10 de septiembre de 2015

La estrella del marinero

Las olas rompían en la orilla, una a una y a miles, cientos de miles. Destellaban los rayos de un sol que moría lentamente en el horizonte, allá en lo eterno, y esas aguas absorbían cada última partícula de su ser inmortal. Todo se tornaba más sombrío por momentos; cada segundo que transcurría intensificaba la oscuridad que se iba adueñando de todo, amasando los fieros pensamientos que eran dueños de mi razón, hasta que con el próximo amanecer regresaran al igual que nacería un nuevo día; emergerían como los pétalos de una tóxica flor germinan para producir un veneno capaz de entumecer al más bravo corazón. Siempre volvían, se reintegraban en mi cerebro, imperecederas, imbatibles fuera cual fuera el intento por abatirlas. Pero sí, había comprobado que la oscura calma de una playa vacía e interminable conseguía llevarlas a lo profundo durante unas horas en que todo mi ser podía descansar, en que volvía a capitanear mi propia vida; después, cuando de nuevo llamaban a la puerta, me perdía en la inmensidad de las posibilidades, y me sentía como un marinero a merced de un mortal oleaje en alta mar, dejando mi destino en manos del azar o de algún dios cruel. 

Ya apenas dormía, para poder gozar del blanco y negro de la luna y de la noche, para no pensar que alguien me odiaba y se reía de mí en las alturas con amarga impunidad.

Caminaba con los pies desnudos sobre la fría y húmeda arena en dirección a ninguna parte, tratando de hallar una salida, una respuesta a la desesperación. Temía a las primeras luces del alba, sabiendo que sus colores podrían abrasarme y que pintarían el cielo y las aguas de ese intenso azul que me era dolorosamente insoportable al recordarme a sus ojos y a su hipnotizante mirada. Pensé en escribirle, pero al pronto llegué a la conclusión de que si redactara una carta veraz derramando sobre ella todas las lágrimas que contenían toda mi angustia, mi impaciencia y mis imperantes necesidades de volver a verla, de acariciar su lisa piel, de volver a besar sus suaves labios… si la escribiera, la insertara en una botella y la arrojara al mar con toda la furia de mi espíritu, antes daría la vuelta al mundo y regresaría a mí para destrozarme con el hallazgo de la amarga verdad, que llegaría a sus manos para hacerla sabedora de mis más recónditos y abismales pesares.

Tarde o temprano volvería el amanecer para arrastrarme como hacía siempre, hasta el día en que ese sentimiento se extinguiera en mí, con la posibilidad de llevarse mi vitalidad por delante. Era todo su ser y toda su energía, pero esa mirada… conseguía que me ardieran las entrañas tan solo con mirarla a los ojos y percibir en ellos a aquella frágil y hermosa criatura. Esos ojos de un azul intenso, con tintes verdes en el centro, eran los más bonitos que había visto jamás, simplemente espectaculares e hipnóticos; pero no solo era el radiante color, sino la mirada en conjunto la que poseía la auténtica magia; la forma de sus ojos, sus pestañas, la forma que tenía de mirar… era un todo coronado por esos soles del color del mar y el océano cuando se funden, rematado por el verde brillo de un místico paraíso perdido en el horizonte. Esa mirada me capturaba al instante, me ataba a ella, y yo sentía que podría pasar horas observándola, sumergido en ella, y que podría perderme en su infinidad y jamás emerger con tan asombrosa facilidad que me asustaba. Era terroríficamente hermosa y embaucadora, todo pura inocencia y ternura, cariño en ella, bondad desmedida. Si algunos dejaban entrever su alma, todo un mundo en sus ojos, entonces ella encerraba allí el universo entero, y podía paralizarte el simple hecho de asomarte. Enormes ventanas a un ignoto cosmos, invitaciones que me decían “ven y asómate a mi alma y aventúrate a desentrañar los dulces misterios que encierra”. Brillaba como oro fundido; y me quemaba con su ausencia. Tal sentimiento, o la carencia de él, el poder recordar con dolorosa claridad la sensación de que esas estrellas se posen sobre mí con todo el peso y sentido que representan, es lo que muy fácilmente puede acabar con la vida de un hombre.

Es la pérdida lo que más duele, con la sensación de que cientos de caminos posibles han sido arrancados de cuajo de la tierra que débilmente y con cariño los sostenía y los mantenía con vida. Y era duro pensar que los días se reiniciaban y habría miles de amaneceres más hasta el apagón final, pero guardaba la esperanza de que algún día algo surgiera de las aguas, algo que podría cambiarlo todo, y esa débil llama era suficiente para hacerme seguir adelante, en pos del sol y las estrellas, hasta averiguar a dónde me llevarían mis pasos, los que dejarían un rastro en la arena mostrando todo lo andado y vivido; un pasado que habría dejado huella mientras buscaba un futuro que me era incierto. Quizá algún día el amanecer sería de otro color; quizá solo el mar tuviera la respuesta. O quizá, solo quizá, estuviera dentro de mí, en mi cabeza, impresa en mis entrañas. Me convertiría en un marinero errante, en busca de respuesta, en busca de tierra firme; uno sin embarcación que esperaba la caída de una estrella fugaz que trajera consigo la respuesta. Pero algún día volvería, algún día la vería brillar en el firmamento; estaba seguro.   

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