6 de enero de 2017

Reseña de 'El misterio de las cabras y las ovejas', de Joanna Cannon


La británica Joanna Cannon publicó, a principios del pasado año, su primera novela: 'El misterio de las cabras y las ovejas', una historia curiosa que entremezcla de forma acertada distintos elementos de la novela de intriga o de misterio. La obra fue, de forma generalizada, alabada por la crítica y el público.

La historia transcurre en La Avenida, la calle en la que viven todos los personajes a través de los cuales la autora va entretejiendo la trama. La novela arranca cuando, un día cualquiera y sin motivo aparente, la señora Creasy, una de las vecinas, desaparece. Cuando su marido despierta no entiende nada, y a partir de ahí la preocupación se va extendiendo a lo largo de la Avenida. La protagonista, una niña de diez años llamada Grace, y su mejor amiga Tilly, tomarán la decisión de averiguar por qué se marchó y, en caso de que siga con vida, pues hay dudas al respecto, tratar de encontrarla.

Para ello deciden, primero, buscar a Dios, ya que el pastor de la iglesia les habla de Él, de cómo distingue entre las cabras y las ovejas (las malas y buenas personas respectivamente), y también de que es el Señor quien se encarga de discernir entre las dos y de cuidar al rebaño, procurando que todas las ovejas descarraidas regresen a su sagrado redil. Es entonces cuando las niñas se preguntan dónde está Dios, a lo que él responde que en todas partes. Ellas no logran comprenderlo; no entienden cómo estando en todas partes, no pueden verlo, así que asumen que, si logran encontrar a Dios, la señora Creasy volverá a casa, pues en este caso ella es la oveja descarriada. 

Ya desde el principio podemos percatarnos de que la autora nos contará esta historia mediante dos narradores: uno interior, en primera persona, siendo la propia Grace quien nos revela sus planes, inquietudes, sospechas y nos narra sus acciones, y otro narrador omnisciente que nos contará lo que sucede fuera del círculo inmediato protagonizado por Grace, lo concerniente a sus padres y el resto de vecinos de la Avenida. A esto hay que sumar que, en contadas ocasiones, se introducen analepsis para llevarnos unos cuantos años atrás, pues desde el inicio se deja entrever que varios de los vecinos, compinchados, cometieron un crimen y se encubrieron unos a otros; mataron a una persona, aseguran, y temen que la señora Creasy, que nada sabía al respecto, descubriera alguna prueba en su propia casa y por ello huyera. Las analepsis nos llevarán a este pasado en que todos maquinaban su plan.

Esta es la dosis de intriga que se introduce de inmediato en la novela, y que obliga al lector a seguir leyendo para averiguar qué fue eso tan terrible que sucedio. Invenitablemente, por cómo está hurdida la trama, por los personajes y por cómo hablan de lo que hicieron y tratan de resolver el misterio cuya luz, quizá, les golpee a ellos mismos, me recordó a 'Mystic River', sin llegar a estar a la altura de la novela de Dennis Lehane. 

Toda la obra mantiene un buen ritmo y una tensión que empujan a seguir adelante, y solo tiene unos cuantos elementos que chirrien en este conglomerado de secretos. El primero es la voz de Grace, que aunque de forma brillante nos evoca la infancia, con una personalidad bien elaborada y unas inquietudes y sobretodo actos y pensamientos inocentes típicos de la edad, se antoja irreal el lenguaje que emplea la niña de diez años para contarnos su punto de vista, demasiado elaborado y culto para esas edades. El segundo, y más importante, es el final. Uno espera algo impactante, se resuelva de una manera u otra, pero cuando se percata de que el mayor de los secretos ya fue desvelado muchas páginas atrás, y fue un tanto supérfluo, se prepara para lo que se encontrará: una conclusión en extremo desinchada, sin ningún tipo de sorpresa (durante un momento parece que sí, pero rápidamente la esperanza decae de nuevo), y acaba de sopetón sin aportar absolutamente nada. Un final altamente decepcionante para una primera novela que, en conjunto, mantiene un buen nivel, genera un gran interés y está escrita con destreza.    

5 de diciembre de 2016

Encuéntrame


Los rojos cohetes atravesaban
Fugaces todo un firmamento oscuro,
Limpio de estrellas y asteroides, puro.

Los latidos apagados bailaban
En armonía en la clara penumbra,
Hermosa, densa, tibia y azulada.

Plumas se movían agarrotadas
Por el frío y el dolor del cansancio,
Exhaustas después de diez mil páginas.

Vaho surgía de las chimeneas,
Dorado y espeso como la niebla
De cada arroyo marchito y sumido
En las tímidas tinieblas del alba.

La esperanza perdida y olvidada
Resurgía para tomar de nuevo
Los cuerpos ocultos y abandonados,
Para volverlos fuertes y brillantes,
Para devolverles al fin las alas.

Nuestras lágrimas secas y oxidadas
En negro y destrozado pavimento,
Sobre vieja y carcomida madera,
Sobre el hierro que marcó al rojo vivo
Los signos de un futuro congelado;
Ya no brillarían más; ya nunca más.

Porque el tiempo volaba y perdíamos
Su estela en el horizonte infinito,
Porque ya no nos eran necesarias
Aquellas lágrimas que derramamos,
Porque ya no volvimos a temerle
Al tiempo que no pudimos vencer.

Besos robados al raso y la luna,
Que nos miraba muda bajo cero,
Solo para llevarnos al cielo.

Nudos irrompibles de cuerda seca,
Fabricados de arduo fuego y acero,
Nos encendían bajo las sábanas
Que nos protegían de las ventiscas.

Marcos albergando pinturas negras
Diluidas en el rímel corrido
Por tantas sonrisas y sus destellos.

Botes encallados en las orillas,
Botellas en el mar a la deriva,
Y sus cientos de mensajes perdidos;
Cibernética y tinta diluida.

Todas mis pesadillas ahuyentadas,
Todos mis sudores y escalofríos
Curados en frenéticos orgasmos;
Polvos febriles y desamparados.

Miradas inmarescibles que nunca
Se apagaron, que nunca se extinguieron,
Que continuaron impulsándonos
Al terrible vacío de uno mismo.

Tu espalda perlada era mi lenguaje,
El braille que conocía mi alma
Cuando te poseía en la penumbra,
Cuando más te amaba, sin duda alguna.

Tu cuerpo desnudo era el vehículo,
Mi transporte a las estrellas lejanas;
Era la suave caricia del sol
En la más fría mañana de invierno;
Era aquello que me electrificaba
Por dentro, los acordes del silencio,
La pura geometría de lo idílico,
Los colores de un nuevo nacimiento.

Todo quedó en profundo recuerdo,
Todo quedó en el rojo firmamento;
El sentimiento se dejó marchar,
Pero cada recuerdo era la estela
Que dejaban los cohetes pintando
La tenue luz del futuro en el cielo,
Otorgando sentido al sinsentido
De aquel camino que nos escogió,
Que nos elevó en calidad de amantes,
Caminantes hechos de melodía.

Duradero, eterno es el camino,
Largos amaneceres esbozados
De cálida añoranza y esperanza,
Hambrientos de recóndita belleza,
Una interna, que fue solo nuestra.

Y solo allí nos hallaremos,
En la infinidad de la vía láctea,
Cuando nos alcancen las bravas aguas,
Cuando recordemos cómo nos vimos
Cuando nos miramos por primera vez,
De una deslumbrante aura rodeados.

Encuéntrame aquí y allá, encuéntrame en el tiempo;
Yo te espero en el centro, en el núcleo del cielo. 

9 de noviembre de 2016

De unicornios y tabernas


Uno puede llegar a escuchar gran cantidad de cosas interesantes si se para a escuchar atentamente en el momento y lugar adecuados, o si introduce ciertos elementos inflamables para avivar una conversación y, en cierto modo, hacerla estallar. Así fue que estando un día cualquiera en un bar de Valencia llegué a escuchar ciertas ideas –todas ellas provenientes de mujeres, debo aclarar– que me resultaron más que interesantes, por lo que no he podido evitar juntarlas y exponerlas en el presente texto. Quede claro que no todas son mías, pues principalmente me he dedicado a ordenarlas y darles forma. 

El caso es que las cosas han cambiado; sí, señores y señoras, debemos admitirlo cuanto antes. El mundo ha evolucionado tanto y tan deprisa que ya apenas nos resulta reconocible. Lo ha hecho en muchos aspectos, pero en este texto me refiero, en concreto, al arte del ligoteo, del cortejo, de la seducción, o como quiera llamarlo cada uno, y a los cuentos que se les relacionan. Antes las mujeres –y Disney ha hecho un daño terrible e irreparable al respecto, pocos me quitarían la razón–, para este caso las princesas del cuento que protagonizaba cada una de ellas, no tenían más que esperar en su flamante castillo, en su espectacular torre, a que el príncipe fuera en su busca, para conquistarlas, ganarse caballerosamente su corazón o para rescatarlas de algún mal, según la situación y necesidad de cada una. ¿Pero qué sucede ahora? Que la princesa se cansa de esperar, pues el galán no aparece, el príncipe no llega. La hermosa, inocente y pura princesa se pregunta entonces: “¿Dónde cojones estará el cabrón este, que no llega?” Pues bien, la respuesta es sencilla y ya conocida en estos turbios tiempos que corren: el príncipe está en la taberna local cogiendo la turca de su vida, rodeado de otros camaradas o rivales, de mujeres despampanantes, bailarinas de streaptease –que bien pueden ser princesas también, claro está–, de cerveza, whisky, tequila y cocaína; y de fondo un rock duro ambienta el antro lleno de una espesa niebla. De vez en cuando quizá se le pueda ver también partiéndole el taco de billar en la espalda a otro príncipe que, como él, viste una capa raída de un azul descolorido, con algunas manchas de vómito y sangre y con barba de varios días, todo por el honorable amor de una bella damisela.

Así son las cosas ahora, todo se da en la taberna, y las princesas, en lugar de aguardar en el vasto castillo deben salir a las frías calles, internarse en las sucias tabernas, en los antros de mala muerte, para pelear por sus príncipes con las demás damiselas, al igual que ellos mataron dragones en tiempos remotos en gestas de iguales ideales. Bueno, ¿y qué coño tiene esto de cuento? Tranquilos, que lo sigue siendo, pero cambiado y evolucionado. Que nadie se escandalice, pues el famoso unicornio sigue existiendo. ¿Qué dónde está? Pues mientras el príncipe coge el ciego de su vida en el cálido interior de la taberna, el pobre bicho espera en la cuadra que hay fuera, tomando whisky barato del abrevadero y buscando el valor necesario para entrarle a una yegua atractiva e intentar llegar a montarla sin ganarse un pleito por acoso sexual; si no hay cuadra, uno podrá encontrarlo seguramente en el frío, húmedo, oscuro y maloliente callejón que hay junto a la taberna, rebuscando con su antes prístino y legendario cuerno entre la basura y rezando porque no se le enganche con alguna lata y se le caiga, pues está débil y goteando a causa de la sífilis que contrajo al tirarse a la yegua que hacía la cuadra una semana antes y sin protección en las cercanías del hospital, mientras a su príncipe le hacían un lavado de estomago a raíz del coma etílico que había sufrido.

Sí, así de sórdido es ahora; aunque este no es más que otro cuento de la cruda modernidad para escenificar que las cosas, por suerte o por desgracia, ya no son lo que eran. Así que, bellas princesas, dejen los castillos y salgamos todos a las calles para al fin encontrarnos. Ya no se va de bares, ahora se va de tabernas, donde habita la magia de los cuentos. 

P.D.: Tendrán que disculpar que me despida tan prontamente, pero mi unicornio me grita no sé qué de Jack Daniel’s desde el retrete, y debo atenderlo, pues si no a ver quién me lleva de tabernas mañana por la noche. 

13 de octubre de 2016

Venimos a Madrid


Es un día frío y gris, un día de lluvia que acompaña a que pasemos la tarde en casa, arropados en el sofá y tapados hasta el cuello con una manta, viendo la televisión y echando de vez en cuando una ojeada a la ventana para ver el mundo exterior, para ver cómo cae la lluvia y moja las calles adoquinadas, solitarias y carentes de color. Pero es un buen día también para salir y darse un paseo, viendo todo cuanto nos rodea. 

Te tomas algo en una terraza cubierta viendo pasar los autobuses, los coches patrulla y las ambulancias haciendo resonar sus sirenas por las avenidas, y escuchas fugazmente un fragmento de la conversación de la mesa de al lado, una frase surgida de un discurso que se te ha escapado pero que aun así es demoledora: “Todos están más solos de lo que pensamos”; intuimos que también de lo que ellos mismos piensan, aquellos a los que el interlocutor hacía alusión. 

Aquí en Madrid todo es grande, somos muchísimos y quizá por ello la soledad tienda también a ser mayor, a crecer con más amplitud y ferocidad. Lo cierto es que, sea por oportunidades o por azar, muchos terminamos aquí, en la gran ciudad, donde se viene a renacer o a morir. De un modo u otro todos acabamos recorriendo estas calles buscando ese algo, mientras tratamos de buscarnos la vida. Cada uno de un lugar distinto, lo cual enriquece el matiz de personalidades, nos juntamos en esta urbe entrecruzando nuestras vidas mientras intentamos llegar a algún lugar. Aquí no hay peces grandes, tan solo miles y miles de peces pequeños, queriendo hacer gala de una gama de colores que cualquier vecino puede poseer, intentando brillar sobre el millón de luces que pintan la ciudad cuando cae el sol. 

Cuando eres consciente de dónde estás, a pesar de lo desconocido que pueda resultar, sonríes. Sí, sonríes por las oportunidades, por esa ingente cantidad de posibilidades que se abren ante ti, pero también porque eres consciente de que tú también eres uno de esos miles que vino aquí a buscar algo y que te has encontrado con muchos iguales, cada uno de una tierra distinta. 

Caminas por la calzada mojada, te abrochas la chaqueta resguardándote del frío y entonces, todavía con esa sonrisa en los labios, enciendes un cigarrillo y sigues caminando. ¿Hacia dónde? Qué más da, mañana será otro día. En ese momento piensas en quién eres realmente, de dónde has llegado y, sobre todo, por qué has venido. Recuerdas qué es lo que quieres hacer y por qué dejaste todo atrás para perseguir ese sueño, sea el que sea; y en medio de la vasta soledad mencionada en aquella cafetería que quedó atrás hace un rato, durante el paseo, te das cuenta de que para bien o para mal ya has dado el primer paso, muchas veces el más grande, y que ahora te estás dejando llevar por la corriente, por esa marabunta de gente con miles de vidas posibles que hace que la tuya ya no sea la misma, pero que la hace sorprendente y emocionante con cada día que transcurre.  

30 de septiembre de 2016

Adiós, Septiembre


Ahora que se está yendo Septiembre me doy cuenta de que va a llevarse muchas más cosas con él, algunas de las que estoy seguro y que ya he asumido, otras que desconozco por completo y algunas que me niego a asimilar. Sí, imagino que como todos los demás hago oídos sordos a las advertencias muchas veces, y aparto la mirada cuando sé que lo que voy a presenciar no me va a gustar, como si pudiera evitarlo, como si fuera un niño pequeño y pudiera solucionar algo con una rabieta.

Es inevitable; Septiembre cierra sus puertas y diremos adiós a las soleadas tardes en las terrazas, en las que el tiempo parecía no tener permiso para seguir transcurriendo, a los baños nocturnos en el mar, a fumarnos ese cigarrillo a medias después de hacer el amor sudorosamente, con el calor de una noche que no daba tregua haciéndonos partícipes de su razón de ser. 

Diremos adiós; nos diremos adiós al fin, aunque en realidad tú ya lo hiciste hace mucho, me temo. Van quedando atrás tus besos y caricias, muy atrás; demasiado. Pero ahora lo sé: nos estamos yendo, y esas miradas tuyas no volverán. Simplemente, no volverás. Ya dejé de hablarte, de esperar una aparición sorpresa por tu parte, un susurro que llevara mi nombre. Ahora, al fin, puedo escribirte sin pesar, sin que un tembleque se apodere de mi pulso y me arruine la caligrafía. Puedo pensarte sin seguir añorándote, porque he comprendido que no fuimos ni seremos, que quizá no volveremos a vernos.

Septiembre te alejará de mi lado, de mi vista y mis suspiros. Adiós, Septiembre, adiós, querida amiga. Aun así nos seguiré recordando con alegría, con una pizca de melancolía, pero regalaré a otra persona todos los sueños que te había reservado, todas las palabras que me había guardado, las que nunca te dije, y todos los besos que no pude darte. 

Quedamos grabados a fuego en una noche ya inmortal, y ahí permaneceremos, hasta que nos remplacemos por otros con el tiempo, con suerte, con un par de milagros y coincidencias de por medio.  

27 de septiembre de 2016

Reseña de 'Tan poca vida', de Hanya Yanagihara


El  pasado 15 de septiembre llegó a las librerías españolas la novela Tan poca vida, la segunda obra de la autora Hanya Yanagihara, escritora californiana de ascendencia hawaiana y coreana. En Estados Unidos y Reino Unido cosechó un éxito inmediato, haciéndose viral a través de fuertes campañas publicitarias y arrasando ante la crítica literaria de los mejores periódicos y revistas del país. Su primera novela, 'The People in the Trees', pasó sin mucho revuelo, pero sin duda con su regreso al panorama literario ha conseguido dar un tremendo giro a su carrera. 

Tan poca vida es una novela de más de mil páginas en su versión española que nos guía a través de las vidas de cuatro jóvenes en Nueva York: Willem, JB, Malcolm y Jude, siendo este último el verdadero protagonista. La historia retrata las distintas etapas de su amistad, que va desde los veinte años hasta más allá de los cincuenta. Podría parecer cualquier novela que basara el grueso de su trama en el valor de la amistad, explorando sus recovecos, sus dificultades y maravillas, aunque ya desde el inicio la autora nos da unas leves pistas acerca de lo poco común de esta historia. Y esto es porque la vida de Jude, desde sus inicios, está marcada por el dolor y el sufrimiento, y este es el auténtico tema de la novela, más allá de la amistad, el amor o el crecimiento: el dolor en sus distintas formas, ya sea físico, emocional o psicológico. 

La autora ha sido alabada por explorar y diseccionar la masculinidad con maestría, la evolución de la vida de un hombre, sus miedos, sus inquietudes y deseos, pero más que esto, Hanya ha realizado una visceral autopsia del dolor que reconcome y destroza a su principal protagonista. Muchos se han quejado de la longitud de la obra, y quizá tengan en parte razón, porque la misma historia podría haberse contado con doscientas páginas menos. Alargándola tanto solo consigue repetirse en fases que giran, habitualmente, en torno al sufrimiento del protagonista, haciendo énfasis en él, repitiendo sus agonías, sus momentos de debilidad, sus caídas y posteriores levantamientos; hurgando en la herida. Con ello consigue agotar mentalmente al lector, hacerle sufrir a él también, mostrarle más dolor tras la vuelta de la esquina cuando creía que solo un ápice más sería ya imposible, así que la largaría de la obra quizá se deba a su deseo por hacernos más mella todavía, si cabe. 

Sí, como se ha dicho también, es una novela que, a pesar de leerse con facilidad, es densa, profunda, oscura y muy dura. Repleta de partes emocionantes, de tensión, de giros inesperados, de fragmentos de extrema belleza y otros de desmedida dureza. Con un estilo bastante directo y una pluma eficaz, que solo se permite dejarse llevar en algunas descripciones y a la hora de elaborar metáforas que ayuden mejor a esbozar lo que sienten y padecen los personajes, Hanya relata con gracilidad más de cuatro décadas de sus vidas, con una gran cantidad de sucesos y de personajes secundarios que enriquecen la trama y las historias de cada uno, lo cual no es fácil. Es lo que ocurre con una obra tan larga: que nos permite asistir a tantos momentos de sus protagonistas que, al acabar, hemos empatizado con ellos y nos parece conocerlos en profundidad. 

La otra cara de la moneda, respecto al dolor, es que cuanto más veces lo padece su protagonista, por cada vez que se caiga, tendrá que levantarse, así que a pesar de la indecisión que lo posee y lo introvertido que es, puede considerársele un luchador nato, por lo que podría etiquetarse también esta historia como una de valentía y superación, de lucha ante las mayores complicaciones e injusticias de la vida. Veremos en ella cómo Jude lucha contínuamente contra su compleja psicología, hostil hacia sí mismo, y asistiremos con él a la ardua búsqueda de la felicidad, tan utópica en ocasiones. 

No creo que sea una obra maestra, como muchos aseguran, pero sí una gran novela que debería leerse, más teniendo en cuenta que el panorama literario actual no ofrece muchas obras de esta índole, aunque siendo un poco más breve creo que podría haber brillado todavía más. 

Hay muchas frases y fragmentos memorables, y Hanya da en el clavo a la hora de resumir aspectos esenciales de la vida en unas cuantas palabras, lo que siempre es un gran acierto. Podría quedarme con muchas de estas pequeñas partes, pero si tuviera que escoger una, sería la siguiente, con la que cerraré la reseña, por su brevedad, hermosura, simplicidad y significado:

"... había cumplido ochenta y nueve años, y sus ojos oscuros habían adquirido ese gris innombrable que solo se veía en los más jóvenes y los más ancianos: el color del mar del que se proviene, el color del mar al que se regresa."

7 de septiembre de 2016

Fóllame


Eso es, sin más; fóllame sin dudas, sin preguntármelo previamente, solo hazlo una jodida vez. 

No me des tregua ni cancha, solo fóllame hasta el amanecer o hasta el anochecer, o hasta que ardan mis huesos, si te place, y destrúyeme con tu cuerpo, hazme sudar, rabiar, sangrar y desear solo un polvo más, hasta que olvide qué son el hambre y la sed, hasta que el reloj estalle bajo el peso de la cama y desaparezca el tiempo. 

Ven a verme ahora mismo, que yo te esperaré escribiendo y fumando, pero corre, que ya apenas queda tinta en mis venas. Ven ahora con ese tanga negro y nada más, ese que tan loco me vuelve, ese que saca al animal que llevo dentro y al amante que murió hace tanto, pero ven ya y fóllame, que no soporto más la ausencia de tu piel sobre la mía. 

Solo quiero que me quemes otra vez, por Dios, así que ven ya o tendré que cometer crímenes terribles. Ven y lo haremos hasta reventar la cama, luego en todas las mesas, en la cocina, en la ducha y en el coche; ven y follaremos en el armario si quieres, dentro, contra él, sobre él y también debajo, ya hallaré el modo si así lo deseas, pero ven y fóllame hasta matarme.

Ven y rescátame que yo llevaré una botella de Jack Daniels y nos iremos a bebérnosla al mar mientras nadamos desnudos y follamos toda la noche, hasta que los pescadores nos denuncien cuando arraigue el alba. 

Decías que yo era un ser complicado y atormentado; quizá lo segundo sea cierto, pero lo que te pido es bien sencillo. Ven vistiendo ese body tan sexy que hace que quiera arrancártelo a bocados, para así con suerte llevarme también algo de tu piel, tu carne y tu esencia a mis entrañas. Sabes que solo te deseo a ti, desde los pies hasta el último de tus cabellos, así que llévame al cielo de una puta vez y no me hagas sufrir más, te lo ruego. Solo el perderme en tus curvas me llevará de vuelta a la cordura, así que corre y fóllame antes de que beba hasta morir.

Sabes cómo soy, así que ven ya, follemos y luego léeme tus poemas mientras te observo y juzgo sentado en la sombra, semi desnudo, con el pelo alborotado y la piel arañada, con las gafas de sol puestas para esconder mi fuego y sosteniendo un cigarrillo humeante en la comisura de los labios, levantando una ceja e intentando poner cara del malo de la película, aun cuando sabrás perfectamente que amaré tus palabras y me estaré derritiendo por dentro y solo desearé abalanzarme sobre ti y morderte en todas partes, hasta hacerte gritar, ya sea de placer o dolor, me da igual, lo que quiero es que brilles; oh sí, eso sería maravilloso, así que ven corriendo y ya nos correremos juntos después, pero ven ya a mi encuentro en esta noche desesperada.

Ven y follemos hasta olvidar lo que leímos de Miller y Bukowski y escribamos nuestras propias epopeyas sexuales sobre la piel del otro. Por Dios, que me encarcelen ya mismo si miento al decir que mataría a todos mis vecinos y sembraría el caos en las calles, derribaría el sistema establecido por echarte solo un polvo más, largo y tendido, por morder tus pechos mientras me cabalgas con furia y por hacer un sesenta y nueve hasta que nos corriéramos simultáneamente, el uno sobre el otro. 

Solo pienso en tu abdomen hinchándose con cada bocanada de aire para recuperar el aliento; todo tu cuerpo convulsionando con cada sacudida, estremeciéndose por los relámpagos que me destrozan la espina dorsal. Tu vagina ensanchándose a mi paso, mojándose cada vez más, tus piernas temblando irremediablemente al final y tu lengua deleitándome en cada principio. Joder, si todo es magia y maravilla.

Ensuciemos la habitación entera, hagamos que huela a sexo durante meses y dejemos manchas en las sábanas, las únicas cómplices de nuestras salvajadas. Siéntate en mi cara y deja que te coma, que te estruje y apriete hasta cortarte la respiración, vuélveme loco de deseo y deja que rompa todas tus prendas para que así nunca más puedas vestirte y privarme de la visión del paraíso. 

Se me va la cabeza, sucumbo a la locura, al deseo irrefrenable que me posee de pies a cabeza. Creo que si nos volvemos a ver nos mataremos follando, cometeremos algún tipo de suicidio colectivo o haremos algo estelar, alguna barbaridad irreversible, pero es la duda lo que me consume y extingue, así que ven, ya sea de noche o de día, y follemos hasta olvidar nuestros nombres, que somos seres humanos y hasta que nos creamos estrellas fugaces quemando con su paso el firmamento que recorren (cuando follamos los dos, sin preguntas, consecuencias y complicaciones, solo cuando follamos sin más, que ya es decir mucho).

Creo que he olido desde aquí la esencia salvaje que solo puede pertenecerte a ti, así que dejo esta locura y ahora voy a abrirte la puerta, para que al fin follemos como nunca debimos dejar de hacerlo. Luego, si eso, ya te leeré este disparate para seguir haciéndolo después; eso si no nos da por follar en esta misma mesa y acabamos destrozando la máquina de escribir con alguna sacudida. 

Pero ya no me importa nada, solo ven, y date prisa.