11 de mayo de 2016

Desde el cubil #3. Las malditas obras y una convivencia insufrible


¿Quién no ha tenido que convivir alguna vez con unas obras cercanas? Quizá solo unos pocos afortunados se salven; y cuando digo cercanas me refiero en el piso contiguo, pared con pared. Cuando este fenómeno alcanza su máximo la convivencia puede fácilmente volverse insoportable.

Aconteció que hará un mes aproximadamente, en el piso contiguo al mío y de mis compañeros, comenzaron una infame y eterna reforma total que a día de hoy sigue adelante. El resultado es que ahora mismo habito en otra habitación, en otro cubil, sí; desgraciados. Día tras día he tenido que escuchar cómo martilleaban, derribaban, serraban, cortaban y pulían todo lo que podía verse afectado por la mano de los obreros. El ruido era tal que, cuando daban martillazos al otro lado de mi pared, ya podía estar escribiendo y escuchando música a todo trapo con los auriculares que tan solo llegaba a distinguir los graves de las canciones; eso como mucho, y es que el volumen estaba ya al máximo. 

Si ya se lo dije a mi compañero en los primeros días de las obras: como sigan picando tan fuerte van a traspasar la pared. Supongo que pensó que exageraba. Pues el día de la escritura y la música al máximo me encontré de repente con que, tras escuchar que algo caía, me giré y vi que sobre la cama, justo encima de donde estaba la almohada, un buen agujero había aparecido de la nada provocado por un taladro. Sí, al fin habían traspasado la barrera; literalmente. De inmediato mi compañero y yo fuimos a la cocina y nos asomamos a la ventana (que da al patio de luces, hueco que aumenta por cien cada maldito ruido provocado por las obras y lo expande por todo el edificio), porque desde allí podíamos conversar tranquilamente con los obreros acerca del percance. Se disculparon, alegando que las paredes son finas en extremo, y tras pedírselo no una, sino dos veces, aseguraron que en unas horas se pasarían por nuestra morada para tapar el agujero.

Cuando a media mañana del día siguiente la nueva ventana improvisada en mi cubil seguía allí, mi compañero llamó al casero, y al llegar este y cagarse en la puta un par de veces decidió llamar a la policía. Las fuerzas del orden llegaron; uno se quedó en nuestro piso y el otro fue al que estaban reformando. Obviamente pidió papeles y explicaciones. ¿Resultado? No tenían licencia de obra. Claro que sí, con dos cojones, picando tan fuerte como podían y provocando un escándalo que se podía escuchar desde la calle –el piso es un quinto– y sin permiso. Aplauso, por favor.

Pero bueno, ¿y qué? ¿Pagan la denuncia y se acabó hasta que tengan la licencia? Nada más lejos. Vivimos en un país en el que la gente hace lo que le sale de los cojones, por lo que al día siguiente –tras abonar la receta y tapar el agujero bajo la mirada de los agentes– siguieron picando como si no hubiera un mañana, y a día de hoy continúa la cosa. 

Es que mi compañero es buena gente, porque si hubiera dependido de mí exclusivamente, hubiera estado llamando a la policía a diario hasta que se hubieran sacado la jodida licencia –deteniendo las obras hasta dicho momento, por supuesto– o hasta que el cabronazo del dueño del piso se hubiera arruinado con el sinfín de denuncias que le habrían llovido. 

Quién lo haya padecido me entenderá. Olvídate de levantarte tarde si un día no tienes que madrugar, porque entre las ocho y las ocho y media de la mañana empieza el espectáculo; y lo mismo a la hora de la siesta, si es que pretendes hacerla, porque entre las tres y las cuatro comienzan a darle. Curioso que las tareas que mayor ruido provocan no las hagan por ejemplo a las once, o a las seis de la tarde; no. Las más estruendosas son siempre las primeras, qué casualidad. 

Pero bueno, desde que me mudé de habitación la convivencia se ha vuelto más o menos pacífica; el reino del silencio en comparación con las semanas anteriores, en que nada podías hacer cuando el trabajo estaba en su auge. Animo desde aquí a cualquiera que esté sufriendo lo mismo a resistir y a no tirarse por la ventana, por muchas ganas que le entren a uno. Paciencia. 

9 de mayo de 2016

Todavía huele a lluvia

















Huele a lluvia desde mi ventana, a asfalto mojado, a un pasado encontrado.

La boca todavía me sabe a ayer, después de dos tazas de café y unos cuantos cigarrillos, de la música que ha llegado a mis oídos, mientras el cielo se encapotaba y se pintaba de gris. 

Cuando miro en la distancia veo más allá de los edificios que cubren el paisaje; veo unos lienzos que no sé si son el futuro o el pasado que ha dado la vuelta, dándome alcance. Puedo ver los caminos que se abren, pero sobre todo los que no se han cerrado; esas gruesas puertas ajadas que aún huelen al día en que las barnizaron, pero ya carcomidas por demasiadas vueltas sin rumbo. 

Da miedo saber que cuando uno se va probablemente no vuelva jamás, aunque lo haga y lo estén esperando. Da miedo enfrentarse a ese posible retorno en que quizá ya no vean al mismo al mirar a unos ojos cansados que han visto demasiado. Puede que sea el irse para no volver, o puede que todos crezcamos sin desear ser otra persona, en otra ciudad, otro paisaje, y embutidos en otro traje que esconda las bonitas heridas que estropearon los anteriores. Pero creo que el mayor miedo es dejar algo pendiente, y cuando uno pretende alcanzar todo, aun dejándose migas de pan por tratar de abarcar demasiado, padece ese miedo a no cerrar decenas de historias, a no apurar decenas de noches locas y a no explorar esas luces que brillaban a lo lejos, que llamaban y confundían, pero tras las que se escondían unas cuantas perlas.

Todo porque uno no se quede con las dudas, la curiosidad, las ganas o porque no se vaya con el maldito "Y si" enganchado a la espalda, doliéndole a cada paso. Hay a quien le gusta dejar las cosas a medias, pero lo normal es que prefiera exprimir al máximo cada situación, aguardando ver hasta dónde podía llegar. Irse en paz, al fin y al cabo, sin cosas pendientes, sin cabos por atar, sin preguntas rondando la mente y atormentándole. Por desgracia no todo depende de uno mismo, porque demasiadas veces nos encontramos con que nos han cerrado la puerta en la cara; ya está, dudas fueras, situación exprimida a la fuerza, cortada de repente y camino concluido. Pero cuando no es así... Cuando no es así es cuando más peligro hay de cara al futuro. Es algo similar a que uno vaya al médico y el doctor le diga que le queda poco tiempo; le dirá: ponga sus asuntos en orden. Esto es, dejar todo preparado para cuando uno no esté. A veces puede hacerse; en otras situaciones es en extremo complicado, y más cuando el tiempo apremia, pero bueno, todo se irá viendo...

Todavía huele a lluvia, y la brisa sigue arrastrando motas de pasados dejados en una esquina y el futuro sigue siendo incierto; nada ha cambiado, nada ha mutado, no hasta que llegue el día de la partida, no hasta que se hayan intentado cerrar unas cuantas ventanas, al ver que las puertas quedaban ya demasiado lejanas. 

3 de mayo de 2016

Desde el cubil #2. El mundo editorial y sus malditas dificultades

Cualquiera que hoy pretenda ganarse la vida como “artista”, viviendo de sus obras, sean cuales sean las que expulse su cuerpo en forma de torrente artístico, sabrá lo complicado –casi utópico– que resulta. Hoy he sabido de un artista de Valencia que puede presumir de ganarse la vida con sus lienzos, es decir, que no solo practica su arte en los ratos libres mientras dedica el resto de la jornada a echar horas en un almacén, una tienda, un bar, un supermercado o lo que sea, sino que representa su sustento. Esto, hoy en día, es todo un logro y un motivo de alago.

Existen toda una serie de complicaciones que llevan directamente a la ansiedad, a la desesperación y, en casos extremos, a la renuncia. Para evitar esto quizá lo más sano sea que cada uno realice su arte por necesidad, para sí mismo y aquellos que le rodean, sin esperar nada a cambio –mucho menos una cuantiosa compensación económica por sus grandes esfuerzos que le permita vivir de ello; que lo haga, como siempre se ha dicho, por amor al arte. 

Para el que pretenda ser escritor, o sea, que además de darle al teclado pueda ganarse el pan con ello –un escritor profesional, podríamos decir–, la cosa está igual de jodida. Editoriales, concursos, autopublicación o coedición, revistas, etc. Por dónde empezar…; uno encontrará mierda en todas partes. 

Con las editoriales muchos recomendarán que, por difícil que pueda parecer, cuando uno esté en posesión de un manuscrito terminado y listo para ser lanzado al mercado –según su criterio claro– debería apuntar directamente a las más grandes. Lo normal será que tras el envío no reciba respuesta alguna o, en todo caso, una en forma de negativa: que ahora mismo dicha propuesta no encaja en su línea editorial (esto podrá suceder aunque el escritor se informe de por dónde van los tiros en dicha línea y su propuesta sí se ajuste, es una de las excusas estándar y más cómodas), que han revisado minuciosamente la propuesta pero actualmente no están interesados –por revisar minuciosamente que uno no entienda que se han leído el manuscrito al completo (o si pedían los primeros capítulos, éstos), no; yo con esto entiendo que han leído el correo electrónico y el título de la obra y han desestimado la oferta (como muchísimo me atrevería a decir que quizá habrán ojeado las dos o tres primeras páginas)– o negativas similares. Que nadie se alarme, existirán editoriales que sí cumplan con lo que “prometen” en sus páginas web, en los apartados en los que incitan a los autores a enviarles sus obras y probar suerte. Habrá algunas que lo harán y por problemas reales se verán en la obligación de rechazar las obras; no pasa nada, es comprensible, el mundo es así. Y por supuesto, las negativas podrán venir tanto de las más grandes como de las más pequeñas e independientes.

La realidad es que uno no puede culpar, enteramente al menos, a las editoriales, porque cabe recordar que aunque traten con productos artísticos al fin y al cabo no son más que negocios que buscan una rentabilidad. Tratarán de vender por el nombre del autor o por el contenido comercial de su obra. Y este es otro punto: muchas no aceptarán manuscritos no solicitados, porque no se arriesgarán con un novel cuyo nombre no venderá una miseria. Si se logra pasar el umbral del nombre y apellido vendrá la otra evidencia; que antes se publicará una basura literaria por centrarse en un tema popular o de moda y que será del agrado del gran público, que una obra de mayor calidad pero de dudoso éxito comercial  –cuántas obras maestras hay por ahí hoy en día que deben agradecer el poder existir al atrevimiento de algún editor que decidió arriesgar, porque muchas son densas, pesadas, extensísimas, y de autores que en el momento de la publicación no eran nadie; y hoy en día son eso, obras maestras de calidad intachable, que no comerciales. Sin ir más lejos, que alguien me diga si La Broma Infinita, de David Foster Wallace, por poner un ejemplo más o menos reciente, es comercial. Es un libro que se le atragantará al noventa por ciento de los lectores, pero no por ello deja de ser una obra maestra–. Sí, es una putada, pero también una realidad; las editoriales al igual que los autores tienen que ganarse la vida y buscan vender, lo que dificulta la tarea a todo aquel escritor que no se dedique en exclusiva a escribir clones de otros éxitos comerciales. 

Cuando no pretendan arriesgarse al máximo probablemente propondrán una coedición. A mí personalmente me ofrecieron pagar poco más de mil euros por la primera tirada de ejemplares. Cualquiera que haya publicado es probable que desaconseje esta opción, porque rara vez se logrará ganar como para siquiera recuperar la inversión. Decidí rechazar la oferta por dos motivos: porque me pareció un precio excesivo y por principios; cualquiera que acepte está en su derecho y es igualmente respetable. Con la autopublicación más o menos lo mismo; uno se costeará todo y deberá encargarse de la distribución y promoción, y podrá dar gracias si logra vender la primera tirada y recupera la inversión; aunque podrá gozar de ver su obra en las estanterías de algunas librerías, aunque no logre con ello dejar su trabajo para poder seguir comiendo. 

Concursos; miles de candidatos, una competencia más que feroz y brutal, y en la mayoría de ellos se obliga a que la obra se presente en exclusiva, es decir, no vale solo con que sea inédita, sino que además se exige que no esté pendiente de fallo en otro concurso. Si tenemos en cuenta que el plazo de un certamen literario puede cerrarse en abril y que el fallo quizá sea en septiembre u octubre, esto obliga a poder presentarla solo a dos o tres concursos por año. Creo que si se pudiera presentar a cien anuales seguiría siendo complicadísimo tener oportunidades de ganar, así que imaginaos. Y claro, tener también en cuenta el posible tongo que pueda haber por tema de enchufes o favores, por mucho pseudónimo o plica que se emplee en el proceso o por mucho anonimato que rodee al jurado; en el corrupto mundo que habitamos, como para fiarse. 

Después quedan las revistas, los portales web y muchos etc. Algunos son una buena manera de publicar de forma pequeña y sin remuneración –al menos llegará a un público mínimo– pero muchos, no entiendo porqué, tendrán un apartado instando a que uno envíe sus propuestas, ya sean relatos o artículos, aludiendo a la brevedad de una certera respuesta, cuando después pueden tardar meses en hacerlo o, directamente, pasar por completo; cosas que no logro entender. Sin ir más lejos, unos meses atrás dediqué demasiadas horas a escribir un artículo para enviarlo a una revista de renombre como propuesta de colaboración. En la página web de la misma, como suele suceder, el apartado correspondiente instando a hacer lo que hice. El resultado fue que a los diez minutos de enviar el e-mail (mi artículo tenía alrededor de cinco páginas) me respondió la responsable para tales casos dándome las gracias y recalcando que actualmente no buscan nuevos colaboradores (obviamente, si lo tienen tan claro, no debió de abrir ni el archivo); un sinfín de respuestas hostiles se me pasaron por la cabeza, pero ¿para qué?. Mi pregunta, ¿por qué cojones no cambiarlo antes de que la gente pierda un tiempo que podría emplear en otra actividad? Falta de interés y profesionalidad, imagino. 

En el mundo editorial muchos aluden a unas cifras escandalosas. Se dice que se publican alrededor de 80.000 títulos al año solo en nuestro país, uno en el que al parecer cada día se lee menos. Joder, al final habrá casi más escritores que lectores; el mundo se ha vuelto del revés. Puede que las dificultades vengan de que uno tenga en su posesión una mierda de manuscrito y sea incapaz de verlo –o se niegue a hacerlo– y los editores sí se percaten al echarle un vistazo. Como algunos profesionales del sector aseguran, lo que sucede es que es “facilísimo” ponerse frente al portátil y comenzar a teclear cualquier incoherencia que se extienda hasta el infinito, por lo que muchos se creen escritores cuando ni por asomo lo son. 

Quizá lo que yo escribo sea también más mierda en un cajón a punto de reventar –el editorial–, pero al igual que hace todo pseudoescritor o cualquiera que crea serlo, seguiré insistiendo a través de múltiples canales, esperando a que algún día suene la campana. Y desde aquí animo a cualquiera que se crea escritor de verdad a seguir haciéndolo, porque todos sabemos los años que le costó a J.K. Rowling publicar el primer volumen de Harry Potter tras coleccionar cientos de rechazos, y actualmente es la escritora que más dinero ha ganado (escribiendo) de la historia. Cuántos editores se habrán echado las manos a la cabeza después del brutal éxito internacional; desde aquí mis irónicos saludos a esos tipejos. Si incluso Hemingway cosechó múltiples negativas, un Premio Nobel de Literatura, nada menos.  

El mundo es complicado, solo cabe resistir y persistir. Y el que no sepa si su manuscrito es una mierda o no, que pida opinión a sus allegados antes de colapsar el sistema. Le mentirán intentando acariciar su ego, pero si uno sabe mirar atentamente localizará la mentira en una mirada o en un tono de voz que trata de no herir. Si se tiene amigos sinceros de verdad, tanto mejor, porque cuando alguien te dice sinceramente "Esto no lo veo" o "Esto no me acaba", o directamente, "Esto es basura", y a dicho comentario le sigue una crítica constructiva aunque negativa, lo agradeces, porque sabes que es la pura verdad, una que te ahorrará muchas molestias y pérdidas de tiempo.  

26 de abril de 2016

Desde el cubil
























Puede que esta entrada no verse más que de quizás, de anécdotas cotidianas de una vida en parte ficticia, en parte realidad, de reflexiones y de retazos de autenticidad. Quién sabe qué parte será ficción y cuál no. Eso es, sí, pensamientos entremezclados con vivencias en un extraño batiburrillo. Pero, ¿qué es la vida sino eso mismo?

Puede que haya más de una nimiedad, más de una parida sin apenas significado; pero de vez en cuando habrá escondido un martillazo de razón que tratará de penetrar en la mente del lector. Aunque claro, no voy a soltar aquí extensísimas y profundas reflexiones de páginas y páginas, no. Eso, como un querido profesor de universidad me aconsejó al asomarse a este blog, y sabiendo que mi intención es seguir escribiendo novelas y algún día publicarlas: “Bien por ese blog, pero no destiles todo por él. Guárdate reflexiones para los libros”. Palabra de Dios, así que eso haré. Porque sí, existe al menos una novela (titulada Cruje el Cielo, de ahí el nombre de este sitio) repleta de reflexiones –y más cosillas– que parí hace unos meses y que ansía ser publicada –dicho sea de paso, si algún lector con contactos o algún editor echara un ojo a estas líneas, con mucho gusto le atendería en una prolongada conversación sobre el tema (guiño)–, así que lo más interesante me lo guardaré para proyectos más serios y de mayor envergadura. 

Pues eso, al lio. ¿Qué pasa con el postureo? Sí, sé que hace mucho tiempo que dicho término está de moda, pero últimamente parece estar consumiendo a más de uno a ritmo vertiginoso. Intoxica, consume y releva la auténtica meta de aquellos que son presas de su facilona maldad. Esto es, llevado al extremo, aquel que acaba aparentando en lugar de hacer. Ejemplos: un tío o tía que escribe, o dice hacerlo, y cuyo Instagram está petado de fotos en las que supuestamente se le ve escribiendo. Habrá más de uno que lo haga y que también le dé al teclado, bien por él, pero también habrá demasiados que perderán el tiempo con ese dichoso postureo en lugar de escribir realmente. Yo mismo tengo alguna foto así en mi cuenta de Instagram, la cual hace dos meses que no actualizo, y aquí estáis, leyéndome. El punto sería: menos fotitos y más escribir, cojones. Es muy sencillo salir una noche por el Cedro (Valencia) y ver a alguien sentado en alguna terraza o en el interior de un pub, con una jarra, un cubata o lo que sea delante, y sacándole diez mil fotos hasta que la composición y el mágico filtro dan un resultado óptimo. Es esta persona la primera que pondrá en la descripción algo como “Esta noche fiesta loca” o “Fiesta hasta el amanecer” o “Dándolo todo” o “Vamos a acabar borrachísimos y en casa ajena y llegaremos a casa pasado el mediodía sintiendo que hemos acumulado tantas epicidades que casi nos ha explotado la cabeza”. Sí, pero lo normal es que sean estas personas las que, tras sacar infinidad de fotos y haberlas subido, y tras haber tardado una hora en meterse una copa aguada y asquerosa, a las dos de la madrugada estarán en camita creyéndose los reyes de la noche. Menos fotos y más salir y disfrutar.

Que sí, todo está bien en la medida justa, y el que es auténtico no está de más que lo retrate en las redes sociales y lo comparta con sus amigos y seguidores, eso está muy bien, pero nunca hay que intentar aparentar por encima de todo, o peor todavía, tratar de aparentar lo que no se es. Cada uno que viva su vida como guste y solo de ese modo conseguirá ganarse amigos y seguidores fieles igual de auténticos que él; de lo contrario se venderá y solo la falsedad ocupará una cotidianidad que acabará por destruirse, al no estar a la altura de lo que él mismo se habrá propuesto alcanzar sin motivación real alguna. 

No me extenderé más de momento; si veo que esta entrada gusta un mínimo tal vez algún día la edite y le meta en el título un #1 y siga adelante con unas cuantas partes más. Porque nunca está de más que uno salga y viva lo que tenga que vivir, y después, cuando llegue la noche, cuando se sienta arropado por las estrellas y a salvo en su guarida, se dedique a reflexionar sobre lo acontecido y lo vuelque sobre el papel a través de la pluma, el portátil, la máquina de escribir o lo que sea. Todo directamente salido desde el cubil. 

24 de abril de 2016

Una chica en una avenida vacía























Nos cruzamos por primera vez una noche cualquiera, presos de las maravillas del azaroso destino. Unas cuantas cervezas, el frío de una noche inmensa y una avenida vacía tuvieron la culpa de que aquella velada fuera distinta a todas las demás. 

Recuerdo su olor, el especial brillo de sus ojos ante una excitante conversación que parecía no tener fin, prolongándose durante las horas en que las estrellas poblaron el cielo. Nos recuerdo buscando un lugar abierto que nos acogiera y nos permitiera comprar cigarrillos, hasta localizar una gasolinera abierta 24h; y el breve paseo hasta ella, las ganas de nicotina y de lo que comportaría. Un viaje rápido, en parte realidad, en parte metáfora. Ni un solo coche acercándose, la ciudad vacía, callada, conteniéndose al igual que nosotros. 

Nos recuerdo deteniéndonos en plena calle, sin riesgo a morir atropellados pero arriesgando mucho más al acercarnos uno al otro, furtivos, robándonos mutuamente un primer beso que por las circunstancias que lo envolvieron, fue único y muy difícil de olvidar. Su sabor, su tacto, las caricias de nuestros labios entrelazándose; en mi chaqueta una cajetilla de pitillos que había perdido por completo su razón de ser y había quedado totalmente olvidada. 

Un beso, un mordisco que dejó una cicatriz cuyo resplandor desaparecería al día siguiente pero cuya huella permanecería. Porque era suya, era ella; eran esos besos los que me apartaban del abismo cuando mi cabeza asomaba demasiado, eran esos labios mi Prozac contra todo mal. 

Recuerdo cómo quemamos el frío entre abrazos, sacudidas, frenesíes y jadeos. Recuerdo el tacto de su piel desnuda bajo las sabanas, cómo se me acercaba en sueños para obtener el calor de mi cuerpo, que bullía. Recuerdo cómo entraba la luz a través de la ventana entreabierta, revelando que sucedió realmente

Somos pasajeros, así estamos concebidos, pero eso no implica que no nos quitemos las penas con conversaciones, esas que son largas y tendidas, con cervezas, cigarrillos y miradas cómplices de por medio; esas que versan sobre cualquier tema y que por sí mismas se profundizan; esas que nos enganchan de un modo invisible. Ese coqueteo que realizan nuestras mentes antes de que el ansia sea insoportable. 

Todo son recuerdos, lejanos, recientes; qué más da, lo importante es que en ocasiones los recuerdos son también realidades y que no bastan un par de noches en vela para olvidarlas, que no sirve el agua para limpiar las marcas que dejan en la piel. Y lo más importante: que pueden darse cuando sea, que podemos encontrarnos en cualquier momento, ya sea de noche o de día; porque cualquier día puedo ver de nuevo ese abrigo marrón claro y pensar que, tal vez, esa noche no sea tan oscura como las anteriores. 

17 de abril de 2016

Reseña de Carrete Velado, de Irene G Punto


Hoy en día no es difícil encontrar, en la sección de poesía de cualquier librería, un buen número de libros con llamativas y variopintas ediciones, y es que hay una especie de auge en esta nueva forma de escribir. No son pocos los que se lanzan a crear este tipo de poesía moderna que, según parece, está conquistando a muchos lectores. Irene G Punto, actualmente profesora de Escritura Creativa en la licenciatura de Periodismo en la Universidad Nebrija, es una de ellas. 

Su última publicación, Carrete Velado, ofrece ya algo novedoso al lector antes de que éste se sumerja en sus páginas. La obra, que consta de dos partes, es en su primera mitad una combinación de poesía y fotografía, que es el subtítulo del libro en la portada. Para su elaboración la autora contactó con distintos fotógrafos y fotógrafas, cuyas páginas web y portfolios vienen al final del libro, para obtener así el material gráfico que acompañaría a sus versos. Fotografías de toda índole, así como los poemas, que en conjunto versan sobre el que es el tema central: el amor. En su segunda mitad la autora hace un llamamiento a los lectores para proponerles una participación, un feedback a sus letras, y es que las imágenes ya no tienen cabida, solo los poemas, por lo que el lector puede hacer una fotografía expresando qué le ha hecho sentir el poema y publicarlo en las redes sociales o mandarlo vía e–mail a la autora. Una idea novedosa y moderna que sin duda atraerá a más de uno. 

La gran variedad con que Irene G Punto dota al libro es uno de sus aciertos, así como la gracia natural que posee para hacer más de una rima, porque hay escritores mediocres que tratan de elaborar rimas para crear algo parecido a la poesía que día tras día va quedando atrás y el resultado es ridículo, desastroso; pero este no es el caso de Irene, pues ella emplea grácilmente la rima para mejorar la calidad de sus versos y aumentar la fuerza de aquello que transmite. La prosa poética también está presente, y quizá sean los poemas de este tipo, y los más extensos, los que más destacaría. Sin embargo otros, situados en ambas partes del libro, no son más que simples frases. 

Personalmente destacaría, entre algunos otros, Querida vida, mira y La Lavadora, cuya réplica es el poema El móvil de David Martínez –Rayden–.

En cuanto a la edición, un diseño llamativo, la horizontalidad que vemos en ocasiones en libros sobre fotografía, y la propuesta en sí misma, resultarán algo llamativo y de estilo pop, como el propio contenido, aunque dichos elementos elevan considerablemente el precio; teniendo en cuenta la corta extensión y los minutos que dura la totalidad de la lectura, es abusivo.  

Sin duda gustará a aquellos que suelan coquetear con este estilo de poesía en auge y con esta clase de autores, y dejará un sabor agridulce a los que aboguen por una literatura más clásica –auténtica literatura–, hablando tanto de novela como de poemarios. 





6 de abril de 2016

Una primavera que llega con fuerza


Un año más, la primavera parece haber comenzado con fuerza. Para comprobarlo uno no tiene más que salir a la calle y respirar el ambiente que reina en Valencia, y para cerciorarse aún más, debería charlar con sus allegados, indagar un poco en sus mentes y corazones para comprobar que estamos todos un tanto revueltos. Puede que sea normal, ya que tras atravesar un invierno no muy frío, como los pasados, pero tampoco no muy amigables en ciertos aspectos, las ansias de la llegada del verano, que comienzan en esta temporada, nos invaden furiosamente y hace que en ocasiones casi convulsionemos. 

Respiramos una primavera que impregna cada célula de nuestro ser al entrar en nuestro cuerpo, y nos vuelve ansiosos, caóticos, bipolares y, sobre todo, hace que hierva nuestra sangre. Vemos así que no solo nos golpean las alergias, sino algo más profundo que logra sacar a relucir nuestros instintos más primitivos. Nos sentimos más irascibles, constantemente con los nervios a flor de piel, y así se logra que los ambientes se carguen rápidamente y que nos golpeemos todos los unos a los otros –no físicamente claro– hasta no saber qué demonios estamos haciendo o diciendo. 

Cambios de opinión tan rápidos que asustan, broncas y cabreos surgidos de la nada, propuestas indecentes y noches relajadas de tapeo y cervecita que acaban complicándose demasiado, hasta el punto de que quizá uno acabe haciendo cosas que jamás haría, o despertándose en una cama ajena a la mañana siguiente, o liberándose de un modo tan gratificante que casi se siente tan liviano como para verse capaz de alzar el vuelo. 

Qué nos pasa, a las generaciones actuales, que creemos que obramos correctamente cuando estamos más cerca que nunca del agujero negro que acabará absorbiéndonos a todos. Es curioso, porque uno se siente único, y más cuando habla con la supuesta alma gemela que tiene a su lado, y ambos comparan sus historias, sus pasados, sus respectivas visiones del mundo, y coinciden en que los dos son dos cuerdos viviendo en un mundo de locos. Pero, digo yo, ¿no serán en realidad dos locos viviendo en un mundo de cuerdos? ¿Quién puede afirmar lo contrario, quién puede decir qué es locura y qué es cordura en este enrevesado y complicado mundo en que vivimos? Quizá el que se atreva a afirmar o a dar una respuesta por válida, una entre miles, sea el más valiente o loco de todos. 

Sí, no cabe duda de que la esperada primavera ha llegado con fuerza arrolladora. Tal vez sea por el panorama que tenemos de fondo, con un caos político que lleva de culo a más de uno, con un continente que parece más retrógrado por momentos, con atentados terroristas y guerras medievales que nos debilitan a todos, como a humanidad, lenta pero contundentemente; quizá sea por eso, o por las mil razones que pueda tener cada uno, pero lo que está claro es que en muchas ocasiones a uno se le va la pinza y se marca unas salidas dignas de ser recordadas. 

Y esto que solo es el principio, el prólogo podríamos decir, de unos meses que vendrán sin duda cargaditos de emoción, de caos y de más de un cambio drástico. Que se preparen todos, pues algo se huele en el ambiente, algo que se va cargando por momentos, y que tarde o temprano acabará explotando y salpicando a más de uno. Sí, preparémonos, porque la antesala del verano tiene pinta de traer consigo unas cuantas sorpresas; el misterio radica en si serán buenas, agradables, o no. Esperemos que lo sean, apliquémonos el chip de la positividad, porque de lo contrario estaremos perdidos y contribuiremos a cargar todavía más las cosas.