20 de julio de 2016

Tiempos extraños


Ya casi ha pasado un año, así, como si nada; como un flechazo, en un parpadeo, un solo instante fugaz. En breves tocará escribir algo para recordar que este proyecto lleva casi doce meses existiendo, con sus más y sus menos, con su en extremo variable constancia –soy así, solo escribo cuando me apetece, me nace, y soy constante solo cuando el día a día me lo permite, que últimamente es pocas veces–. Pero bueno, aún falta un poco, un mes aproximadamente, así que ya llegará ese texto. 

Corren tiempos difíciles, de grandes cambios, de aventuras –como siempre– algo más escasas pero más aceleradas si cabe, más efímeras… Muchas cosas penden de un hilo, y en poco tiempo se cortará y las cosas cambiarán, probablemente para siempre. Son tiempos extraños, colapsados, agobiantes por un calor que no nos da tregua y por una cotidianidad que golpea día a día con fuerza. Parece que todo lo establecido se está desmoronando para desembocar en caos, pero sin duda este traerá un nuevo orden que fácilmente se erigirá como un mejor presente. 

En ocasiones pienso que todos acabarán perdiendo la cabeza, pues los comportamientos cada vez son más extraños. Cada vez nos preocupamos menos de acabar lo que tenemos entre manos, de cerrar esa puerta que seguía entreabierta; cada día se escriben menos cartas de amor y surgen más palabras de odio, de rabia e incomprensión. Puede que sea el mundo que se esté yendo a la mierda y nos esté arrastrando a todos, pero mientras quede un solo clavo ardiendo al que aferrarse, resistiremos. 

En estos momentos me vienen a la cabeza demasiados recuerdos, demasiadas personas cuya estela se va dispersando, demasiados instantes que con el paso de los días se van ahondando en la memoria, y quizá fuera mejor que no lograran resurgir. Otros, sin embargo, deberían permanecer siempre a flor de piel por lo que fueron, por lo que siguen siendo. Me vienen a la memoria despedidas en cafeterías a medianoche, noches enteras transcurridas en plazas, el tiempo deteniéndose en avenidas, mañanas radiantes después de una terrible lluvia en que los campos brillaban más que nunca. 

No es de extrañar que muchos de esos momentos que permanecen en la memoria acontecieran bajo la atenta mirada de la luna, lo cual me recuerda unos versos de Houellebecq:

En la mañana, casta y tranquila,
La esperanza que pende sobre la ciudad
Sopesa si alcanzar a los hombres.

(Cierta clase de alegría
En mitad de la noche
Resulta preciosa.)

Preciosas fueron, sí, y no solo esas alegrías. Solo esperemos que esa esperanza nos alcance, porque al final todos acabaremos en nuestro lugar y algunos quedaran bendecidos, otros malditos. Qué extraños tiempos y qué extrañas personas, y nadie sabe si habrá que arrepentirse por algo, si alguien nos recordará o caeremos en el olvido, si las cosas tendrían que haberse alargado solo un poco más o si desearán habernos dado más y haber aprovechado ciertas oportunidades cuando en lugar de ello la indiferencia fue la protagonista. Por suerte un servidor tiene la conciencia bastante tranquila, que no es poco.

Pero no más recuerdos por hoy, ya llegará ese tiempo, pues aún no es el momento. Los párpados me pesan y me recuerdan a las madrugadas de escritura, al alba tiñendo los cielos un día más y a todo lo que está por llegar. Solo un breve descanso antes del último sprint. Durmamos ahora y dejemos que estos tiempos difíciles pasen fugaces como pasaron los mejores días y las más increíbles noches, porque lo mejor palpita ya a la vuelta de la esquina; y no tardará en llegar. 

16 de junio de 2016

Desde el cubil #4: el "peligro" de la comodidad laboral

Puede que el título que encabeza este texto sorprenda a más de uno, y también que la palabra “comodidad”, como aquí, no vaya entrecomillada, pero tampoco pretendía abusar. El motivo es que ni se trata de un peligro ni de una comodidad, no en el estricto sentido de la palabra al menos, pero encierra más significado del que pueda parecer. 

No sería descabellado asegurar que con los tiempos que corren el trabajo sea una de las cosas más importantes en la vida y más difíciles de conseguir para algunos. Es lo que nos ha tocado vivir. La situación laboral no deja de estar jodida, y muchos al encontrar empleo lo comparan con un milagro; quizá no sea para menos. Pero sabiendo todo esto no dejo de sorprenderme al escuchar algunos comentarios, y lo que más despierta mi curiosidad es que no se trata de quejas. Puede que como en otras ocasiones, la duda que planteo en el texto radique en la frase: trabajar para vivir o vivir para trabajar. 

Muchos de esos comentarios vienen de mis compañeros de trabajo. Este, básicamente, se resume en estar toda la noche –las ocho horas correspondientes– cargando cajas que no pesan precisamente poco, y por regla, seis días a la semana. ¿Lo bueno? Se cobra más de la media –al incluir en la nomina la paliza física y la nocturnidad, claro–, pero el sueldo es algo que me parece normal, por lo que no daré las gracias, pues aseguro a cada uno que lea estas líneas que por mínimamente jugoso que pueda parecer, uno se gana hasta el último céntimo, y aun así no sé hasta qué punto está pagado –como tantísimos otros trabajos, por desgracia–, pero los comentarios no giran en torno a esto. Suelen dar gracias por él, pero bueno. Lo que me suscita interés es escuchar a los novatos de veintipocos años recién entrados al curro diciendo que ojalá después del contrato de tres meses consigan que los hagan fijos, pues así tienen ya trabajo para toda la vida. Tampoco es muy descabellado, no es un mal trabajo, pero al verlos y darse uno cuenta de que tienen pinta de haber salido de una de las universidades o institutos más pijos de la ciudad, pues hombre, uno se sorprende.  

Algunos otros tienen claro que solo se trata de un trabajo temporal para ahorrar y seguir intentando alcanzar aquello que realmente ansían, como es mi caso, pero lo cierto es que somos la minoría. La inmensa mayoría querrían jubilarse ya allí, por lo que parece. Muy respetable, por supuesto, pero esto me ha llevado a escoger el título del que hablaba al principio. Dada la complicada situación actual en nuestro país creo que son esa “suerte” y esa “comodidad” el mayor “peligro” para que uno no vea sus sueños alcanzados, para que se rinda, para que deje de luchar. No son pocas las personalidades famosas que dijeron que, antes de hacer otra cosa distinta a lo que realmente querían hacer, preferían morir de hambre. Bien es cierto también que solo conocemos la historia de los que lo han logrado, y quizá muchos se rindieran o por orgullo acabaran muriendo de hambre –hay gente muy tozuda, o valiente, o loca, ya no sé cómo calificarlos–. Pero a donde quiero ir es que por pesado que sea un trabajo, cuando uno lo tiene bien agarrado ya no lo quiere soltar –y tampoco me extraña demasiado–, pero esa condición se erige como el mayor aniquilador de los sueños, el que impide que uno siga arriesgando yendo en pos de la meta que siempre ha querido alcanzar. Algo jodido, sí, aunque no lo parezca. 

Como ya he dicho todo es respetable, y más el tema que trato en este texto, pero quien quiera que me llame loco, pues por poco riesgo que implique el continuar, mi idea no es perderme la mayoría de las noches por asegurarme una comodidad laboral y con ella renunciar a la mayoría de mis planes de futuro. Quién sabe que durará esta etapa, unos meses, un año, pero no más. Después, con un buen colchón y la libertad que comporta, lo seguiré intentando, volveré a caminar dejando atrás este alto en el camino. Unos me llamarán insensato, otros quizá hasta vago, pero después de invertir tiempo y dinero –que no era mío, y duele aún más– estudiando una carrera durante cuatro años y habiendo dedicado mucho esfuerzo a ciertos proyectos personales en los que me volqué en cuerpo y alma, no estoy dispuesto a renunciar a ellos por tener una seguridad económica que me dejará la espalda partida a largo plazo y me mantendrá encerrado realizando una tarea cíclica y repetitiva hasta la saciedad durante cuarenta años, que se dice pronto. Los principios son lo más duro, está claro, y rara vez se empieza haciendo lo que se quiere, pero quedarse para siempre en esa etapa es otra cosa a voluntad de cada uno. 

Tal vez acabe muriendo de hambre, pero cuando esté agonizando no podré decir que no lo habré intentado, porque la vida se basa en eso, en intentar, intentar y volver a intentar, que uno consigue más por pesado y persistente que por azar del destino y golpe de suerte. 

8 de junio de 2016

Por esas noches eternas

Volví a respirar la noche, a escuchar un silencio solo remotamente entorpecido. Volví a perderme en sus fluctuaciones, a contemplar un atardecer sin cerrar los ojos, hasta el final, y a esperar a que las luces del alba volvieran a bañar la ciudad. A cualquier ser medianamente nocturno le será imposible negar la magia que reside bajo un cielo oscuro repleto de estrellas, solo visibles cuando la contaminación lo permite, o cuando uno está lo suficientemente lejos para admirarlas. No podrán negar que algunas de las mejores cosas han sucedido ante su tímida mirada, bajo su luz marchita, durante ese lapso de tiempo que reinicia los días y los cuerpos, dándonos vida y energía de nuevo. 

Nada mejor que esa calma para que uno se dé cuenta de todo lo que tiene, pues los cielos estrellados en ocasiones parecen poder reflejar los soles que contienen nuestros corazones, así como la estela que dejaron las cosas que ya se fueron y los que ya partieron para no regresar. Los sueños y la escritura entrelazan sus dedos para darles forma sobre el papel, para que jamás sean olvidados del todo. Música, ruido, sonrisas y carcajadas, compañía o soledad, buscada o forzada; cada cual lo hace a su manera, o como se le permite hacerlo.

Uno se pregunta en esas largas y apacibles noches a dónde irán las palabras que se lleva el viento, si encontraran el lugar correcto, si hallaran al fin cobijo. Dónde acabarán los mensajes que no obtienen respuesta y las letras de las cartas que arden en el fuego. Muchas preguntas sin contestación son lanzadas sin saber tampoco cuál será su paradero, al no poder verse esclarecidas. Qué ocurrirá, por qué pasó esto o aquello, qué podría haber sucedido o dónde estará a estas horas; son algunas de las más frecuentes, y normalmente el tiempo se encarga de responderlas durante, quizá, otra noche en vela, estemos donde estemos. 

Café, cigarrillos, cerveza o copas, cada uno enjuaga su alma y sus tripas con unos medios, pero al final todos nos hacemos las mismas preguntas, desconocemos lo mismo y ansiamos cosas parecidas. No somos tan distintos al fin y al cabo, pero por suerte siempre sucede algo que nos saca una sonrisa y un brillo en la mirada. Uno no siempre gana por el mero hecho de haber peleado hasta el final y fieramente, pero de un modo u otro acabamos obteniendo algo; quizá nos haya desviado, tal vez nos haya sorprendido, y tanto mejor, pero solemos acabar en el lugar en que debemos estar y con la compañía que nos corresponde. Puede que el azar y la vida misma sepan mejor que nosotros qué debemos hacer y por dónde debemos tirar cuando llegamos a un cruce. 

Y con un poquito de esa suerte todo sufrimiento se verá compensado, y si no con lo que esperábamos, con algo todavía mejor que nos descolocará y nos hará creer de nuevo. Al menos así lo esperamos, no hay otro modo de seguir adelante cuando no hay nada a lo que aferrarse para no ceder ante la tormenta. Y seguiremos brindando por esas noches eternas de las que podremos disfrutar de vez en cuando, de las que nunca nos cansaremos; esas noches en que el calmado oleaje del mar se escucha más furioso que nunca al no hallar barreras, en las que la luna abrasa el cielo y en las que los besos saben mejor que nunca. Esas que, cada vez, nos hacen vivir y sonreír de nuevo. 

6 de junio de 2016

Qué sinsentidos


Qué sinsentido, todo esto. Qué cúmulo de fuerzas, de intenciones, de logros y fracasos. Cuánta energía reunida, cuántas palabras han surcado el viento, llegando a muchos oídos y calando hondo. Cuántos pequeños momentos de alegría y felicidad surgidos de la nada, cuántas carcajadas acumuladas hasta hacernos estremecer y doblarnos por la mitad, temiendo partirnos o ahogarnos al quedarnos sin aliento. ¿Qué les pasa a esos momentos? ¿Por qué de pronto desaparecen todos los males, todos los malos pensamientos, los miedos e inseguridades y únicamente nos concentramos en lo más simple, que es a la vez lo más importante? Creo que si pudiera ser siempre así olvidaríamos todo lo negativo, perderíamos el miedo a la muerte y a la ausencia y renunciaríamos a la búsqueda de cualquier paraíso, porque ya viviríamos en él. No habría guerras ni luchas, no habría desigualdades, ni violencia ni odio. El mundo quedaría semi vacío, pero solo permanecería lo mejor. 

Qué sinsentido esto de la felicidad que va anclada a la simplicidad, de ser conscientes de que quizá nunca logremos trascender, de que somos una pequeñísima parte del todo, y aun así pensar “¡Joder, qué más da, no podría ser mejor!”. Así somos las personas, tan inconscientes, tan libres y alocadas, tan certeras en ocasiones. 

Creo que lo mejor viene cuando logramos desconectar, cuando conseguimos dejar de pensar y dejarnos llevar, dejarnos fluir, sintiendo menos con la mente y más con el corazón. Y no nos engañemos, esa frase no pillará a nadie por sorpresa, pues es muy sencillo escribirla, más aún formularla en voz alta, pero más complicado aplicarla a la vida real, pues rara vez se consigue dejar todo atrás para solo sentir sin pensar demasiado. Puede que solo sea uno de tantos imposibles que perseguimos las personas, pero esperemos que ahora que brilla el sol de nuevo, que las lluvias quedan atrás y el calor vuelve a inundar las calles, esa misma fuerza posea nuestros cuerpos y libere nuestras mentes. Que esta vuele libre y bien alto cuando el cuerpo es castigado; que esta siga soñando cuando pasemos horas encerrados por algún motivo, para sacarnos a nosotros mismos hacia adelante, labrándonos un futuro, cada uno a su manera. 

Nunca nos cerremos las puertas ni nos pongamos barreras, porque solo así, cuando llegue el momento, podremos despegar de verdad. Cuando seamos libres por fin, cuando las metas se vean ya cercanas, a nuestro alcance, esa felicidad volverá a darse en todo su esplendor y simplicidad, y las heridas sanarán y las cicatrices pasarán a un segundo plano. Volveremos a reír, volveremos a vivir momentos tan pequeños que se tornarán extraordinarios por su propia carencia de un sentido para ser. 

24 de mayo de 2016

Reseña de "El Ruido y la Furia", de William Faulkner



Hoy me apetecía reseñar esta novela, cuya lectura terminé unos días atrás y me dejó perplejo. Una obra que ha sido catalogada de muy distintas maneras en diferentes sitios web, no muy extensa pero que encierra un sinfín de matices que la han hecho objeto de estudio desde hace años. 

El propio título ya posee su simbolismo, pues Faulkner lo sacó de Macbeth, una de las mejores y más famosas obras del inmortal William Shakespeare; concretamente de un soliloquio del quinto acto en la quinta escena, que reza lo siguiente: 

Mañana, y mañana y mañana

Se desliza en este mezquino paso de día a día,
A la última sílaba del tiempo testimoniado:
Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos
El camino a la muerte polvorienta Muere, muere vela fugaz!
La vida no es más que una sombra andante jugador deficiente
Que apuntala y realza  su hora en el escenario
Y después ya no se escucha más. Es un cuento
Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

Sin significado alguno.

Son varios los personajes del libro que encajan con algunas partes del soliloquio, pero quizá la más simbólica es la referente a Benjy, uno de los más importantes de la novela, el hijo de la familia Compson que padece un retraso mental y que es motivo de vergüenza y carga familiar para los mismos. Donde más claramente se observa este punto es en la primera de las cuatro partes de la novela, relatada en primera persona por el propio Benjy, el cual, dada su condición, posee ciertos problemas para entender el tiempo como lo hacemos el resto, por lo que su narración es caótica y se presenta de manera desordenada, narrando simultáneamente y sin distinciones en cuanto a la estructura diversos sucesos que acontecieron en años y décadas diferentes. Va del pasado al presente de forma constante, explicando así al lector y siempre desde su distorsionado punto de vista sucesos que ocurrieron cuando los hijos de la familia eran solo unos infantes, para después trasladarse de nuevo al presente de la obra, que acontece entre los días seis, siete y ocho de abril de 1928. 

Las pasiones del incomprendido Benjy, acostumbrado a unas rutinas por las que se rige en parte su cordura, pueden apreciarse en esta primera parte: la sección del prado que le corresponde de las tierras de la familia, el fuego y su hermana Caddy, una de las pocas personas en la familia que le profesan amor y cariño. La parcela fue vendida para la construcción de un campo de golf para así, con el dinero, poder mandar a Quentin, el más brillante de los hijos, a Harvard, y para pagar el matrimonio de Caddy, por lo cual en el presente Benjy acostuma a observar a diario cómo los jugadores practican en el prado que antaño le perteneció.

La segunda parte está narrada desde el punto de vista de Quentin, que ama profundamente a su hermana Caddy, pero de una forma que va más allá de lo físico, llegando al punto de sentirse en la obligación vital de pagar por sus pecados y protegerla a toda costa. Cuando Caddy debe abandonar el hogar familiar por dar a luz a una hija fruto de una relación fugaz anterior a su matrimonio y ser abandonada por su marido a causa de ello, convirtiéndose en otra vergüenza para la familia, Quentin comienza a desequilibrase interiormente, lo que da como resultado una narración, si cabe, más caótica que la anterior, pero a la vez más elaborada, bella y rica en matices y detalles. Todo un reto para el lector y una parte brillante y magistral a causa de la ruptura de la estructura y del uso de un intenso y elaborado monólogo interior que nos llevará directamente al torbellino emocional que es la mente de Quentin. 

La tercera parte, narrada por Jason, el hijo que toma las riendas de la casa cuando el padre fallece, convirtiéndose en el sustento y cabeza de familia, es mucho más estable que las anteriores, y nos explica el presente desde su punto de vista. Jason se ha convertido en un hombre amargado, violento, misógino y racista que roza la maldad.

Sin desvelar más detalles de la obra, la cuarta y última parte está contada en tercera persona por un narrador omnisciente, pero siguiendo la estela de Dilsey, la matriarca de la familia negra sirviente de los Compson, y añadirá más detalles a la tercera parte narrada por Jason hasta llevar a la conclusión de la obra. 

Algunos lectores coinciden en que la novela ofrece una lectura amena que impedirá que uno suelte el libro hasta haberlo terminado; otros aseguran que por su complejidad y su caótica estructura es una lectura casi imposible, de complicado recorrido. Lo cierto es que, si uno se mete de lleno y presta atención a los detalles, sí es amena, rápida y deja un excelente sabor de boca. Es inmensamente rica en detalles, matices y personajes, complejos y elaborados, y cuya trama atrapa al lector y lo liga a la inevitable decadencia de esta familia sureña. Una lectura altamente recomendable, imprescindible.



Y a quien le guste el estilo de escritores actuales como Cormac McCarthy descubrirá en Faulkner a un autor que va todavía más allá. Fue precursor de este y ambos tratan como género la novela sureña en la mayoría de sus obras, pues son muchas sus similitudes a la hora de elaborar sus historias. William Faulkner siguió la tradición experimental de escritores como James Joyce, Virginia Woolf y Marcel Proust, y fue conocido por el uso de técnicas literarias innovadoras como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración.

El ruido y la furia fue la cuarta novela de Faulkner, publicada en 1929, y fue una de las más consideradas a la hora de entregarle el Premio Nobel de Literatura en 1949. 

19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos. 

16 de mayo de 2016

Notas de "Obstinación", de Hermann Hesse


En esta ocasión me gustaría hablar un poco de uno de mis escritores favoritos: Hermann Hesse. Son varias las veces en que me he referido a él o he utilizado citas suyas en mis escritos, pero en esta entrada no haré una reseña, sino que quiero dejaros unas cuantas extracciones y anotaciones de su obra "Obstinación", perteneciente a su serie de Escritos Autobiográficos. Para muchos será alguien que no necesitará presentación, pero por si acaso haré una breve introducción.

Novelista, poeta y pintor nacido alemán y posteriormente naturalizado suizo, fue un artista desde la infancia. Vivió rodeado de libros, estudió diferentes géneros novelescos, filosofías y culturas con avidez y gran interés, lo que le aportaría un enorme bagaje a la hora de realizar profundas reflexiones y plasmarlas en sus obras, unas que sin duda han pasado a la historia de la literatura.

En su infancia y adolescencia cabalgó entre la incomprensión y la rebeldía, para después, siempre formándose como escritor y erudito, alcanzar en su madurez una paz interior que pretendería transmitir al mundo que lo rodeaba. Vivió las dos Guerras Mundiales, sucesos terribles que lo llevarían a formarse la filosofía de vida que lo caracterizaría como un pacifista, aborreciendo los conflictos y mirando al mundo bajo un prisma de unidad. La propia obra de "Obstinación" está repleta de pasajes y cartas que ayudarán enormemente al lector a conocer a este enorme escritor, que hoy en día, más de cincuenta años después de su fallecimiento, sigue manteniéndose en la cumbre de los mejores y más trascendentales artistas del siglo XX. Huelga decir que sirvió como inspiración a multitud de escritores posteriores. Algunas de sus más importantes obras son "Bajo las ruedas", "Demian", "El lobo estepario", "Siddhartha" y "El juego de los abalorios", y por el conjunto ganó el Premio Nobel de Literatura en 1946.

A continuación me gustaría compartir las notas que extraje de "Obstinación" por diversos motivos, ya fuera porque me inspiraran, me calaran o porque, simplemente, me parecieran bellas y maravillosas. Cualquiera que le eche un ojo a sus escritos descubrirá a un autor sin parangón, y por supuesto recomiendo leer cualquiera de sus obras.


"Entre mí y mi lejana meta no veía más que abismos profundos, todo se volvía incierto, todo perdía valor, solo una cosa seguía en pie: quería ser escritor, ya fuese fácil o difícil, ridículo o respetable". 

"El hombre puede siempre volver a su inocencia si descubre su mal y su culpa y si los soporta hasta el final, en lugar de buscar la culpa en los demás".

"Corrían tiempos en los que cada día traía una despedida y en los que cada día me sorprendía de haber soportado también aquel golpe y seguía viviendo y amando aún algo de esta extraña vida que solo parecía depararme dolores, desilusiones y pérdidas".

"Dentro de mí encontré toda la guerra y todo el ansia de matar al mundo, toda su ligereza, toda su brutal sed de placer, toda su cobardía; primero tuve que perder todo el respeto por mí mismo, luego el desprecio de mí mismo, no tenía otra cosa que hacer que hundir la mirada en el caos hasta el final, con la esperanza tan pronto viva, tan pronto moribunda, de volver a encontrar más allá del caos naturaleza, inocencia. Toda persona despierta y verdaderamente consciente anda una vez o varias veces este angosto camino a través del desierto; pretender contárselo a los demás sería un esfuerzo inútil". 

"La juventud es el fundamento, porque entonces el corazón aún es sensible al bien y al mal".


"No digas que me quieres
Sé que lo más bello de la tierra
La primavera y el amor
Tienen que perecer".

"¿Son todo lo que me queda este sueño y esta nostalgia, son el eco del antiguo amor o el presentimiento de otro amor cercano, aún posible?"

"Creo que nadie está tan a oscuras sobre las razones de su vida interior y sobre las verdaderas causas de sus deseos y su descontento, nadie encuentra una oscuridad cada vez más profunda que aquel que observa sus sensaciones más fugaces y busca el origen de toda excitación".

"Al recordar el sueño revivía una vez más la nueva sensación, entrañable y seductora, aunque ya con el brillo melancólico de lo que se escapa irrecuperablemente. Luego venían los pensamientos, el despertar y la consciencia, el sueño y su felicidad se hacían lejanos e irreales".

"A veces pensaba que los sueños eran precisamente lo que había que desenmascarar y rechazar como un autoengaño. Pero era al contrario: soñar era lo valioso; rechazarlo, juzgarlo y condenarlo, un error nocivo".

"Cuanto más insípidas me sabían las pequeñas satisfacciones que hallaba en la vida, con tanta mayor claridad comprendía en dónde había de buscar la fuente de las alegrías y de la felicidad. Supe que ser amado no es nada, que amar, sin embargo, lo es todo. Y creí ver cada vez más claro que lo que hace valiosa y placentera la existencia es nuestro sentimiento y nuestra sensibilidad". 

"La dicha, sin embargo, siempre estaba allí donde un hombre tenía sentimientos fuertes y vivía para ellos, sin reprimirlos ni violarlos, sino cuidándolos y disfrutándolos. La belleza no hacía feliz al que la tenía, sino al que sabía amarla y venerarla". 

"Aparentemente existían muy diversos sentimientos, pero en el fondo todos eran uno. A cualquiera de ellos puede llamársele voluntad o cualquier cosa. Yo lo llamo amor. La dicha es amor y nada más. El que es capaz de amar es feliz. Todo movimiento de nuestra alma, en el que ésta se sienta a sí misma y sienta la vida, es amor. Por tanto es dichoso aquel que ama mucho. Sin embargo amar y desear no es exactamente lo mismo. El amor es deseo hecho sabiduría; el amor no quiere poseer, solo quiere amar". 

"No existe una obligación de amar, solo hay la obligación de ser feliz. Para esto exclusivamente estamos en el mundo". 

"A nadie es capaz de amar el hombre tanto como a sí mismo. A nadie es capaz de temer tanto como a sí mismo". 

"Estas revelaciones llegan despacio, se asciende hacia ellas en espiral; y cuando están ahí, es como si se hubiesen alcanzado de un salto, de repente. Pero las revelaciones no son todavía la vida. Son el camino hacia ella y más de uno se queda eternamente en el camino. También yo vislumbraba el camino, creía conocerlo con seguridad, pero nunca conseguía avanzar del todo. Había progresos y retrocesos, euforia y desánimo, fe y desengaño. Y seguramente siempre los habrá".

"¡Cuánto tiempo se necesita para conocerse un poco a sí mismo –y cuánto más para aceptarse y estar de acuerdo consigo mismo en un sentido ajeno al egoísmo! ¡Cuánto hay que trabajar en la propia persona, luchar consigo, deshacer nudos, cortar nudos, anudar otros nuevos! Y cuando por fin llegamos al final, cuando por fin alcanzamos la plena consciencia, la plena armonía, la plena y perfecta sonrisa y aquiesciencia, entonces sonreímos y morimos, ésta es la muerte, la consumación de la vida, la entrada dócil en lo informe para volver a renacer". 

"Si concebimos la poesía como confesión –y en este momento solo la puedo concebir así–, el arte aparece como un camino largo, múltiple y sinuoso, cuya meta sería expresar la personalidad del yo artista de una manera total, tan minuciosa, tan hasta el fondo de todos los recovecos, que al final ese yo se habría desarrollado y acabado, desfogado y abrasado. Entonces vendría lo superior, lo suprapersonal y supratemporal, el arte estaría superado y el artista se hallaría maduro para convertirse en un santo. La función del arte, en la medida en que afecta a la persona del artista, sería entonces la misma exactamente que la de la confesión o la del psicoanálisis. Este sentido tuvieron todas las obras tardías de Nietzsche, las confesiones de Strindberg, los apuntes de Flaubert".

"El fin y la meta del artista no serían el arte o la obra, sino la superación, la renuncia y el sacrificio del yo, limitado y prisionero de complejos y sufrimientos, en aras de la tranquilidad del alma y de la santidad; la meta sería desarrollarse hacia el yo suprapersonal, convertirse en santo, el cual no reacciona ya personalmente ante el mundo y el tiempo, sino que en su estado anímico el caos del mundo se transforma en sentido y música, en su aliento vive Dios".