22 de septiembre de 2015

El microcosmos de la burbuja


A veces me daba por pensar en un posible futuro, uno no demasiado complejo, que se erigía en mi mente como en el interior de una burbuja, pomposa, atractiva e inmutable. En ella hay una casa, no precisamente grande, pero sí espaciosa y abierta, con grandes ventanales a través de los cuales corre la brisa marina. Altas palmeras y arena en el exterior, una hamaca, la luna reflejada en las aguas y el océano bombeando sus latidos desde las profundidades; la brisa arrastra ese sonido, ese pulso que es música, notas celestiales llegando hasta el hogar. Todo queda atrás, todo queda lejos, nada penetra ni destruye; reina la paz absoluta. El aliento que exhalan las estrellas se esparce por la parcela cercada. Hay un hermoso escritorio en el interior de la casa que sostiene la máquina de escribir, tan pesada y poderosa, pero la mayoría de veces prefiero salir a escribir al porche, o al jardín, o en una pequeña mesa sobre la arena misma, da igual cómo se perfile el paraíso, pues paraíso es. Qué corta es la vida, pasémosla borrachos, ebrios de líquidos y ensoñaciones. Teclearía fuerte, sacándome toda la mierda del interior, purificando mi alma con cada letra impresa en el papel latiente. Ella se baña desnuda bajo la luz de la luna, y está preciosa. No es necesario nada más. 

Sí sería posible un futuro así, aunque lo afirmo encerrando la pregunta que evidentemente me formulo, porque no puedo saberlo. Lejos queda la ciudad, lejana la jungla. Me llaman los gritos de los dementes, los rugidos de las bestias, de los animales salvajes como yo; sé que allí está mi lugar, mi verdadero hogar, pero he preferido escapar antes de que mi corazón explotara. No sé qué loco se sentiría atraído y posteriormente atrapado por semejante cúmulo de toxinas y flujos de vicio y esquizofrénica locura; quizá solo uno cuyo organismo se componga de esas mismas sustancias. Todo radica en hallarse a uno mismo, y dicho fantasma tanto puede encontrarse en una gota del remoto océano que aparece en las febriles ensoñaciones, como en la barra del bar más profundo y oscuro que la ciudad subterránea esconde ante la mirada juzgadora de los ángeles caídos. 

Pero mientras pueda seguir tecleando, mientras una sola estrella brille en la noche, mientras una tímida ola consiga llegar a la orilla, mientras no se extinga la tinta con que escribimos los nuevos días, mientras se siga escuchando un solo latido en la distancia, débil como un recién nacido que llena sus pulmones de un nuevo mundo, quedará esperanza, quedará tiempo para albergar la espera. Quedará la esperanza de que alguna noche salga de las aguas y me abrace, juntando nuestras pieles cansadas, ardientes y empapadas. Esperaré que me acerque a su pecho y me arrope. Siempre ronda, siempre permanece, pero a veces despierto y abro los ojos y veo que no está junto a mí sino que sigue en las aguas, aunque mantengo la esperanza de que algún día se dé la vuelta y mire hacia la orilla, se crucen nuestras miradas y pueda escuchar mis palabras; entonces le diría: solo te pido que vengas pronto, que no te demores demasiado. Solo te pido que llegues antes de que apure el último cigarrillo, antes de que el último chupito rasgue mi garganta, antes de que escriba el punto y final de nuestra saga. Hasta entonces seguiré respirando, no pereceré, lo prometo. Seguiré vagando por este extraño y laberíntico lugar que llamamos mundo. Sé que podrás encontrarme cuando sea necesario. Solo te pido que llegues y me lleves contigo, antes de que sea demasiado tarde, antes de que me pierda para siempre, antes de que me queme con el último cigarrillo y me ahogue con el último trago; antes de que el abismo me absorba para llevarme al infierno. 

Después estalla la burbuja y escucho de nuevo el tráfico, las alcantarillas, la música de los pubs, los tacones de las prostitutas en los polígonos industriales, con las humeantes chimeneas de fondo, la industria de nuestro mundo. Vuelvo a escuchar los rugidos, palpitan las heridas, sangran las almas. Estoy en casa, pero no pierdo de vista el microcosmos que encierra la burbuja sobre mi cabeza, pues algún día encontraré una escalera y la alcanzaré, y podré dedicarme a esperar y a seguir viviendo mientras tanto.




16 de septiembre de 2015

Eres olvido


Son un mismo peso, esa multitud de fantasmas que te persiguen. Únelos, fúndelos, háblales de tú a tú, como uno solo, porque al final es lo que son: una sola sombra, débil y decrépita, que tú mismo arrastras al olvido. Háblale de tú a tú, es un conocido, un antiguo amigo; un antiguo amante. Háblale tal que así:

“Eres el crepitar de nuestra última carta ardiendo en la hoguera.
Eres las cenizas que quedaron bajo la chimenea.
Eres la lágrima que cae sobre el parqué, 
y que ruge como un relámpago en el vacío.
Eres la última calada que di, 
antes de aplastar el cáncer contra el suelo baldío.
Eres el último y ardiente trago de whisky que bebí,
 antes de arrojar la botella sin mensaje a un mar impío.
Eres la máscara quebrada que revela a la princesa,
una enferma, que es musa y medusa.
Eres la sirena que mentía, 
que engañaba desde el paraíso perdido entre sus piernas.
Eres el último baile, 
la pícara sonrisa, 
la mirada hechizante, 
el tacto de los dedos entrelazados,
 y el fugaz y ansiado beso de despedida.
Eres la ambrosía de las almas errantes y hambrientas; 
de la mía, cuando de comerte vivía.
Eres el monstruo al final del camino en mis sueños,
 y las alas que me llevaron lejos de él; a tus brazos.
Eres el fuego en mi más fría noche, 
la lumbre del hogar que me rechazó.
Eres la suciedad que quedó en mí,
el polvo en la cama cuando marchó tu recuerdo.
Eres el libro que leí mil veces, 
hasta perderme entre sus líneas;
 hasta que perdió el significado.
Eres la nota de recordatorio, 
la que se escurrió,
 y desapareció en la alcantarilla.
Eres la reminiscencia de una llama ya extinta.
Eres otra esencia más, pero ya no como la mía, sino distinta".

Pero ya no eres más; ya fuiste. Fuiste todo lo último, y a pesar de la importancia de los finales, son los principios los que me enganchan, los besos de bienvenida, la magia que flota en el aire tras los primeros revolcones, tras las primeras miradas y las primeras palabras, cargadas de miedo y veracidad, de riesgo y aventura, de electricidad humana. Y todo ha pasado ya, porque ahora eres olvido, y tantas cosas golpean mi mente, diariamente, a cada segundo, que barren los recuerdos rotos a la nada, y allí flotan y vagan sin poder atarme de nuevo.”

Llama a ese fantasma olvido, anulando su esencia, y ya nunca más volverá. 

10 de septiembre de 2015

La estrella del marinero

Las olas rompían en la orilla, una a una y a miles, cientos de miles. Destellaban los rayos de un sol que moría lentamente en el horizonte, allá en lo eterno, y esas aguas absorbían cada última partícula de su ser inmortal. Todo se tornaba más sombrío por momentos; cada segundo que transcurría intensificaba la oscuridad que se iba adueñando de todo, amasando los fieros pensamientos que eran dueños de mi razón, hasta que con el próximo amanecer regresaran al igual que nacería un nuevo día; emergerían como los pétalos de una tóxica flor germinan para producir un veneno capaz de entumecer al más bravo corazón. Siempre volvían, se reintegraban en mi cerebro, imperecederas, imbatibles fuera cual fuera el intento por abatirlas. Pero sí, había comprobado que la oscura calma de una playa vacía e interminable conseguía llevarlas a lo profundo durante unas horas en que todo mi ser podía descansar, en que volvía a capitanear mi propia vida; después, cuando de nuevo llamaban a la puerta, me perdía en la inmensidad de las posibilidades, y me sentía como un marinero a merced de un mortal oleaje en alta mar, dejando mi destino en manos del azar o de algún dios cruel. 

Ya apenas dormía, para poder gozar del blanco y negro de la luna y de la noche, para no pensar que alguien me odiaba y se reía de mí en las alturas con amarga impunidad.

Caminaba con los pies desnudos sobre la fría y húmeda arena en dirección a ninguna parte, tratando de hallar una salida, una respuesta a la desesperación. Temía a las primeras luces del alba, sabiendo que sus colores podrían abrasarme y que pintarían el cielo y las aguas de ese intenso azul que me era dolorosamente insoportable al recordarme a sus ojos y a su hipnotizante mirada. Pensé en escribirle, pero al pronto llegué a la conclusión de que si redactara una carta veraz derramando sobre ella todas las lágrimas que contenían toda mi angustia, mi impaciencia y mis imperantes necesidades de volver a verla, de acariciar su lisa piel, de volver a besar sus suaves labios… si la escribiera, la insertara en una botella y la arrojara al mar con toda la furia de mi espíritu, antes daría la vuelta al mundo y regresaría a mí para destrozarme con el hallazgo de la amarga verdad, que llegaría a sus manos para hacerla sabedora de mis más recónditos y abismales pesares.

Tarde o temprano volvería el amanecer para arrastrarme como hacía siempre, hasta el día en que ese sentimiento se extinguiera en mí, con la posibilidad de llevarse mi vitalidad por delante. Era todo su ser y toda su energía, pero esa mirada… conseguía que me ardieran las entrañas tan solo con mirarla a los ojos y percibir en ellos a aquella frágil y hermosa criatura. Esos ojos de un azul intenso, con tintes verdes en el centro, eran los más bonitos que había visto jamás, simplemente espectaculares e hipnóticos; pero no solo era el radiante color, sino la mirada en conjunto la que poseía la auténtica magia; la forma de sus ojos, sus pestañas, la forma que tenía de mirar… era un todo coronado por esos soles del color del mar y el océano cuando se funden, rematado por el verde brillo de un místico paraíso perdido en el horizonte. Esa mirada me capturaba al instante, me ataba a ella, y yo sentía que podría pasar horas observándola, sumergido en ella, y que podría perderme en su infinidad y jamás emerger con tan asombrosa facilidad que me asustaba. Era terroríficamente hermosa y embaucadora, todo pura inocencia y ternura, cariño en ella, bondad desmedida. Si algunos dejaban entrever su alma, todo un mundo en sus ojos, entonces ella encerraba allí el universo entero, y podía paralizarte el simple hecho de asomarte. Enormes ventanas a un ignoto cosmos, invitaciones que me decían “ven y asómate a mi alma y aventúrate a desentrañar los dulces misterios que encierra”. Brillaba como oro fundido; y me quemaba con su ausencia. Tal sentimiento, o la carencia de él, el poder recordar con dolorosa claridad la sensación de que esas estrellas se posen sobre mí con todo el peso y sentido que representan, es lo que muy fácilmente puede acabar con la vida de un hombre.

Es la pérdida lo que más duele, con la sensación de que cientos de caminos posibles han sido arrancados de cuajo de la tierra que débilmente y con cariño los sostenía y los mantenía con vida. Y era duro pensar que los días se reiniciaban y habría miles de amaneceres más hasta el apagón final, pero guardaba la esperanza de que algún día algo surgiera de las aguas, algo que podría cambiarlo todo, y esa débil llama era suficiente para hacerme seguir adelante, en pos del sol y las estrellas, hasta averiguar a dónde me llevarían mis pasos, los que dejarían un rastro en la arena mostrando todo lo andado y vivido; un pasado que habría dejado huella mientras buscaba un futuro que me era incierto. Quizá algún día el amanecer sería de otro color; quizá solo el mar tuviera la respuesta. O quizá, solo quizá, estuviera dentro de mí, en mi cabeza, impresa en mis entrañas. Me convertiría en un marinero errante, en busca de respuesta, en busca de tierra firme; uno sin embarcación que esperaba la caída de una estrella fugaz que trajera consigo la respuesta. Pero algún día volvería, algún día la vería brillar en el firmamento; estaba seguro.   

3 de septiembre de 2015

El camino a la perdición


Recorría un camino estrecho y sinuoso que se adentraba en el espesor de lo desconocido. Anduve, cientos de lunas alumbrando mis pasos. Anduve hasta topar con la señal de Camino a la Perdición. Era reinventarse, era caer y renacer, y tomé el desvío. Vi un pozo, ancho y de suaves bordes, y abajo solo se atisbaba negrura, densa y pura, y una voz que dijo “lánzate, baja”, y bajé. Volé en picado y hacia abajo, apresurado, rehuyendo al mundo, tratando de escapar de él, o de mis propios fantasmas, aquellos que me acechaban en la sombra. Y había atractivo en el nuevo camino, en la nueva personificación de lo idóneo. Era convulsión, miles de luces parpadeantes, rojo y negro intermitentes. Era emoción y tentativa, era fuego y autodestrucción. Quería huir y lo hice, quería perderme y me perdí; anduve tan lejos que al mirar atrás solo vi el difuso reflejo de mi propia imagen abatida. Rehusé ayuda y manos sanadoras. Tenía mis propios elixires, y la luz era cegadora y la música estaba muy alta; ensordecedora. Dancé y bailé con demonios que quizá eran yo mismo hasta que el ardiente sudor congelaba mi piel, hasta quedar exhausto, hasta que inmaculados ángeles de alas desgarradas me engañaron; y me ahogué. Pero era hermoso, había belleza en la mutilación de las palabras, en la metamorfosis del lenguaje, en los pinchazos de las canciones que sonaban oxidadas en mi cabeza, y al ser arrancadas de la tierra que las alimentaba soltaban volutas de cristal que crujían bajo mis botas, liberando motas de tiempo.

Era un gozo caminar sobre el pavimento mojado por las lluvias de ácido producidas en la factoría de sueños. Era un gozo sentir el viento helado golpeando mi rostro como un martillo que me moldeaba como a la arcilla, en cada golpe, con cada brutal arremetida. Era fascinante tratar de borrar los límites, difuminarlos hasta el punto de bailar en frenesí en ambos lados simultáneamente. Levantaba con cada pisada partículas de caos y me empapaba de ellas, maravillándome con aquello que edificaban. Me desanclé y volé libre y voluntariamente hacia el abismo y allí encendí el fuego que debió alertarme y que se extinguió con la primera exhalación de aliento etílico. Quizá me castigara, me aplicara a mí mismo las penitencias que nadie tuvo cojones de sentenciar. Quizá sufrí lo que quise que otros sufrieran y no supe cómo hacerles llegar ese dolor, esa abrumadora soledad, y quise experimentarlo para así reflejarlo sobre ellos, clavándome la tóxica espada que sabía que atravesaría a los demonios que llevaba pegados a la espalda, consiguiendo mi propósito a un precio demasiado elevado. Pero todo mi ser bullía, cada átomo, y ardía en intensidad, y me hacía aprender de qué material se compone la realidad. Y vi cómo actuaban las personas, de qué tejido estaban hechas; vi cómo se tejían y se formaban. Y los problemas, los que el bendito caos lleva siempre de la mano, eran fascinantes. Busqué problemas, y vaya si los encontré. Eran espirales, columnas de humo danzantes, materializadas en las personas, y surgían de las esquinas, de las alcantarillas, de todas partes. Flotaba en el aire un penetrante y dulzón aroma a azufre, a vómito, a la condensada esencia del subsuelo, del mundo subterráneo, cuya marea era gorgoteada por cada poro del asfalto, incontenible e inabarcable, tan inmensa como el cielo en la bóveda de nuestro mundo. Ese cielo que me odiaba, y yo lo sabía, e incluso quizá me gustara que lo hiciera. Era incapaz de concebirlo de otro modo. Era una realidad, el cielo me odiaba y yo lo sabía, era un pacto que teníamos, de odio mutuo, sabedores de que nunca nos encontraríamos. Trataba de joderme, a cada segundo, con cada acción que yo realizaba, y levantaba la vista y miraba hacia las alturas con furia y resignación, pero dirigía después mi mirada cargada de fuego hacia las calles y hacía que ardieran. Era su hijo desarraigado, la oveja negra que nunca se redimiría, que nunca volvería, y así continuaba caminando, brindando con cada demonio con que me cruzaba, echando con ellos un trago aquí y otro allá, repudiando ayudas divinas, y lanzando esporádicos y blasfemos alaridos a las nubes después de echar polvos surgidos de la nada, con la ira de quien desea sacarse algo oscuro del interior, y éstas se volvían negras sobre mi cabeza, amenazando con destruirme.

Pero aun así, a pesar de todo, de absolutamente todo, a pesar del desarraigo, de la angustia producida por la pérdida y la perdición, a pesar de los temblores musculares producidos por las toxinas y las enfermedades del cuerpo y el espíritu, a pesar del dolor y el pesar, de las heridas producidas por las espadas que los fantasmas blandieron un lejano día, a pesar de las luces extinguidas a media noche, dando luz al desamparo, a pesar de la oscuridad que veía en forma de tentáculos de tinieblas rodeando mi cuello, surgidos de las miradas más brillantes y arropadoras, esas que me resguardaban de las lluvias de ceniza, a pesar de la densa y pringosa negrura que se pegaba a mis pies con cada paso que daba en la dirección correcta y ascendía lentamente, quemándome, corroyéndome hasta gangrenar cada centímetro de mi piel y mi carne, cada partícula de mi alma y cada molécula de mi ser, hasta detener cada uno de mis músculos y órganos, inmovilizándome, matándome, hasta que surgía una quimera disfrazada de princesa y me pinchaba con su cola serpentina, inyectándome el veneno que me permitiría seguir viviendo, condenado. A pesar de todos los engaños, las mentiras, las desilusiones, las heridas y las cicatrices que marcaron mi cuerpo de arriba abajo hasta convertirlo en una obra única e irrepetible. A pesar de los golpes, las hostias, la sangre y el sudor derramados en cada gesta, en cada intento por moldear el caos para hallar la belleza, a pesar de todas las botellas vaciadas, de todos los vasos de cristal arrojados al suelo y hechos añicos sobre el sucio asfalto, a pesar de todas las estrellas que cayeron mientras intentábamos alcanzar lo inalcanzable, a ellas. A pesar de todas las noches en que anduvimos a la deriva, tratando de obtener solo una pizca de amor, solo un difuso atisbo de cariño, y nos acuchillaron en un callejón sin salida, al saber que no descubriríamos la gran verdad del mundo, que no hallaríamos la piedra filosofal que da cuerda al universo, el combustible que hace funcionar los engranajes del tiempo.

A pesar de todo descubrimos muchas, muchísimas cosas, y entendimos gran parte de los secretos, percatándonos de que cuanto más sabíamos, más desconocíamos, descubriendo la paradoja de la infinitud del conocimiento. Nos alzamos a pesar de haber caído, después de vagar bajo la luz de las estrellas negras, preparándonos para el brillo del mundo exterior, donde moran el resto de personas, las que tenían el amor y el cariño que buscamos donde no lo hallaríamos, donde solo había máscaras y dagas. Nos entrenamos en lo peor para encontrar lo mejor, y tras una larguísima escalera de peldaños hechos de clavos llegamos a la tapa; la abrimos y sin darnos cuenta, regresamos. Volvimos a sentir el tacto de texturas benignas, el calor humano, dejando atrás los castigos que merecimos y abriéndonos a las recompensas que trataremos de merecer, listos y acorazados, para que nos den la bienvenida del renacer, del alumbramiento a la auténtica vida.


Aquello es el sol que brilla, de hermoso fuego, allá en la lejanía, y muy pronto estaremos allí tras haber cruzado el abismo. Ahora todo será diferente, todo será mejor, pero nunca olvidaremos que un día habitamos un lugar sobre el que reinaba un sol negro, y que todavía sigue latiendo y siempre lo hará. Lo vemos al cerrar los ojos, lo vemos al final de cada camino, pero ahora existen frenos y bifurcaciones, y tan solo es cuestión de esquivarlo cuando nos lancé su lazo, sabiendo que si volvemos a sumergirnos jamás emergeremos. Pero no lo haremos; hay mundo más allá de la tierra, y existen cosas maravillosas como la dilatación del tiempo y la eternidad de los instantes, únicos y brillantes. Existen los cronómetros de las personas, existe la futilidad de los actos y la trascendencia de las acciones y los pensamientos; la mutación de las ideas y el contagio de emociones. Existen los enormes misterios de las personas, los entresijos de sus mentes, la bravura de sus corazones, de esas gentes que somos nosotros. Y solo queda seguir explorando, porque arrebatando solo un grano de arena a lo desconocido, asimilándolo y comprendiéndolo, todo, absolutamente todo, habrá merecido la pena. Hubo un día que nos perdimos, pero por suerte, hallamos el camino de vuelta. 

24 de agosto de 2015

La auténtica mierda siempre salpica

Al igual que un árbol, las acciones, los problemas, las situaciones, los finales… Todo comienza en las raíces, y después se eleva, fuerte y con decisión, hasta el punto de ramificarse en extremo, sin saber hasta dónde llegará todo ese cúmulo; al igual que las ramas, sin saber si alcanzarán los cielos, si adoptarán formas hermosas a modo de final feliz o por el contrario cobrarán formas grotescas. No sabremos si acabarán calcinadas o florecerán; tan solo que habrá decenas, cientos, y que se perderán en la distancia, ajenas a nuestro control.

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Nada puede lograr gran magnitud cuando se desarrolla en su particular microcosmos, cuando alcanza su conclusión y clímax en un ambiente más cerrado y personal; más íntimo. De ser así las partículas que salen despedidas de la bola de fuego producida por la explosión de su término y muerte solo son reconocidas por unos cuantos, solo afecta a unos pocos, y este hecho, que ni remotamente le resta relevancia, hace que dicho final parezca tener importancia y consecuencias solo a pequeña escala, imperceptible para el resto. Finales son finales, independientemente de tu posición en el radio de la onda expansiva; es algo que muchos parecen olvidar, o una equívoca creencia el hecho de que piensen que no es así, que no todo tiene su culminación.

Y otro error es esperar la llegada de una señal, de una diminuta vibración que te sacuda el cuerpo anunciando que ya queda poco, un débil pulso que llegue a tus oídos instándote a mirar arriba, revelándote que el diáfano cristal del que se compone la esfera que todo lo guarda ha comenzado a crujir y resquebrajarse, y que en muy poco tiempo el cielo llorará mortales y cristalinas partículas.

Todos nosotros, hombres y mujeres, actuamos, realizamos acciones, que a su vez generan consecuencias, y todas las energías surgidas de esos actos y los que los siguen viajan y mutan, irradian sus propias ondas, y todo cuanto signifiquen quedará al final concentrado en un punto, un único punto que será diminuto, pero que irá creciendo hasta poseer una monstruosa envergadura. Al final engulle y absorbe tanto que su densidad alcanza límites insospechados y piensas, “todavía aguantará un poco más”, pero joder, algún día rebasará ciertas fronteras y reventará, y claro que sucede. Llega ese final, y era fácil verlo venir, porque tenías una inmensa bola de mierda a tus espaldas, una que te seguía a todas partes, que paseaba tras de ti, una cuya sombra empequeñecía la tuya, hasta que la energía se libera, se crea la bola de fuego y la mierda sale despedida, y si ha sido buena y auténtica, salpicará a todo el mundo, y entonces su veracidad y evidencia quedarán confirmadas. Esto es fácil, es enorme y se ve venir, pero rara vez sucede así.

Lo normal es que esos montones de situaciones y problemas, que forman un complejo y caótico entramado de hilos tan infamemente largo que al final es difícil discernir entre su origen y su límite, no exploten tan explícitamente, no tanto como para que podamos verlo y vernos salpicados de él directamente, no. No esperes ver crujir las alturas, escuchar la explosión en la distancia, o en tus propias narices, no. Lo normal, y algo jodido hablando de mierda, es que suceda sutilmente, de forma poética y tan paulatina que hasta resulte hermosa y contradictoria. Se abrirá una pequeña rajita que dejará escapar una gota de lluvia, una que apenas te rozará, a la que seguirán poco a poco decenas, cientos y miles de millones de gotas más, de una lluvia sucia y ennegrecida. Será petróleo lo que manen los cielos y lodo lo que quede en la tierra, y cuando menos te des cuenta, la mitad de esos problemas habrán pasado ya, la mitad de las situaciones habrán concluido y un puñado de finales se habrán sucedido, conformando el auténtico y gran final de forma suave y casi imperceptible. Adiós al gran espectáculo, a los brillos y al fuego, aunque los restos sean igualmente tristes y mortíferos, y dramático el clímax; una cosa no quita la otra.

No escuché nada, caminé despreocupado por las áridas y soleadas calles, pero sí vi en la noche el tenue brillo de los rayos, rugiendo a cientos de kilómetros, y entendí que era el principio del fin, que habría una furiosa y densa metamorfosis, cuando se cruzaran distintos finales y convergieran al concluir las etapas; porque sí, la vida es un entramado formado por etapas finitas, y así se suceden. La muerte de todas las cosas es muchas veces lenta, y llama a la puerta sin previa invitación. Solo cabe la aceptación y la esperanza del nuevo resurgir. Es comprensible y entendible, pero llega un día en que te miras y te ves salpicado; manchas que han ido apareciendo sobre ti con el paso del tiempo, cuando la mierda saltaba de todas partes, y miras a tus iguales y están igualmente sucios, pero llegará una tormenta que barrerá toda esa mierda; sin duda la habrá. Podrá ser también lenta y hermosa, o frenética y furiosa, anunciada por un previo fuego que nos haga entrecerrar los ojos.  

El complejo mundo occidental, tan elaborado y complicado, ramificado y evolucionado, mecánico y tecnológico, aquel que en su base y esencia ha seguido siendo todo este largo tiempo una sólida aunque simple estructura de madera, troncos y tablas unidas por barro y saliva, ha estallado; ha explotado sutil y violentamente y sus restos han quedado esparcidos en el eterno mar en calma que todo lo sostiene, y ya solo brillan las ascuas; soplemos las pequeñas llamas hasta extinguirlas, construyamos balsas con los restos de la civilización y velas con nuestras prendas desgarradas, salpicadas, despojándonos de los escudos y las barreras y descubriéndonos a nosotros mismos. Ese transporte, formado con las ruinas del pasado, será la base del nuevo mundo, los primeros pilares que sostengan el futuro. Simplemente, dejémonos arrastrar por la suave brisa hacia la resurrección, hacia las nuevas vidas y etapas que vendrán, que crecerán hasta alcanzar su cenit y que algún día volverán a desvanecerse. Enjuagar y repetir, es el único modo de sobrevivir. 

  • Fotografía: Irene Aguilar Diéguez

13 de agosto de 2015

Suena el verano


Una pasmosa quietud que canta a través de la tarde, larga y tranquila, y un sol rojo que no espera, que se desliza en la lejanía, lentamente, entonando una melodía, alumbrando con su partida a las estrellas apagadas que danzan en la noche veraniega. Las nubes que se condensan y arden, que llueven fulgurantes chispas nacidas en brumosos océanos sumidos en tibias y cálidas tinieblas. Todo lo arrastra y transporta el verano, lo guía hasta las saladas y purificadoras aguas, lo bate en las olas, lo impregna en las blancas arenas y se lo lleva al pasado, al tiempo del olvido. Ya nada más salvo el calor, con pesado rostro, con marcadas ojeras y edulcorado aliento, asoma por la ventana. Ha muerto el frío, no corre el viento, ni la brisa, no crujen las ramas del otoño, ni el aire cargado con aromas de esencia marina, recuerdo del tequila; las ácidas fragancias que acompañan la reminiscencia de cabellos que ondearon hace mucho, que ya partieron; ojos que nunca más brillarán e iluminarán el trayecto, el camino polvoriento y arenoso en el que nos perdimos, en el que nos volvimos rebeldes mientras el mundo seguía girando, en aquel tiempo en que latían con fuerza las perlas hundidas, naufragadas cuando las aguas se congelaron y los cristales se resquebrajaron, dividiendo reflejos y sueños; destinos.

Todavía vibran las amarillentas hojas bajo la afilada pluma, la que teje ilusiones, la que alza montañas y hunde imperios, aplasta temores y barre inquietudes, la que vive y respira, la bombea sudor y sangre, la que diluye y hace fluir los pensamientos; la que activa las emociones y enciende las pasiones.

Es el verano el que condensa, eleva vivencias y rige, desordena las moléculas y vuelve lo cotidiano caótico y extraordinario. Libera las almas y crea soberanos de mundos propios; solo queda ver lo que aguarda tras su paso fugaz y pesado, tras la puerta entornada, de pálida madera; la esencia que ruge y no espera, que todo se lo lleva. La ventana es la puerta ahora, se quiebra el cristal, explota en mil pequeñas partículas, y a través del hueco, a través del vacío, se cuela la luz de la luna, que es dulce y recuerda a la amargura de la ausencia, pero también es cura; renovación.

La blancura contra las olas es la música, psicodelia estampada en espumosa aurora, la que transporta el tiempo, la que nos permite esquivarlo, sortearlo. Y también nos lleva a nosotros, hasta que nos consume y devora, hasta que nos inmortaliza impidiendo la derrota, nos convierte en recuerdos y bendice lo que queda tras ellos, los cuerpos marchitos y las almas quemadas.

Nada, un silencio tan grande como la noche, tan ensordecedor como la muerte de una supernova desatada en el hiperespacio. Días vacíos y dilatados, sin sombras que guarden y cobijen; pétreos manantiales secos y olvidados que fueron los oasis que bailaban en la difuminada distancia, el engaño enmascarado que contenía la falsa promesa de viejas flores que renacerían para brillar como lo hicieron, para que dieran de nuevo energías al sol que nos alumbró cuando nacimos y comenzamos a perecer. No más sueños quebrados, amnistía para los corazones rotos y para los luchadores desarraigados, para los proscritos, aquellos que pecaron; que se aniquilen las leyes y las penas, que se levante toda barrera y se destruyan las condenas eternas, para que los hijos pródigos puedan al fin regresar al cielo que siempre les perteneció, el que sus ancestros erigieron, donde todavía los relojes de la felicidad siguen funcionando y el tiempo ha colapsado. Que todos podamos pasar al otro lado, en el que no erramos el día de la inflexión, ese mundo en que no dejamos que las sombras nos vencieran ni vaciamos mil botellas tratando de olvidarlo, intentando buscar la respuesta, la solución, aquella que no estaba en el fondo sino en las alturas, sobre las estrellas, en las ansias y los ánimos ocultos por emprender un segundo camino de redención y superación.

Volvamos a vivir aquel verano olvidando que el frío algún día volverá. Aspiremos el presente, inhalémoslo hasta que arda el pasado y reluzca el futuro, como una penetrante mirada cargada de luz al doblar la primera esquina, como un ascua viviente de lo que permanece y resplandece, como una cálida bienvenida, como una señal en el interior que te dice que ya ha pasado todo, que ya no hay sangrado, que todo irá bien. Volvamos a vivir aquel verano y todos los que vengan, porque el calor que contiene abrasa, funde y borra, cura y olvida, perdona y libera; es la transición entre etapas, el mundo intermedio, el limbo transicional. Solo un rayo más, un ardiente hilo de luz y la fortaleza estará terminada, no temblará más el pulso, y los latidos se proyectarán hasta el infinito. Entonces las grandes puertas se abrirán, toneladas de puro acero moviéndose al unísono y todo habrá terminado; y todo habrá empezado. Ahí está, ya es visible; vayamos. 

  • Fotografía: Irene Aguilar Diéguez

4 de agosto de 2015

Apertura

Es hermoso aquello de nacer. Algo que solo nos sucede una vez en la vida; un hecho físico, simple en cierto sentido, y más allá de las complicaciones que pueda comportar, no nos detenemos a pensar que esa acción es portadora de miles de millones de posibles caminos; un nacimiento es un origen que a su vez da a luz infinitas posibilidades, y tal vez en esa incertidumbre se halle la belleza de lo desconocido. ¿Y qué simboliza, el nacimiento, en su significado más primario? Simboliza el solo hecho de la transformación, porque ya somos, antes de nacer, antes de ser, casi literalmente, arrojados a este mundo de luces parpadeantes y constante confusión, pero llegamos y cambiamos de estado, y no dejamos de hacerlo hasta que, tal y como un día abrimos los ojos por primera vez, otro dejamos de hacerlo; los cerramos para siempre. Así nos sucede a los seres, y algo similar ocurre con lo abstracto, con las ideas. Ya son, antes de ser materializadas de un modo u otro, antes de nacer definitivamente. Habrá quien crea que también nosotros existimos ya antes de existir, en otro lugar, en una nada llamada inexistencia, flotando en esa nulidad incorpóreamente. El nacimiento de las ideas comporta, en este sentido, una transformación que va del caos en la inmaterialidad abstracta de nuestra mente hasta la plasmación física en nuestro mundo de realidad. Hablo, en concreto, de las ideas escritas. 

Concebidas caóticamente por letras sueltas vagando solitarias en lo que nosotros proyectamos en nuestra imaginación, se juntan unas a otras para formar palabras enteras, frases y líneas, párrafos y páginas. Obras completas que son historias, que nacieron diminutas como células y crecieron desmesuradamente hasta albergarnos de un modo u otro, a nosotros también, seres vivos, en ellas, en esas narraciones que nos hacen soñar y volar y que a la vez permiten que produzcamos nuevos nacimientos y transformaciones, creando un bucle infinito de vida que se plasma en páginas en blanco, que pasan de ser papel arrancado de la naturaleza a convertirse en el útero de aquello que alumbramos. Es esa una de las cualidades de la escritura, la de hurgar en el convulso y puro caos para extraer aquello que tenga un mínimo significado y crear orden a partir de esas diminutas motas de confusión que chocan unas contra otras. 

Y este es un principio de tantos, el nacimiento de algo que se hará más o menos grande, pero que indudablemente irá creciendo y evolucionando con el tiempo, con decenas de ideas y pensamientos, con flujos de emociones y tentáculos de caos, ordenados mediante sudor y sangre y noches en vela. Se hablará también de finales, parciales y absolutos, pero eso aún está lejos de llegar. Tan solo es el comienzo.