa y le da sentido; muchos deberíamos dar gracias por ello.

Como aficionado –obsesionado a veces– que soy a la escritura, he aprendido que la mayor parte de la literatura se hace lejos del portátil, de la máquina de escribir o del boli, porque la que me interesa no puede ser concebida encerrado entre cuatro paredes, ahí poco hay que absorber; porque cada vez me interesa menos la pura ficción. Porque la literatura de verdad se hace ahí fuera, bajo el sol y la luna, en la vida real. Y a propósito de esto, dejar claro que por grises que puedan ser mis textos veo la vida más brillante cada día; que le dé unas cuantas pinceladas con mis pequeños toques de ficción después es otra cosa, porque a veces prefiero escribir sobre lo malo, sobre desgracias y desgarradores sentimientos, sobre pérdidas, para sentirlas menos en mi corazón, para de algún modo purificarme sobre el papel. ¿Si no me sirve la escritura para eso, para qué la quiero? Y espero que si alguien alguna vez se asoma a alguna de esas páginas mías tan negras, al levantar la vista y mirar al frente, a la vida, se sienta aliviado, se sienta más alegre al realizar una comparación entre su propia existencia y la que está narrada en el papel. A mí me gusta hacerlo, porque al ver lo malo, al experimentarlo, después lo bueno sabe mucho mejor, cualquier cosa, por diminuta que sea, está comprobado. Puede que la literatura no pueda salvarnos, pero sí sanarnos en gran parte.

Me da igual cuán corta o larga sea la vida, ya voy viendo que es efímera en extremo; solo me importa vivirla de verdad y sentir cosas realmente intensas, porque esos recuerdos pesan más que los años, más que el paso del tiempo, que ya es decir. He aprendido por ello también a dejar a un lado los malos tragos, los malos rollos, y es por ello que pocas cosas logran enfadarme de verdad, porque prefiero no darles importancia, pues así solo conseguimos amargar unos días que se nos restan, y prefiero pasarlos sonriendo, preocupándome por las bendiciones, a estar maldiciendo por cuatro chorradas que al final no son más que nimiedades. Cuando he visto a alguien decir muchas veces “me la suda”, y demostrar que así es, lo he visto llegar más lejos que nunca; por algo será. Deberíamos practicarlo más a menudo.

Y por último quiero recalcar solo un par de cosas más que en los últimos meses se me han hecho más patentes, pues las he podido observar más de cerca en algunas personas, y me gustaría compartirlo. Primero, que uno se sirva del amor, sea cual sea su índole, y que lo aproveche para engrandecerse, nunca para abatirse. El amor de pareja, el amor de la familia, o el que nos regalan los amigos. Todos, todos, tenemos de un tipo u otro, y no hay que hacer hincapié en las carencias, sino en las posesiones. Valgámonos de él para seguir adelante, porque puede salvar vidas. Apoyémonos en él, porque nos hará ver todo de otra manera. Y la segunda cosa va en referencia a los pilares que uno mismo se erige para seguir adelante. Creo que nadie, nunca, debería aferrarse tantísimo a una persona como para que signifique todo su apoyo y su razón de ser, porque por desgracia las personas pueden fallar, ya sea por ellas mismas o por contrariedades de la vida; pueden irse. Nunca sufrir demasiado por los fracasos personales o amorosos, sino adquirir cada una de las experiencias distintas que cada persona nos da por separado, eso es lo bonito de la gente, lo que cada uno te hace vivir, y administrar esos recuerdos, esas vivencias, es lo que mejor que uno puede hacer, en lugar de detenerse en los errores o en las pérdidas. Todos aportan algo valioso, solo hay que saber verlo, aceptarlo y atesorarlo.

Y tener siempre algo a lo que aferrarse, algo que nos dé energía vital que no sea una persona, sino algo mayor que un solo individuo. Algo que falle quien falle, siga estando ahí como una de nuestras razones de ser. Unos lo tendrán en sus aficiones, en sus sueños y metas, en sus trabajos, en el arte… Hay mil posibilidades, pero si tenemos un solo motivo, las personas de nuestro alrededor lo agrandarán sin convertirse en el centro de nuestro universo, lo que creo que en ocasiones puede ser un error. 

3 de marzo de 2016

Fuego y ruido


Veo a miles de personas recorriendo las calles; solo un motivo las empuja, uno que engloba cientos de emociones, uno simple y a la vez complejo. Si las miro directamente, a cada una de ellas, puedo sentir una pizca de aquello que las mueve e incendia por dentro. Intento buscarte entre la muchedumbre, pero hay tantas caras moviéndose al unísono que me resulta complicado, imposible. Puedo sentir los corazones de todos latiendo al mismo tiempo, lo que me abruma y me eleva, empujándome a mí también, hacia el fuego y el ruido, hacia el caos que representa el todo. Todos esperarán a que las luces de colores abrasen el cielo nocturno un día tras otro, a que creen decenas de posibilidades, como ya hicieron en días pasados.

Si uno se da un breve paseo por las calles bañadas por el sol podrá respirar el anhelo de los habitantes, algo casi palpable, que como todo, alberga más significado del que pueda parecer. Todos aguardarán el momento; su momento. No cabe duda de que saldrán a buscarlo, como yo mismo, y que cuando caiga la luna y cese el ruido, uno mayor comenzará, taladrándonos a todos. Será un pulso, un magnetismo que nos atrapará. La pregunta es si lo lograremos, si esta vez grabaremos a fuego un recuerdo que se pasee a lo largo de los meses y logre llegar a la próxima meta. Si no serán pesadillas, sino agradables nostalgias las que consigan verse realizadas.

Escucho campanas antes de que despunte el alba, siento las vibraciones del metro bajo el asfalto, cuando voy camino a casa, sintiéndome pesado, cansado, y más vivo que nunca. Y antes de que el sueño me repare, vuelve la imagen a mi cabeza, se eleva el recuerdo. Escucho bombas en las alturas y me siento empapado en sudor, porque nada podrá frenarnos, ni la sonrisa más hermosa ni la espina más dolorosa; nada podrá detenernos antes de que nos adentremos una vez más en la jungla. Ha pasado la calma que precedía a la tempestad, y aquí llega de nuevo. Pasan los años, no hemos conseguido grandes cosas, pero sí pequeños logros que forman enormes conglomerados; a la manera de los auténticos, somos vencedores, como siempre lo habíamos sido. Puede que hayamos esperado demasiado, puede que no creamos ya en los milagros, pero creemos en la vida, y ha llegado el momento de que nos liberemos de nuevo, de que rujamos y escuchemos los aullidos y acudamos a ellos, de que nos dejemos llevar por los colores que se nos impregnan en las retinas.

Hemos aprendido que solo existe una vida, que solo vivimos un nosotros conscientemente, y únicamente queremos ver arder el cielo que nos encierra bajo su cúpula. Ya lo vimos crujir una vez, y luego comenzamos a ascender hacia él para terminar el trabajo, atravesando un longevo limbo, sintiendo que vivíamos decenas de sueños paralelos como si fueran nuestra propia vida, y ahora se acerca el momento, la última cumbre.

Sí, algún día lo conseguiremos, y éste está más cerca que nunca. La escalera no es infinita, como parecía al principio, solo cabe mirar hacia atrás para sentir el vértigo producido por la increíble altura. Terminará la ascensión y podremos prenderlo todo, sintiendo el ruido destrozando nuestros oídos, y seremos bañados por el fuego que lo albergará todo. Cuando lo hayamos conseguido, volveremos a respirar hondamente, como hacíamos hace mucho tiempo, cuando la simplicidad de nuestra mente nos permitía ser totalmente libres; y volveremos a serlo. 

Fotografía: Maranda Fotografía

24 de febrero de 2016

Reseña de 'Tokio Blues (Norwegian Wood)' de Haruki Murakami


Esta ha sido una obra muy comentada, y aun así parece que no le pesa el tiempo. La novela, publicada en 1987, catapultó a su autor, el reconocido Haruki Murakami, a una fama que a día de hoy no ha abandonado, sino que ha ido creciendo y manteniendo su status. Es quizá su obra más conocida, más famosa, y si no la mejor, una de las mejores sin duda.

Muchos sabrán ya cuál es el personal estilo que caracteriza a Murakami, pues tal y como ya comentamos en la reseña de su título más reciente, ‘Hombres sin Mujeres’, su prosa goza de una belleza y sensibilidad, a la par que simpleza y profundidad, por dispares que parezcan ambos términos, que le ha valido un reconocimiento muy notable entre la crítica literaria y entre un público muy amplio, lo que le convierte a la vez en un autor comercial y auténtico, algo nada fácil de alcanzar. Es el ejemplo de que grandes ventas y buena literatura pueden ir unidas de la mano. Constantemente se alaba su estilo, su prosa, así como sus historias y su gracia para narrarlas, y ha sido considerado para el Premio Nobel de Literatura en 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015, y aunque por el momento no haya logrado alzarse con el premio, son datos impresionantes.

Tokio Blues es una historia de crecimiento, de aprendizaje, de nostálgica pérdida, de amor, y del descubrimiento de la sexualidad y de las implicaciones que tiene en la vida. Y éstos últimos términos se verán fuertemente marcados a lo largo de toda la historia, un gran flashback que el protagonista, Toru Watanabe, recuerda años después al escuchar en un aeropuerto la canción de los Beatles “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, que sirve de subtítulo a la novela. Hay una frase que da un gran sentido a la trama, y es la imposibilidad de separar vida y muerte, o al menos de tenerlos como conceptos opuestos, totalmente separados, pues tal y como se dice en las líneas de Tokio Blues, ambas van unidas, no existe una sin la otra, y sin la muerte, la vida carece de sentido. Es algo inesquivable, imposible de considerar por separado, y es por ello que los protagonistas, por duro que suene, viven sus vidas constantemente rodeados por el sentimiento de la muerte, teniéndola bien presente. En el caso de esta historia, se materializará a través del suicido que cometerán personajes muy cercanos a los protagonistas, y cuyas consecuencias arraigarán profundamente en las emociones de los mismos y los marcarán de por vida.

La narración es sencilla, poética, y sin ser prosa poética, logra hacernos ver la poesía sutil y hermosa que esconde Murakami detrás de cada línea, de cada frase y de cada palabra. Encadena las letras de forma potente y lapidaria, de forma que penetran en el lector y echan raíces en su alma sin que llegue a darse cuenta; hasta que es demasiado tarde, y uno ya siente la historia como los propios protagonistas.

El sexo, descrito de forma realista y hermosa, pero sin entrar en detalles demasiado explícitos, huyendo siempre de la visceralidad, de lo crudo y lo soez, será la metáfora que emplearán los protagonistas para experimentar su crecimiento personal y vital, será el acto físico que les ayudará a consolarse mutuamente, a barrer la tristeza que los posee, o a hacer más llevadera una existencia gris marcada por la muerte, empleando el amor y su representación física como un propulsor, como un catalizador para elevarse y para trascender las barreras de la mortalidad.

Es todo melancolía y nostalgia, pero no por ello no tienen cabeza la sutileza y la belleza de la inocencia. El protagonista experimentará este crecimiento cimentándolo principalmente en dos personajes, las dos mujeres sobre las que girarán su vida y sus dudas existenciales; Naoko y Midori, opuestas y complementarias. Una le aportara la delicadeza y la nostalgia ya nombradas, la profundidad, la compañía frente al abatimiento producido por la pérdida –una que ambos comparten durante años–, y la otra le mostrará la fuerza de la energía, la alegría y las ansias de vivir, el alocamiento propio de la adolescencia y la diversión pura que solo se entiende desde la simpleza, desde la inocencia, una que carece todavía del dolor que aportan las experiencias de la vida venidas con la edad.

La novela no deja a nadie indiferente, pues se hace llevadera, logra una gran inmersión por parte del lector y golpea fuerte y con suavidad, algo que solo se entiende al leerla, y cada lector podrá ver reflejadas en las líneas partes de sí mismo, pues aun sin haber similitudes con los trágicos sucesos que nos son narrados, todos hallarán las claves de la vida que, en menor o mayor medida, a todos nos son mostradas con el tiempo; posee unos retazos de realidad que serán ineludibles, y es por ello que la obra no pasa de moda; es más, cada día encuentro a más gente que la ha leído recientemente, que habla de ella, o que actualmente la tiene sobre la mesita de noche, esperando a retomar la lectura. 

17 de febrero de 2016

Hablemos de lo que quieras, pero hablemos


Encontré una carta arrugada, muy maltratada, y leerla fue como asomarme a un mar tormentoso desde un acantilado en una noche sin luna, sin saber dónde había amarrado la barca que me llevó a ese lugar perdido.

No podía recordar si la había escrito yo o era una ventana a la vida de otro, y en caso de haber salido de mi pluma, no recordaba ni el dónde ni el cuándo, o si era una vieja materialización de un sueño olvidado, pero al leer esas líneas todo se me volvía difuso y confuso, el mundo se ponía del revés y nada tenía sentido. Tal vez fuera por reconocer en cada palabra una minúscula parte de un yo que había sido aniquilado hacía mucho, tanto por el tiempo como por las propias acciones.

“Desearía abrazarte, besarte, estrujarte contra mi cuerpo para que me dieras calor, para que hiciéramos arder el frío que nos rodea, pero sé que es difícil, quizá imposible. Creo que ahora pertenecemos ya a mundos distintos, por mi culpa, mis prisas y mi pronta bravura. Nos hemos evadido, nos hemos perdido del mundo, enajenados, valientes, bellos en nuestros actos inocentes. Nos dejamos llevar hace tiempo, y acabamos escondidos el uno del otro, destinos distintos, alejados por el viento aun queriendo vestirnos cada uno con la piel del otro, para abrigarnos, para animarnos a ser más de lo que fuimos. Podríamos controlar el tiempo, para cambiarlo todo, a nosotros mismos, que somos los que erramos, no nuestros corazones, que siempre fueron sinceros, que siempre fueron el final veredicto.”

Tales líneas me taladraban la cabeza como bombas nucleares desatando su energía en mi mente. Suerte que el resto del texto era casi ilegible, y no traté de hacerlo, porque no quería perecer en el intento de comprender algo que quizá todavía no –nunca– había ocurrido.

Las emociones surgidas de la lectura me remitieron automáticamente a unas líneas de Hesse “¿Son todo lo que me queda este sueño y esta nostalgia, son el eco del antiguo amor o el presentimiento de otro amor cercano, aún posible?”. Ya ni siquiera sabía si había posibles, si tal palabra tenía todavía cierto significado cuando se imprimía en mi escabroso camino.

Constantemente me hablan todos de futuros, de caminos, de errores y pasiones, de oportunidades y de un pasado que hiere como el primer día. Escucho y aconsejo desde mi infinita estupidez, pero mil preguntas asaltan mi mente, mil y una que son formuladas a estas personas para crear una reciprocidad que pueda conducirnos, a cada uno de nosotros, a un lugar mejor del que provenimos. Y todas esas preguntas que lanzo al aire no tratan de una sola persona, de un solo futuro, sino de todos ellos y ellas a la vez, simultáneamente, y se esparcen y son llevadas por el viento, solo esperando que alguna de ellas regrese con algo certero a lo que aferrarme.

No sé si alguien comprenderá una maldita palabra de estas líneas, o si divagarán acerca del contenido, imaginando otros significados, o si directamente darán en el clavo. ¿Cuál es el significado de la vida? Esta es una de mis cuestiones favoritas, porque por mucho que la pregunte –y me la pregunten– no logro/logramos hallar una respuesta certera, y quizá ahí radique la mayor de las gracias divinas y naturales.

La indecisión nos corroe a muchos de nosotros, aunque por suerte no siempre, y no sé si lo correcto será arriesgar siempre, pero me pregunto, ¿Cuántas espinas más pueden ser clavadas en nuestros jóvenes y ya cansados cuerpos? Dudo que haya un espacio infinito para tantas, por lo que ya tenemos una respuesta, que no tiene porque traer siempre la mejor de las consecuencias.

Podemos hablar de amor, de lujuria, de sexo, de escritura, de líneas borradas por el tiempo, de las encrucijadas de Hesse y de los caminos que se nos abren y se nos cierran, podemos hablar de lo que quieras, mientras la música acompañe y el ambiente sea cálido y amable, pero cuando llegue el frío, el verdadero frío, no nos quedará otra que salir a la calle y buscarnos la vida, aquí o en cualquier lugar. Creo que al final lo más importante es no perderse –involuntariamente– y en el caso de hacerlo, saber regresar a tiempo. Y también que no se nos escape ese corredor tan veloz que nos empuja a todos hacia el final, porque es amargo no darse cuenta de las cosas cuando están sucediendo, potentes y emocionantes a cada momento, y saber que cada vez que exhalas un suspiro puede que haya otra persona dispuesta y preparada para acogerlo y convertirlo en un grito, en un llanto de alegría, en una promesa irrompible.

Aunque haga un frío de cojones y próximamente llegue un calor abrasante junto a vientos primaverales que pretendan hacernos volar y estremecer, veremos erigirse enormes y luminosas tormentas que podrán poner todo patas arriba, y quizá sea lo mejor, tal vez sea lo que desearían muchos a los que conozco, pero es complicado prever la zona exacta del impacto de un rayo, por mucho que deseemos iluminar cierto camino obstruido por obstáculos, por muros de espinas tan duras como el acero, en apariencia irrompibles.

Llegará un día en que yo, y todos nosotros, nos cansaremos de esperar imposibles y de perseguirlos, porque los trenes de alta velocidad pasan tan rápido que solo disponemos de un único y vertiginoso salto para dar el acierto de nuestras vidas. Sí, llegará un día en que nos detendremos a explorar cada minúsculo detalle de las oportunidades diarias, y quizá y por suerte ya lo estemos haciendo, pero aun así, por el momento, seguimos esperando una vibración sobre la mesita de noche en pleno sueño, una alerta que nos saque de un timbrazo de un camino y nos arroje a otro. Seguimos esperando esa señal, esa voz, esa frase que lo cambie todo, esa conversación, ese paseo y ese primer polvo sideral.

Hace poco hablábamos de modas jodidas; el ser estúpido también es una de ellas, así que aprovecha y si sientes curiosidad da el timbrazo de una vez, avisa, despierta, llama y sacude, atrévete. Esa frase de “házmelo saber y acudiré” puede albergar muchos significados; que cada uno busque el suyo, que se lo tatué y que lo lleve al cielo. Házmelo saber mientras todavía respire, mientras todavía existan el tiempo y las posibilidades. Y hablemos y hagamos el amor, con el cuerpo o las palabras, pero hablemos. 

3 de febrero de 2016

Una moda jodida


Es extraño esto de las modas, da igual lo que duren, a qué vertiente hagan referencia, o sobre qué se posen, pero el caso es muchas veces, esperándolas o no, nos sorprenden. Hace nada leo en un artículo que a una película que, quizá no sea una obra maestra, pero que se acerca a la obra de arte, se la mete en la categoría de cine viagra, un simple insulto vacío y carente de significado y pruebas que sostengan el argumento –pruebas reales claro, inventadas puede haber hasta la saciedad–. Pero bueno, de esto ya me he quejado en otro lado –que se hará público la próxima semana–; a veces es difícil contenerse.

A todo esto se suma ahora una extraña moda; la de estar jodido. Sí, estar jodido, ya sea por el trabajo, o por no encontrarlo, por perseguir a la tía/tío equivocado/a, o por encontrar de repente un hueco interior que no es otra cosa que un vacío existencial; esto en personas que nunca han tenido uno, ya fuera por madurez, por edad, o por no pararse a pensar nunca en algo que distara más allá de su campo de visión (o a dos palmos de sus narices). Es curioso y gracioso. Bienvenidos al mundo, bienvenidos a la vida.

Puede que todos nosotros seamos otra generación perdida, ahora posmoderna y en un mundo superpoblado, de gente, competitividad, oferta y demanda. Y no es cuestión de refunfuñar, de buscar respuestas en el fondo de la botella (ahí no hay nada, salvo el culo de la botella, el culo del mundo), ni de realizar montajes hollywoodienses en una mente que ve todo a través de un prima paranoico, uno que le hace ver que todo ser viviente está en su contra y por ende que respira por él/ella. Aquí cada uno respira por y para sí mismo, que no es poco.

Quien se dé de bruces por primera vez con esa negrura interior solo encuentra algo que otros muchos ya hemos paladeado y superado, y cuando vienen más se vuelven a superar, son los baches de la existencia, simple y llanamente. A quienes no, a esos afortunados, enhorabuena, solo espero que esas reflexiones no lleguen al final y acaben como los protagonistas de La Juventud.

La paciencia, e incluso el pasotismo, el tomarse la vida con más calma y relajación, pueden ser armas muy poderosas. Hay quien revienta a la mínima, hay quien lo hace cuando una mísera gota colma un vaso enorme de mierda y salpica a todo dios. Yo creo que cuanto menos lata el corazón por gilipolleces, más viviremos, porque las hayamos padecido o no (espero que no, nadie), solo con pensar en desgracias ajenas, problemas de verdad, uno se da cuenta de que los mayores problemas de las vidas cotidianas de la gran mayoría son simplemente eso, estupideces.

Porque al final pesa mucho más una sonrisa que una lágrima (a no ser que sea de felicidad; entonces su valor y peso son infinitos), y es mucho más hermosa y trascendente, y simple y perfecta. Dediquémonos a sonreír más y a poner menos caras de mala hostia, y sobre todo, aquellos días en que no logramos encontrarle el sentido a la vida, tan solo compartamos tal sentimiento con la persona que esté a nuestro lado, porque si tampoco lo hace ya seremos dos, y así el veneno se diluye más fácilmente, pero más que por eso, porque quizá pueda darnos esa palmadita en la espalda, pueda dedicarnos esa sonrisa que nos empujará en la dirección correcta, en la de la respuesta, y tal vez mañana sea uno mismo quien ayude a un igual a hacer lo mismo.

En fin, que menos modas negras, absurdas e insultantes, y más fijarse en la belleza que existe en la cotidianidad –sí, hay más en lo espontaneo, lo extraordinario e incluso en lo caótico, pero también en el día a día–, que aunque esté algo escondida, si uno sabe mirar, la ve con claridad.